viernes, 21 de octubre de 2016

Santa Laura Montoya, pedagoga del cuidado humano y de la "casa común"


Dachi Name Eôro ichiâdâyu



Protejamos a nuestra Madre Tierra
Desde los Embera Chami

La Madre Tierra… “Name Eôro”, es nuestro vientre sagrado, lugar de entrañas y de gracia, nosotros su fruto bendito. Ambos, ella y nosotros, una existencia única, resplandeciente, azul-blanca, compleja y bien ordenada.

Sin ella, nada es. Allí en las profundidades de sus cimientes, altar ancestral, hemos tomado forma y hemos crecido.

Inmortalizarnos en su universo, nosotros su semilla, anidando en su océano nutricio: germinamos, crecemos, maduramos, morimos y renacemos en forma de otra semilla.

Allí somos sus niños, su aroma y su perfume es nuestro aliento.

La voz del cielo con sus truenos y colores, la de sus manantiales y nacimientos como rugido de tambores que descienden de las espesuras estallando entre los matorrales de môdê dôcheke jûru (montañas y nacimientos) nos asombran y maravillan y el profundo silencio del telón de las montañas y los cañones con su larga zanja profunda y paredes escarpadas nos custodian y cobijan.

El coro de Ibana kâri (pájaros) y el canto de burru kâri (culebra)… son las caricias de “Name Eoro” que nos cosquillean en cascadas de risa, de placer y asombro. Y así crecemos y nos hacemos resistentes, soñamos y danzamos, avivando nuestra memoria lejos de los ruidos ajenos a su vientre.

Cuidamos los lugares sagrados, donde habitan los Jais: baa (trueno), dojura wuera (diosa del rio), jepaa (anaconda), kiraparamia (hombres azules), utumara (arcoíris del medio día), iuma (arcoíris), etc. Ellos nos protegen y bendicen, nos sanan y nos curan.

Contamos cuentos y leyendas, un culto generador de conciencia, historias que protegen o desbastan nuestros nidos, nos sorprenden y maravillan, entonces creemos.

Conversan y cantan nuestros jaibanas a “Name Eôro”, la consuelan y sanan sus heridas y dolores, o median con los Jais (espíritus) rebeldes cuando alteran y agreden la harmonía de su hálito creador.

Gemimos, clamamos y reclamamos al kapuria (mestizo) en nuestra “avanzada” civilización, cuando violentan su sacralidad, descapotando, excavando, erosionando e hiriendo terriblemente su piel y desgarrando su ombligo, memoria y vínculo entre “Name Eoro” con chi wârrâra, su prole.

Nuestro canto y nuestras danzas como un clamor al severo deterioro para que vuelva a florecer la vida de otros tiempos y generar el cuidado que necesitamos para vivir y traer alegría, reconciliación, paz perenne, obediencia y todos los derechos sobre la tierra.

Ella “Name Eoro”, nos convida a su mesa, y de ella tomamos lo necesario y nutrirnos con equilibrio de sus bondades, sin sobreexplotarla, amándola, atendiéndola, respetándola y venerándola. Sin acumular, ni almacenar, sin guardar compulsivamente. Cada día somos colmados y satisfechos desde el banquete siempre pronto, fresco y servido cada que se levanta el sol y se extiende hacia el oeste.

Y así agradecidos al anochecer, retornamos a las sábanas de Name Eôro, al descanso y a su arrullo, atentos a sisi kâri (canto del grillo) y de bôkôr kâri (canto de la rana) mientras se apagan… y antes de que el sol despunte, se escucha nuevamente a eter kâri (canto del gallo), que anuncia el saludo al nuevo día: Saa ebârisma! Buenos Días!

Texto de Carlos Alberto Zuluaga

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