sábado, 16 de junio de 2012

Fiesta de la Consolata (20 de Junio)

CONSOLACIÓN Y MISIÓN


El nombre de Consolata

María, discípula de Jesús, recibe muchos nombres, cargados todos de especial significado. Uno de tantos es el de CONSOLATA que, para nuestro caso, viene vinculado a un Santuario que se encuentra en Turín – Italia y a una Familia Misionera llamada de la Consolata, fundada por el Beato Jose Allamano, en 1901 los Misioneros y en 1910 las Misioneras, la cual comparte hoy el carisma con los Laicos, llamados también de la Consolata. Es interesante notar que o Santuario fue intitulado a la “Consoladora de los afligidos”, pero que en el lenguaje del pueblo piamontés “Consoladora” se transformo, ya desde el inicio, en consulà o Consolata.

Como sucede con los nombres bíblicos, en su mayoría, impuestos o cambiados para  expresar o manifestar la personalidad, las cualidades o la misión de sus portadores (cfr. Gedeón, Jue 6,12; Pedro, Mt 16,18), lo mismo podemos decir del nombre Consolata, que por atribución popular significa, al mismo tiempo, la Consolada (santa) y la Consoladora (misionera). Consolada por el Espíritu de Dios, el Otro Paráclito, en el  acontecimiento de la Anunciación-Encamación y Consoladora en diferentes momentos de su vida.

En la parte inferior del cuadro de la Consolata de Turín, pintura del siglo XV, copia del cuadro que representa la madre con el niño, custodiado en la iglesia de Santa María del Pueblo, en Roma, se encuentra la inscripción Sancta María de Populo de Urbe (Santa María del Pueblo de la Ciudad), vinculando así a la Consolata con el pueblo (los pueblos), con la humanidad en general y con la ciudad (las urbes) en particular.


I). María Consolada: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!” (Lc 1-28)

Estas palabras, pronunciadas por el Ángel Gabriel, fuerza de Dios, como señal y manifestación de la presencia divina (cf. Is 6,3; Lc 2,14) definen el nuevo nombre de María: “Llena de gracia” (kekharitomene) = consolada. Acompañada de Dios: “el Señor está contigo”. Llamada a la alegría (khaire), estado existencial de felicidad y plenitud: "Alégrate, llena de gracia... No temas… El Espíritu Santo vendrá sobre ti... Concebirás y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús (Salvador. María es, ante todo, una persona favorecida de Dios, por haber encontrado gracia delante de Él (cfr. Lc 1,30) y como amiga de Dios responde con su propia entrega o disponibilidad: “hágase en mi según tu palabra” (Lc. 1,38). El mismo Dios que ama viene a habitaren ella para santificarla con su Espíritu e volverla fecunda, El que es  "el Señor que da la Vida", haciendo con que ella pueda cumplir su misión (cfr. CIC n. 485). 

Recolocando, pues, el saludo del Ángel en el trasfondo del Primer Testamento, podemos constatar algo muy profundo: María viene a ser, por antonomasia, la Hija de Sión, auténtica Madre de la consolación prometida al antiguo Pueblo(cfr. Is 40-55, etc.) y esperada por los pobres de Yahvé, representados en los ancianos Simeón y Ana: “luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel” (Lc 2, 25-35), liberación de Jerusalén (cfr. 2, 38) y de todos los pueblos de la tierra a partir de los pobres y oprimidos (cfr. 6,20-26).


II). Maria Consoladora  (misionera)

A). En la fiesta-boda de la vida                                          

El Concilio Vaticano II (cfr. LG, 58), al narrar la presencia de María en la vida pública de Jesús, recuerda su presencia discreta y atenta, activa y participativa, su rol femenino, de mujer (cfr. Jo 2,4; 19,26) acompañante, previsiva y providente, que comparte las necesidades de la humanidad e intenta soluciones. Ella “estaba allí”, en el lugar cierto a la hora cierta. Movida a compasión, orienta a los servidores de la fiesta hacia Jesús: “Hagan todo lo que El les diga”. Lleva a su Hijo Jesús, el Mesías, a anticipar la “hora”, el “tiempo del consuelo” (cfr. At 3,8-26), del Reinado de Dios, con un signo de su mesianismo, manifestando así su gloria al transformar el agua en vino para la fiesta de la humanidad. La fiesta de la vida no termina antes de tiempo, continua con la vieja agua transformada en vino nuevo, el vino del amor (cfr. Cant 1,2; 7,10; 8,2). El vino de la nueva y eterna alianza. Los que estaban allí y seguían los acontecimientos “creyeron en El”.
 

B). María consoladora al pie de la cruz de la humanidad

Juna presenta a María “de pie junto a la cruz de Jesús”, en compañía del discípulo que Jesús amaba y de otras mujeres que también seguían al Crucificado. E esa “hora” Jesús, mirando para ellos dijo a María: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y al discípulo: “ahí tienes a tu madre… el discípulo se la llevo a su casa”. Y Jesús, “inclinando la cabeza, entrego el espíritu” (Jo 19, 25-30).

La “mujer” al pie de la cruz viene entendida en el Evangelio de Juan en sintonía con Gen 3,15 y Jn 2,4. María es interpretada como Madre, madre de los vivientes, nueva Eva y su hijo, el discípulo amado de Jesús, presentado como representante de toda la humanidad. Ellos, María y el discípulo, son ahora la familia mesiánica, la Iglesia de hermanos, centrada en Palabra de Jesús y en la presencia de su Espíritu.

En esta “hora” de muerte, sufrimiento y dolor se encuentra María, disponible para la gestación de la nueva familia de Dios, para el doloroso, pero alegre, parto de la nueva humanidad, preanunciado en el Primer Testamento (cf. Is 21,3s; 26-16-20; 66, 7-14: Jr 30,6: Os 13,13) y conformado en el Nuevo (Mc 13,8; 1Ts 5,3; Rom 8,22; Ap 12,2). Es, en verdad, María Dolorosa, pero no solo. Es, al mismo tiempo, mujer-madre y compañera de los discípulos/as del crucificado-resucitado, espacio tierno y cariñoso de la “nueva comunidad” o Iglesia.  

El Papa mariano, Juan Pablo II, contempló así la “hora” de María: “En la anunciación, María dio en su vientre la naturaleza humana al  hijo de Dios; al pie de la Cruz, recibió en su corazón a toda la humanidad. Madre de Dios desde el primer instante de la encarnación, ella se vuelve madre de la humanidad en los últimos momentos de la vida del Hijo, Jesús”.


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