Metodología misionera de la Consolata, “A la mano”
Aquí
proponemos leer la metodología evangelizadora de la Familia Misionera de la
Consolata en la clave de Consolación, como principio inspirador, lejado por San José Allamano.
Los
Misioneros de la Consolata, como Jesús, se reconocen consagrados y enviados por
el Espíritu que proviene del Padre, tal como se lee en sus Constituciones: “enviados
a compartir con todos los pueblos la verdadera Consolación, Jesucristo,
teniendo a María como modelo y guía”, según la voluntad de San José Allamano,
el Fundador y formador.
El
Programa misionero de Jesús, presentado en Lucas 4, 16-19: “El Espíritu del
Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los
pobres. Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y vista a los ciegos,
a poner en libertad a los oprimidos, proclamar
el año de gracia del Señor”, basado en un texto de Isaías 61,1-2 que
dice: “El Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ha ungido el
Señor; me ha enviado a dar buenas nuevas a los quebrantados, a vendar a
los heridos de corazón, a proclamar libertad a los cautivos, y a los presos
apertura de la cárcel; a proclamar el año de la gracia del Señor, y el
día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los que lloran”.
Aunque Lucas omite la parte
final “el día de venganza ... a consolar a todos los que lloran”, el programa
de Jesús incluye claramente la dimensión del consuelo que brinda esperanza y
restaura pecadores, pobres, cautivos, ciegos, enfermos, excluidos, etc.
Al final de su presentación, Jesús cierra el rollo antiguo y lo entrega al servidor diciedo: “Hoy se cumple esta escritura que acaban de oír” y se sieta, como maestro. Todos los asistentes tenían los ojos fijos en él. Cierra así el viejo tiempo, el de la promesa y abre el nuevo, el del cumplimiento, el del Reino de Dios, el de Jesús (Dios que salva), consolación liberadora, encarnada en la mujer María, madre de la consolación esperada y reconocida por el "resto fiel" de Israel, represetado en Simeón y Ana (Lc 2,32-38)
Varios de los que lo escucharon, cuando los llamó a colaborar en su misión, le respondieron y lo siguieron, otros permanecieron en su forma antigua sin inmutarse y otros lo rechazaron, obstculizaron y persiguieron hasta apresarlo, juzgarlo y condenarlo a la muete. El Padre "compasivo y misericordioso" lo sostuvo hasta que espiró en la cruz. Los humanos, inhumanos, viéndolo sin vida, lo encerraron en el lugar de los muertos. Dios lo resucitó y Él salió al encuentro de sus fieles seguidores, dejando el sepulcro, auque nuevo, vacío. Los encotró a orilla del lago, en el camino, en el cenáculo, en las casas, etc., y los confirmó en la misión que les había presentado allá en Galilea y para la cual los había llamado, formado y entrenado. Los llenó de su Espiritu y los envió, confiándolos a la presecia y compañía del Otro Consolador, el Paráclito y asegurándoles su participación hasta el final de los tiempos y los confines del mundo.
Fue esta consolación, éticamente sentida, hablada y actuada, la que conformó la vida y la misión de la Beata Irene Stefani, misionera de la Consolata, dedicada totalmente a su pueblo con amor y dulzura, hasta el punto que la gente misma le cambió el nombre de Irene, que en griego significa “paz”, por el de “Nyaatha” que en Kikuyu significa “misericordia personificada”.
La consolación en el camino y la meta de la misión
Mientras caminamos en el tiempo, cronológicamente medido y el
territorio, geográficamente demarcado, nos enfrentamos con los ideales de
igualdad y buen vivir para todos y las realidades de la desigualdad y el mal
vivir para muchos.
Tras la muerte, se invierten los papeles: el rico, sin nombre, sufre en
el Hades, mientras que el pobre, de nombre Lázaro, es llevado
por los ángeles al “seno de Abraham”, símbolo de fe, justicia, descanso, dignidad y
consolación.
A esa tarea de promover, animar y construir el Reino de Dios en esta tierra, se asocia la Familia misionera de la Consolata, inspirados en María Consolata, consolada (santa o llena de gracia) y consoladora (discípula misionera), orientados por el Concilio Vaticano II: “la madre de Jesús brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo” (Lumen Gentium, 68). El Fundador tenía su propia visión de la meta fina o cielo, lugar del consuelo pleno: “Cuando piensen el paraíso, no piensen en forma abstracta, sino en el paraíso del misionero y la misionera que son fieles a su vocación. El Señor dijo: “Yo voy a prepararles un lugar” (Jn. 14,2). Pero para esto es necesario trabajar mucho. Me parece que este pensamiento del paraíso debería consolarnos. Nuestro premio está allí, ¡y es muy grande! Pensemos con frecuencia en él. (cfr. San José Allamano, Así los quiero, n. 92).
Compasivos, misericordiosos, consolados y
alegres
Este itinerario humano y espiritual, demarcado por cuatro grandes principios: la compasión, la misericordia, la consolación y la alegría, mutuamente implicados y complementados, es el de la santidad misionera propuesta por el Fundador: “primero santos” para y en la misión. Es el itinerario que los Misioneros y Misioneras intentan, con “espíritu de cuerpo”, y que ofrecen a todos los que lo quieran recorren, especialmente a quienes los acompañan en el camino de la misión de la Iglesia, "que avanza en la historia, entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios" (cfr. LG V, VII, VIII).
El principio compasión se
presenta como puerta de entrada al mundo de la misión. Nos hace sensibles, emocional
e intelectualmente, motivados para cuando salimos de nosotros mismos podamos mirar con
atención la realidad, cercana y lejana, verla con los ojos del compasivo Jesús de la
Sinagoga de Nazaret: los pobres, los cautivos, los ciegos, los enfermos, los
pecadores, los oprimidos, la explotada “madre tierra” que “gime con dolores de
parto” (Rm 8,22-29) y anunciarles, a ellos y a todos desde ellos, la buena
noticia de la salvación – liberación, el tiempo de gracia del Señor, el Jubileo
de la esperanza.
Nuestra propia experiencia o la de los demás, iluminada por las ciencias y el Evangelio, nos debe motivar a preguntarnos quiénes son los pobres, los cautivos, los enfermos, los afligidos entre nosotros, de qué y por qué están en tal situación. Vislumbrar que allí donde las personas pierden su libertad y sus libertades más fundamentales, se vive la experiencia de cautiverio que nos torna enfermos, oprimidos, excluidos, manipulados, perseguidos, amenazados, violentados y atacados. Todo esto de un modo personal o colectivo, interna o externamente, desde la proximidad o desde la lejanía, desde las redes familiares o desde las estructuras de nuestro mundo, y a veces, incluso, desde la propia cultura, economía, política o religión pervertidas. Situaciones todas infernales y dolorosas de miedo, ansiedad, fatiga, desánimo, silencio humillante y deseo de huida que, a su vez, llevan a nuevas esclavitudes, perpetuando y ampliando el círculo del mal y de la muerte.
El principio
misericordia nos convoca a la acción, a las respuestas concretas
y específicas o apropiadas a cada situación. Nos pide aproximación, contacto,
solidaridad operátiva, organizada, práctica, eficiente y eficaz. Aquí surge la
necesidad y la oportunidad de alianzas personales, comunitarias,
institucionales. Nadie puede enfrentar solo la realidad. Si quiere hacer “el
bien, bien hecho”, debe hacerlo con “espíritu de cuerpo” y en “unidad de
intenciones e intentos”, como lo sugiere San José Allamano. La caridad, como “la
promoción social y elevación de los ambientes”, la “justicia, paz e
integralidad de la creación”, dimensiones integrales de la metodología misionera
allamaniana, tienen procesos que exigen visión, programación, financiación, ejecución,
supervisión, evaluación y resultados. Todo esto debe de ser registrado,
archivado y socializado trasparentemente.
El principio consolación permite, tanto a los compasivos y misericordiosos como a los afligidos y desolados, disfrutar del alivio, el descanso, la satisfacción, la justicia y la paz, la armonia con toda la "comunidad de la vida". A las víctimas de las diferentes situaciones, incorporarse y volver, con sentido, esperanza y proyección, al camino de la vida y de la comunidad social, rumbo al “banquete final”, donde ya “no habrá más llanto ni dolor, porque Dios enjugará las lágrimas de los ojos” (Ap 21,4).
El principio alegría nos permite celebrar, litúrgica y socialmente, gozar, disfrutar interior y colectivamente la vida como fiesta del “buen vivir y convivir” ecológico integral, anticipando la eternidad resucitada, lugar de la plena consolación.
Nota: La pintura Mariana es obra del P. Carlos Alberto Zuluaga - CAZ