martes, 16 de junio de 2026

Misión Ad gentes

  Misioneros y Misioneras de la Consolata en Colombia

Creación con el Chat GPT

“La Misión ad gentes" 

 El tema Misioneros y Misioneras de la Consolata, no está de moda por estos días, aunque sea muy bien valorado y reconocido en la Conferencia Episcopal, presidida hoy por uno de sus miembros.

La Iglesia institucional quiere salir de las sacristías, vivir en salida permanente, en sintonía con el Papa Francisco, pero faltan Misioneros que entiendan del asunto y quieran apoyarla u orientarla, desde sus Iglesias particulares, a asumir los riesgos de las salidas, con contenidos y metodologías adecuadas, dejando a un lado las efímeras seguridades de las pequeñas o grandes estructuras. Esta es la misma tarea, específicamente misionera ad gentes, desempeñada por San José Allamano en y desde su Iglesia Particular del Piamonte italiano. Se llama hoy, Animación Misionera.

Buscamos misioneros, dicen los obispos, esperamos misioneros gritan los pueblos, necesitamos candidatos reclaman las Instituciones misioneras en Europa y las Américas. ¿En dónde están? ¿En dónde los podemos buscar? ¿En dónde los podemos encontrar? En la África subsahariana y algunos países del Asia, se responde a nivel global. Y ¿en Colombia?

Intento contar “dónde están” o deberían estar los Misioneros y Misioneras de la Consolata. Empiezo por aclarar términos: los Misioneros y Misioneras de la Consolata son o existen  para “salir e ir más allá”, “Ad Gentes, a compartir la “verdadera Consolación, Cristo Jesús. Somos, por origen e identidad, enviados   a pueblos, culturas y ambientes donde todavía no han recibido el Primer Anuncio o lo han recibido de manera insuficiente. Pero la misión es una realidad mucho más amplia: toda la Iglesia existe para anunciar a Jesucristo y servir al Reino de Dios. La misión ad gentes es una modalidad fundamental, pero no es la única.

El magisterio misionero (especialmente desde Ad Gentes, en el Vaticano II, Evangelii Nuntiandi, Redemptoris Missio, Evangelii gaudium, Aparecida) distingue varias formas: Misión ad gentes (hacia los pueblos); Misión pastoral (o de cuidado de las comunidades cristianas), dirigida a comunidades donde la fe ya está presente, pero necesita ser: alimentada, celebrada, profundizada, fortalecida, esta es la misión cotidiana de parroquias, diócesis y comunidades; Misión de nueva evangelización, dirigida especialmente a personas y sociedades que han conocido el cristianismo, pero se han alejado de la fe o viven como si Dios no existiera y busca reavivar la fe, despertar la conversión, recuperar la relación con Cristo; Misión de frontera o misión en las periferias, en aquellos lugares donde la vida humana está más herida, como entre los pobres, migrantes, excluidos, víctimas de violencia, periferias urbanas y existenciales; Misión de diálogo con otras religiones, con las culturas, con la ciencia, con quienes no creen, sin renunciar al anuncio pero buscando caminos de encuentro y testimonio;  Misión ad intra (hacia dentro de la Iglesia), de renovación interna, conversión de los creyentes, formación de discípulos, renovación comunitaria, reforma de estructuras para servir mejor, donde se trata de evangelizar continuamente a sus propios miembros; Misión social y de transformación del mundo, dimensión inseparable del Evangelio, que incluye la promoción de la vida con dignidad, justicia, paz y ecología integral.

Desde la perspectiva de San José Allamano y el carisma transmitido, estas modalidades no se oponen, varias se cruzan transversalmente y se complementan: la misión ad gentes que es el núcleo y el horizonte original de toda la misionariedad de la Iglesia, es al mismo tiempo, ad extra, ad pauperes y ad vitam. Toda ella se realiza con un corazón consolado por el “Otro Consolador”, enviado a consolar, con y como María Consolata, allí donde la humanidad y la creación lloran o gimen, necesitadas de esperanza en una vida resucitada.

En Colombia el Instituto Misionero de la Consolata ha identificado su núcleo y horizonte “ad gentes” con pueblos originarios o indígenas; pueblos, poblaciones y territorios amazónicos; afrodescendientes; conglomerados de las periferias urbanas; y juventudes. Ese conjunto denominado Opciones misioneras, hoy constituye su “ad gentes”. En él se encuentran los “otros”, culturalmente diferentes, con quienes se debe dialogar intercultural e interespiritualmente; los pobres, más pobres y empobrecidos, a quienes se les debe acompañar solidariamente en sus búsquedas de liberación, promoción humana, justicia, paz y cuidado de sus territorios o rincones en las periferias urbanas y de la geografía nacional; las diversas juventudes (indígenas, afro, campesinas, urbanas, etc.) que constituyen hoy el “primer lugar ad gentes”, no evangelizado. En sus opciones misioneras debe invertir sus mejores fuerzas y esfuerzos. Todos los otros servicios y actividades en la Región, deberían estar orientados a sus Opciones y al apoyo de la misión ad gentes “más allá, de sus fronteras” geográficas, en comunión y colaboración con el Instituto global.

¿Qué ha pasado entre ayer, 1947, y hoy, 2026?

Los jóvenes colombianos, casi desde la llegada de los Misioneros de la Consolata, entraban numerosos a los seminarios en San Félix, Bogotá, Manizales, Medellín, Bucaramanga, etc., y el Instituto contaba con Misioneros, Padres o Hermanos, para realizar su misión ad intra y ad extra e intercambiar servicios y formandos dentro de la estructura organizativa interna. Hoy no consigue responder con holgura ni a los llamados de la misión, ni a las necesidades de la misma institución. El descenso y desequilibrio está siendo más que evidente. El momento actual requiere mucho valor, creatividad, fe convertida en confianza y coraje de cambiar: es tiempo de reestructuración, de integración de actividades, de reaprender a vivir en comunidad, de cerrar presencias, de trabajar en equipos abiertos a la participación con otros, diocesanos, religiosos y/o laicos jóvenes y adultos.

Se puede negar lo que está pasando, por miedo a afrontar la situación; lanzarse atolondramente a la captura de vocaciones; importar refuerzos humanos de otros lugares, como al inicio, para que conserven lo asumido o construido, cuiden de los mayores y sostengan la Institución, aunque no la misión. Afortunadamente los discernimientos y toma de decisiones son comunitarios y entonces suele predominar la sensatez y de pronto la parresia y el profetismo, cuando no la prudencia.

Corresponde afrontar con lucidez y cordura la situación y prepararse para la visita de la nostalgia, la perplejidad y la impotencia, que llegan con su banda sonora de lamentos, ayes, rabias, críticas y hasta lágrimas. Dejarles pasar, saludarles educadamente y permitir que se expresen con libertad, sin prolongar demasiado su visita. Poner cerrojos y alarmas para evitar la entrada de la culpabilidad (¿qué-se- ha-hecho-mal? ¿Quién lo ha hecho?) altamente tóxica que incordia mucho, no aporta nada bueno y es resistente al desalojo, una vez que se instala.

Una vez concluido ese duelo sanador, despojar las expresiones “somo pocos”, “no alcanzamos”, “no tenemos con quién”, “no entienden nada”. Mirar la realidad como como una consecuencia de la coyuntura cambiante, de la contingencia y finitud que alcanza a las personas y a las instituciones.

En la Región IMC Colombia se han superado pequeñas crisis internas, cambios profundos en la teología misionera, la espiritualidad, las costumbres, las formas de vida comunitaria, las relaciones interpersonales e interculturales, el ejercicio de la autoridad, la práctica misionera y la formación de las nuevas generaciones. Hoy se siente el vacío de candidatos y se resiste a formalizar pactos o alianzas con las juventudes laicales y otras instituciones. Se han mantenido y mejorado con relativo éxito las estructuras, se ha gestionado la educación privada y la economía. No se está mal, se escucha. Todo ello en medio de aciertos y errores y tratando de aprender de todos ellos.

¿Qué toca aprender ahora?

A gestionar creativamente el presente, tal como se presenta y enfrentar animosamente el futuro, sin perder la alegría que, según Jesús, no la puede quitar nadie. Conjugar el prever y el confiar, el realismo objetivo y los sueños utópicos, acoger bien y promover a los que llegan, cuidar y favorecer a los que están y permanecen. Seguir viviendo y e intentando, apasionadamente, el seguimiento de Jesús y trabajando por el Reino, en la Iglesia y con ella.

La Misión de Dios continua, no en “muchas misiones” separadas, sino en una única misión, la del Señor Jesús, confiada a la Iglesia y, en ella y por medio ella, al Instituto Misiones Consolata. Una secuencia teológica y práxica puede ser: Cristo → Iglesia → Misión única → Diversas modalidades → Instituto Misiones Consolata (ad gentes) Reino de Dios.

sábado, 13 de junio de 2026

Instituto Misiones Consolata

Un árbol con raíces puede volar

Diseño realizado con ChatGPT

Institución viva 

La imagen sugerida por mi y realizada virtualmente por el Chat, se ofrece cargada de rica y sugestiva simbología que, aún hablando por sí misma y cada uno pudiendo inferir diversos significados, o tal vez por eso mismo, me permite resaltar algunos elementos o dimensiones generales que componen la idea de lo que he querido representar. 

La referencia para realizar el diseño o imagen es el Instituto Misiones Consolata - IMC, una institución religiosa de derecho Pontificio, fundada por San José Allamano en Turín - Italia, en 1901 para la misión ad gentes. Una institución jurídica con estructuras físicas, patrimoniales y organizativas. Constituida por personas que buscan hacer de ella una familia internacional e intercultural, como proponía el Fundador, conformando así, no solo una organización sino un organismos vivo que ha perdurado en el tiempo y se ha expandido por la geografía global, al ser movida por un carisma y sostenida por una espiritualidad dinámica, al servicio de una misión en la Iglesia Católica, para toda "la Comunidad de la vida" (Carta de la Tierra). 

Con el símil del árbol, que nos es familiar a todos, podemos contemplar este organismo:

  • Arraigado en el planeta con sus raíces continentales inmersas en el agua, placenta de la vida, por medio de ellas (las raíces) absorbe de los pueblos, culturas y contextos, todos los ingredientes necesarios para su vida y funcionamiento: personas, valores y recursos materiales. Al mismo tiempo con ellos (los continentes y el planeta) comparte su don, la "verdadera Consolación", el Señor Jesús, 

  • Con un tronco verde en forma de “I” (Instituto), del mismo color que viste el  Niño en los brazos de su Madre Consolata. Crece y afianza su estructura e identidad, sin desprenderse de sus raíces, incorporando la sabia recogida a lo largo y ancho de la geografía y en cada época de su existencia.

  • Sus ramas como alas azules en forma de “M” (Misión), del mismo color profundo del manto que cubre con su misterio celeste "la llena de gracia", la consolada y consoladora Consolata, protectora de esa paradoja histórica y misteriosa: un árbol con raíces y alas que puede volar, traspasar fronteras, ir a habitar más allá y realizar su misión, "ad gentes".

  • Su corazón rojo en forma de “C” (Consolación y Carisma), que abraza el tronco: del mismo color que el manto real y martirial del Niño que bendice con sus deditos mesiánicos, ilumina, calienta y llena de energía, "por la entrañable misericordia" del Padre maternal, con el SOL que nace de lo alto (Lc 1,78), que tambien está en el nombre Consolata y aviva el carisma misionero de consolación - liberación, desde la aurora hasta el ocaso, 

  • Aurora y ocaso, enmarcan son sus luces y sombras el Organismo total, IMC, iluminando el misterio que traspasa los tiempos, desde el inicio hasta la plenitud, como las estrellas de la Consolata, "iluminando a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte, guiando nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc 1,79).

De alguna manera expresa visualmente un organismo vivo y armonioso, arraigado en la tierra, enviado a los pueblos, iluminado por Cristo (Jn 8,12) y movido por el Paráclito, el Otro Consolador (Jn 14,20-26).

viernes, 12 de junio de 2026

Bernabé y la Promoción Vocacional

 La Promoción Vocacional

IA - Equipo Misionero de la Comunidad de Antioquía para la misión entre los gentiles

Hoy, 11 de junio, celebrando la Eucaristía en el Ancianato de Fontibón, compartí mi reflexión inspirada en la Liturgia de la Palabra, la fiesta de San Bernabé Apóstol, el inicio de la Novena dedicada a María Consolata, cuya fiesta celebraremos el próximo 20 de junio  y dos inquietudes que me habitan, con persistencia, por estos días: la promoción vocacional al servicio de la Iglesia y de la Familia Misionera de la Consolata y la elección del presidente de Colombia, el próximo 21 de este mismo mes.

José, el nombre de un hombre “justo y bueno”

Qué buen título para calificar un hombre “extraordinario en lo ordinario” de la vida. Nacido en Chipre, una isla no muy lejos de Jerusalén, decidió transferirse a la ciudad, en donde invirtió lo que traía, en un lote cerca al Santuario. Por allí mismo, nos cuentan los Hechos de los Apóstoles, en la Biblia, habían abierto ellos la primera Comunidad Apostólica y anunciaban, con la vida y la palabra, la presencia resucitada de su Maestro Jesús, el mismo que hacía poco habían condenado y matado en la Cruz, las autoridades, delante de todo el Pueblo.  A José le llamó la atención la forma de vivir y de hablar de esta nueva Comunidad y decidió visitarlos. Le gustó y siguió frecuentándolos hasta que, un día, resultó vendiendo el lote y viniendo a vivir con ellos, colocando el dinero recibido por la venta del lote y él mismo, al servicio de la comunidad.

Poco a poco, en la convivencia diaria, se fueron conociendo y un día, con más confianza, comenzaron a llamarlo con el apodo de Bernabé que significa “hijo de Consolación” o “apto para exhortar”. Esas cualidades le habían reconocido y por eso resultaron cambiándole el nombre. El primer misionero de la Consolata, pensaba yo y así mismo lo intuyó un sacerdote diocesano que concelebrara conmigo la Eucaristía. Cuando salimos, me felicitó y agradeció por la homilía diciendo: “Bernabé, otro misionero de la Consolata”, entonces.

 

Al inicio de todo proceso vocacional nos encontramos con una Comunidad que trata de vivir en el “Espíritu del Señor Jesús” y que, por lo mismo, atrae y acoge a muchos como “José, un Levita natural de Chipre, a quien también los apóstoles llamaban Bernabé, que traducido significa Hijo de Consolación, poseía un campo y lo vendió, trajo el dinero y lo depositó a los pies de los apóstoles” (Hch 4, 36-37), que a pesar de los peligros que enfrentaban aquellos que profesaban la fe cristiana, se incorporó y fue un líder misionero hacia los gentiles, animador - formador y promotor vocacional. 

Animador, “apto para exhortar”

Ya haciendo parte de la Comunidad de Jerusalén, se manifestó disponible para salir e ir a donde lo requirieran. Cuando vieron el proceso floreciente de la recién organizada comunidad en Antioquia, después de las persecuciones y la dispersión, “la Iglesia de Jerusalén envió a Bernabé … Cuando llegó y vio la gracia que Dios les había concedido, él se alegró mucho y exhortaba a todos a permanecer fieles al Señor con un corazón firme. Bernabé era un hombre bondadoso, lleno del Espíritu Santo y de mucha fe. Y una gran multitud adhirió al Señor … (cfr. 11, 21b-26; 13, 1-3).


Haciendo parte de la Comunidad, el “apto para exhortar” o animar, siendo hombre bondadoso, lleno de Espíritu Santo y de mucha fe, es capaz de ver la gracia de Dios, alegrarse y exhortar, amablemente, a la perseverancia y la fidelidad.

 Acompañante vocacional

 Reconociendo, valorando y animando la Comunidad visitada, identifica necesidades y busca soluciones factibles, de calidad e inmediatas. Nota los vacíos de reflexión y formación en las Sagradas Escrituras. “Entonces partió hacia Tarso en busca de Saulo, y cuando lo encontró, lo llevó a Antioquía. Ambos vivieron todo un año en esa Iglesia y enseñaron a mucha gente. Y fue en Antioquía, donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de ‘cristianos’”.

Saulo, más conocido como San Pablo, era un ciudadano romano y judío fariseo originario de Tarso (actual Turquía), académicamente instruido en la cultura griega y latina, sin dejar de ser judío. Nacido en Tarso, ciudad con gran influencia filosófica y cultural, aprendió a hablar, escribir y pensar fluidamente en griego koiné (el idioma comercial de la época) y también en latín. En Jerusalén se instruyó en la rama más estricta del judaísmo. Fue discípulo directo del rabino Gamaliel, uno de los maestros de la ley más respetados e influyentes de aquel tiempo. Poco a poco se fue convirtiendo, por fidelidad al judaísmo, en perseguidor del nuevo movimiento cristiano. En el camino de Damasco escuchó la voz de Jesús que le decía ¿“Saulo, Saulo, porqué me persigues?” (Hch 9,4) y conversando con Ananías en la ciudad de Damasco, se le cayeron las escamas de los ojos, vio, entendió, se convirtió al cristianismo y se hizo bautizar (Hch 9,10-19).

“Cuando llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo. Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Jesús. Y estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía, y hablaba denodadamente en el nombre del Señor, y disputaba con los griegos; pero estos procuraban matarle. Cuando supieron esto los hermanos, le llevaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso. (Hch 9, 26-30)

El “Hijo de la consolación” viaja a Tarso, busca a Saulo, a quien ya había individuado en Jerusalén, reconocido y creído en su conversión, conversa con él y lo invita hacer parte de la Comunidad de Antioquia. Lo introduce y se queda con él.

Vocación misionera para los gentiles

“En la Iglesia de Antioquía había profetas y doctores, entre los cuales estaban Bernabé y Simeón, llamado el Negro, Lucio de Cirene, Manahén, amigo de infancia del tetrarca Herodes, y Saulo. Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: “Resérvenme a Saulo y a Bernabé para la obra a la cual los he llamado”. Ellos, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.

Así fue como, alrededor de los años 46-48 de la era cristiana, se conformó el primer equipo misionero, organizado en la iglesia de Antioquía (Siria) por sugerencia, elección y envío del Espíritu Santo (Hch 13,1-3), con la participación de la Comunidad. Los elegidos fueron: Bernabé, el "hijo de consolación", hombre de comunión, capaz de acoger a Saulo cuando muchos desconfiaban de él, de acompañar a los nuevos creyentes y darle una segunda oportunidad a Juan Marcos (cf. Hch 4,36; 9,27; 11,22-24). Pablo (Saulo), teólogo y maestro en las Sagradas Escrituras, que pasó de perseguidor a evangelizador y Juan Marcos, joven sobrino de Bernabé, acompañante de apoyo quien, a pesar de regresarse a Jerusalén a mitad del trayecto, muestra con su historia que las fragilidades pueden transformarse en nuevos caminos de misión (cf. Col 4,10; 2 Tim 4,11) y termina redactando el Evangelio Según San Marcos, con el testimonio de Pedro y Pablo, en Roma.

La promoción vocacional en la Iglesia Católica es el conjunto de acciones, procesos y testimonios mediante los cuales la comunidad cristiana ayuda a las personas a descubrir, discernir y responder a la llamada que Dios les dirige. No busca simplemente "reclutar candidatos", sino ayudar a cada persona a descubrir su llamada y a responder con libertad y generosidad al proyecto de Dios, para el bien de la Iglesia y de la humanidad. No se limita a promover vocaciones sacerdotales o religiosas, sino que abarca todas las vocaciones cristianas: laical, matrimonial, sacerdotal, religiosa y misionera.



martes, 2 de junio de 2026

La misión es consolar

 La misión es consolación

María Consolata y San José Allamano en Castelnuovo 

Junio es el mes de la Consolata, no solo para los habitantes de Turín y todos los misioneros y misioneras que llevan su nombre, sino también para millones de personas que la han conocido por el mundo.

San José Allamano, un servidor incansable y alegre de la Virgen María, comprendió bien que la Consolata emanaba una fuerza y un mensaje imposibles de confinar entre los muros de un santuario. Su poder de consuelo impulsaba a la gente a salir y encontrarse con los demás, especialmente con los más marginados de la ciudad. Por esta razón, nuestro fundador se preocupó no solo por los jóvenes sacerdotes a su cargo y los fieles que frecuentaban el santuario, sino también por los presos, los conductores, los trabajadores, las empleadas domésticas y costureras, no solo para nutrir su fe, sino también para promover toda iniciativa que mejorara sus condiciones de vida. También apoyó a la prensa católica (tanto en Francia como en Turín) y fundó el boletín La Consolata en 1899, del cual surgió nuestra revista, Missioni Consolata, para comunicar la consoladora cercanía de la Madre de Jesús tanto en los hogares de Turín como en los lejanos hogares de los emigrantes italianos en América.

Pero para San José Allamano, todo esto aún no era suficiente: quería contribuir, como María, a llevar a Jesús a toda la humanidad. De ahí la fundación de dos institutos misioneros y el envío, a partir de 1902, de cientos de evangelizadores a África, luego a América y posteriormente a Asia.

Servidores de la Consolación de María: estas palabras resumen no solo la identidad de los misioneros de la Consolata, sino la esencia misma de la misión de la Iglesia. El verdadero consuelo es Jesús, quien da testimonio del amor de Dios por cada persona y por la creación. Él es quien se hizo servidor, no patrón, de los seres humanos, para que vivieran según el sueño de Dios que los creó: guardianes de la creación, generadores de vida, alegría y paz, libres de toda esclavitud.

Consolar no es mimar ni ilusionar a los demás haciéndoles creer que el mal no existe. Es acompañar a las personas, con amor, esperanza y fe, en la a menudo dura realidad de sus vidas.

La misión de consolar hoy enfrenta desafíos tanto antiguos como nuevos. Antiguos como el racismo, la pobreza, la ignorancia, la esclavitud, la mercantilización de las personas y el saqueo de los bienes comunes en beneficio de unos pocos. Nuevos como la inteligencia artificial, el bombardeo publicitario, la presión de las redes sociales, el consumismo desenfrenado, la idolatría del yo, la supuesta defensa de las fronteras, el ataque a la familia y a la vida, la desmaterialización (perdida de cuerpo) de los contactos y las amistades, el cambio climático y mucho más.

Consolar hoy es también decir, junto con el Papa León XIII: «¡Bienaventurados los pacificadores! ¡Ay de aquellos que doblegan las religiones y el mismo nombre de Dios a sus propios objetivos militares, económicos o políticos, arrastrando lo sagrado a lo más sucio y oscuro!».

Consolar significa desafiar un enfoque exclusivamente represivo y centrado en la seguridad para abordar los problemas sociales, proponiendo otro que sitúe la dignidad de las personas en el centro, especialmente la de las más marginadas. Los problemas no se resuelven con más cárceles, más muros ni más repatriaciones, sino con mayor atención a las personas, mayor promoción de la paz y relaciones comerciales más equitativas.

Consolar hoy significa desafiar las decisiones que se dejan en manos de los algoritmos y volver a poner en el centro a quienes se guían por la ética y la responsabilidad personal.

Consolar se convierte entonces en un desafío a la pasividad, la resignación y la tentación de relacionarse con la realidad y la historia únicamente a través de una pantalla, cambiando de canal cuando no estamos satisfechos.

Consolar se arraiga en la experiencia de la resurrección, que abre horizontes de vida y amor para toda la humanidad. Su energía proviene del fuego del Espíritu de Pentecostés, que alimenta el amor como compromiso y servicio, con una fe sólida y una esperanza que permite ver más allá de las numerosas muertes que afligen a la humanidad.

Así, el 20 de junio, fiesta de la Consolata, es el día para renovar nuestro compromiso con la misión, una misión nueva y creativa capaz de abordar las grandes preguntas de la vida actual, revelando la presencia del Señor entre nosotros.

 * Padre Gigi Anataloni, IMC, director responsable de la revista Missioni Consolata. Editorial - junio de 2026


viernes, 29 de mayo de 2026

Pentecostés tiempo de Consolación

 “Pentecostés es el tiempo de la consolación”

Cardenal Leonardo Steiner

En la Solemnidad de Pentecostés, el presidente de la Conferencia Eclesial de la Amazonía (CEAMA) y arzobispo de Manaus, el cardenal Leonardo Steiner, invitó a la Iglesia y a la sociedad a abrirse a la acción transformadora del Espíritu Santo, destacando que “Pentecostés es el tiempo de la consolación”. 

Deduzco que, para el arzobispo, consolación es:

1. Paz construida en medio de un mundo marcado por la violencia, el miedo y las divisiones. Tal fue el primer anuncio de Jesús Resucitado fue: “La paz esté con ustedes”, saludo dirigido a unos discípulos llenos de temor y encierro. Palabra viva para la humanidad de hoy. Todos necesitamos, ayer y hoy un saludo que nos anime, nos levante, nos eleve, nos transforme y libere: la paz que no es solamente ausencia de guerra, sino posibilidad de reconocernos como hermanos y hermanas, dialogar respetando las diferencias y sanar las múltiples violencias presentes en la sociedad, la violencia política, económica, social y familiar.

2. Reconciliación, perdón y unidad, que solo es posible a través del Espíritu Santo, quien inspira y acompaña los caminos: “Es necesaria la suavidad, el soplo, la benevolencia y la mansedumbre del Espíritu. Él ilumina nuestras discusiones, nos aproxima en nuestros afectos y nos da un lenguaje capaz de entendernos”. Él “ablanda el corazón” y ayuda a hacer posible el perdón, condición indispensable para recuperar la paz entre las personas, las familias y las comunidades. “Solo el perdón es capaz de devolvernos la paz”.

3. Fuerza renovadora, “viento fuerte” y “lenguas de fuego”, que penetra dentro, abre puertas, libera del miedo y envía a anunciar el Evangelio sin temor.

4. “Iglesia consoladora”, inspirado en el Papa Francisco, el cardenal señaló que la Iglesia está llamada hoy a ser presencia consoladora y misericordiosa, especialmente junto a quienes sufren: “Debemos ser consoladores y consoladoras, presencia del amor especialmente para los más necesitados”. Pentecostés la impulsa hoy a vivir la misericordia, la reconciliación y la cercanía con los pobres, descartados y heridos de la historia: “Es el tiempo de la misericordia, del perdón, de la reconciliación y de la paz. Es el tiempo del Paráclito”, afirmó.

Fuente: Conferencia Eclesial Anazonica - CEAMA

martes, 26 de mayo de 2026

Proceso humanizador

 Ética como camino de santidad

El ser humano no nace plenamente humano: se humaniza en la relación ética con sigo mismo, los otros, lo otro y el Otro. Cuando esa humanización se abre radicalmente al amor, a la verdad y a la entrega, aparece la santidad. Por eso, la verdadera santidad no aparta de lo humano, sino que lleva a su máxima plenitud. Cuanto más santo alguien es, más humano, más compasivo, más misericordioso, más ético se vuelve.

En la Biblia cristiana se confirma el valor primordial de lo humano con la Encarnación de Dios: “Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14), en vientre humano, de mujer. Así, la humanidad se convierte en el lugar donde Dios se revela. Jesús mismo se presenta como el “camino, la verdad y la vida” para alcanzar la plena humanidad o santidad. Esta se logra con Él y como Él, donando gratuitamente la propia humanidad, al servicio de la vida en todas sus manifestaciones y sirviéndola, prioritariamente, a partir de donde se encuentra más frágil y débil. Desde la teología cristiana, Jesús no es menos humano por ser santo; es plenamente humano precisamente porque vive plenamente el amor.

La santidad cristiana no es una realidad separada de la vida concreta, ni una experiencia reservada para seres extraordinarios alejados de la historia. La santidad acontece precisamente en la manera de vivir, amar, decidir, trabajar, sufrir, servir y relacionarse. Por eso puede afirmarse que la ética constituye un verdadero camino de santidad cristiana.

No se trata de reducir la fe a moralismo, ni de convertir el Evangelio en un código de normas. Se trata de comprender que la gracia de Dios transforma progresivamente la existencia de quien lo acoge y la conduce hacia la plenitud del amor. La ética cristiana aparece entonces como la forma histórica y concreta de la santidad.

La santidad cristiana: vocación humana y divina

El llamado a la santidad atraviesa todo el Primer Testamento: “Sean santos, porque yo soy santo” (Lev 19,2). En el Nuevo Jesús, el revelador de Dios Padre maternal, lo radicaliza: “Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48) y humaniza: “Sean compasivos como el Padre es compasivo” (Lc 6,36), lo encarna en la historia, en cada tiempo y espacio. Ésta es la compasión que el autor de la carta a los Hebreos 4,15 le atribuye al Señor Jesús y nos la recuerda a nosotros: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que sea incapaz de simpatizar con nuestra debilidad, sino alguien que ha sido probado de manera similar en todo, pero está sin pecado.”

Con el Concilio Vaticano II se nos aclaró que: “Todos los fieles están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen Gentium, 40). Un llamado a santificarnos, conscientes que no nacemos santos, sino que nos vamos santificando en la medida que vivimos y convivimos, éticamente relacionados, actuando, movidos por la compasión, misericordiosamente, para consolación y alegría de todos.

La santidad no es, entonces, privilegio de religiosos o sacerdotes, es horizonte de todo bautizado e incluso de todo humano. El Papa Francisco lo recuerda en Gaudete et Exsultate 7: “Me gusta ver la santidad en el pueblo paciente de Dios…”. La ética huma y la santidad divina, no se contraponen, se encuentran en decisiones concretas, en hábitos, virtudes opciones, comportamientos y responsabilidades históricas, en el modo de habitar el mundo, en el estilo de vida (ethos). En clave cristiana, la ética no consiste simplemente en cumplir preceptos morales o códigos civiles, sino en responder al amor recibido de Dios, aún sin entenderlo claramente. Como bien afirmaba Santo Tomás de Aquino “la vida moral consiste en orientarse al bien supremo, que es Dios (Summa Theologiae, I-II, q.1) o San Agustín de Hipona, “Ama y haz lo que quieras” (In Epistolam Ioannis ad Parthos, VII, 8).

Esto no significa relativismo moral, como piensan muchos piadosos, sino que cuando el amor auténtico ordena la vida, las acciones se orientan hacia el bien. Por algo insistía San José Allamano a sus misioneros/as: “primero santos, después misioneros”. Reflexionando podemos complementar o traducir: primero humanos, luego santos. Cuanto más humanos, más santos, cuanto más santos, más humanos y mejores misioneros. En conclusión, cuanto mejores misioneros, más humanos y, por ende, más santos.

La santidad no aleja del mundo, transforma la manera de habitarlo y por eso “termina convirtiéndose en misión”. Vista la misión como la veía San José Allamano, con los ojos de María Consolata, consolada y consoladora, “para la Gloria de Dios”, como lo expresa el lema escogido para el Instituto Misionero, por él mismo, “anunciarán mi gloria a las naciones” (Is 66, 19) y como lo traducía San Oscar Romero, desde el Salvador, “La gloria de Dios consiste en que el pobre viva”, explica el lugar(es) de la misión ad gentes, como lo entendía Allamano. Se concreta en una cadena o proceso, metodológico y espiritual, donde la ética aparece no como un sistema abstracto de normas, sino como un itinerario humano-cristiano de maduración afectiva, relacional, espiritual y misionera que culmina en la santidad que conduce a la plena humanidad: compasión → misericordia → consolación → alegría → felicidad (bienaventuranza/santidad). Este proceso, que debe ser desarrollado didácticamente, posee una lógica antropológica, bíblica y teológica que nos permite ver la ética como auténtico camino progresivo hacia la santidad.

Referencias bibliográficas

- Calleja José Ignacio, Misericordia, caridad y justicia social, Sal Terrae, Santander, 2016
- Nicoletta Fusano, Con-passione, Cittadella Editrice, 2016
- Moreira Gilvander, Dalla Compassione alla Misericordia, Editrice Vaticana, Roma, Assisi, 1996
- García Fernández Marta, “Consolad, consolad a mi pueblo” Gregorian Biblical Pressa, Roma, 2010
- Sobrino Jon, El Principio Misericordia, Sal Terrae, Santander, 1992
- Tamayo Juan José, La compasión en un mundo injusto, Fragmenta Editorial, Barcelona, 2021.
- Pikaza Xabier y Pagola José Antonio, Entrañable Dios, Verbo Divino, Navarra, 2016


sábado, 23 de mayo de 2026

Sentido espiritual y humano de un Icono

 El icono de N.S. Consolata

 

La pintura conserva sus características bizantinas originales, es decir, la representación de una madre y su hijo, sin exaltar los rasgos externos, sino profundizando en la intimidad del alma. Al contemplar la pintura de la Consolata, aunque se trate de un lienzo, percibimos las características de un icono, la expresión artística típica de los pueblos de Oriente.

Quien contempla por primera vez la imagen de la Consolata se sorprende por la forma en que se representa a María y a Jesús. Lo que más llama la atención son sus rostros. Estamos acostumbrados a admirar a María y a Jesús por la belleza de sus rasgos externos. Este no es el caso aquí, pues lo que se busca resaltar es su belleza interior.

El rostro de María está cubierto por un velo de tristeza, bajo el cual reside la esperanza. Inclina ligeramente la cabeza hacia su Hijo, como si le presentara nuestras dificultades. Su mano derecha sobre el corazón parece indicarnos que ha asumido todos los sufrimientos, dolores y preocupaciones de quienes acuden a ella y se los ofrece a su Hijo.

El rostro de Jesús no es el de un niño, sino el de un adolescente más maduro. Esta es la forma oriental de decir que la sabiduría reside en Jesús.

Jesús está sentado sobre el brazo izquierdo de su Madre, mirando hacia nosotros. María, por su parte, no mira directamente a su Hijo, sino que lo presenta al mundo. Lo señala con la mano derecha, como para decirles a los fieles que Él es lo más importante.

Es una Virgen cristológica,
cuya principal preocupación es señalar
a los fieles no a sí misma, sino al Hijo de Dios.
Ella lo protege, pero no por sí misma.

Las manos del Niño son el único vínculo que une a Madre e Hijo. Su mano izquierda se aferra al pulgar de la mano de su Madre, entrelazándose así con la suya. Dios, en Jesús, quiere tomarnos de la mano, como lo hizo con el pueblo de Israel: «Cuando Efraín era niño, lo tomé de la mano, lo acerqué a mi mejilla, lo acaricié; lo atraje hacia mí con lazos de amor» (Oseas 11:1-4).

Con su mano derecha, bendice al mundo a la manera oriental: dos dedos extendidos y tres doblados: las dos naturalezas de Cristo y las tres Personas divinas.

María revela su modestia, enfatizada por el manto que oculta su cabello, el silencio místico de sus labios cerrados y sus ojos fijos en su Hijo y en quienes la veneran.

Los colores del icono y su significado

Fiel a la inspiración del arte iconográfico, esta pintura también respeta sus colores.

El manto azul profundo de María expresa su gloria en el Cielo: un manto que envuelve todo su cuerpo, mientras que su borde dorado expresa la participación de la Virgen en la gloria de Dios.

Para los antiguos, el manto azul también simbolizaba la virginidad y el mar tempestuoso sobre el que María brilla como una estrella (Números 24:17).

El color rojo simboliza la realeza: María es Reina en el Cielo, y el manto rojo de Jesús representa su realeza innata.

El verde del vestido del Niño representa la vida, el renacimiento, la regeneración y esperanza. Simboliza la creación, la Pascua y la victoria sobre la muerte, conectando la naturaleza terrenal con la promesa de la vida eterna y el paraíso

Las tres estrellas en el manto de la Virgen (una oculta por el Niño) expresan su triple virginidad: antes de la concepción, durante la concepción y después del nacimiento de Jesús. La estrella de ocho puntas en su frente, que ilumina el rostro de la Consolata, simboliza la misión que irradia por doquier e ilumina el mundo.

María lleva un anillo en el dedo. En el Antiguo Testamento, simbolizaba autoridad y poder. La nueva Eva, María, venció el mal con su «sí» al Señor.

Dos halos dorados aparecen en la pintura. El halo de Jesús sostiene la cruz. En él se puede discernir una manifestación de gloria.

María, mujer de la Palabra

Por lo general, con la excepción de los iconos del Perpetuo Socorro y la Ternura, la mayoría representa a Jesús con un pergamino en la mano: es el Evangelio, lo que indica que Él es la Palabra, la Palabra de Dios.

En el icono de la Consolata, en lugar del pergamino, es señalada por el Niño, como diciendo: «¡Les muestro a quien escuchó mi Palabra y la puso en práctica!» (Lucas 8:21).

María es la «mujer» que permitió que la Palabra viviera y creciera en su interior, uniéndose a su Hijo. María nos presenta a su Hijo en el acto de bendecirnos. De esta manera, la «Consolata» de Dios, llena de alegría, se transforma en Aquella que nos consuela al darnos a su Hijo, el gran Consolador.

Si queremos convertirnos en un Evangelio —no escrito, sino claro y legible en los gestos, las palabras y los silencios que tejen nuestros días— debemos seguir los pasos de María.

San José Allamano animaba así a sus misioneras:

“Confía en la Virgen María. Ella es tu Madre, ámala. Sin ella, no puedes volar ni caminar en santidad.”

Nuestra ala de apoyo es ella, la madre de Jesús, la Consolata. Sin ella, poco o nada podemos hacer; con ella, todo.

De pie ante el icono de la Consolata, mirándote en su reflejo, pídele que te ayude a comprender los pasos a seguir, los caminos a emprender, las actitudes a vivir para convertirte cada vez más en una presencia de consuelo.

Oración

Oh Consolata,
Virgen de la esperanza,
profecía de tiempos nuevos,
úne nuestras voces a tu canto
y acompáñanos en el camino,
para anunciar la gozosa noticia
de misericordia y salvación,
que tu Hijo Jesús nos ha revelado.
Amén.