María, pedagoga en la Escuela de Jesús
El Maestro es el Hijo (cf. Mt 23,8-10)
Icono de la Consolata
En tiempos de
invasión tecnológica y digital, repensar las pedagogías para un aprendizaje formativo
integral, parece urgente y María, la madre y formadora del Maestro Jesús, es
presentada en la Escritura Sagrada y en la tradición de la Iglesia Católica,
como “modelo y guía” en el acompañamiento y formación de discípulos misioneros,
no solo de fieles creyente. Ella, como discípula del Maestro y, precisamente
por haber aprendido de Él desde la Encarnación hasta Pentecostés, se convierte
en autoridad pedagógica para acompañar a los que aman y quieren seguir a su
Hijo. Su vida constituye un verdadero itinerario pedagógico que acompaña el
crecimiento espiritual del creyente desde el encuentro inicial con Dios hasta
la plena participación en la misión de la Iglesia. Su pedagogía es siempre una
pedagogía "en la escuela de Jesús", el “misionero enviado del Padre”
que prepara para vivir sinodalmente en esta Iglesia en salida (Papa Francisco).
Hablar de María
como pedagoga significa reconocer en ella no solamente a la Madre de Jesús y
Madre de la Iglesia, sino también a la mujer que enseña el camino de la fe
mediante su propia vida. María no funda una escuela con métodos escritos ni
transmite una doctrina propia, su pedagogía consiste en conducir siempre hacia su
Hijo, formando discípulos capaces de escuchar, discernir, servir, perseverar y
anunciar el Evangelio.
Una imagen y un nombre, Consolata
Soy Misionero
de la Consolata y mi configuración con el “Misionero enviado del Padre” ha
venido siendo inspirada a lo largo de los años, desde 1962, por la imagen de
María Consolata propuesta por San José Allamano, formador de Sacerdotes
diocesanos, en la Arquidiócesis de Turín – Italia y el carisma por él legado a los
Institutos de la Consolata para misiones, fundados en 1901 y 1910. En realidad,
el icono de la Consolata ofrece una síntesis visual extraordinaria de una propuesta
formativa.
Hoy, en la llamada
era de la imagen, ya ampliamente usada en la tradición oriental, desde el
inicio del cristianismo, no solo como una ilustración religiosa, sino una
"teología en colores" (según la expresión atribuida a San Juan
Damasceno), al inspirarnos en la “espiritualidad mariana” para la formación de
discípulos misioneros, este icono puede convertirse en nuestra primera
"lección". María no comienza con lo que dice, sino con lo que muestra.
Antes de ser discurso, es icono; antes de ser método, es experiencia, antes de
ser acción es contemplación.
El icono de
la Consolata no solo inspira la vida y espiritualidad de San José Allamano, allá
en el “corito” del Santuario de la Consolata, en Turín – Italia, en donde la imagen
pasa del ámbito de la oración, meditación y devoción práctica a “lugar” de reflexión
teológica, educativa formativa y misionológica.
Este icono perteneciente
al grupo iconográfico de la Brephocratousa o Virgen con el niño, en la versión Odigitria, que presenta a María sosteniendo
al Niño Jesús, a quien señala con su mano derecha para indicarlo como el camino
de la salvación, es un sencillo y rico instrumento didadáctico. El apelativo Odigitria deriva del topónimo del convento de
los “Odigi”, en griego οδιγι, que significa "guías". Allí
habitaba una comunidad de monjes que veneraba el retrato original de María,
pintado según la tradición, por San Lucas. La emperatriz Puchera, habiéndolo
recibido en Jerusalén, lo confió a ese monasterio construido cerca a una fuente
de agua, en donde Nuestra Señora ya hacía muchos milagros, especialmente en
favor de los ciegos, a los cuales los mismos monjes les servían de “guía”,
conduciéndolos de la mano, como hacían los “pedagogos” griegos con los niños,
de siete a catorce años, cuando los llevaban al gimnasio o a la palestra, hasta
la fuente milagrosa para que se lavaran sus ojos con el agua sanadora. La misma
palabra Odigitria significa “la que muestra el camino” (Cfr. Gharib Georges, Le Icone Mariane, Cittá Nuova, 1988).
Video de Juan Gabriel Acosta contemplando la belleza de la creación
Es verdad
que la pedagogía occidental suele
comenzar la educación aclarando y explicando conceptos, no así la oriental que comienza
con la contemplación, no explica, sino que coloca en contacto con el misterio
que despierta admiración, curiosidad y contemplación, generalmente silenciosa. En
consecuencia, el primer acto educativo consiste en mirar, al estilo propuesto por
el sacerdote y teólogo suizo Hans Urs von Balthasar (1905 – 1988), cuando
constata que el ser humano llega a la verdad no solo mediante el razonamiento, sino,
ante todo, mediante la contemplación de la belleza de la Revelación. Él deja
registrada su propuesta en su trilogía La
gloria del Señor, Teodrama
y Teológica.
Esta
perspectiva ofrece una base teológica muy sólida para interpretar la pedagogía
mariana y la formulación del carisma a la que llegó San José Allamano
contemplando el cuadro de la Consolata, y el lema que lo sintetiza “Et
annuntiabunt gloriam meam gentibus” (“Anunciarán mi gloria a las naciones”, Is 66,19)
que fue mandado colocar por San José Allamano en la parte central superior de
la Casa Madre de Turín en 1925, y anteriormente ya figuraba en
la portada del primer Reglamento, manuscrito, del Instituto (1891) y vuelve a aparecer en el Reglamento de
1901 y en las Constituciones de 1909.
“Anunciarán
mi gloria a las naciones”
El profeta
Isaías concluye su libro con una visión profundamente misionera. Después de
anunciar la restauración de Jerusalén, evidencia de la consolación anunciada en
40,1-12, Dios promete enviar mensajeros hasta los confines del mundo: “Pondré
en ellos una señal y enviaré algunos de los sobrevivientes a las naciones... a
las costas lejanas, que nunca oyeron hablar de mí ni vieron mi gloria; ellos anunciarán
mi gloria a las naciones” (Is 66,19).
Esta promesa
encuentra en Jesucristo su pleno cumplimiento. El Hijo, enviado por el Padre,
revela la gloria de Dios como amor misericordioso, y después de su Pascua envía
a sus discípulos hasta los confines de la tierra (cf. Mc 16,15; Mt 28,19-20; Lc
224,48; Hch 1,8; Jn 20,21). Así, la misión no nace de una iniciativa humana,
sino del deseo de Dios de que todos los pueblos experimenten su salvación, disfruten el “buen
vivir” (Sumak
Kawsay en kichwa), paradigma ancestral, alternativo al
que propone hoy la sociedad del capitalismo tecnológico global de libre mercado.
Las cosmovisiones de los pueblos indígenas andinos y
amazónicos lo fundamentan en cuatro principios básicos:
·
Relacionalidad: Todo está interconectado; no existe vida aislada.
·
Complementariedad: Todos los seres y elementos se necesitan mutuamente.
·
Reciprocidad: Dar y recibir en equilibrio (ejecutado en prácticas como la minga comunitaria).
·
Correspondencia: Vivir en armonía con lo que la naturaleza nos proporciona.
Este Lema
Misionero, se puede extender a todos los operarios del Reino, contemplativos,
testigos, anunciadores y reveladores de la gloria de Dios, manifestada no en
volúmenes de ideas verdaderas y bien documentadas, ni en instituciones bien
organizadas, fuertes en su patrimonio y estructuras bien administradas, sino en
personas y comunidades que hacen visible, con la vida, la palabra y las
acciones, el rostro del Dios compasivo y misericordioso que consuela, libera y
salva. Porque, como decía San Irineo de Lyon “quienes ven a Dios tienen parte
en la vida … la gloria de Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la
visión de Dios. Si la manifestación de Dios por la creación da vida en la
tierra a todos los vivientes, mucho más la manifestación por el Verbo del Padre
da vida a aquellos que contempla” (Contra los herejes, 4,20,5-7).
Se constata que
la gloria de Dios en la Biblia no es un esplendor lejano, es su presencia
amorosa que restaura la dignidad humana, perdona, sana, reúne a los dispersos y
ofrece esperanza a los pueblos. Anunciar esa gloria significa revelar que Dios
continúa actuando en la historia, especialmente allí donde abundan el
sufrimiento, la pobreza, la violencia, la soledad y la pérdida del sentido de
la vida.
En esta perspectiva, la Consolación no se deja reducir a un simple alivio
emocional sino que se expresa como una experiencia integral del Reino. Consolar es hacer presente a
Cristo resucitado; es acompañar a los crucificados de la historia; sanar las
heridas del pecado, perdonar; es defender la dignidad de cada persona; es
reconciliar, con el perdón y la reparación, personas, comunidades y pueblos rotos;
es cuidar la creación como casa común y abrir caminos de esperanza allí donde
parece reinar la desesperanza.
La expresión “a
las naciones” manifiesta el carácter universal de la misión. El profeta utiliza
el término para designar a todos los pueblos, especialmente a quienes todavía
no conocen al Dios de Israel. Para el carisma misionero de la Consolata, estas
naciones representan hoy, en el Continente americano, los pueblos no evangelizados, las periferias
geográficas y existenciales, las culturas en transformación, las nuevas
pobrezas urbanas, el mundo digital, los migrantes, los jóvenes sin horizonte,
los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes y todos aquellos que
esperan una palabra de vida.
San José
Allamano comprendió profundamente esta dimensión universal. Quería misioneros
apasionados por quienes todavía no conocían a Cristo y repetía que el primer
anuncio debía realizarse con la santidad de vida. Antes de anunciar con los
labios, el misionero anuncia con la transparencia de una existencia
transformada por el Evangelio. Por eso insistía: “Primero santos, después
misioneros”. La credibilidad del anuncio depende de la autenticidad del
testimonio.
El lema también
recuerda que el verdadero protagonista de la misión es Dios mismo. En Isaías es
Él quien envía; es Él quien prepara los caminos; es Él quien reúne a las
naciones. El misionero no muestra su propia gloria, sino la gloria de Dios. No
busca protagonismo, sino que las personas descubran el amor del Padre maternal manifestado
en Jesucristo mediante la fuerza del Otro Consolador, el Espíritu Santo.
María, la mujer
de todos los nombres, incluido el de Consolata, fue la primera en llevar la
gloria de Dios a otra persona cuando visitó a Isabel. Su presencia hizo exultar
al niño en el seno materno y provocó el canto del Magníficat. Ella continúa
siendo la Consolata que acompaña a los misioneros para que Cristo sea conocido
y amado entre todos los pueblos.
En el contexto
actual, marcado por conflictos, polarización, migraciones, crisis ecológica y
profundas búsquedas espirituales, la misión ad gentes ya no puede
entenderse únicamente como un desplazamiento geográfico, sino como la
disponibilidad permanente para salir al encuentro de quienes todavía no han
experimentado la alegría del Evangelio. Las nuevas "naciones" son
también los ambientes culturales, digitales y sociales donde Cristo necesita
ser anunciado con respeto, diálogo, cercanía, testimonio y estética.
Artista Juan Camilo Herrera
Así, “Anunciarán
mi gloria a las naciones” resume admirablemente la vocación de los Misioneros y
Misioneras de la Consolata: enviados por Dios para hacer visible su gloria
mediante una vida santa, anunciar a Jesucristo con alegría, llevar la
consolación a los pueblos, promover y defender la dignidad y los derechos humanos, cuidar la creación y
construir comunidades reconciliadas. Solo quien ha experimentado la consolación
de Dios puede convertirse en auténtico mensajero de esa misma para todas las
naciones. Puede leerse también como un itinerario espiritual y misionero en
cinco verbos que sintetizan el carisma de la Consolata:
1. Contemplar la gloria de Dios en Cristo.
2. Dejarse consolar por el Espíritu Santo.
3. Salir hacia las naciones y las periferias.
4. Anunciar el Evangelio con la vida y la palabra.
5. Construir comunidades reconciliadas que reflejen la gloria de Dios.
En definitiva,
Isaías 66,19 expresa de manera admirable la vocación de la Familia de la
Consolata: quien ha sido consolado por Dios es enviado para que todas las
naciones conozcan, contemplen y experimenten su gloria salvadora.