miércoles, 18 de febrero de 2026

Cuando la vida es la maestra

 Memoria de un camino - proceso 

Compositor e intérprete John Edison Cartagena Pulgarín

Introducción 

Mi historia vocacional es fruto de un navegar por los ríos de nuestra Amazonía, de dejarme conducir por las aguas del Espíritu que, a veces serenas y otras turbulentas, me han llevado a descubrir la hondura del llamado de Dios. En cada orilla, en cada pueblo, he encontrado rostros que claman consuelo, miradas que suplican esperanza y corazones que, aun en medio del dolor, siguen creyendo en la vida. Entre canoas, lluvias y silencios, he aprendido que la vocación nace allí donde el sufrimiento humano se convierte en lugar de encuentro con la ternura de Dios. 

En este viaje, la luz de San José Allamano y el testimonio de los misioneros de la Consolata han sido faros que me han orientado. Gracias a ellos he comprendido que el amor vocacional no es una idea, sino una respuesta concreta, encarnada en un territorio que sufre y que espera. El carisma de la Consolación me ha enseñado que consolar no es solo aliviar el dolor, sino permanecer junto a quien sufre, compartir su historia, y desde allí anunciar que el Reino de Dios está cerca. 

Cuán importantes son los personajes sencillos, los testigos anónimos de la fe, como el Indio Germán y tantos otros que, con su locura evangélica, siguen acercando al amor de Dios a los olvidados de la selva. Ellos me han recordado que la vocación se vive con los pies en el barro y el corazón en el cielo, y que el llamado de Dios en esta Amazonía es una invitación permanente a remar mar adentro, a creer contra toda esperanza y a dejar que el Evangelio se haga carne en el corazón del pueblo. 

Por eso, esta síntesis vocacional es también un canto agradecido: un testimonio de cómo el Dios del río y de la historia ha ido modelando mi vida en medio de comunidades que evangelizan con su resistencia, su fe y su esperanza. Mi deseo es que estas líneas sean reflejo de un itinerario en el que la humanidad, el estudio, la oración y la pastoral se entrelazan para mostrar el rostro de un Dios que llama, consuela y envía a servir con amor.

Mi llegada al Vicariato 

Mi historia vocacional en el Vicariato Apostólico de Puerto Leguízamo Solano comenzó marcada por el miedo y la incertidumbre, pero fue inmediatamente reorientada por un gesto poderoso. Al llegar a este territorio amazónico, desconocido y con dinámicas eclesiales distintas a las que estaba acostumbrado, me sentí profundamente desubicado. Me acompañaban muchas expectativas, pero la sensación de no saber dónde encajar ni cómo responder al llamado era palpable. No obstante, el primer encuentro con la realidad del Vicariato fue con su Obispo, Monseñor Joaquín Humberto, y este encuentro se convertiría en la piedra angular de mi ministerio. 

La lección que recibí no provino de un discurso, sino de un acto de servicio radical. Este pastor, mi superior jerárquico, se despojó de cualquier vestigio de autoridad formal para encarnar la humildad del Evangelio. En nuestro primer encuentro, Monseñor no dudó en servirme el almuerzo, personalmente, se aseguró de que fuera bien atendido y, para mi asombro, lavó los platos después. Finalmente, con una sensación que me desarmó, me ofreció un espacio digno para descansar. 

Fue un bautismo de humildad para mí, un novato que llegaba esperando encontrar respuestas a sus inquietudes, y encontró la respuesta más clara hecha vida, el servicio. En ese gesto, la figura del pastor se transfiguró en la del Siervo por excelencia. Monseñor Joaquín Humberto me estaba dando la catequesis más profunda sobre el significado del liderazgo en la Iglesia amazónica: no es poder, sino pura entrega. Su acción era un eco directo de las palabras de Jesús a sus discípulos: "Si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes" (J n13,14-15). Ver al Obispo servir de esa manera definió mi expectativa de lo que significaba ser Iglesia en este Vicariato. 

Monseñor Joaquín Humberto no se encontraba en esos primeros días de inserción, y ese vacío de referencia hizo más palpable la sensación de no saber dónde encajaba, ni cómo comenzar a responder al llamado que sentía. Cuando Monseñor regresó y me preguntó cómo estaba, respondí con sinceridad que me sentía desubicado, pero que, aun así, había intentado involucrarme en lo que podía. Su respuesta fue sencilla, pero profundamente iluminadora: “No lo había notado, pero ahora empiezo a ver un horizonte por donde puedes caminar en esta Amazonía.” Aquellas palabras se grabaron en mi corazón como una promesa. Era como si Dios mismo, a través de su pastor, me dijera: “No temas, que yo te mostraré el camino” (Is 41,10). 

A partir de ese momento, empecé a comprender que la vocación no se trata de llegar con todo claro, sino de dejarse conducir. La Amazonía me fue revelando sus rostros, su espiritualidad y su clamor, y con ellos descubrí también mi propio interior. En ese proceso de encarnarme en el territorio, comprendí que la vocación es siempre un éxodo: salir de las seguridades para entrar en la tierra donde Dios nos quiere plantar. Cada comunidad, cada rostro, cada historia de dolor y esperanza se convirtieron en una parábola viva que me ayudó a leer mi propio camino vocacional. Llegar al Vicariato fue, sin duda, el comienzo de un proceso de purificación, de despojo y de confianza en la voz de Dios que se revela en lo cotidiano. 

Sintesis Humana 

En el proceso vocacional, la dimensión humana ha sido el terreno más exigente, pero también el más fecundo de mi historia. Allí he debido confrontarme con mis propias limitaciones, mis heridas y las zonas oscuras de mi historia que a veces no quería mirar. He comprendido que seguir a Cristo no consiste en mostrarle a Dios mis fuerzas, sino en permitirle que transforme mi debilidad

He cometido errores, fruto de mi inmadurez afectiva y emocional, de mis prisas y de mis miedos. Hubo momentos en que no supe escuchar, en que dejé que el orgullo me impidiera aprender, o en que busqué refugio en mis propias seguridades. Sin embargo, en medio de esas caídas he descubierto la ternura de un Dios que no se escandaliza de mis ruinas, sino que se agacha para levantarme. Ha sido precisamente ahí donde su llamada se ha hecho más clara, más limpia, más verdadera.

Aún sigue resonando en mí aquellas palabras de Veda el venerable, que el Papa Francisco tomó como su lema: “Miserando atque eligendo”: Él lo miró con misericordia y le eligió. No porque fuera el más apto, sino porque su amor es gratuito y su gracia alcanza donde mi humanidad se queda corta. Hoy reconozco que el llamado de Dios ha sido una escuela de humildad, en la que cada error me ha enseñado algo sobre la verdad del corazón humano y sobre la infinita paciencia del Señor que no deja de modelar mi barro. 

En este camino de reconciliación conmigo mismo ha sido de gran valor el acompañamiento de la doctora Ivonne, quien con sabiduría y empatía me ha ayudado a nombrar mis emociones, a comprender mis heridas y a integrar mi historia desde la fe. Con su guía he podido avanzar hacia una madurez humana y afectiva más plena, aprendiendo a relacionarme desde la autenticidad y no desde el miedo, desde el servicio y no desde la necesidad de aprobación. 
Poco a poco, he ido descubriendo que la madurez no consiste en no caer, sino en saber levantarse con serenidad y seguir caminando. 

Esta dimensión humana, aunque la más frágil, ha sido también la más reveladora: allí he sentido la mano de Dios moldeando mi historia con delicadeza, invitándome a vivir reconciliado con mi pasado y disponible para el futuro. En esa experiencia, puedo decir que la misericordia ha sido el verdadero punto de partida de mi vocación: Dios me miró, me comprendió, y aun conociendo todo lo que soy, me dijo “sígueme”. 

Síntesis Académica 

La dimensión intelectual ha sido una parte importante en mi proceso de formación y discernimiento. He tenido la oportunidad de formarme en distintas disciplinas, obteniendo títulos en Licenciatura en Filosofía, Filosofía Pura y actualmente en Teología, gracias al apoyo del Vicariato Apostólico de Puerto Leguízamo Solano y a la confianza de mi Obispo. Sin embargo, con el tiempo he comprendido que no es la profundidad del conocimiento de lo humano lo que verdaderamente satisface el corazón, sino más bien el conocimiento profundo de Dios que se alcanza a través de las ciencias humanas iluminadas por la fe. 

He aprendido que todos los saberes, cuando no conducen al encuentro con Dios, corren el riesgo de volverse estériles. La verdadera sabiduría no se mide en títulos o en diplomas, sino en la capacidad de mirar la realidad con los ojos de Cristo. Por eso, aunque valoro las oportunidades académicas que he recibido, entiendo que lo esencial no es cuánto sé, sino cuánto dejo que el conocimiento me transforme para servir mejor al Evangelio. Los estudios solo tienen sentido cuando se ponen al servicio del Reino, cuando se convierten en herramientas para consolar, orientar y acompañar a los pueblos. 

En el seminario, esta dimensión se vio puesta a prueba. Llegar con un bagaje académico previo fue una experiencia compleja. No faltaron las miradas que juzgaban, los silencios que pesaban, o las suposiciones de quienes pensaban que al ser profesional me sentiría superior o distante. En ocasiones, algunos cuestionaban lo que decía, no por el contenido, sino por la idea preconcebida de que nadie podía saber más que ellos. Aquello fue un proceso doloroso, pero también purificador: aprendí a vivir el conocimiento desde la humildad, el silencio y la contemplación. Descubrí que el silencio también es fuente de transmisión del conocimiento, y que el testimonio sencillo vale más que mil teorías. 

Considero que podría haber aportado más al seminario desde mis experiencias académicas, quizás acompañando u orientando algunos de los cursos del pensum formativo. No obstante, entendí que incluso en esa aparente limitación, Dios me invitaba a vivir el saber desde la discreción y el servicio oculto. La sabiduría del Evangelio no busca destacar, sino iluminar con suavidad

Hoy puedo afirmar que la dimensión intelectual me ha enseñado a unir razón y fe, pensamiento y oración, palabra y silencio. He aprendido que el verdadero teólogo no es quien lo sabe todo sobre Dios, sino quien se deja enseñar por Él cada día. Por eso, no me importan los títulos que tenga, siempre y cuando estén al servicio del Señor y de su Iglesia. La inteligencia se hace fecunda solo cuando se pone al servicio del amor, y la ciencia se convierte en oración cuando ayuda a descubrir el rostro de Dios en los otros. 

Síntesis Espiritual 

Mi camino espiritual ha sido una travesía de búsqueda y purificación. De la mano de mi director espiritual, el Padre Ramiro Charry, hombre paciente y sabio, he aprendido que la oración no es un remedio inmediato, sino una escuela de perseverancia. Llegué con ansiedad de encontrar un método que me uniera rápidamente a Dios, queriendo sentir su presencia de modo tangible, pero el Señor me enseñó que el amor maduro no busca emociones, sino fidelidad. “En la calma y la confianza estará vuestra fuerza” (Is 30,15). 

Al inicio, caí en la rutina de la oración comunitaria y en el cansancio de repetir fórmulas sin vida. En medio de ello, encontré también incomprensión y cierta resistencia cuando buscaba proponer nuevas formas de encuentro con Dios. Escuchar frases como “acá siempre lo hemos hecho así” me desanimaba, pero también me fortalecía. Aprendí que la fe no siempre florece en ambientes cómodos, sino que se purifica en la prueba. Como enseña San Pablo: “Nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia” (Rom 5,3). 

Poco a poco entendí que la oración no se trata de decir mucho, sino de dejar que Dios hable. Que el silencio orante es también una forma de comunión. Hoy mi espiritualidad se ha vuelto más encarnada: encuentro a Dios en el río que canta, en el pobre que espera, en la comunidad que celebra, y en la misión que me llama a consolar. Como María al pie de la cruz (Jn 19,25), he aprendido a permanecer fiel incluso cuando no entiendo todo. Mi alma, como la de ella, proclama que “el Señor ha mirado la humildad de su siervo” (Lc 1,48). 

Compositor e intérprete John Edison Cartagena Pulgarín

La vida espiritual ha sido el refugio más profundo en medio de mis luchas y desiertos. La experiencia del seminario, aunque por momentos frustrante, me condujo al centro de mi relación con Dios. Aprendí a permanecer ante su presencia cuando todo parecía oscuro, a sostenerme en la oración y a dejar que el silencio me hablara. He descubierto en la Eucaristía y en la Palabra de Dios las fuentes de mi fortaleza y la raíz de mi esperanza. En la espiritualidad he hallado consuelo y sentido. Dios se ha revelado no en los grandes prodigios, sino en lo cotidiano: en el canto de las aves, en la sonrisa de un niño ribereño, en la comunidad que reza bajo la lluvia. 

Es en esa espiritualidad encarnada donde he aprendido que ser discípulo de Cristo es dejar que Él viva en mí, y que cada día sea una oportunidad para consolar, servir y amar más profundamente. 

Síntesis Pastoral 

En el ámbito pastoral he descubierto una de las mayores alegrías y certezas de mi vocación: servir es amar, y amar es dejar que Cristo ame a través de mí. Desde mis primeros pasos en el Vicariato Apostólico de Puerto Leguízamo-Solano he sentido un profundo celo misionero, una pasión encendida por el anuncio del Evangelio a los más pobres, a los que sufren, a los olvidados del camino. En ellos he encontrado el rostro vivo del Cristo Buen Samaritano, que se inclina ante las heridas del hombre, las unge con aceite y vino, y las confía a la posada de la misericordia (Lc 10,34). 

Mi experiencia pastoral ha estado marcada por ese anhelo de consolar y acompañar a quienes han sido heridos por la violencia, el abandono o la indiferencia. He servido como delegado de la Pastoral Juvenil en el Vicariato, aprendiendo que el Evangelio se anuncia mejor cuando se comparte la vida, cuando se camina con los jóvenes en sus búsquedas, dudas y esperanzas. Más tarde, en la Diócesis de Neiva, asumí la coordinación de la Pastoral Vocacional, acompañando procesos de discernimiento y confirmando que cada vocación es una respuesta al amor de Dios que llama desde la fragilidad humana. 

Actualmente, en la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes de Algeciras, he continuado esa misión, animando la pastoral juvenil y vocacional con creatividad y compromiso. Cada encuentro, cada conversación y cada oración compartida me recuerdan que la pastoral no es solo una tarea, sino un modo de ser: una manera de encarnar la compasión de Cristo en lo concreto de la vida cotidiana. Como dice el Evangelio: “Vayan y hagan ustedes lo mismo” (Lc 10,37). 

Ese celo pastoral me ha llevado a concretar mi “sí” a Dios de una manera radical y sincera, donando mi vida para “dar vida a otros y darla en abundancia” (cf. Jn 10,10). Ser misionero es aprender a desgastarse por amor, a reconocer que la verdadera fecundidad del ministerio no depende de los resultados visibles, sino del amor con que se sirve. En cada comunidad amazónica, en cada joven que busca su camino, en cada familia que sufre, he comprendido que la pastoral es una prolongación del gesto samaritano de Cristo, que no pasa de largo ante el dolor, sino que se acerca, toca y sana. 

He aprendido que el servicio pastoral no se improvisa: se gesta en la oración, se alimenta de la Palabra y se fortalece en la comunión. Cuando las fuerzas parecen agotarse, es en la Eucaristía donde el Señor vuelve a ungir el corazón del misionero y lo impulsa a seguir caminando. En este proceso, he descubierto que el verdadero misionero no lleva a Dios donde no está, sino que lo reconoce presente en cada historia humana, en cada lágrima y en cada sonrisa del pueblo. 

Así, mi vocación pastoral se ha hecho más contemplativa, más compasiva, más samaritana: una pastoral que no teme ensuciarse las manos, que cura las heridas del alma con ternura y que camina, como el Buen Samaritano, al ritmo del que sufre. 

Conclusiones 

Mirando todo este proceso vocacional vivido en el Vicariato Apostólico de Puerto Leguízamo-Solano, reconozco que mi vida ha sido un río que Dios ha sabido conducir entre corrientes y remansos, entre lluvias y soles. Cada dimensión, humana, intelectual, espiritual y pastoral, ha sido como un afluente que desemboca en la misma fuente: el amor misericordioso de Dios que llama, sana y envía. 

En lo humano, he aprendido a reconocer mis fragilidades y errores no como obstáculos, sino como lugares donde Dios manifiesta su misericordia. Como dice el lema de la propia vocación de Pedro: “Miserando atque eligendo”, Él me miró con compasión y me eligió, no por mis méritos, sino porque su amor es más grande que mis límites. 

En lo intelectual, comprendí que el conocimiento verdadero no es el que infla el ego, sino el que ilumina el servicio. No me importan los títulos que tenga si no me ayudan a amar más y a servir mejor. La sabiduría que viene de Dios no se mide en conceptos, sino en humildad, porque “la ciencia hincha, pero el amor edifica” (1 Cor 8,1). 

En lo espiritual, encontré el refugio más profundo. Aprendí a orar en los silencios, a reconocer a Dios en lo cotidiano y a permanecer fiel cuando el consuelo se ausenta. Descubrí que el Señor no se manifiesta solo en el milagro, sino también en el canto de las aves, en la sonrisa de un niño ribereño, en la comunidad que reza bajo la lluvia. Como el profeta Elías, lo encontré “en el susurro de una brisa suave” (1 Re 19,12). 

Y en lo pastoral, confirmé que mi vocación es donación radical: un “sí” que se hace vida en el servicio concreto, al estilo del Cristo Buen Samaritano, que se acerca al herido y lo levanta con ternura. 

Mi mayor anhelo es seguir siendo instrumento de consolación en los caminos de la Amazonía, llevando el Evangelio con alegría, compasión y esperanza. Hoy puedo afirmar con certeza que la vocación no es una meta alcanzada, sino un camino que se sigue navegando. Como las aguas del Putumayo que nunca se detienen, el llamado de Dios continúa fluyendo, invitándome cada día a remar mar adentro, a confiar, a seguir creciendo en fidelidad y amor. 

Y mientras el río siga su curso, quiero seguir navegando en él con Cristo, llevando su consuelo a quienes más lo necesitan, hasta que toda mi vida sea también río que desemboca en el corazón infinito de Dios.

 John Edison Cartagena Pulgarín
Candidato a Diácono Transitório

viernes, 30 de enero de 2026

Centenario de San José Allamano

Encuentro de las aguas: parábola de la misión de Dios 

Artista Juan Camilo Herrera

Comunión en la diversidad

En reciente viaje a Manaos – Brasil, sede del Noviciado continental, San Oscar Romero, de los Misioneros de la Consolata, me invitaron al “encuentro de las aguas”. En el muelle, junto a la plaza del mercado popular, subimos a una embarcación turística y comenzamos a navegar por el rio Amazona (Solimões) hasta encontrarnos con el Rio Negro.

Un excepcional espectáculo natural digno de ser contemplado y reflexionado en silencio: dos corrientes de agua, de colores y orígenes diferentes, se encuentran sin chocar y viajan juntas sin mezclarse durante kilómetros, rumbo al mismo mar.

En mi corazón misionero de la Consolata escuchaba: es posible la comunión en la diversidad, sin anular las identidades. Como las aguas, pueden también avanzar juntos, en convivencia respetuosa, pueblos de colores, culturas, lenguas y espiritualidades diferentes. Desde mi fe evoqué la plegaria de Jesús al Padre común: “que todos sean uno” (Jn 17,21), no por uniformidad, sino por comunión.

Le conté la experiencia a Juan Camilo, joven artista del Barrio Torasso, en Florencia Caquetá, y le propuse plasmarla en un lienzo para conmemorar los 100 años (Centenario) de la muerte terrenal, nacimiento para la eternidad santa, de José Allamano, canonizado por el Papa Francisco el 20 de octubre de 2024, durante la Jornada Mundial de las Misiones en la Plaza de San Pedro, reconociendo y proponiendo su santidad de vida para la Iglesia y toda la humanidad. Fundador de los Misioneros (1901) y Misioneras (1910) de la Consolata, nacido el 21 de enero de 1851 en Castelnuovo d´Asti, hoy Don Bosco, en el Norte italiano.

Corriente misionera

Esta corriente Misionera de la Consolata brota del seno del Santuario de María Consolata, al pie de los Alpes piamonteses (Turín) en 1901 e inicia su navegación en el Arca de la Nueva Alianza, portando la bandera de la paz y bañando territorios, pueblos y culturas, con el Agua de la vida que desciende del costado del “Sol naciente que, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos viene a visitar” (Lc 1, 78-79).

Hoy, desde el 12 de diciembre de 1947, cuando llegó la corriente misionera de la Consolata al Puerto de Buenaventura, fiesta de la Virgen de Guadalupe, continúa mezclándose con las corrientes latinoamericanas, inspiradas en el Acontecimiento Guadalupano, narrado en el Nican Mopohua (escrito alrededor de 1556), cuando María, salió al encuentro del indígena Juan Diego, reconocido santo, en el cerro del Tepeyac y se presentó a los pueblos mesoamericanos, del 9 al 12 de diciembre de 1531. En esos días tuvo lugar el solsticio de invierno, que para las culturas prehispánicas significaba: el sol moribundo que vuelve a cobrar fuerza, el nacimiento del nuevo sol, el retorno de la vida. Para los indígenas, el solsticio de invierno era un día muy importante en su calendario religioso, día en que el sol vence a las tinieblas y surge victorioso. Por esto, no es casual que en esos días la Virgen de Guadalupe haya presentado a su Hijo Jesús a los pueblos indígenas, como el Sol que nace de lo alto. Así ellos, al ver en su vientre la flor de cuatro pétalos o Nahuiu Ollin, que les representa la plenitud y el sol, comprendieron que ella traía en su seno al “Verdadero Dios por quien se vive", In Huelnelli Teotl, In Ipalnemohuani.

Este fue el Evangelio, buena noticia, que leyeron en su imagen: la llegada del Dios de la vida a México y el continente. Ella, la misma Consolata, consolada y consoladora, que lleva también el mismo Sol en su nombre, ConSolata: se convierte en “pedagoga del Evangelio plenamente inculturado”, como la identificó el Papa Juan Pablo II, “madre y maestra de misioneros”, como la denominaba San José Allamano.

Recuerdo centenario

Todo esto recordamos (pasado, agradecido) y celebramos hoy (presente festivo), mientras con los pueblos y grupos humanos oteamos el horizonte (futuro esperanzado) para continuar la navegación en Colombia y sus fronteras con Ecuador y Perú, por el camino “de Jerusalén a Jericó”, según el lema de la actual Dirección Regional.

María Consolata

Enséñanos a caminar con los pueblos,
como Familia Misionera internacional e intercultural,
aprendiendo de los ríos que no se imponen,
no conflictúan ni se confunden.
Juntos le sirven a la vida con ternura y energía.
Haznos misión “A la mano”, de consolación - liberación.
Amén.

miércoles, 21 de enero de 2026

La fraternidad: propuesta de humanización, misión y santidad

 Centenario “A la mano” para todos
Febrero 16 de 1926 -2026
 
Obra artística P. Carlos Zuluaga

El lema que los Misioneros han elegido para este primer Centenario de San José Allamano: “Centenario A la mano”, pone de relieve la proximidad cotidiana y ordinaria, “a la mano”, de la propuesta humana, ministerial, carismática - misionera de Consolata y de santidad de este santo “extraordinario en lo ordinario”.
 
Esa identidad sencilla y transparente del Santo “A la mano” puede correr el riesgo de quedarse encerrada en la Familia Misionera Consolata. Sobre todo, si nuestra mirada, un tanto tímida y reservada, respaldada en eso de “hacer el bien, bien hecho y sin ruido”, termina por impedirnos ver a quienes, estando más allá de nosotros, descubren el dinamismo misionero de la Iglesia Católica y a quienes constituyen nuestro horizonte último de vida y misión “ad gentes”. Todos implicados en la misma misión de Dios.
 
Con el fin de evitar esa autorreferencialidad como denominaba el Papa Francisco el enclaustramiento de la Iglesia, estamos invitados o desafiados a contemplar y celebrar el regalo de la Canonización como oferta de la Iglesia para el mundo y hacer todo lo posible para socializarla en todos los ámbitos, más allá de nosotros mismos. Este puede ser uno de los objetivos de este Centenario.
 
La santidad “A la mano” les va bien a los niños, a las juventudes en sus procesos académicos y de crecimiento, a los adultos en el ejercicio de sus diversas profesiones, estados y estilos de vida, lo mismo que a los mayores y ancianos. Le viene bien a la Vida Religiosa, al clero en general, a todos los laicos, servidores del Reino de Dios, empeñados en la misión de Dios confiada a la Iglesia. Sirve, inclusive, como propuesta vocacional, temporal o “ad vitam”, para muchos que sienten la llamada a la universalidad y que reconocen en el Evangelio del Señor Jesús una buena noticia para todos los pueblos. 
 
La propuesta organizativa de la misión en el formato de la Vida Religiosa Consagrada, vivida en comunidad, la vivencia de los Votos y la misión entre quienes no conocen el Evangelio de Jesús, “ad gentes”, puede y debe ser ofrecida, colocada “A la mano”, para todos los bautizados.
 
Fraternidad para la Misión ad gentes

San José Allamano estando como responsable del Santuario de la Consolata y de la Casa de Formación del clero joven de la Iglesia Local de Turin (desde 1880), reflexionaba, entre 1891 y 1899: “Es una pena que Turín, con tantas fuerzas vivas, no tenga una obra misionera propia” (Conferencias espirituales, finales del s. XIX). Mientras tanto iba soñando, diseñando y redactando una propuesta (Reglamento) misionera para Presbíteros diocesanos y Laicos, técnicos o profesionales. Una vez aceptada su propuesta en la Diócesis y puesta ya en marcha, inmediatamente después y, a solicitud de los misioneros en el campo, decidió incluir las mujeres y dedicarse con todo empeño a la organización estructural y jurídica de las instituciones, lo mismo que a la formación específica de sus misioneros y misioneras. Todos convocados a vivir en “espíritu de familia”, no de Institución o Colegio. En alguna de sus cartas circulares aclaró: “Yo no quise hacer una congregación religiosa; quise hacer una obra misionera. Pero la Santa Sede juzgó que ésta era la forma más segura, y yo me sometí con gusto”.
 
La idea de San José Allamano no era la de fundar una Congregación Religiosa sino una obra u organización misionera “ad gentes”, al servicio de la humanidad, Iglesia Local y universal. Fue la misma Santa Sede la que, en su discernimiento para la aprobación canónica, propuso la modalidad de Vida Religiosa o Consagrada, más práctica y estable, que Allamano aceptó confiado, asumiendo los Votos como medio para la misión y no como esencia constitutiva de la identidad. Esto nos da libertad de iniciativa creativa, sin temor ninguno de infidelidad, para compartir el carisma con laicos y laicas, sin patriarcalismos ni feminismos, sin clericalismos ni paternalismos, en fraternidad humana y ecológica, participativa y sinodalidad.  
 
El ser humano hecho para la comunidad

“No es bueno que el ser humano esté solo”, dice el libro del Génesis (2,18-24) refiriéndose a los orígenes y colocando en la reflexión contemplativa del Creador el antídoto contra la soledad solitaria: “hagámosle compañía adecuada” se dice Dios, que le corresponda, que esté a su altura, frente a él, igual en dignidad, distinta en identidad, capaz de relación, diálogo y comunión. El ser humano no se comprende a sí mismo en soledad, sino que descubre su identidad en la relación. Está hecho para el encuentro. El otro no es complemento funcional, sino revelación de sí mismo, consolación, compañía adecuada.

Esta identidad relacional, constitutiva del ser humano, se expresa y crece, para San José Allamano, en y con el “Espíritu de familia”, comunidad misionera. Se trata del mismo espíritu que ayuda adecuadamente a todas las formas o modalidades de Familia, incluidas las religiosas o consagradas, con sus respectivos matices, claro está. Una “compañía adecuada” que se traduce en: fraternidad que enseña a pasar del egoísmo al compartir, del orgullo autosuficiente a la humildad del necesitado; a perdonar, no guardar rencor y reconciliarse; a cuidar, prioritariamente, al más débil y pequeño; a corregir y ser corregido; a escuchar y dialogar para vivir sinodalmente; a hacerse y ser amigo y compañero; a madurar afectiva y espiritualmente; a consolar y ser consolado; a amar y ser amado.
 
Estos aprendizajes duran toda la vida y van a la par con el aprendizaje de ser y desempeñar los roles de papá – mamá – hermano. Hay que revisarlos en la medida que se crece y actualizarlos permanentemente. San José Allamano exhortaba a su Familia Misionera: “Entre ustedes haya mucha caridad; sin ella no hay misión.”
 
Votos de libertad: obediencia, castidad y pobreza
 
No siendo los Votos Religiosos, para San José Allamano, un añadido jurídico ni una simple disciplina comunitaria, sino una expresión vital del amor a Dios y de la entrega total a la misión, se constituyen en un camino concreto de santidad misionera, vivido con realismo, equilibrio y profundo sentido eco - eclesial. En términos generales podemos decir que San José Allamano entendió los Votos como respuesta de amor a la iniciativa de Dios, medio pedagógico de santificación, no fin en sí mismos. Instrumentos al servicio de la misión ad gentes, expresión de libertad interior, no de represión: “Los votos no hacen santos, pero ayudan mucho a hacerse santos” (San José Allamano). Solo tienen valor si se viven con amor, convicción y alegría, no por obligación externa.
 
El Voto de Obediencia: libertad frente a sí mismo
 
Vivir en obediencia, desde la fe, es estar presentes en el presente, atentos a los signos de los hermanos, de los tiempos y los espacios, abiertos y disponibles a descubrir, en discernimiento comunitario, la voluntad de Dios. Se trata de una actitud filial que se asume desde la Familia y se va desarrollando en el encuentro con los otros/as. Exige capacidad de verdad y diálogo, de escucha y respuesta, compromiso y responsabilidad. Diríamos hoy, de vida en familia y trabajo en Equipo, de proyecto de vida en común. La obediencia mutua y discernida juntos, ordena toda la vida en todas sus dimensiones.
 
El Voto de Pobreza: libertad frente a los bienes 

Vivir en pobreza, desde la fe, es mantenerse desapegado, real y afectivamente, de las posesiones, los honores, los títulos, los placeres. Alegres y armoniosos en la escasez y en la abundancia, austeros y confiados en la Providencia, bien administrada. Agradecidos y disponibles para ir siempre “más allá” y permanecer en gratuidad. Caritativo y solidario: “El misionero debe ser pobre, pero nunca miserable” (San José Allamano). La pobreza “A la mano” es digna, prudente y responsable, no improvisada ni ideológica.
La libertad frente a los bienes, las cosas y las posesiones, diligentemente planeada y transparentemente administrada, ordena la economía y la ecología humana. 

El Voto de Castidad: libertad frente a las personas

Vivir en castidad, desde la fe, es consagrarse integralmente Dios, mantenerse libre para amar a todos sin exclusivismos ni apegos afectivos. Capacidad, madurez, para relacionarse desinteresadamente con niños, jóvenes y adultos, sin abusos, explotaciones, ni apegos, evitando exclusiones, exclusivismos o discriminaciones. No es fácil, claro está. El amor es exigente: “Quien ama mucho, sacrifica mucho”, decía el San Allamano e insistía en una castidad humana, madura, vigilante y alegre, sostenida por la vida espiritual y la fraternidad.
 
La libertad frente a las personas e incluso los animales y sucedáneos, ordena y armoniza el corazón,el cuerpo y la razón.
 
Conclusión
 
Los votos, como podemos constatar, no se viven “para uno mismo”, sino para la misión de cada uno, de acuerdo a su vocación y ministerio. No todos pueden hacer votos, pero todos pueden vivir el espíritu de los votos”, decía el santo Allamano.

En este sentido, la fraternidad vivida en la familia, la comunidad, la empresa o sociedad, puede encontrar en los Votos luz para el camino o proceso ordinario de humanización, socialización y santificación de niños, jóvenes, adultos o ancianos, hombre o mujer.
 
La propuesta de San José Allamano “Primero santos, después misioneros; o mejor, santos siendo misioneros”, resulta práctica para todos. Va mucho más allá de lo jurídico, supera la ley y conduce por el camino de la libertad. Termina proponiendo la Fraternidad como camino de humanización, misión y santidad. Una apuesta actual, práctica y realizable que sostiene la fidelidad en tiempos de dificultad y conduce a la felicidad.
 

sábado, 10 de enero de 2026

Bautismo y misión

 El bautismo de Jesús y nuestro bautismo

Templo de la Inmaclada - Aguadas - Caldas - Colombia

Yo, Salvador Medina, fui bautizado en la pila bautismal de la parroquia La Inmaculada de Aguadas – Caldas – Colombia hace 77 años, hoy soy Misionero de la Consolata, desde 1978. Quiero, entonces, compartir cómo he venido entendiendo y viviendo mi ser bautizado o sea cristiano, aprovechando la celebración litúrgica del Bautismo de Jesús.

Los relatos del bautismo de Jesús en los evangelios sinópticos (cf. Mt 3,13–17; Mc 1,9–11; Lc 3,21–22) nos presentan esta revelación: el Padre envía al Hijo con una misión, hacer que la vida, en todas sus manifestaciones, sea plena y buena (cf.  Jn 10,10), con la luz y la fuerza del Espíritu. Ahí, exactamente, está el origen de la misión, en la misión de Jesús, que es la misma misión de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo o sea la Trinidad.

Jesús “pasó haciendo el bien”, generando, promoviendo y defendiendo la vida, mientras iba llamando y formando discípulos para que le ayudaran en su misión. Su manera de vivir, hablar y actuar incomodó a quienes utilizaban a los seres vivos para sus propios intereses y los de sus instituciones, descuidando y explotando la vida de los más frágiles y necesitados. Por eso lo prendieron, lo juzgaron y condenaron a muerte de cruz. Lo asesinaron y enterraron, Pero Él Resucitó y se apareció a sus discípulos, mostrándoles que estaba vivo y convocándolos a continuar con la misión que Él apenas había iniciado.

Desde una perspectiva bíblica, el Bautismo de Jesús no solo inaugura su ministerio público, sino que manifiesta el origen trinitario de la misión. En lógica, no existe bautismo sin misión, ni misión sin raíz bautismal. Por eso mismo, todo bautizado, incorporado a Cristo Jesús, es misionero y, entonces, también yo.

La Iglesia del Señor Jesús, formada por bautizados que participan de su vida y misión, es naturalmente misionera. Redescubrir esta revelación es esencial para renovar hoy el dinamismo misionero de una “Iglesia en salida”, como la denominaba el Papa Francisco y promover las juventudes a que asuman con libertad y amor la misión ad gentes, tan útil a la Iglesia y a la humanidad, por sus características de anuncio del Crucificado Resucitado y su propuesta de Reino de Dios o reinado del amor, fraternidad universal, interculturalidad y diálogo, promoción social y cuidado del medio ambiente, tan urgentes, útiles y necesarias en una sociedad planetaria y ambientalmente desafiada, en búsqueda de sentido y dirección.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Ejercicios Espirituales Misioneros (tema 7)

Metodología práctica para la misión inspirada en San José Allamano
Evangelizar todo el ser humano y todo su entorno

Laicos, discípulos misioneros, en la Parroquia Madre de las Misiones, Modelia - Bogotá. Navidad 2025

El Fundador tenía una visión clara y equilibrada de la misión "ad gentes". No se trataba solo de predicar con palabras, sino de evangelizar integralmente a la persona y a su contexto. Su propuesta, profundamente cristológica, mariana y eclesial, puede sintetizarse en una metodología práctica de misión que articula tres dimensiones fundamentales: Anuncio + Promoción humana + Cuidado de la Casa Común = Evangelización. 

Esta es la misión de la Iglesia. En ella y con ella, también es la misión de los Misioneros, Misioneras consagradas y Laicos/as de la Consolata.

 1. Anuncio: el corazón de la misión

El Kerigma – el primer anuncio de Jesús muerto y resucitado – es el núcleo de la evangelización. Para San José Allamano, la misión comienza con la proclamación viva del Evangelio, no como ideología, sino como encuentro con una Persona: Cristo.

 Este anuncio incluye:

*   Kerigma: anuncio inicial del amor de Dios, la salvación en Cristo y la invitación a      la fe.

*    Catequesis: profundización en la fe, formación sistemática, vida sacramental.

*    Perdón y reconciliación: sanación de heridas personales, sociales y espirituales.

*    Testimonio de vida: coherencia entre lo que se anuncia y lo que se vive; el                    testimonio silencioso de la presencia del misionero.

“No basta con predicar, hay que ser evangelio vivo.” (San José Allamano). El anuncio no se impone; se propone con respeto, diálogo y encarnación en la cultura local.

 2. Promoción humana: justicia, paz y dignidad

San José Allamano entendió que el Evangelio tiene consecuencias sociales. No hay verdadera misión si no hay también una preocupación real por las condiciones de vida de las personas.

Esta dimensión incluye:

* Justicia: defensa de los derechos humanos y  de la “casa común”, denuncia de la injusticia y acompañamiento a los pobres y toda la “comunidad de la vida”.

* Paz: construcción de relaciones fraternas, reconciliación entre pueblos, culturas, religiones y con toda la creación.

*  Educación y salud: obras concretas de promoción que liberan y dignifican.

Esto no es asistencialismo, sino parte esencial del Reino de Dios. El misionero no va solo a predicar, sino a elevar a la persona y el ambiente en su totalidad: cuerpo, alma, mente, corazón y contexto: “Si no hacemos el bien integralmente, ¿Cómo diremos que amamos?” (San José Allamano)

 3. Elevación (cuidado) del ambiente: la “Casa Común”

Inspirados por la Encíclica Laudato Si’, y en línea con el pensamiento de Allamano, los Misioneros de la Consolata entienden que la evangelización también implica el cuidado del entorno natural.

Esta dimensión incluye:

*      Protección del medio ambiente

*      Uso responsable de los recursos

*      Promoción de una ecología integral, que una lo humano, lo espiritual y lo              ambiental

*      Defensa de los pueblos y sus territorios

Evangelizar hoy significa también anunciar a un Dios que ama su creación y llama al ser humano a ser su custodio: “Dios nos confió la creación. Ser indiferentes a su destrucción es faltar a nuestra vocación.”

Evangelización integral: síntesis de la misión

Estas tres dimensiones no están separadas. Son una sola acción misionera que transforma vidas, comunidades y territorios:

*      Anuncio – Transforma el corazón

*      Promoción humana – Transforma la sociedad

*      Cuidado de la Casa Común – Transforma la tierra

Todo ello, en comunión con la Iglesia, desde la espiritualidad de Consolación - liberación, con el estilo de María Consolata: presencia humilde, servicio fiel y consuelo auténtico.

Conclusión: una metodología viva y vigente

Esta metodología misionera inspirada en San José Allamano:

*      No es teórica: es práctica, encarnada, vivida

*      No es antigua: es actual, profética y necesaria

*      No es exclusiva: es una propuesta para toda la Iglesia, especialmente en contextos de misión

En ella se expresa la identidad del Misionero de la Consolata: evangelizador integral, testigo del amor de Cristo, servidor de los pobres, custodio de la creación. "Todo lo hacemos por amor a Dios y por amor a las almas” (San José Allamano).

Una pedagogía enmarcada  dentro de un itinerario misionero que, partiendo de la Compasión, lleva a la alegría - Bienaventuranza: Compasión + Misericordia + Consolación + Alegría = Bienaventuranza 

Ejercicios Espirituales Misioneros (tema 6)

Propuesta ética de San José Allamano 
para el comportamiento personal y misionero de sus Institutos

Curso de Formación Continuada para Misioneros - Bogotá, 2025

 San José Allamano no solo dio una estructura misionera a sus institutos, sino que dejó una propuesta ética clara para el comportamiento personal y misionero de quienes forman parte de ellos. Su legado no fue únicamente organizativo, sino profundamente espiritual, ético y humano. No concibió la misión como un simple encargo externo, sino como una vocación integral que implica todo el ser del misionero: su fe, su espiritualidad, su carácter y su comportamiento diario. Por eso, su propuesta ética no se limita a normas o deberes, sino que busca formar personas íntegras, santas y auténticamente misioneras, capaces de ser testigos creíbles del Evangelio.

1. “Primero santos, después misioneros” – La base ética
Esta frase, que resume su visión espiritual y ética, muestra que la calidad del misionero depende de la calidad de su vida interior. Para Allamano, la santidad no es una meta secundaria, sino la condición fundamental para la misión.
No basta con hacer el bien, hay que ser buenos para hacer el bien bien hecho – San José Allamano
Desde esta convicción, se puede trazar una propuesta ética con dos dimensiones inseparables:

2. Dimensión personal: el carácter del misionero
Allamano promovió una ética del ser misionero, no solo del hacer. Estas son algunas actitudes clave que propuso a sus misioneros/as:
§  Honestidad de vida: Vivir con transparencia, sin doblez, con coherencia entre lo que se cree, se dice y se hace.
§  Responsabilidad: Cumplir los deberes con seriedad, puntualidad y compromiso, respetando los tiempos, las personas y las tareas.
§  Pureza de intención: Buscar siempre la gloria de Dios y el bien de las almas, evitando el protagonismo o la búsqueda de intereses personales.
§  Humildad: Reconocer los propios límites y confiar en la gracia de Dios, sin orgullo ni autosuficiencia.
§  Docilidad: Saber dejarse formar, corregir y acompañar. Allamano insistía mucho en la obediencia consciente y responsable.
Formarse bien es prepararse a ser misionero por entero

3. Dimensión misionera: ética del envío y del encuentro
En cuanto a la misión, San José Allamano insistió en una ética del respeto, del servicio y del testimonio, que se manifiesta en los siguientes aspectos:
§  Respeto a las culturas: El misionero debe aprender la lengua, valorar la cultura local y nunca imponer su propia visión. Se trata de evangelizar, no de colonizar.
§  Compasión y consuelo: El misionero es enviado a consolar, como María Consolata. Esto implica una actitud de cercanía, empatía y ternura ante el dolor de los pueblos.
§  Trabajo bien hecho: El servicio misionero debe ser serio, profesional y constante. No se trata de hacer mucho, sino de hacerlo bien, con dedicación.
§  Colaboración y comunión: Trabajar siempre en comunión con la Iglesia local y en fraternidad con los hermanos/as de comunidad.
§  Pobreza evangélica: Vivir con sencillez, sin lujos ni privilegios, compartiendo la vida del pueblo, siendo signos del Reino.
Hay que ser todo de Dios, y todo de las almas – Allamano
 
4. Una ética alimentada por la espiritualidad
Para San José Allamano, la ética no es un conjunto de normas externas, sino una expresión natural de una vida espiritual profunda. Por eso insistía en:
§  La vida sacramental y la oración diaria
§  El amor a la Eucaristía como fuente de toda misión
§  La devoción a María Consolata como modelo de entrega silenciosa
§  La dirección espiritual como medio de crecimiento
La espiritualidad es la raíz de la ética: quien vive unido a Dios, actúa como Dios quiere.
 
5. Relevancia actual de su propuesta ética
Hoy más que nunca, la propuesta ética de San José Allamano sigue siendo necesaria y actual:
§  En un mundo marcado por la incoherencia, el misionero está llamado a ser testigo creíble.
§  Ante el individualismo, se propone una vida comunitaria fraterna y responsable.
§  Frente al activismo, se promueve una misión con alma, nacida de la oración.
En tiempos de crisis de autoridad, se vive una obediencia madura y discernida.

Conclusión
San José Allamano dejó a sus institutos más que una estructura: una forma de ser y vivir la misión, basada en una ética profundamente cristiana. Su legado sigue invitando a cada misionero/a de la Consolata a ser una persona íntegra, profundamente unida a Dios y entregada a los demás, viviendo con sencillez, responsabilidad y amor.

“Santos y misioneros”: dos palabras que resumen una vida coherente, fiel y fecunda. Un itinerario que pariendo de la fe, lleva a la felicidad: Fe + Confianza + Fiabilidad + Fidelidad = Felicidad.


Ejercicios Espirituales Misioneros (tema 5)

El Instituto Misiones Consolata (IMC)
Una institución con misión y carisma – un organismo vivo
 
Centro de Animación Misionera - Bucaramanga - Colombia

Toda institución religiosa nacida en el seno de la Iglesia no es un simple grupo organizado de personas, sino un organismo espiritual vivo, impulsado por el Espíritu Santo, que responde a una necesidad concreta del mundo y de la misión de la Iglesia. El Instituto Misiones Consolata (IMC), fundado por el Beato José Allamano en 1901, es una de estas realidades vivas, llamadas a anunciar el Evangelio hasta los confines de la tierra. Su carisma, misión y espiritualidad le dan identidad y dinamismo, y hacen del IMC una expresión concreta del seguimiento de Jesús en clave misionera y consoladora.

 1. El IMC: llamado a la misión universal de la Iglesia

Desde sus orígenes, el Instituto Misiones Consolata nace con una clara dimensión misionera ad gentes: llevar el Evangelio a los pueblos que aún no han conocido a Cristo. San José Allamano no lo fundó para responder a una necesidad local, sino para abrir caminos nuevos donde el Evangelio aún no había sido anunciado.

Su lema, “Primero santos, después misioneros”, expresa que la misión nace de la unión profunda con Dios, no solo de la acción o el entusiasmo humano. El misionero de la Consolata es alguien que vive con Dios y desde Dios, para los demás.

 2. El carisma: Consolar y Evangelizar

El carisma es el don original que el Espíritu Santo da a un fundador para el bien de toda la Iglesia. En el caso del IMC, el carisma se expresa en la consolación y la evangelización, al estilo de María Consolata.

Consolar significa estar cerca del que sufre, no solo con palabras, sino con presencia, escucha y compasión. El misionero se convierte en presencia del consuelo de Dios, especialmente en lugares marcados por el dolor, la pobreza, la guerra, la marginación o la falta de sentido.

Evangelizar es llevar el anuncio de Jesús con respeto, diálogo, testimonio y servicio. No es imponer una fe, sino ofrecer la luz del Evangelio como camino de vida y esperanza.

Este carisma hace del Instituto una familia misionera internacional, abierta a todos los pueblos y culturas, donde se vive el Evangelio en comunidad y se anuncia con alegría.

 3. La espiritualidad: vivir a Cristo en la misión

La espiritualidad Consolata se alimenta de tres pilares fundamentales:

a) Cristo misionero del Padre

Jesús es el modelo de todo misionero. Él vino a anunciar el Reino, a buscar a los alejados, a sanar a los enfermos y a consolar a los afligidos. El misionero Consolata quiere reproducir en su vida los sentimientos de Cristo, siendo cercano, servidor, compasivo y obediente al Padre.

b) María Consolata

Patrona del Instituto, María es modelo de ternura, fe y presencia silenciosa. Ella acompaña la misión con su oración y cercanía maternal. El misionero aprende de ella a “estar” con los que sufren, como estuvo al pie de la cruz.

c) La comunidad

La misión no se realiza en solitario. El IMC valora profundamente la vida comunitaria, como espacio de apoyo, discernimiento, oración y fraternidad. La comunidad es signo del Reino y fuerza para la misión.

 4. Un organismo vivo en camino

El Instituto Misiones Consolata no es una estructura rígida ni estática. Es un organismo vivo, en constante discernimiento y apertura a los signos de los tiempos. Presente en diversos países y culturas, el Instituto:

v  Escucha las realidades locales, inculturando el Evangelio sin imponer modelos ajenos.

v  Forma misioneros integrales, con madurez espiritual, intelectual, humana y pastoral.

v  Promueve la justicia, la paz y el cuidado de la creación, como expresión concreta del Reino.

v  Trabaja en comunión con la Iglesia local y universal, sin protagonismos, pero con audacia profética.

 5. Una misión que continúa hoy

En un mundo herido por la indiferencia, la soledad, la pobreza y la pérdida de sentido, el Instituto Misiones Consolata sigue siendo necesario y profético. Su carisma no ha perdido vigencia; al contrario, es una respuesta concreta al sufrimiento humano y al anhelo de esperanza.

Hoy más que nunca, el IMC está llamado a renovar su ardor misionero, a formar nuevas generaciones de misioneros santos y a seguir siendo instrumento del consuelo de Dios en todos los pueblos.

 Conclusión

El Instituto Misiones Consolata es mucho más que una organización. Es una comunidad de fe en camino, un organismo vivo, con una misión que nace del corazón de Dios, un carisma que consuela y transforma, y una espiritualidad profundamente evangélica. En cada misionero Consolata late el deseo de hacer presente a Cristo en las periferias del mundo, con el estilo de María y la pasión del Allamano.

“Primero santos, después misioneros”: esta sigue siendo la clave de un seguimiento auténtico de Jesús, en el corazón de la misión de la Iglesia.