Memoria de un camino - proceso
miércoles, 18 de febrero de 2026
Cuando la vida es la maestra
viernes, 30 de enero de 2026
Centenario de San José Allamano
Encuentro de las aguas: parábola de la misión de Dios
Comunión en la diversidad
En reciente viaje
a Manaos – Brasil, sede del Noviciado continental, San Oscar Romero, de
los Misioneros de la Consolata, me invitaron al “encuentro de las aguas”.
En el muelle, junto a la plaza del mercado popular, subimos a una embarcación
turística y comenzamos a navegar por el rio Amazona (Solimões) hasta encontrarnos con el Rio Negro.
Un excepcional
espectáculo natural digno de ser contemplado y reflexionado en silencio: dos
corrientes de agua, de colores y orígenes diferentes, se encuentran sin chocar
y viajan juntas sin mezclarse durante kilómetros, rumbo al mismo mar.
En mi corazón
misionero de la Consolata escuchaba: es posible la comunión en la diversidad, sin anular las identidades. Como las aguas, pueden también
avanzar juntos, en convivencia respetuosa, pueblos de colores, culturas,
lenguas y espiritualidades diferentes. Desde mi fe evoqué la plegaria de Jesús al
Padre común: “que todos sean uno” (Jn 17,21), no
por uniformidad, sino por comunión.
Le conté la
experiencia a Juan Camilo, joven artista del Barrio Torasso, en Florencia
Caquetá, y le propuse plasmarla en un lienzo para conmemorar los 100 años
(Centenario) de la muerte terrenal, nacimiento para la eternidad santa, de José
Allamano, canonizado por el Papa Francisco el 20 de octubre de 2024, durante la
Jornada Mundial de las Misiones en la Plaza de San Pedro, reconociendo y
proponiendo su santidad de vida para la Iglesia y toda la humanidad. Fundador
de los Misioneros (1901) y Misioneras (1910) de la Consolata, nacido el 21 de
enero de 1851 en Castelnuovo d´Asti, hoy Don Bosco, en el Norte italiano.
Corriente misionera
Esta corriente Misionera
de la Consolata brota del seno del Santuario de María Consolata, al pie de los
Alpes piamonteses (Turín) en 1901 e inicia su navegación en el Arca de la Nueva
Alianza, portando la bandera de la paz y bañando territorios, pueblos y
culturas, con el Agua de la vida que desciende del costado del “Sol naciente
que, por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos viene a visitar” (Lc
1, 78-79).
Hoy, desde el 12
de diciembre de 1947, cuando llegó la corriente misionera de la Consolata al
Puerto de Buenaventura, fiesta de la Virgen de Guadalupe, continúa mezclándose
con las corrientes latinoamericanas, inspiradas en el Acontecimiento
Guadalupano, narrado en el Nican Mopohua (escrito alrededor de 1556),
cuando María, salió al encuentro del indígena Juan Diego, reconocido santo, en
el cerro del Tepeyac y se presentó a los pueblos mesoamericanos, del 9 al 12 de
diciembre de 1531. En esos días tuvo lugar el solsticio de invierno, que para
las culturas prehispánicas significaba: el sol moribundo que vuelve a cobrar
fuerza, el nacimiento del nuevo sol, el retorno de la vida. Para los indígenas,
el solsticio de invierno era un día muy importante en su calendario religioso,
día en que el sol vence a las tinieblas y surge victorioso. Por esto, no es
casual que en esos días la Virgen de Guadalupe haya presentado a su Hijo Jesús
a los pueblos indígenas, como el Sol que nace de lo alto. Así ellos, al ver en
su vientre la flor de cuatro pétalos o Nahuiu Ollin, que les representa
la plenitud y el sol, comprendieron que ella traía en su seno al “Verdadero
Dios por quien se vive", In Huelnelli Teotl, In Ipalnemohuani.
Este fue el
Evangelio, buena noticia, que leyeron en su imagen: la llegada del Dios de la
vida a México y el continente. Ella, la misma Consolata, consolada y
consoladora, que lleva también el mismo Sol en su nombre, ConSolata: se
convierte en “pedagoga del Evangelio plenamente inculturado”, como la
identificó el Papa Juan Pablo II, “madre y maestra de misioneros”, como
la denominaba San José Allamano.
Recuerdo centenario
Todo esto
recordamos (pasado, agradecido) y celebramos hoy (presente festivo), mientras
con los pueblos y grupos humanos oteamos el horizonte (futuro esperanzado) para
continuar la navegación en Colombia y sus fronteras con Ecuador y Perú, por el
camino “de Jerusalén a Jericó”, según el lema de la actual Dirección
Regional.
María
Consolata
como Familia Misionera internacional e intercultural,
aprendiendo de los ríos que no se imponen,
no conflictúan ni se confunden.
Juntos le sirven a la vida con ternura y energía.
Haznos misión “A la mano”, de consolación - liberación.
Amén.
miércoles, 21 de enero de 2026
La fraternidad: propuesta de humanización, misión y santidad
San José Allamano estando como responsable del Santuario de la Consolata y de la Casa de Formación del clero joven de la Iglesia Local de Turin (desde 1880), reflexionaba, entre 1891 y 1899: “Es una pena que Turín, con tantas fuerzas vivas, no tenga una obra misionera propia” (Conferencias espirituales, finales del s. XIX). Mientras tanto iba soñando, diseñando y redactando una propuesta (Reglamento) misionera para Presbíteros diocesanos y Laicos, técnicos o profesionales. Una vez aceptada su propuesta en la Diócesis y puesta ya en marcha, inmediatamente después y, a solicitud de los misioneros en el campo, decidió incluir las mujeres y dedicarse con todo empeño a la organización estructural y jurídica de las instituciones, lo mismo que a la formación específica de sus misioneros y misioneras. Todos convocados a vivir en “espíritu de familia”, no de Institución o Colegio. En alguna de sus cartas circulares aclaró: “Yo no quise hacer una congregación religiosa; quise hacer una obra misionera. Pero la Santa Sede juzgó que ésta era la forma más segura, y yo me sometí con gusto”.
“No es bueno que el ser humano esté solo”, dice el libro del Génesis (2,18-24) refiriéndose a los orígenes y colocando en la reflexión contemplativa del Creador el antídoto contra la soledad solitaria: “hagámosle compañía adecuada” se dice Dios, que le corresponda, que esté a su altura, frente a él, igual en dignidad, distinta en identidad, capaz de relación, diálogo y comunión. El ser humano no se comprende a sí mismo en soledad, sino que descubre su identidad en la relación. Está hecho para el encuentro. El otro no es complemento funcional, sino revelación de sí mismo, consolación, compañía adecuada.
Vivir en pobreza, desde la fe, es mantenerse desapegado, real y afectivamente, de las posesiones, los honores, los títulos, los placeres. Alegres y armoniosos en la escasez y en la abundancia, austeros y confiados en la Providencia, bien administrada. Agradecidos y disponibles para ir siempre “más allá” y permanecer en gratuidad. Caritativo y solidario: “El misionero debe ser pobre, pero nunca miserable” (San José Allamano). La pobreza “A la mano” es digna, prudente y responsable, no improvisada ni ideológica.
La libertad frente a los bienes, las cosas y las posesiones, diligentemente planeada y transparentemente administrada, ordena la economía y la ecología humana.
El Voto de Castidad: libertad frente a las personas
Vivir en castidad, desde la fe, es consagrarse integralmente Dios, mantenerse libre para amar a todos sin exclusivismos ni apegos afectivos. Capacidad, madurez, para relacionarse desinteresadamente con niños, jóvenes y adultos, sin abusos, explotaciones, ni apegos, evitando exclusiones, exclusivismos o discriminaciones. No es fácil, claro está. El amor es exigente: “Quien ama mucho, sacrifica mucho”, decía el San Allamano e insistía en una castidad humana, madura, vigilante y alegre, sostenida por la vida espiritual y la fraternidad.
sábado, 10 de enero de 2026
Bautismo y misión
El bautismo de Jesús y nuestro bautismo
Yo, Salvador Medina, fui bautizado en la pila
bautismal de la parroquia La Inmaculada de Aguadas – Caldas – Colombia hace 77
años, hoy soy Misionero de la Consolata, desde 1978. Quiero, entonces,
compartir cómo he venido entendiendo y viviendo mi ser bautizado o sea
cristiano, aprovechando la celebración litúrgica del Bautismo de Jesús.
Los relatos del bautismo de Jesús en los evangelios sinópticos (cf. Mt 3,13–17; Mc 1,9–11; Lc 3,21–22) nos presentan esta revelación: el Padre envía al Hijo con una misión, hacer que la vida, en todas sus manifestaciones, sea plena y buena (cf. Jn 10,10), con la luz y la fuerza del Espíritu. Ahí, exactamente, está el origen de la misión, en la misión de Jesús, que es la misma misión de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo o sea la Trinidad.
Jesús “pasó haciendo el bien”, generando, promoviendo y defendiendo la vida, mientras iba llamando y formando discípulos para que le ayudaran en su misión. Su manera de vivir, hablar y actuar incomodó a quienes utilizaban a los seres vivos para sus propios intereses y los de sus instituciones, descuidando y explotando la vida de los más frágiles y necesitados. Por eso lo prendieron, lo juzgaron y condenaron a muerte de cruz. Lo asesinaron y enterraron, Pero Él Resucitó y se apareció a sus discípulos, mostrándoles que estaba vivo y convocándolos a continuar con la misión que Él apenas había iniciado.
Desde una perspectiva bíblica, el Bautismo de Jesús no solo inaugura su ministerio público, sino que manifiesta el origen trinitario de la misión. En lógica, no existe bautismo sin misión, ni misión sin raíz bautismal. Por eso mismo, todo bautizado, incorporado a Cristo Jesús, es misionero y, entonces, también yo.
La Iglesia del Señor Jesús, formada por bautizados que participan de su vida y misión, es naturalmente misionera. Redescubrir esta revelación es esencial para renovar hoy el dinamismo misionero de una “Iglesia en salida”, como la denominaba el Papa Francisco y promover las juventudes a que asuman con libertad y amor la misión ad gentes, tan útil a la Iglesia y a la humanidad, por sus características de anuncio del Crucificado Resucitado y su propuesta de Reino de Dios o reinado del amor, fraternidad universal, interculturalidad y diálogo, promoción social y cuidado del medio ambiente, tan urgentes, útiles y necesarias en una sociedad planetaria y ambientalmente desafiada, en búsqueda de sentido y dirección.
domingo, 28 de diciembre de 2025
Ejercicios Espirituales Misioneros (tema 7)
El Fundador tenía una visión clara y equilibrada de la misión "ad gentes". No se trataba solo de predicar con palabras, sino de evangelizar integralmente a la persona y a su contexto. Su propuesta, profundamente cristológica, mariana y eclesial, puede sintetizarse en una metodología práctica de misión que articula tres dimensiones fundamentales: Anuncio + Promoción humana + Cuidado de la Casa Común = Evangelización.
Esta es la misión de la Iglesia. En ella y con ella,
también es la misión de los Misioneros, Misioneras consagradas y Laicos/as de la Consolata.
El Kerigma – el primer
anuncio de Jesús muerto y resucitado – es el núcleo de la evangelización. Para
San José Allamano, la misión comienza con la proclamación viva del Evangelio,
no como ideología, sino como encuentro con una Persona: Cristo.
Kerigma: anuncio inicial del
amor de Dios, la salvación en Cristo y la invitación a la fe.
Catequesis: profundización en la fe,
formación sistemática, vida sacramental.
Perdón y reconciliación: sanación de heridas
personales, sociales y espirituales.
Testimonio de vida: coherencia entre lo que
se anuncia y lo que se vive; el testimonio silencioso de la presencia del
misionero.
“No basta con
predicar, hay que ser evangelio vivo.” (San José Allamano). El
anuncio no se impone; se propone con respeto, diálogo y encarnación en la
cultura local.
San José Allamano entendió
que el Evangelio tiene consecuencias sociales. No hay verdadera misión si no
hay también una preocupación real por las condiciones de vida de las personas.
Esta dimensión incluye:
Justicia: defensa de los derechos humanos
y de la “casa común”, denuncia de la
injusticia y acompañamiento a los pobres y toda la “comunidad de la vida”.
Paz: construcción de relaciones fraternas,
reconciliación entre pueblos, culturas, religiones y con toda la creación.
Educación y salud: obras concretas de
promoción que liberan y dignifican.
Esto no es asistencialismo, sino parte esencial del Reino de Dios. El misionero no va solo a predicar, sino a elevar a la persona y el ambiente en su totalidad: cuerpo, alma, mente, corazón y contexto: “Si no hacemos el bien integralmente, ¿Cómo diremos que amamos?” (San José Allamano)
Inspirados por la Encíclica
Laudato Si’, y en línea con el pensamiento de Allamano, los Misioneros de la
Consolata entienden que la evangelización también implica el cuidado del
entorno natural.
Esta dimensión incluye:
Protección del medio ambiente
Uso responsable de los recursos
Promoción de una ecología integral, que una
lo humano, lo espiritual y lo ambiental
Defensa de los pueblos y sus
territorios
Evangelizar hoy significa también anunciar a un Dios que ama su creación y llama al ser humano a ser su custodio: “Dios nos confió la creación. Ser indiferentes a su destrucción es faltar a nuestra vocación.”
Evangelización integral: síntesis de la misión
Estas tres dimensiones no
están separadas. Son una sola acción misionera que transforma vidas,
comunidades y territorios:
Anuncio – Transforma el corazón
Promoción humana – Transforma la sociedad
Cuidado de la Casa Común – Transforma la
tierra
Todo ello, en comunión con
la Iglesia, desde la espiritualidad de Consolación - liberación, con el estilo
de María Consolata: presencia humilde, servicio fiel y consuelo auténtico.
Conclusión: una metodología viva y vigente
Esta metodología misionera
inspirada en San José Allamano:
No es teórica: es práctica, encarnada, vivida
No es antigua: es actual, profética y
necesaria
No es exclusiva: es una propuesta para toda
la Iglesia, especialmente en contextos de misión
En ella se expresa la identidad del Misionero de la Consolata: evangelizador integral, testigo del amor de Cristo, servidor de los pobres, custodio de la creación. "Todo lo hacemos por amor a Dios y por amor a las almas” (San José Allamano).
Una pedagogía enmarcada dentro de un itinerario misionero que, partiendo de la Compasión, lleva a la alegría - Bienaventuranza: Compasión + Misericordia + Consolación + Alegría = Bienaventuranza
Ejercicios Espirituales Misioneros (tema 6)
Esta frase, que resume su visión espiritual y ética, muestra que la calidad del misionero depende de la calidad de su vida interior. Para Allamano, la santidad no es una meta secundaria, sino la condición fundamental para la misión.
❝No basta con hacer el bien, hay que ser buenos para hacer el bien bien hecho❞ – San José Allamano
Allamano promovió una ética del ser misionero, no solo del hacer. Estas son algunas actitudes clave que propuso a sus misioneros/as:
§ Honestidad de vida: Vivir con transparencia, sin doblez, con coherencia entre lo que se cree, se dice y se hace.
En cuanto a la misión, San José Allamano insistió en una ética del respeto, del servicio y del testimonio, que se manifiesta en los siguientes aspectos:
§ Respeto a las culturas: El misionero debe aprender la lengua, valorar la cultura local y nunca imponer su propia visión. Se trata de evangelizar, no de colonizar.
Para San José Allamano, la ética no es un conjunto de normas externas, sino una expresión natural de una vida espiritual profunda. Por eso insistía en:
§ La vida sacramental y la oración diaria
Hoy más que nunca, la propuesta ética de San José Allamano sigue siendo necesaria y actual:
§ En un mundo marcado por la incoherencia, el misionero está llamado a ser testigo creíble.
San José Allamano dejó a sus institutos más que una estructura: una forma de ser y vivir la misión, basada en una ética profundamente cristiana. Su legado sigue invitando a cada misionero/a de la Consolata a ser una persona íntegra, profundamente unida a Dios y entregada a los demás, viviendo con sencillez, responsabilidad y amor.
“Santos y misioneros”: dos palabras que resumen una vida coherente, fiel y fecunda. Un itinerario que pariendo de la fe, lleva a la felicidad: Fe + Confianza + Fiabilidad + Fidelidad = Felicidad.
Ejercicios Espirituales Misioneros (tema 5)
Una institución con misión y carisma – un organismo vivo
Toda institución religiosa
nacida en el seno de la Iglesia no es un simple grupo organizado de personas,
sino un organismo espiritual vivo, impulsado por el Espíritu Santo, que
responde a una necesidad concreta del mundo y de la misión de la Iglesia. El Instituto
Misiones Consolata (IMC), fundado por el Beato José Allamano en 1901, es una de
estas realidades vivas, llamadas a anunciar el Evangelio hasta los confines de
la tierra. Su carisma, misión y espiritualidad le dan identidad y dinamismo, y
hacen del IMC una expresión concreta del seguimiento de Jesús en clave
misionera y consoladora.
Desde sus orígenes, el
Instituto Misiones Consolata nace con una clara dimensión misionera ad gentes:
llevar el Evangelio a los pueblos que aún no han conocido a Cristo. San José
Allamano no lo fundó para responder a una necesidad local, sino para abrir
caminos nuevos donde el Evangelio aún no había sido anunciado.
Su lema, “Primero santos,
después misioneros”, expresa que la misión nace de la unión profunda con Dios,
no solo de la acción o el entusiasmo humano. El misionero de la Consolata es
alguien que vive con Dios y desde Dios, para los demás.
El carisma es el don
original que el Espíritu Santo da a un fundador para el bien de toda la
Iglesia. En el caso del IMC, el carisma se expresa en la consolación y la
evangelización, al estilo de María Consolata.
Consolar significa estar
cerca del que sufre, no solo con palabras, sino con presencia, escucha y
compasión. El misionero se convierte en presencia del consuelo de Dios,
especialmente en lugares marcados por el dolor, la pobreza, la guerra, la
marginación o la falta de sentido.
Evangelizar es llevar el
anuncio de Jesús con respeto, diálogo, testimonio y servicio. No es imponer una
fe, sino ofrecer la luz del Evangelio como camino de vida y esperanza.
Este carisma hace del
Instituto una familia misionera internacional, abierta a todos los pueblos y
culturas, donde se vive el Evangelio en comunidad y se anuncia con alegría.
La espiritualidad Consolata
se alimenta de tres pilares fundamentales:
a) Cristo misionero del
Padre
Jesús es el modelo de todo
misionero. Él vino a anunciar el Reino, a buscar a los alejados, a sanar a los
enfermos y a consolar a los afligidos. El misionero Consolata quiere reproducir
en su vida los sentimientos de Cristo, siendo cercano, servidor, compasivo y
obediente al Padre.
b) María Consolata
Patrona del Instituto,
María es modelo de ternura, fe y presencia silenciosa. Ella acompaña la misión
con su oración y cercanía maternal. El misionero aprende de ella a “estar” con
los que sufren, como estuvo al pie de la cruz.
c) La comunidad
La misión no se realiza en
solitario. El IMC valora profundamente la vida comunitaria, como espacio de
apoyo, discernimiento, oración y fraternidad. La comunidad es signo del Reino y
fuerza para la misión.
El Instituto Misiones
Consolata no es una estructura rígida ni estática. Es un organismo vivo, en
constante discernimiento y apertura a los signos de los tiempos. Presente en
diversos países y culturas, el Instituto:
v Escucha
las realidades locales, inculturando el Evangelio sin imponer modelos ajenos.
v Forma
misioneros integrales, con madurez espiritual, intelectual, humana y pastoral.
v Promueve
la justicia, la paz y el cuidado de la creación, como expresión concreta del
Reino.
v Trabaja
en comunión con la Iglesia local y universal, sin protagonismos, pero con
audacia profética.
En un mundo herido por la
indiferencia, la soledad, la pobreza y la pérdida de sentido, el Instituto
Misiones Consolata sigue siendo necesario y profético. Su carisma no ha perdido
vigencia; al contrario, es una respuesta concreta al sufrimiento humano y al
anhelo de esperanza.
Hoy más que nunca, el IMC
está llamado a renovar su ardor misionero, a formar nuevas generaciones de
misioneros santos y a seguir siendo instrumento del consuelo de Dios en todos
los pueblos.
El Instituto Misiones
Consolata es mucho más que una organización. Es una comunidad de fe en camino,
un organismo vivo, con una misión que nace del corazón de Dios, un carisma que
consuela y transforma, y una espiritualidad profundamente evangélica. En cada
misionero Consolata late el deseo de hacer presente a Cristo en las periferias
del mundo, con el estilo de María y la pasión del Allamano.
“Primero santos, después
misioneros”: esta sigue siendo la clave de un seguimiento auténtico de Jesús,
en el corazón de la misión de la Iglesia.





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