sábado, 25 de julio de 2026

Manos "A la mano"

  Elogio de las Manos - "A LA MANO"

Misioneros de la Consolata, participantes en el Curso de inducción a la Región IMC Colombia

Mi más sincero agradecimiento, dice el Profesor Carlos Medina, a los Misioneros de la Consolata por la invitación a compartir esta jornada de reflexión sobre el momento histórico que vive nuestro país y los caminos para construir, junto a las comunidades de los territorios, una ruta de futuro fundada en la dignidad, la justicia y la esperanza.
En tiempos de incertidumbre, resulta profundamente esperanzador encontrar espacios donde la fe se convierte en compromiso con la vida, con la paz y con las transformaciones democráticas y humanistas que Colombia necesita. Cuando la espiritualidad camina de la mano de las comunidades, fortalece la solidaridad, el diálogo y la construcción colectiva de un país más justo, fraterno e incluyente.
Gracias por hacer de la misión un servicio al bien común y de la esperanza una fuerza transformadora.
Elogio de las manos - "A LA MANO"
Las manos fueron el primer lenguaje antes de que la palabra encontrara su camino. Con ellas el ser humano aprendió a tocar el mundo, a medir la distancia entre el sueño y la materia, a convertir la piedra en herramienta, el barro en vasija, la semilla en cosecha, y el fuego en hogar.
En la palma de una mano cabe la memoria de la especie. Allí permanecen las huellas invisibles de quienes levantaron ciudades, trazaron senderos entre montañas, cruzaron mares desconocidos y escribieron, con esfuerzo y esperanza, la historia interminable de la humanidad.
Las manos no solo construyen; también acarician. No solo siembran; también consuelan. No solo trabajan; también abrazan, bendicen, sostienen, levantan al caído y secan el rostro de quien llora.
Con ellas nacieron las artes. La pintura encontró sus primeros colores, la escultura descubrió el alma escondida en la piedra, la música aprendió a despertar el silencio y la escritura hizo del pensamiento una casa para el tiempo.
Las manos levantaron templos y escuelas, molinos y puentes, bibliotecas y hospitales. Forjaron el arado que alimentó a los pueblos, la rueda que acercó los caminos, la imprenta que multiplicó las ideas, y las máquinas que transformaron la economía hasta convertir el trabajo humano en el gran motor de la civilización.
Toda cultura lleva impresas unas manos. Las del campesino que cultiva la tierra, las del artesano que conversa con la madera, las de la mujer que teje el abrigo de la memoria, las del obrero que levanta el horizonte urbano, las del científico que explora lo desconocido, las del médico que devuelve la esperanza, las del maestro que abre el porvenir y las del niño que descubre, jugando, que el mundo también puede inventarse.
No existe sociedad sin manos que cooperen. Ellas hacen posible el encuentro, el intercambio, la solidaridad, la economía que produce y distribuye, la política que organiza la convivencia, y la comunidad que convierte la existencia individual en destino compartido.
Pero las manos alcanzan su mayor grandeza cuando dejan de buscar únicamente para sí mismas y se abren generosas hacia los demás. Entonces dejan de ser instrumento de poder para convertirse en signo de servicio; dejan de imponer para comenzar a cuidar; dejan de cerrar el puño para ofrecer la palma abierta como promesa de fraternidad.
Quizá por eso las manos rezan. No porque abandonen la tierra, sino porque descubren que el trabajo, cuando nace del amor, también es una forma de oración. Cada gesto de justicia, cada acto de solidaridad, cada pan compartido, cada herida vendada, cada vida dignificada, es una plegaria silenciosa que asciende desde las manos hasta el corazón de la humanidad.
Y es allí donde la espiritualidad encuentra su sentido más profundo.
Como nos lo recuerda José A-la-mano, la verdadera grandeza del ser humano no reside en lo que posee, sino en lo que entrega; no en la fuerza con que domina, sino en la humildad con que sirve. Sus manos, abiertas a Dios y al prójimo, nos enseñan que la fe no se agota en las palabras, sino que se hace visible en el trabajo honesto, en la compasión cotidiana y en el compromiso con la dignidad de toda persona.
Que nuestras manos, entonces, sean siempre sembradoras de paz, constructoras de justicia, artesanas de esperanza y puentes de fraternidad. Porque mientras existan manos capaces de crear, de compartir y de amar, la humanidad seguirá encontrando caminos para renacer A la mano.

martes, 14 de julio de 2026

Fiesta de la Virgen del Monte Carmelo

 Nuestra Señora del Carmen

Colombia posee una riqueza excepcional de advocaciones marianas profundamente arraigadas en la vida de los pueblos, entre todas, tal vez la más destacada sea la de Nuestra Señora del Carmen. La encontramos en los camines, los buses, taxis y aviones, en los barcos, por lo caminos, carreteras y ríos del país. En cada curva o lugar de riesgo, allí está ella presente y atenta. De las prácticas, signos piadosos como procesiones, escapulario, bendición de vehículos, promesas y fiestas patronales, muchos hemos participado y hasta usado. Sería bueno que fuéramos un poco más a fondo, tratando de descubrir lo que ella nos quiere decir, como en la Boda de Caná, para acercarnos a Jesús.

Virgen del Carmen

En lugar de verla solo desde su origen histórico o desde las prácticas religiosas populares, hagámonos algunas preguntas que nos lleven a nuevas respuestas:

¿De dónde proviene su nombre?  En la tradición espiritual mariana de la Iglesia Católica este nombre aparece vinculado al Monte Carmelo, situado junto al mar Mediterráneo, en una cadena montañosa de unos 39 km de longitud y puede traducirse como "viña de Dios", "jardín de Dios" o "campo fértil", símbolo de belleza, fecundidad y bendición.

En las Escrituras Sagradas el Monte Carmelo (1Reyes 18) aparece vinculado al ministerio del Profeta Elías, desarrollado a lo largo de 15 o 20 años, en el Reino del Norte de Israel durante el reinado del rey Acab y Jezabel (ca. 874–853 a.C.), cuando el pueblo vivía dividido entre varios dioses, Yahvé, Baal, Asera y otras deidades locales, en medio de sequias y hambrunas que se prolongaban hasta más de tres años. Elías convoca al pueblo y plantea una decisión radical y coherente: "¿Hasta cuándo van a andar cojeando con dos pensamientos? Si el Señor es Dios, síganlo; y si Baal lo es, síganlo."

Para ayudar al pueblo a tomar una decisión propone un ejercicio pedagógico – espiritual, entre los seguidores de Baal y los de Yahvé, desafiando a 450 profetas de ellos y a él mismo con su pueblo, para demostrar quién era realmente Dios: Yahvé o Baal. Y el desafío fue aceptado.

La prueba era sencilla pero impactante. Profetas de ambos bandos ofrecían un sacrificio en un altar, pero no le prendían fuego. El Dios que enviara fuego desde lo alto para consumir el sacrificio sería considerado el Dios de Israel.

Primero fueron los profetas de Baal. Y no pasó nada. Durante horas, le rogaron a Baal. Pero no hubo fuego. Entonces Elías levantó un altar, reconstruido con doce piedras, rodeado de una canal y colocó encima la leña y la ofrenda, derramó agua encima, por tres veces hasta empapar la madera, la ofrenda y llenar la canal. Invocaron a Yahvé y cayó fuego del cielo. El pueblo clamó que Yahvé era Dios. Y los profetas de Baal murieron todos. Elías huyó para salvar su vida al día siguiente, y no se produjo ningún cambio notable en la vida espiritual de Israel. Tal vez porque el mismo Dios, en general, no se revela en formas tan espectaculares y dramática.

El ciclo psico-ministerial de Elías

Me parece que la experiencia de Elías constituye un modelo muy actual para sacerdotes, religiosos, misioneros y laicos, agentes pastorales. Sigámoslo en detalle:

1. La vocación: descubre que Dios lo envía y recibe su misión con entusiasmo, ardor y claridad. Convencido de haber sido llamado.

2. El compromiso profético: denuncia la corrupción, la idolatría, la injusticia, el abuso del poder, con valentía y a pesar de las persecuciones, conflictos e incomprensiones que sufre.

3. El gran éxito ministerial: en el Carmelo ocurre el gran triunfo. El pueblo reconoce a Dios. Elías experimenta eficacia pastoral, reconocimiento y enorme satisfacción. Podríamos decir que fueron los mejores años de su servicio, aunque haya sido solo un momento.

4. El agotamiento psicológico: paradójicamente, muchas veces, después del mayor éxito llega la peor crisis. La reina Jezabel amenaza con matarlo, él huye con miedo, mientras pierde toda seguridad. Hoy llamaríamos esto agotamiento emocional, estrés postraumático, fatiga por compasión, burnout pastoral.

5. La depresión espiritual: en el desierto dice "¡Basta ya, Señor! Quítame la vida", desea morir, se siente solo, fracasado, inútil, derrotado. Muchos servidores de la Iglesia conocen esta etapa. No nace de la falta de fe sino del exceso de desgaste.

6. Dios lo restaura: su terapeuta no empieza corrigiéndolo, primero lo deja dormir, luego le ofrece pan y agua, le permite que descanse, que haga su camino-proceso restaurador o consolador. Maravillosa pedagogía pastoral, antes de exigir más misión.

7. El encuentro en el Horeb: después de cuarenta días llega al Horeb y allí se le revela de nuevo, no en el viento, ni en el terremoto, ni el fuego, sino en "el susurro de una brisa suave". El ministerio madura cuando el servidor aprende a reconocer a Dios en el silencio.

8. La relectura de la crisis: Elías creía que había quedado “Sólo yo he quedado", se decía,  mientras Dios le respondía, "No estás solo", ahí está tu pueblo. Toda crisis exagera la percepción de la realidad, mientras se recupera el equilibrio.

9. Renovación ministerial: finalmente Dios no jubila a Elías, lo envía de nuevo, porque nadie puede permanecer en el monte para siempre. Ahora deberá ir y ungir un rey y otro rey, llamar a Eliseo y preparar el futuro. La misión cambia de forma, ya no consiste solamente en grandes emprendimientos o esfuerzos, sino en formar sucesores. La madurez ministerial desemboca en la fecundidad de la transmisión.

Conclusión

Todos estos elementos bíblicos fecundan la figura de la Virgen del Carmen e inspiran su papel de acompañante de los transeúntes colombianos, por todos los caminos y medios. Ella enseña a caminar con fidelidad, a contemplar, a discernir y a perseverar hasta el final, como lo ha hecho con los Monjes del Monte Carmelo y toda la corriente carismática de la Familia carmelitana, esparcida por el mundo. El Monte Carmelo no es solo un lugar geográfico, sino el símbolo teológico que representa la fidelidad a Dios en medio de la prueba, lugar de la alianza renovada, escucha de su Palabra y seguimiento de su voluntad.

Elías nos enseña el ardor del profeta, María del Carmen nos ayuda a formar el corazón de discípulos, con el escapulario encima como señal; el Carmelo nos muestra el valor del silencio contemplativo y fuego del cielo nos anuncia la esperanza que brinda la fe y la confianza en la fidelidad al Dios de la Alianza.


sábado, 11 de julio de 2026

La Maestra María

María, pedagoga en la Escuela de Jesús
El Maestro es el Hijo (cf. Mt 23,8-10)

Icono de la Consolata

En tiempos de invasión tecnológica y digital, repensar las pedagogías para un aprendizaje formativo integral, parece urgente y María, la madre y formadora del Maestro Jesús, es presentada en la Escritura Sagrada y en la tradición de la Iglesia Católica, como “modelo y guía” en el acompañamiento y formación de discípulos misioneros, no solo de fieles creyente. Ella, como discípula del Maestro y, precisamente por haber aprendido de Él desde la Encarnación hasta Pentecostés, se convierte en autoridad pedagógica para acompañar a los que aman y quieren seguir a su Hijo. Su vida constituye un verdadero itinerario pedagógico que acompaña el crecimiento espiritual del creyente desde el encuentro inicial con Dios hasta la plena participación en la misión de la Iglesia. Su pedagogía es siempre una pedagogía "en la escuela de Jesús", el “misionero enviado del Padre” que prepara para vivir sinodalmente en esta Iglesia en salida (Papa Francisco).

Hablar de María como pedagoga significa reconocer en ella no solamente a la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, sino también a la mujer que enseña el camino de la fe mediante su propia vida. María no funda una escuela con métodos escritos ni transmite una doctrina propia, su pedagogía consiste en conducir siempre hacia su Hijo, formando discípulos capaces de escuchar, discernir, servir, perseverar y anunciar el Evangelio.

 Una imagen y un nombre, Consolata

Soy Misionero de la Consolata y mi configuración con el “Misionero enviado del Padre” ha venido siendo inspirada a lo largo de los años, desde 1962, por la imagen de María Consolata propuesta por San José Allamano, formador de Sacerdotes diocesanos, en la Arquidiócesis de Turín – Italia y el carisma por él legado a los Institutos de la Consolata para misiones, fundados en 1901 y 1910. En realidad, el icono de la Consolata ofrece una síntesis visual extraordinaria de una propuesta formativa.  

Hoy, en la llamada era de la imagen, ya ampliamente usada en la tradición oriental, desde el inicio del cristianismo, no solo como una ilustración religiosa, sino una "teología en colores" (según la expresión atribuida a San Juan Damasceno), al inspirarnos en la “espiritualidad mariana” para la formación de discípulos misioneros, este icono puede convertirse en nuestra primera "lección". María no comienza con lo que dice, sino con lo que muestra. Antes de ser discurso, es icono; antes de ser método, es experiencia, antes de ser acción es contemplación.

El icono de la Consolata no solo inspira la vida y espiritualidad de San José Allamano, allá en el “corito” del Santuario de la Consolata, en Turín – Italia, en donde la imagen pasa del ámbito de la oración, meditación y devoción práctica a “lugar” de reflexión teológica, educativa formativa y misionológica.

Este icono perteneciente al grupo iconográfico de la Brephocratousa o Virgen con el niño, en la versión Odigitria, que presenta a María sosteniendo al Niño Jesús, a quien señala con su mano derecha para indicarlo como el camino de la salvación, es un sencillo y rico instrumento didadáctico. El apelativo Odigitria deriva del topónimo del convento de los “Odigi”, en griego οδιγι, que significa "guías". Allí habitaba una comunidad de monjes que veneraba el retrato original de María, pintado según la tradición, por San Lucas. La emperatriz Puchera, habiéndolo recibido en Jerusalén, lo confió a ese monasterio construido cerca a una fuente de agua, en donde Nuestra Señora ya hacía muchos milagros, especialmente en favor de los ciegos, a los cuales los mismos monjes les servían de “guía”, conduciéndolos de la mano, como hacían los “pedagogos” griegos con los niños, de siete a catorce años, cuando los llevaban al gimnasio o a la palestra, hasta la fuente milagrosa para que se lavaran sus ojos con el agua sanadora. La misma palabra Odigitria significa “la que muestra el camino” (Cfr. Gharib Georges, Le Icone Mariane, Cittá Nuova, 1988).

Video de Juan Gabriel Acosta contemplando la belleza de la creación

Es verdad que la pedagogía occidental suele comenzar la educación aclarando y explicando conceptos, no así la oriental que comienza con la contemplación, no explica, sino que coloca en contacto con el misterio que despierta admiración, curiosidad y contemplación, generalmente silenciosa. En consecuencia, el primer acto educativo consiste en mirar, al estilo propuesto por el sacerdote y teólogo suizo Hans Urs von Balthasar (1905 – 1988), cuando constata que el ser humano llega a la verdad no solo mediante el razonamiento, sino, ante todo, mediante la contemplación de la belleza de la Revelación. Él deja registrada su propuesta en su trilogía La gloria del Señor, Teodrama y Teológica.

Esta perspectiva ofrece una base teológica muy sólida para interpretar la pedagogía mariana y la formulación del carisma a la que llegó San José Allamano contemplando el cuadro de la Consolata, y el lema que lo sintetiza Et annuntiabunt gloriam meam gentibus” (“Anunciarán mi gloria a las naciones”, Is 66,19) que fue mandado colocar por San José Allamano en la parte central superior de la Casa Madre de Turín en 1925, y anteriormente ya figuraba en la portada del primer Reglamento, manuscrito, del Instituto (1891) y vuelve a aparecer en el Reglamento de 1901 y en las Constituciones de 1909.

 “Anunciarán mi gloria a las naciones”

El profeta Isaías concluye su libro con una visión profundamente misionera. Después de anunciar la restauración de Jerusalén, evidencia de la consolación anunciada en 40,1-12, Dios promete enviar mensajeros hasta los confines del mundo: “Pondré en ellos una señal y enviaré algunos de los sobrevivientes a las naciones... a las costas lejanas, que nunca oyeron hablar de mí ni vieron mi gloria; ellos anunciarán mi gloria a las naciones” (Is 66,19).

Esta promesa encuentra en Jesucristo su pleno cumplimiento. El Hijo, enviado por el Padre, revela la gloria de Dios como amor misericordioso, y después de su Pascua envía a sus discípulos hasta los confines de la tierra (cf. Mc 16,15; Mt 28,19-20; Lc 224,48; Hch 1,8; Jn 20,21). Así, la misión no nace de una iniciativa humana, sino del deseo de Dios de que todos los pueblos experimenten su salvación, disfruten el “buen vivir” (Sumak Kawsay en kichwa), paradigma ancestral, alternativo al que propone hoy la sociedad del capitalismo tecnológico global de libre mercado. Las cosmovisiones de los pueblos indígenas andinos y amazónicos lo fundamentan en cuatro principios básicos:

      ·         Relacionalidad: Todo está interconectado; no existe vida aislada.
·         Complementariedad: Todos los seres y elementos se necesitan mutuamente.
·         Reciprocidad: Dar y recibir en equilibrio (ejecutado en prácticas como la minga                           comunitaria).
·         Correspondencia: Vivir en armonía con lo que la naturaleza nos proporciona.

Este Lema Misionero, se puede extender a todos los operarios del Reino, contemplativos, testigos, anunciadores y reveladores de la gloria de Dios, manifestada no en volúmenes de ideas verdaderas y bien documentadas, ni en instituciones bien organizadas, fuertes en su patrimonio y estructuras bien administradas, sino en personas y comunidades que hacen visible, con la vida, la palabra y las acciones, el rostro del Dios compasivo y misericordioso que consuela, libera y salva. Porque, como decía San Irineo de Lyon “quienes ven a Dios tienen parte en la vida … la gloria de Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la visión de Dios. Si la manifestación de Dios por la creación da vida en la tierra a todos los vivientes, mucho más la manifestación por el Verbo del Padre da vida a aquellos que contempla” (Contra los herejes, 4,20,5-7).

Se constata que la gloria de Dios en la Biblia no es un esplendor lejano, es su presencia amorosa que restaura la dignidad humana, perdona, sana, reúne a los dispersos y ofrece esperanza a los pueblos. Anunciar esa gloria significa revelar que Dios continúa actuando en la historia, especialmente allí donde abundan el sufrimiento, la pobreza, la violencia, la soledad y la pérdida del sentido de la vida.

En esta perspectiva, la Consolación no se deja reducir a un simple alivio emocional sino que se expresa como una experiencia integral del Reino. Consolar es hacer presente a Cristo resucitado; es acompañar a los crucificados de la historia; sanar las heridas del pecado, perdonar; es defender la dignidad de cada persona; es reconciliar, con el perdón y la reparación, personas, comunidades y pueblos rotos; es cuidar la creación como casa común y abrir caminos de esperanza allí donde parece reinar la desesperanza.

La expresión “a las naciones” manifiesta el carácter universal de la misión. El profeta utiliza el término para designar a todos los pueblos, especialmente a quienes todavía no conocen al Dios de Israel. Para el carisma misionero de la Consolata, estas naciones representan hoy, en el Continente americano, los pueblos no evangelizados, las periferias geográficas y existenciales, las culturas en transformación, las nuevas pobrezas urbanas, el mundo digital, los migrantes, los jóvenes sin horizonte, los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes y todos aquellos que esperan una palabra de vida.

San José Allamano comprendió profundamente esta dimensión universal. Quería misioneros apasionados por quienes todavía no conocían a Cristo y repetía que el primer anuncio debía realizarse con la santidad de vida. Antes de anunciar con los labios, el misionero anuncia con la transparencia de una existencia transformada por el Evangelio. Por eso insistía: “Primero santos, después misioneros”. La credibilidad del anuncio depende de la autenticidad del testimonio.

El lema también recuerda que el verdadero protagonista de la misión es Dios mismo. En Isaías es Él quien envía; es Él quien prepara los caminos; es Él quien reúne a las naciones. El misionero no muestra  su propia gloria, sino la gloria de Dios. No busca protagonismo, sino que las personas descubran el amor del Padre maternal manifestado en Jesucristo mediante la fuerza del Otro Consolador, el Espíritu Santo.

María, la mujer de todos los nombres, incluido el de Consolata, fue la primera en llevar la gloria de Dios a otra persona cuando visitó a Isabel. Su presencia hizo exultar al niño en el seno materno y provocó el canto del Magníficat. Ella continúa siendo la Consolata que acompaña a los misioneros para que Cristo sea conocido y amado entre todos los pueblos.

En el contexto actual, marcado por conflictos, polarización, migraciones, crisis ecológica y profundas búsquedas espirituales, la misión ad gentes ya no puede entenderse únicamente como un desplazamiento geográfico, sino como la disponibilidad permanente para salir al encuentro de quienes todavía no han experimentado la alegría del Evangelio. Las nuevas "naciones" son también los ambientes culturales, digitales y sociales donde Cristo necesita ser anunciado con respeto, diálogo, cercanía, testimonio y estética.

Artista Juan Camilo Herrera

Así, “Anunciarán mi gloria a las naciones” resume admirablemente la vocación de los Misioneros y Misioneras de la Consolata: enviados por Dios para hacer visible su gloria mediante una vida santa, anunciar a Jesucristo con alegría, llevar la consolación a los pueblos, promover y defender la dignidad y los derechos humanos, cuidar la creación y construir comunidades reconciliadas. Solo quien ha experimentado la consolación de Dios puede convertirse en auténtico mensajero de esa misma para todas las naciones. Puede leerse también como un itinerario espiritual y misionero en cinco verbos que sintetizan el carisma de la Consolata:

      1.      Contemplar la gloria de Dios en Cristo.
2.      Dejarse consolar por el Espíritu Santo.
3.      Salir hacia las naciones y las periferias.
4.      Anunciar el Evangelio con la vida y la palabra.
5.      Construir comunidades reconciliadas que reflejen la gloria de Dios.

En definitiva, Isaías 66,19 expresa de manera admirable la vocación de la Familia de la Consolata: quien ha sido consolado por Dios es enviado para que todas las naciones conozcan, contemplen y experimenten su gloria salvadora. 

miércoles, 8 de julio de 2026

Puente de amistad (Tienditas)

 Virgen de Chiquinquirá

Para todos los colombianos y una buena parte de los venezolanos la Virgen de Chiquinquira nos es familiar. Muchos hemos peregrinado al Santuario de Chiquinquirá, lugar donde su viejo y ajado lienzo, pintado por el artista español Alfonso de Narváez, residente en Tunja, se fue renovando y recobrando el color la figura de Virgen del Rosario, vestida con manto azul oscuro y bordes dorados, toca, corona y un cetro en su mano derecha y un rosario rojo en su izquierda; el Niño Jesús sostenido por los brazos de la Virgen, cubierto con un manto rosado y con su propia corona; San Antonio de Padua, a la derecha de la Virgen, llevando un escapulario, una cruz y un libro y San Andrés Apóstol, a la izquierda, sosteniendo la Sagrada Escritura y la cruz en forma de X, signo de su martirio. Ambos pintados en el lienzo original por ser el primero, patrono del encomendero que solicitaba la imagen y el segundo, del fraile que la había mandado a hacer.

Esta renovación milagrosa despertó y sigue despertado la admiración, la contemplación y la piedad de muchos hasta el punto de construirle hermosos santuarios - basílicas, en la ciudad que le da el nombre, Chiquinchirá y en la vecina Maracaibo, Venezuela, puntos de referencia, peregrinación y encuentro. En Colombia, además, la han declarado Reina y Patrona de la República.

El milagro del lienzo restaurado y expuesto a la veneración popular nos ofrece un rico mensaje evangelizador, que nos lleva, más allá de la piedad y devoción a la formación de mejores y más auténticos seguidores y servidores de su Hijo Jesús, diciéndonos como en la Boda de Caná, “hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5), antes que nosotros le pidamos a ella que haga otros milagros. 

Ella, como madre, nos comparte o entrega a su Hijo Jesus. Como discípula se une a todos nosotros, discípulos misioneros, en la escucha, el seguimiento y la misión del que nos llamó a su seguimiento para que estemos con Él (busquemos la santidad) y salgamos a testimoniarlo y anunciarlo más allá de nuestras propias fronteras (seamos misionros/as). Como pedagoga, maestra en la Escuala de Jesús, nos orienta, con varías iniciativas, a vivir y trabajar para que la vida sea plena y feliz aquí en esta tierra y allá en la eternidad. Veamos algunas de estas iniciativas que nos pueden inspirar y en las que podemos participar:

 1.      Lugar de encuentro: desde el inicio de la renovación del lienzo comienza a convocar y congregar españoles, indígenas, mestizos, afrodescendientes y otros peregrinos. No elimina las diferencias, pero sí las reúne, generando espacios de encuentro, en un país como Colombia, desde la época colonial marcado por profundas tensiones sociales, culturales y políticas, generadoras de diferentes violencias y violaciones. Los matricula a todos en una escuela de diálogo, perdón y reconciliación, con la pedagogía del encuentro, reforzada por el llamado ecuménico a la reconciliación que hizo el Papa Juan Pablo II cuando visitó el Santuario en 1986. 

2.      Artista de la restauración: el milagro reconocido consistió en la renovación de un lienzo deteriorado, simbolizando la permanente capacidad del Evangelio para renovar la belleza del ser humano, de los pueblos y de la creación. Enseñándonos la pedagogía de la belleza que comienza por la visión y la contemplación, antes que por la palabra, como diciendo: el silencio también habla y hay que escucharlo. Nos invita a contemplar y respetar la belleza del ser humano y de los derechos humanos, la belleza de la creación y los derechos de la tierra, la belleza de la familia, los niños y los ancianos, el cuidado y el respeto por el otro y sus derechos.

 3.    Pedagogia de la esperanza: la Virgen de Chiquinquirá ha acompañado guerras, epidemias, migraciones, pobreza, terremotos, conflictos políticos, etc. Acudiendo a ella el pueblo sostiene la esperanza certificada, no únicamente mediante milagros, sino también con su presencia, como en Caná y en el Calvario. Lo inscribe en la escuela del futuro, con la pedagogía de la esperanza activa.

 4.      Puente entre Colombia y Venezuela: la “Chinca”, como la llaman los colombianos o “la Chinita”, como la nombran los venezolanos, no es únicamente una patrona nacional sino un puente de amistad, canal de comunicación, intercambio de bienes y servicios, de hermandad que supera fronteras y divisiones ideológicas o políticas.

5.    Nuevo festivo en Colombia: el 9 de julio, día de la Virgen de Chiquinquirá, fue declarado festivo por el Gobierno nacional reconociendo la importancia histórica, cultural y religiosa de Chiquinquirá, Boyacá, al cumplirse 440 años del milagro. Este año se traslada para el 13 de julio.


jueves, 25 de junio de 2026

El mandato misionero de Jesus

"Como el Padre me envió, así los envío yo”
 
Apoyado en Chat GPT

La misión de la Iglesia nace del corazón mismo de la misión de Jesús. Él no envía simplemente a realizar una tarea, sino a continuar su propia presencia en el mundo: “Como el Padre me envió, así también los envío yo” (Jn 20,21). El discípulo misionero es enviado con el mismo dinamismo de amor, servicio y entrega con el que Jesús fue enviado por el Padre.
 
El mandato misionero se despliega en los cuatro Evangelios como un único camino:
 
1. Ir al mundo entero y anunciar el Evangelio
“Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda la creación” (Marcos 16,15)
La misión comienza con un movimiento de salida. El discípulo no permanece encerrado en sus fronteras, seguridades o culturas; es enviado a “todo el mundo”. Ese “ir” tiene unas dimensiones:
    · geográfica: llegar a todos los pueblos y lugares;
    · cultural: entrar en las realidades humanas, lenguajes, culturas, situaciones y
            contextos
   · existencial: acercarse a cada persona y a todo ser vivo, empezando por los más             necesitados, allí donde la vida está más frágil;
   ·  ecológica: a toda la creación
   ·  espiritual: gentes con espiritualidades o religiones diferentes.
La misión consiste en anunciar a Jesucristo, no una idea abstracta, sino una Buena Noticia capaz de renovar la vida.
 
2. Ir y hacer discípulos: enseñar y bautizar
“Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mateo 28,19-20)
El anuncio no termina en una proclamación inicial. La misión busca generar discípulos, personas que entren en una relación viva con Jesús. Tiene tres dimensiones:
    · hacer discípulos: acompañar procesos de fe y conversión;
    · bautizar: introducir en la comunión trinitaria, en la vida nueva de Dios;
  ·  enseñar: transmitir la vida y el mensaje de Jesús, no solo conocimientos                        religiosos.
El misionero no lleva solamente un mensaje: conduce hacia un encuentro con Cristo.
 
3. Ser testigos con la fuerza del Espíritu Santo
“Ustedes son testigos de esto” (Lc 24,48). “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).
La misión no nace solo de la capacidad humana, sino de la acción del Espíritu Santo. El testigo es quien ha visto, escuchado y experimentado algo que transforma su vida. Por eso la misión no es solamente hablar de Jesús, sino que lo hace visible mediante:
    · una vida personal y comunitaria, alegre y coherente;
    · la práctica de la caridad que lleva a la justicia y a la paz;
    · la entrega, hasta donar la propia vida y la sangre, si fuera necesario (martirio);
    · la cercanía con los pobres y sufrientes (encarnación e inculturación);
    · la esperanza en medio de las dificultades.
El Espíritu es quien abre caminos, consuela, impulsa la Iglesia y hace fecunda la misión.
 
4. Transformar el mundo desde el perdón y la reconciliación
“Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados les quedan perdonados” (Juan 20,21-23).
El Resucitado envía a sus discípulos con el poder de continuar su obra reconciliadora, por eso, tiene como horizonte la restauración de la humanidad y sus contextos o sea plantar, cultivar semillas del Reino de Dios, cosecharlas y disfrutarlas ante de entrar en la eternidad:
    · sanar heridas;
    · reconstruir relaciones;
    · superar divisiones;
    · anunciar, compasivamente, la misericordia solidaria que conduce a la paz;
    · cuidar, elevar y transformar los ambientes.
El misionero es portador de una humanidad nueva en donde el perdón vence al odio y la reconciliación siembra y cultiva la hermandad y la paz.
 
La dinámica del envío misionero
El Padre envía al Hijo → el Hijo envía a sus discípulos → el Espíritu Santo sostiene la misión → toda la “Comunidad de la vida” trabaja, agradecida, cuidando la vida, promoviéndola, reconciliándola, liberándola y salvándola.
 
La misión para la Iglesia de Señor Jesús, en definitiva, es:
    ·   Ir (Marcos) → salir hacia ...
    ·   Hacer discípulos (Mateo) → formar comunidades de fe.
   ·  Ser Testigos (Lucas-Hechos) → anunciar con la vida, la luz y la fuerza del                     Espíritu.
   · 
Perdonar y Reconciliar (Juan) → sanar el mundo y ayudarlo a experimentar la              paz.

miércoles, 24 de junio de 2026

Juan el Bautista

La parresía encarnada

Miguel Huerta

Hay figuras que aparecen en momentos clave en la historia de las ideas y del cristianismo sin pedir nada a cambio. No buscan poder, no fundan instituciones, no dejan escuela. Sólo señalan algo que lxs demás prefieren no ver y pagan el precio por ello. Juan el Bautista, cuyo día se celebra cada 24 de junio, es una de esas figuras. Y aunque su historia llega envuelta en religión, su núcleo es otra cosa: un hombre que decidió vivir de acuerdo con lo que pensaba y creía, que habló con claridad cuando hablar claro era peligroso, y que acabó asesinado precisamente por eso. Eso es ética en estado puro.

Vivía fuera del sistema, literalmente. En el desierto, con lo mínimo, sin ataduras que lo volvieran un peón externo. No era un excéntrico ni un ermitaño que huía de la gente; la gente venía a buscarlo a él. Había algo en esa austeridad que generaba autoridad moral. Y es que cuando alguien no debe nada a nadie, cuando no se tiene carrera que proteger ni posición que guardar, puede permitirse decir lo que ve. Hoy llamaríamos a eso independencia. Juan la practicó de forma radical: sin financiación, sin institución detrás, sin red de seguridad. Únicamente su criterio y su voz. Y esa voz no se andaba con rodeos.

Cuando los poderosos de su época van a escucharlo (los fariseos, los saduceos, los funcionarios del templo) no reciben lo que esperaban. Los llama hipócritas, “raza de víboras”. Les dice que de nada sirve pertenecer al grupo correcto, tener los contactos adecuados o cumplir los rituales sociales. Lo que le interesa es concreto y directo: ¿estás siendo justo? ¿Tu vida, tus decisiones, tienen algún impacto real en quienes te rodean, en tu comunidad? Cuando le pregunta un soldado qué debe hacer, le responde: no extorsiones, no denuncies falsamente. Cuando le pregunta un cobrador de impuestos, le dice: no cobres más de lo que te corresponde. Nada de grandes abstracciones. Justicia práctica, cotidiana, aplicada al oficio de cada persona.

La figura que más define a Juan, sin embargo, no es la del predicador. Es la del testigo incómodo. Herodes Antipas, el gobernador de la región, tomó como mujer a Herodías, la esposa de su hermano. Una irregularidad grave, un abuso de poder disfrazado de asunto privado en un contexto cultural y social represor. Juan lo señala públicamente. No ante un tribunal, no con una denuncia formal: simplemente lo dice, en voz alta, donde todo el mundo puede oírlo. Eso le cuesta la libertad. Y cuando Herodes lo mete en la cárcel, no lo ejecuta de inmediato pero lo mantiene encerrado. Al final, una cena, una promesa impulsiva y una intriga de Herodías hacen el resto. Juan es ejecutado por haber dicho en voz alta lo que todxs sabían y nadie se atrevía a nombrar.

Eso tiene un nombre en filosofía moral y Juan el Bautista la encarna: parresía. La práctica y obligación de decir la verdad con franqueza y para el bien común, asumiendo el riesgo que conlleva. Foucault (1926-1984) dedicó sus últimas conferencias a este concepto y lo rastreó desde la filosofía griega. Juan encarna esa tradición sin haberla estudiado en ninguna academia. Habla porque considera que tiene la obligación de hablar. No para quedar bien, no para construir una reputación, sino porque el silencio cómplice le parece éticamente inaceptable. En eso se parece más a un Sócrates o a una Rosa Parks que a un predicador. Y luego está esa otra dimensión, quizá la más difícil de entender hoy: su capacidad para saber cuándo hacerse a un lado. En un mundo obsesionado con la visibilidad, con el protagonismo, con dejar huella, con ganar likes, Juan representa algo contracultural. Llega, hace su trabajo, señala lo que tiene que señalar, y cuando aparece alguien con más que decir que él, se retira sin amargura. No es resignación ni derrota: es una forma de integridad muy poco común. Saber cuándo tu momento ha pasado, y aceptarlo sin intentar prolongarlo artificialmente, requiere una honestidad consigo mismx que muy pocas figuras alcanzan.

Juan el Bautista fue decapitado sin ver los resultados de lo que hizo. Sin escuela, sin legado institucional, sin siquiera haber presenciado lo que ayudó a poner en marcha. Y sin embargo su figura ha sobrevivido dos mil años, precisamente porque representa algo que cada generación necesita recordar: que la justicia no se ejerce desde la comodidad, que decir la verdad tiene un coste, y que hay una forma de grandeza que no se mide por lo que acumulas sino por lo que eres capaz de señalar, aunque nadie te lo agradezca.

Este día en varias regiones del mundo se encienden hogueras en su nombre. Que ardan también como recordatorio de eso. Y es que la voz que clama desde el desierto es difícil de matar, pues representa mucho más que una simple y cómoda vía ética.

© Acción Ética — Espacio de análisis filosófico, crítica cultural y pensamiento político. Reproducción permitida citando la fuente.