martes, 26 de mayo de 2026

Proceso humanizador

 Ética como camino de santidad

El ser humano no nace plenamente humano: se humaniza en la relación ética con sigo mismo, los otros, lo otro y el Otro. Cuando esa humanización se abre radicalmente al amor, a la verdad y a la entrega, aparece la santidad. Por eso, la verdadera santidad no aparta de lo humano, sino que lleva a su máxima plenitud. Cuanto más santo alguien es, más humano, más compasivo, más misericordioso, más ético se vuelve.

En la Biblia cristiana se confirma el valor primordial de lo humano con la Encarnación de Dios: “Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14), en vientre humano, de mujer. Así, la humanidad se convierte en el lugar donde Dios se revela. Jesús mismo se presenta como el “camino, la verdad y la vida” para alcanzar la plena humanidad o santidad. Esta se logra con Él y como Él, donando gratuitamente la propia humanidad, al servicio de la vida en todas sus manifestaciones y sirviéndola, prioritariamente, a partir de donde se encuentra más frágil y débil. Desde la teología cristiana, Jesús no es menos humano por ser santo; es plenamente humano precisamente porque vive plenamente el amor.

La santidad cristiana no es una realidad separada de la vida concreta, ni una experiencia reservada para seres extraordinarios alejados de la historia. La santidad acontece precisamente en la manera de vivir, amar, decidir, trabajar, sufrir, servir y relacionarse. Por eso puede afirmarse que la ética constituye un verdadero camino de santidad cristiana.

No se trata de reducir la fe a moralismo, ni de convertir el Evangelio en un código de normas. Se trata de comprender que la gracia de Dios transforma progresivamente la existencia de quien lo acoge y la conduce hacia la plenitud del amor. La ética cristiana aparece entonces como la forma histórica y concreta de la santidad.

La santidad cristiana: vocación humana y divina

El llamado a la santidad atraviesa todo el Primer Testamento: “Sean santos, porque yo soy santo” (Lev 19,2). En el Nuevo Jesús, el revelador de Dios Padre maternal, lo radicaliza: “Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48) y humaniza: “Sean compasivos como el Padre es compasivo” (Lc 6,36), lo encarna en la historia, en cada tiempo y espacio. Ésta es la compasión que el autor de la carta a los Hebreos 4,15 le atribuye al Señor Jesús y nos la recuerda a nosotros: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que sea incapaz de simpatizar con nuestra debilidad, sino alguien que ha sido probado de manera similar en todo, pero está sin pecado.”

Con el Concilio Vaticano II se nos aclaró que: “Todos los fieles están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen Gentium, 40). Un llamado a santificarnos, conscientes que no nacemos santos, sino que nos vamos santificando en la medida que vivimos y convivimos, éticamente relacionados, actuando, movidos por la compasión, misericordiosamente, para consolación y alegría de todos.

La santidad no es, entonces, privilegio de religiosos o sacerdotes, es horizonte de todo bautizado e incluso de todo humano. El Papa Francisco lo recuerda en Gaudete et Exsultate 7: “Me gusta ver la santidad en el pueblo paciente de Dios…”. La ética huma y la santidad divina, no se contraponen, se encuentran en decisiones concretas, en hábitos, virtudes opciones, comportamientos y responsabilidades históricas, en el modo de habitar el mundo, en el estilo de vida (ethos). En clave cristiana, la ética no consiste simplemente en cumplir preceptos morales o códigos civiles, sino en responder al amor recibido de Dios, aún sin entenderlo claramente. Como bien afirmaba Santo Tomás de Aquino “la vida moral consiste en orientarse al bien supremo, que es Dios (Summa Theologiae, I-II, q.1) o San Agustín de Hipona, “Ama y haz lo que quieras” (In Epistolam Ioannis ad Parthos, VII, 8).

Esto no significa relativismo moral, como piensan muchos piadosos, sino que cuando el amor auténtico ordena la vida, las acciones se orientan hacia el bien. Por algo insistía San José Allamano a sus misioneros/as: “primero santos, después misioneros”. Reflexionando podemos complementar o traducir: primero humanos, luego santos. Cuanto más humanos, más santos, cuanto más santos, más humanos y mejores misioneros. En conclusión, cuanto mejores misioneros, más humanos y, por ende, más santos.

La santidad no aleja del mundo, transforma la manera de habitarlo y por eso “termina convirtiéndose en misión”. Vista la misión como la veía San José Allamano, con los ojos de María Consolata, consolada y consoladora, “para la Gloria de Dios”, como lo expresa el lema escogido para el Instituto Misionero, por él mismo, “anunciarán mi gloria a las naciones” (Is 66, 19) y como lo traducía San Oscar Romero, desde el Salvador, “La gloria de Dios consiste en que el pobre viva”, explica el lugar(es) de la misión ad gentes, como lo entendía Allamano. Se concreta en una cadena o proceso, metodológico y espiritual, donde la ética aparece no como un sistema abstracto de normas, sino como un itinerario humano-cristiano de maduración afectiva, relacional, espiritual y misionera que culmina en la santidad que conduce a la plena humanidad: compasión → misericordia → consolación → alegría → felicidad (bienaventuranza/santidad). Este proceso, que debe ser desarrollado didácticamente, posee una lógica antropológica, bíblica y teológica que nos permite ver la ética como auténtico camino progresivo hacia la santidad.

Referencias bibliográficas

- Calleja José Ignacio, Misericordia, caridad y justicia social, Sal Terrae, Santander, 2016
- Nicoletta Fusano, Con-passione, Cittadella Editrice, 2016
- Moreira Gilvander, Dalla Compassione alla Misericordia, Editrice Vaticana, Roma, Assisi, 1996
- García Fernández Marta, “Consolad, consolad a mi pueblo” Gregorian Biblical Pressa, Roma, 2010
- Sobrino Jon, El Principio Misericordia, Sal Terrae, Santander, 1992
- Tamayo Juan José, La compasión en un mundo injusto, Fragmenta Editorial, Barcelona, 2021.
- Pikaza Xabier y Pagola José Antonio, Entrañable Dios, Verbo Divino, Navarra, 2016


sábado, 23 de mayo de 2026

Sentido espiritual y humano de un Icono

 El icono de N.S. Consolata

 

La pintura conserva sus características bizantinas originales, es decir, la representación de una madre y su hijo, sin exaltar los rasgos externos, sino profundizando en la intimidad del alma. Al contemplar la pintura de la Consolata, aunque se trate de un lienzo, percibimos las características de un icono, la expresión artística típica de los pueblos de Oriente.

Quien contempla por primera vez la imagen de la Consolata se sorprende por la forma en que se representa a María y a Jesús. Lo que más llama la atención son sus rostros. Estamos acostumbrados a admirar a María y a Jesús por la belleza de sus rasgos externos. Este no es el caso aquí, pues lo que se busca resaltar es su belleza interior.

El rostro de María está cubierto por un velo de tristeza, bajo el cual reside la esperanza. Inclina ligeramente la cabeza hacia su Hijo, como si le presentara nuestras dificultades. Su mano derecha sobre el corazón parece indicarnos que ha asumido todos los sufrimientos, dolores y preocupaciones de quienes acuden a ella y se los ofrece a su Hijo.

El rostro de Jesús no es el de un niño, sino el de un adolescente más maduro. Esta es la forma oriental de decir que la sabiduría reside en Jesús.

Jesús está sentado sobre el brazo izquierdo de su Madre, mirando hacia nosotros. María, por su parte, no mira directamente a su Hijo, sino que lo presenta al mundo. Lo señala con la mano derecha, como para decirles a los fieles que Él es lo más importante.

Es una Virgen cristológica,
cuya principal preocupación es señalar
a los fieles no a sí misma, sino al Hijo de Dios.
Ella lo protege, pero no por sí misma.

Las manos del Niño son el único vínculo que une a Madre e Hijo. Su mano izquierda se aferra al pulgar de la mano de su Madre, entrelazándose así con la suya. Dios, en Jesús, quiere tomarnos de la mano, como lo hizo con el pueblo de Israel: «Cuando Efraín era niño, lo tomé de la mano, lo acerqué a mi mejilla, lo acaricié; lo atraje hacia mí con lazos de amor» (Oseas 11:1-4).

Con su mano derecha, bendice al mundo a la manera oriental: dos dedos extendidos y tres doblados: las dos naturalezas de Cristo y las tres Personas divinas.

María revela su modestia, enfatizada por el manto que oculta su cabello, el silencio místico de sus labios cerrados y sus ojos fijos en su Hijo y en quienes la veneran.

Los colores del icono y su significado

Fiel a la inspiración del arte iconográfico, esta pintura también respeta sus colores.

El manto azul profundo de María expresa su gloria en el Cielo: un manto que envuelve todo su cuerpo, mientras que su borde dorado expresa la participación de la Virgen en la gloria de Dios.

Para los antiguos, el manto azul también simbolizaba la virginidad y el mar tempestuoso sobre el que María brilla como una estrella (Números 24:17).

El color rojo simboliza la realeza: María es Reina en el Cielo, y el manto rojo de Jesús representa su realeza innata.

El verde del vestido del Niño representa la vida, el renacimiento, la regeneración y esperanza. Simboliza la creación, la Pascua y la victoria sobre la muerte, conectando la naturaleza terrenal con la promesa de la vida eterna y el paraíso

Las tres estrellas en el manto de la Virgen (una oculta por el Niño) expresan su triple virginidad: antes de la concepción, durante la concepción y después del nacimiento de Jesús. La estrella de ocho puntas en su frente, que ilumina el rostro de la Consolata, simboliza la misión que irradia por doquier e ilumina el mundo.

María lleva un anillo en el dedo. En el Antiguo Testamento, simbolizaba autoridad y poder. La nueva Eva, María, venció el mal con su «sí» al Señor.

Dos halos dorados aparecen en la pintura. El halo de Jesús sostiene la cruz. En él se puede discernir una manifestación de gloria.

María, mujer de la Palabra

Por lo general, con la excepción de los iconos del Perpetuo Socorro y la Ternura, la mayoría representa a Jesús con un pergamino en la mano: es el Evangelio, lo que indica que Él es la Palabra, la Palabra de Dios.

En el icono de la Consolata, en lugar del pergamino, es señalada por el Niño, como diciendo: «¡Les muestro a quien escuchó mi Palabra y la puso en práctica!» (Lucas 8:21).

María es la «mujer» que permitió que la Palabra viviera y creciera en su interior, uniéndose a su Hijo. María nos presenta a su Hijo en el acto de bendecirnos. De esta manera, la «Consolata» de Dios, llena de alegría, se transforma en Aquella que nos consuela al darnos a su Hijo, el gran Consolador.

Si queremos convertirnos en un Evangelio —no escrito, sino claro y legible en los gestos, las palabras y los silencios que tejen nuestros días— debemos seguir los pasos de María.

San José Allamano animaba así a sus misioneras:

“Confía en la Virgen María. Ella es tu Madre, ámala. Sin ella, no puedes volar ni caminar en santidad.”

Nuestra ala de apoyo es ella, la madre de Jesús, la Consolata. Sin ella, poco o nada podemos hacer; con ella, todo.

De pie ante el icono de la Consolata, mirándote en su reflejo, pídele que te ayude a comprender los pasos a seguir, los caminos a emprender, las actitudes a vivir para convertirte cada vez más en una presencia de consuelo.

Oración

Oh Consolata,
Virgen de la esperanza,
profecía de tiempos nuevos,
úne nuestras voces a tu canto
y acompáñanos en el camino,
para anunciar la gozosa noticia
de misericordia y salvación,
que tu Hijo Jesús nos ha revelado.
Amén.


sábado, 16 de mayo de 2026

Unción de los enfermos

 La Unción de los enfermos: sacramento de la consolación

Proponemos aquí una relectura teológico-pastoral del sacramento de la Unción de los enfermos como “sacramento de la consolación”, integrando la espiritualidad misionera de San José Allamano y el carisma de la Consolata. Más allá de la atención clínica o terminal de un paciente, el sacramento constituye un acto eclesial de misión compasiva, donde la Iglesia se configura como mediación materna del consuelo de Dios en la fragilidad humana. Adentraremos en sus fundamentos bíblicos, eclesiológicos y espirituales, y desarrollaremos una práctica pastoral centrada en la cercanía, la ternura y la misión.

1. Introducción

La renovación teológica del Concilio Vaticano II ha permitido reubicar el sacramento de la Unción de los enfermos dentro de una comprensión más amplia que la tradición previa denominaba “extremaunción”. Esta recuperación ha permitido redescubrir su carácter de sacramento de vida, esperanza y consuelo en la enfermedad.

En este horizonte, la espiritualidad de la Consolata y el pensamiento pastoral de San José Allamano ofrecen una clave interpretativa fecunda: la Unción como acto misionero de consolación, donde la Iglesia se hace presencia materna de Dios en el sufrimiento humano.

2. Fundamento bíblico del consuelo sacramental

El fundamento bíblico principal se encuentra en Santiago 5,14-15, donde se prescribe la oración de los presbíteros y la unción con óleo sobre los enfermos. Este texto articula tres dimensiones: oración eclesial, unción sacramental y salvación integral del enfermo.

Asimismo, la Escritura presenta a Dios como “Padre de las misericordias y Dios de toda consolación” (cf. 2 Co 1,3-4), lo cual establece un marco teológico en el que el consuelo no es un acto psicológico, sino una acción divina que se comunica históricamente en Cristo y sacramentalmente en la Iglesia.

3. Teología sacramental de la consolación

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la Unción de los enfermos confiere una gracia específica de consuelo, paz y fortaleza en la enfermedad (nn. 1520-1523). Esta gracia no elimina necesariamente el sufrimiento, sino que lo integra en el misterio pascual de Cristo.

Desde una perspectiva teológica contemporánea, el consuelo sacramental puede definirse como la mediación eclesial por la cual el Espíritu Santo:

  • fortalece la fe del enfermo,
  • reconcilia su interioridad,
  • y lo configura con Cristo sufriente y glorioso.

El consuelo, por tanto, no es reducción del dolor, sino transfiguración del sufrimiento en comunión salvífica.

4. Dimensión eclesiológica: la Iglesia como sujeto de consolación

La Unción de los enfermos manifiesta la Iglesia como “sujeto consolador”, prolongación histórica de la compasión de Cristo. En este sentido, la comunidad cristiana no es espectadora del sufrimiento, sino mediación activa de la misericordia divina.

El ministro ordenado actúa in persona Ecclesiae, pero toda la comunidad participa en la misión consoladora mediante la oración, la visita y el acompañamiento.

5. Aporte de la espiritualidad de San José Allamano

La espiritualidad de San José Allamano aporta una clave decisiva para la comprensión pastoral del sacramento: la misión como caridad concreta, delicada y encarnada.

Allamano insistía en la primacía de la santidad como fundamento de la acción misionera: “Primero santos, luego misioneros.”¹

En este horizonte, el agente pastoral que acompaña la Unción de los enfermos no es un simple ejecutor ritual, sino un misionero de la consolación, cuya vida espiritual se traduce en ternura, cercanía y respeto hacia el enfermo.

El “hacer el bien, bien hecho” allamaniano implica: atención personal al enfermo, preparación espiritual del encuentro, y presencia que comunica la misericordia de Dios.

6. La Consolata como paradigma maternal del consuelo

La espiritualidad mariana de la Consolata introduce una dimensión fundamental: el consuelo tiene forma materna.

La Consolata no sustituye a Cristo, sino que lo revela en su dimensión de ternura y cercanía. En el ejercicio pastoral esta espiritualidad se manifiesta en la Iglesia que:

  • abraza sin juzgar,
  • acompaña sin abandonar,
  • y sostiene sin condiciones.

La Unción de los enfermos se convierte así en un signo sacramental del “abrazo materno de Dios” en la fragilidad humana.

7. Dimensión misionera del sacramento

Desde la perspectiva allamaniana, la Unción de los enfermos no es solo un acto sacramental aislado, sino una praxis misionera de proximidad.

El misionero de la Consolata está llamado a: ir hacia los márgenes del sufrimiento, entrar en los espacios de fragilidad humana y hacer presente a Cristo como consuelo activo. No lo hace como proselitismo, sino como presencia gratuita que consuela.

8. Conclusión

La Unción de los enfermos, leída desde la espiritualidad de San José Allamano y el carisma de la Consolata, se revela como un auténtico sacramento de la consolación misionera. En él, la Iglesia no solo administra un rito, sino que encarna la cercanía de Dios que sostiene, consuela y acompaña al enfermo y su entorno en la fragilidad.

En este horizonte, el sacramento no puede comprenderse sin su dimensión pastoral y misionera: allí donde la Iglesia consuela, allí Cristo sigue sanando; allí donde el misionero acompaña, allí Dios sigue hablando al corazón herido del ser humano.

Referencias apoyadas en la AI

  1. San José Allamano, Escritos espirituales y cartas, Archivo General del Instituto de los Misioneros de la Consolata, Turín, passim.
  2. Cf. Congregación para el Culto Divino, Rituale Romanum: Ordo Unctionis Infirmorum eorumque Pastoralis Curae, 1972.
  3. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1520-1523.
  4. San Pablo, 2 Co 1,3-4.
  5. Sant 5,14-15.
  6. Sobre la espiritualidad de la Consolata: Instituto Misionero de la Consolata, Documentos fundacionales y tradición espiritual, Roma-Turín, ediciones internas.

martes, 12 de mayo de 2026

Coyuntura política colombiana

 Las Opciones Misioneras del Instituto Misiones Consolata - IMC
Región Colombia y Pacto Histórico: lectura de coyuntura

Un proceso

El presente de las Opciones misioneras, entre el pasado y el futuro

1. Breve recorrido histórico: el recorrido histórico y geográfico hasta llegar las opciones misioneras en la Región IMC – Colombia 

1.1. Búsqueda de un territorio eclesiástico típicamente misionero: del Magdalena medio al Vicariato Apostólico del Caquetá (1947 – 1980) 

1.2. Discernimiento de “Opciones misioneras”, caracterizadamente ad gentes: culturalmente (espiritualmente) diferentes (encarnación, inserción, inculturación, interculturalidad y diálogo espiritual); sociológicamente pobres o empobrecidos; geográficamente alejados, marginalizados o excluidos) (1980 - …) 

1.3. Opciones: indígenas, afrodescendientes, campesinos, periferias urbanas, jóvenes. 

Desde la coyuntura política en Colombia

La fórmula presidencial para las elecciones 2026, conformada por Iván Cepeda Castro y Aida Quilcué incluye en su Plan de Gobierno las Opciones Misioneras que el Instituto viene animando desde la década de los 80, del siglo pasado, desde un marco ético. Estas no se encuntran en los Planes de los otros candidatos.

Aquí hay para nosotros IMC una buena tarea coyuntural: leer nuestra realidad integrada en la atmosfera política del actual debate colombiano, enmarcado dentro de una propuesta ética:  la ética no es un capítulo secundario, sino el marco que pretende articular todo su proyecto político.

En el documento programático completo afirma: “Hay una profunda degradación moral de la sociedad colombiana… se ha entronizado la indiferencia frente al sufrimiento del otro.” Esta frase permite entender que su ética no se limita a la lucha anticorrupción, sino que busca responder a una crisis moral más amplia. En el apartado Ética territorial, se afirma que es inmoral cuando prospera sobre territorios sacrificados y poblaciones descartadas. Haciedo el elenco de los territorios identificados en el Plan, encontramos las propuestas:

  • indígenas → autonomía
  • afro → justicia racial
  • Amazonía → justicia ecológica
  • periferias urbanas → dignidad social
  • mujeres → justicia de género
  • jóvenes → justicia generacional

En el programa los pobres urbanos y las periferias populares aparecen como uno de los núcleos más importantes —aunque muchas veces dispersos en distintos capítulos sobre desigualdad, economía popular, juventud, vivienda, seguridad humana y participación barrial. No se trata solo de combatir pobreza monetaria, sino de transformar las condiciones estructurales de exclusión en las grandes ciudades colombianas.

La Amazonía, aunque no cuente con un capítulo exclusivo, sí hay señales políticas claras en sus mensajes programáticos, discursos y alianzas recientes. Aparece como un tema estratégico y transversal, no solo ambiental. Se conecta con tres grandes ejes de su propuesta: paz territorial, transición ecológica y reconocimiento de pueblos indígenas y comunidades locales como sujetos de gobierno del territorio.

La agenda afrodescendiente aparece bajo los ejes de justicia racial, desarrollo territorial, reparación histórica y participación política. Aunque no siempre está condensada en un único capítulo exclusivo, sí atraviesa varios apartados del documento “El Poder de la Verdad” y su narrativa política reciente.

La cuestión indígena no aparece como un tema marginal o meramente asistencialista, sino como parte de una transformación más amplia del Estado colombiano hacia el reconocimiento pluriétnico, territorial y ambiental. Esto se percibe tanto en su programa oficial “El Poder de la Verdad” como en decisiones políticas simbólicas recientes, como haber escogido a Aída Quilcué como fórmula vicepresidencial.

Infografía de Lorenzo Gómez, Padre formador de Misioneros de la Consolata


domingo, 10 de mayo de 2026

Dia de la madre

 Entrañas


Entorno de órganos que sostienen la vida desde dentro
Se dice que Dios en sus honduras invisibles las tiene
son de misericordia compasiva que genera y cuida
son de padre maternal.

En sus entrañas fuimos soñados,
nombrados antes de nacer,
tejidos con ternura en la tela de la vida
colocados en el tiempo para la eternidad.
 
Son casa para el huérfano y la viuda,
refugio para el cansado y abatido,
pan para el hambriento y el peregrino,
abrazo para quien llora en aflicción.
 
En la plenitud de los tiempos
quiso habitar entrañas de carne.
Una nueva Eva, húmeda y fecunda, dijo: ¡Aquí estoy!
en arca viva, de esperada alianza, se convirtió.
 
En ella su Palabra encontró sangre,
su vida tomó carne
su inmensidad halló cuna,
su luz amaneció.
 
María, llena de gracia, fue consolada,
acogió en su vientre la Consolación.
La compartió por los camios hacia el calvario
la entregó hecha Pan para pobres y empobrecidos.
 
El Hijo se incorporó en la madre y ella en Él
como yo en mamá Ester.
Las entrañas de misericordia y compasión de Dios
convergen en María de Nazaret y en María Ester.
 
Si las divinas entrañas del Padre maternal, generan la vida
si las humanas entrañas de la Virgen madre, dan a luz la Vida
si las humildes entrañas de mamá Ester, gestan mi vida
quiero hoy, “día de la madre”, abrazar la vida en fiesta o aflicción.
 
Quiero re-conocer de las entrañas del buen Dios,
de las entrañas de María Consolata,
de las entrañas de mamá Ester que:
amar de verdad es dejar que otro viva dentro de uno mismo.

viernes, 1 de mayo de 2026

Ordenación sacerdotal misionera

 El Ministerio Presbiteral Misionero, entre el trabajo y la cruz

El Crucificado ha Resucitado: Catedral de Puerto Gaitán - Meta

Hoy, en la Fiesta de la Santa Cruz, recuerdo y actualizo, una vez más, mi Ordenación Sacerdotal, como Misionero de la Consolata, un Domingo del Buen Pastor (2 de mayo, 1982), entre el día del trabajo y de San José Obrero (1 de mayo) y el día de la Santa Cruz, en Colombia (3 de mayo).

Acontecimiento celebrado en la Parroquia de la Consolata de Bogotá, por Mons. Dario Molina, Obispo Franciscano, profesor y decano que había sido en la Facultad de Teología de la Universidad de San Buenaventura. Acompañado de las Comunidades Formativas (Propedéutico, Filosofía y Teología) y de Fe, en la Parroquia “comunidad de comunidades” de la Consolata, en donde había concluido mi proceso formativo, de mi familia aguadeña, venida para la ocasión, de las Misioneras de la Consolata y muchos más.

Quiero compartir, casi como parte de una “gramática espiritual”, redactada a lo largo de los años, algunos significados de este acontecimiento.

Alegría de Mayo

La Ordenación sacerdotal es una fiesta.
Para mí fue la fiesta que ha hecho de mi vida una fiesta.
A ella todo(s) concurrió (corrió-con …), aquel primer Domingo de Mayo:
1.      la naturaleza húmeda, fecunda y florecida,
adornando con flores bellas y saciando con sabrosa comida;
2.      la iglesia prolongando el memorial de la cruz, muerte y resurrección del Señor;
3.      María que estaba ahí, consolada y consoladora,
con su ternura maternal y su valentía junto a la cruz;
4.      la sociedad en general, atareada con tanto trabajo,
que clamaba justicia y dignidad con la música y los cantos;
5.      José, “apto para consolar” (Bernabé),
custodio en Nazaret, administrador en Egipto,
encargado del funeral del Señor en Jerusalén,
también estaba allí, “A la mano”, de José Salvador.
 

Ordenado entre el trabajo, el ministerio y la cruz
 
Me he sentido llamado, como el obrero José,
a ser trabajador como, con y para el Pueblo de Dios, en la Iglesia y la sociedad.
Como bautizado he sentido el llamado a ser discípulo misionero,
sembrador, pescador y pastor, con corazón consolado y consolador.
Como testigo del Crucificado Resucitado, me he sentido enviado a hacerme hermano, como el hermano de Asís, en la “la comunidad de la vida”,
próximo a la vida que gime en aflicción, compartiendo la verdadera Consolación,
ayudando como el Señor Jesús a bajar los crucificados de la cruz.

La cruz en mi calendario

¡La sincronía continúa! Cuando la Cruz cristiana llegó a mi territorio andino, de la mano de la sangrienta espada occidental, se insertó en la Cruz Andina o Chakana de mi cosmovisión ancestral que conectaba el mundo de arriba con el fértil suelo del medio y el subsuelo. Su sabiduría indicaba los mejores momentos para la siembra, el cultivo y la cosecha. El 3 de mayo se alineaba perfectamente con la Cruz del Sur, diseñada en la bóveda del cielo por el Creador. Todo orientaba hacia la cosecha del maíz, símbolo de fertilidad, identidad y base de la vida. Tiempo de fiesta compartida.

La cruz cultural, alineada con la cruz celestial, acogió la cruz cristiana para celebrar la Pascua de la vida.

La cruz en mi sociedad

Esa misma cruz, impuesta violentamente en el contexto colombiano, rompe, divide, mata. Es símbolo de esa agonía y sufrimiento que conduce a la muerte y no a la vida. Pero en mi casa – andina, Aguadas – Caldas, ella se adornaba con flores, se llevaba al templo para bañarla de bendición, se colocaba en los cerros y las cañadas. Con ella se marcaban los árboles y los postes de las cercas indicando propiedad, salud y protección. Los niños se bendecían con su señal que hablaba de consagración e invocación de cuidado y protección. Esa era la “señal de la Santa Cruz” que, para mí, sigue siendo: “en el nombre del Padre, del hijo y del Espíritu Santo”, que salva y protege, como nos lo recuerda el hermano francisco: “De la cruz brota la vida nueva” (Evangelii Gaudium, 278)

Conclusión

La sincronía cósmico - ambiental, socio - política y económica, cultural y religioso - espiritual entre el Día de San José Obrero, el Domingo del Buen Pastor y la fiesta de la Santa Cruz, iniciando el mes de mayo con María Consolata “A la mano”, me apoya en la comprensión y vivencia del Ministerio Sacerdotal Misionero de la Consolata, encarnado en el cotidiano trabajo dignificador y liberador, la solidaridad con las víctimas crucificadas injustamente por las variadas violencias y la fiesta del maíz, pan hecho arepa en el altar del “nuevo pacto por la vida”. La Eucaristía vivida como sacramento, señal e instrumento de la reprocidad que denuncia la muerte, proclama la resurrección mientras espera, como en un sueño, el banquete del Reino de Dios, consolación temporal y final.

miércoles, 22 de abril de 2026

Re-naSer

Re” - resucitar?

 Resurrección!
retorno o ruptura?
Ruptura con el espacio  y el tiempo.
Retorno - Repetición?
Renacer - Resurgir
Repetición estática?
Resurgir dinámico
Reiniciar - Renacer
Vida eterna - plena.

Morir no es cruzar la puerta
“más allá” - “detrás” - “después”
Morir es “salir” - “entrar” – “sumergir”
en la Vida: trascender en profundidad.
 
Yo soy Resurrección - Vida.
Quien cree en mí, no muere,
adentra en la Vida.
Como yo vivo en el Padre, el Padre vive en mí
ustedes vivirán en mí y yo en ustedes
 
Resucitar: despertar por dentro
darse cuenta que la muerte no existe
siempre fuimos seres en el tiempo, sin tiempo
en el espacio, sin espacio.

Comprender esto 
hace arder el corazón 
ver - caminar - correr - anunciar.
Resucitar!