miércoles, 22 de abril de 2026
martes, 21 de abril de 2026
Al origen el principio femenino
lo femenino es anterior a lo masculino
Posteriormente
surgió una célula con membrana y dos núcleos, dentro de los cuales se
encontraban los cromosomas. En ella se identifica el origen del sexo. Cuando ocurría el
intercambio de núcleos entre dos células binucleadas, se generaba un único
núcleo con los cromosomas en pares. Antes, las células se subdividían por
clonación; ahora lo hacen mediante el intercambio entre dos diferentes con sus
núcleos. Así se revela la simbiosis —composición de elementos distintos— que,
junto con la selección natural, representa una, aunque no la única, de las
fuerzas más importantes de la evolución.
Lo
que muchos biólogos sostienen —incluido el astrofísico Stephen Hawking, en su
libro El universo en una cáscara de nuez— es que en la evolución y en el
proceso biogénico no existe simplemente el triunfo del más apto, como pretendía
Darwin. Tal visión es aún insuficiente, pues no toma en cuenta las
interdependencias existentes entre todos los seres, incluso a nivel
físico-químico, mucho antes del surgimiento de la vida. Es esta
interdependencia, la cooperación de todos con todos, la que constituye la
línea maestra del proceso evolutivo.
La
competencia, con la posibilidad de que triunfe el más apto, solo es posible
dentro de la interdependencia y la cooperación universal. El débil también
posee su oportunidad y su lugar, y gracias a la interdependencia sobrevive.
Este principio originario de interdependencia de todos con todos fundamenta
la sostenibilidad y explica la biodiversidad y la fuerza de la vida.
Christian
de Duve, premio Nobel de Medicina, llega a afirmar en su conocido libro Polvo
vital: la vida como imperativo cósmico” que “la vida es como una plaga tan
violenta que jamás se ha conseguido exterminarla”. A lo largo de la historia de
la Tierra ocurrieron quince grandes extinciones de especies vivas, pero ella, la
Tierra viva, logró siempre reconstruir la biodiversidad e incluso enriquecerla.
Cuando
surgió la sexualidad con la bipolaridad masculino/femenino, apareció también
la gran diversidad y la singularidad de los seres vivos. El intercambio del
material genético se da siempre bajo un principio cuántico, es decir, está
vigente el principio de indeterminación de Werner Heisenberg. Nunca se sabe
exactamente qué resulta de las conjunciones ni qué enriquecimientos surgen a
partir de los dos tipos de capital genético, el femenino y el masculino.
Este
hecho tiene consecuencias filosóficas: la vida está tejida más de
intercambios, cooperación y simbiosis que de lucha competitiva por la
supervivencia y la competencia, como ocurre en el ámbito de los negocios.
Cuando
se alcanza el nivel consciente y libre, esta riqueza y este intercambio pasan
de la exterioridad biológica a la interioridad subjetiva, es decir, al proyecto
personal. La sexualidad puede transformarse en un propósito de vida, vivido en
pareja y en libertad, expresado en el amor. Esta opción ya no está regida por
el código genético descrito por la biología. Aquí intervienen otros
principios ligados a la innovación, la libertad, la cooperación consciente, el
cuidado y el amor, sobre los cuales se estructuran relaciones nuevas,
creativas y libres, también entre hombre con hombre o mujer con mujer.
Retomando
el hilo: durante los dos primeros billones de años, en los océanos o lagos de
donde surgió la vida, no existían órganos sexuales específicos. Existía una
existencia femenina generalizada que, en el gran útero de los océanos, lagos y
ríos, generaba vida. En este sentido podemos decir que el principio
femenino es primero y originario, y no el masculino. Así se invalida el mito
bíblico y cultural de la primacía de Adán (lo masculino).
Solo
cuando los seres vivos dejaron el mar, fue surgiendo lentamente el pene, elemento masculino que, al
entrar en contacto con la célula femenina, le transmitía parte de su ADN, donde
se encuentran los genes.
Con
la aparición de los vertebrados, los reptiles, hace 370 millones de años, estos
crearon el huevo amniótico lleno de nutrientes y consolidaron la vida en tierra
firme. Con la aparición de los mamíferos, hace unos 125 millones de años,
surgió una sexualidad definida de macho y hembra. Allí emergen el
cuidado, el amor y la protección de las crías. Hace 70 millones de años
apareció nuestro ancestro humano, que vivía en la copa de los árboles,
alimentándose de brotes y flores. Con la desaparición de los dinosaurios, hace
67 millones de años, pudo descender al suelo y desarrollarse hasta llegar a
nuestros días.
Conviene
detallar mejor la complejidad implicada en la sexualidad.
El
sexo genético-celular humano presenta el siguiente cuadro: la mujer se
caracteriza por 22 pares de cromosomas somáticos más dos cromosomas X (XX). El
hombre posee también 22 pares, pero con un cromosoma X y otro Y (XY). De ello
se deduce que el sexo base es femenino (XX), mientras que el masculino (XY)
representa una derivación por un único cromosoma (Y). Por tanto, no existe
un sexo absoluto, sino uno dominante. En cada uno de nosotros, hombres y
mujeres, existe “un segundo sexo”.
En
cuanto al sexo genital-gonadal, es importante señalar que en las primeras
semanas el embrión es andrógino, es decir, posee ambas posibilidades sexuales,
femenina y masculina. A partir de la octava semana, si el cromosoma Y
interviene mediante el andrógeno, la definición será masculina. Si no ocurre,
prevalece la base común femenina. En términos del sexo genital-gonodal podemos
decir: el camino femenino es primordial. A partir de lo femenino se da
la diferenciación, lo que desautoriza el fantasioso “principio-Adán”. La
ruta de lo masculino es una modificación de la matriz femenina, por causa de la
secreción de andrógenos.
Existe
además el sexo hormonal. Todas las glándulas sexuales, tanto en el hombre como
en la mujer, son reguladas por la hipófisis, que es sexualmente neutra, y por
el hipotálamo, que sí está sexuado. Estas glándulas producen tanto andrógenos
(masculinos) como estrógenos (femeninos). Son responsables por los caracteres
sexuales secundarios. La predominancia de uno u otro determina
características y comportamientos femeninos o masculinos. Así, un hombre con
mayor presencia de estrógenos puede presentar rasgos femeninos, y lo mismo
ocurre en la mujer respecto a los andrógenos.
Por
último, la sexualidad posee una dimensión ontológica. El ser humano no “tiene”
sexo. Él es sexuado en todas sus dimensiones, corporales, mentales y
espirituales. Antes de la emergencia de la sexualidad, el mundo es el de lo
idéntico; con ella surge la diferencia mediante el intercambio entre distintos,
que permite la convivencia y la interrelación.
Esto
tiene consecuencias antropológicas: la vida está más tejida de
cooperación y simbiosis que de lucha competitiva.
Así
ocurre con la sexualidad humana: cada persona, además de su impulso instintivo,
siente la necesidad racional y afectiva de canalizarlo y sublimarlo. Quiere
amar y ser amada, no por imposición, sino por libertad. La sexualidad florece
en el amor, la fuerza más poderosa “que mueve el cielo y las estrellas” (Dante)
y también nuestros corazones. Es la máxima realización a la que puede aspirar
el ser humano. Pero conviene recordar: lo femenino es anterior, surge
primero y es fundamental. Lo masculino apareció mucho más tarde en el
proceso de la sexogénesis. Ambos, sin embargo, se encuentran para conformar la
unidad diversa de la especie humana, de mujer y varón.
Fuente: Leonardo Boff, 20 abr 2026
Carlos Alberto Zuluaga - CAZ
sábado, 18 de abril de 2026
Cuál modelo de santidad?
Francisco, ¿por qué no santo súbito?
El mundo llora hoy (21 de abril de 2025) a un Papa que agitó conciencias y ensanchó las fronteras de la Iglesia.
Y entre el duelo y
el reconocimiento, emerge con fuerza una intuición: ¿por qué no, santo súbito?
Ha pasado cerca de un año desde la muerte del papa Francisco y el mundo entero sigue reconociendo la huella luminosa de su pontificado. Se extraña su sonrisa, su voz firme, su ternura y su denuncia valiente contra los males que nos consumen: violencia, exclusión, egoísmo, clericalismo y destrucción de la casa común. Fue un papa cercano, profundamente humano, un hermano y un padre que encarnó el Evangelio en gestos concretos y no en ceremoniales vacíos. Y, sin embargo, hoy su nombre todavía no es pronunciado con el título de “santo súbito”. ¿Por qué?
Francisco, como el poverello de Asís, se despojó de vanidades, ornamentos y privilegios. Desde su primera aparición en el balcón de las bendiciones, sin muceta ni mocasines rojos, hasta su última bendición urbi et orbi en la Pascua del Año Santo 2025, mostró que la santidad no reside en el boato, sino en la cercanía al pueblo. Vivió en Santa Marta como un vecino más, compartiendo la mesa con trabajadores. Se arrodilló para besar los pies de líderes africanos en búsqueda de paz. Entregó un palacio a los pobres sin techo en lugar de reservarlo a jerarcas. Llamaba a diario al párroco de Gaza y enviaba emisarios a Ucrania para llevar ayuda. Defendió a inmigrantes, presos, enfermos, ancianos y jóvenes. Reconoció la dignidad de la mujer en la Curia y dio valor real al laicado. Acogió a personas de diversa orientación sexual, rompiendo prejuicios enquistados en siglos de exclusión.
Y también tendió
la mano a teólogos y pastores que habían sido censurados y marginados por la
propia Iglesia, reconociendo públicamente su valor y el daño injusto que se les
había infligido. Basta recordar el caso de José María Castillo, teólogo español
apartado de la docencia oficial por la Congregación para la Doctrina de la Fe
bajo el cardenal Ratzinger, en plena sintonía con la política restrictiva de
Juan Pablo II. Francisco lo llamó personalmente, le dijo que siguiera
escribiendo, que sus artículos eran muy importantes y hacían mucho bien. Ese
gesto, sencillo y fraternal, fue una muestra clara de que la misericordia
también puede aplicarse a quienes piensan y sueñan la fe desde horizontes
distintos. Y de la misma forma que Francisco lo hizo con Castillo, bien podría
el papa actual tener un gesto semejante con Xabier Pikaza, otro gran teólogo
español cuya voz crítica y lúcida fue igualmente acallada en tiempos de
censura.
El contraste se vuelve aún más nítido si recordamos lo que ocurrió con Jacques Gaillot, obispo francés de Évreux. Por defender a inmigrantes, sin techo, enfermos de sida, y por abrir debates sobre temas como el celibato, la contracepción o la homosexualidad, fue destituido en 1995 por orden de Juan Pablo II y confinado a una diócesis ficticia en el desierto de Argelia: Partenia. Fue una condena simbólica y humillante, un castigo contra un pastor que eligió ponerse del lado de los marginados. Ese fue el estilo de una Iglesia que callaba a sus profetas. Francisco, en cambio, eligió abrazarlos.
Ahora bien, contrasta este testimonio con el del papa Juan Pablo II, canonizado en tiempo récord. ¿Por qué la prisa? ¿Por qué el fervor de un “santo súbito” que ignoró las heridas abiertas por su propio pontificado? Es imposible silenciar hechos que han quedado grabados en la memoria de la Iglesia y del mundo: el encubrimiento de los abusos de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, cuyas víctimas fueron silenciadas durante décadas; su represión hacia teólogos y pastores latinoamericanos que, en plena efervescencia de la Teología de la Liberación, se pusieron del lado del pueblo hambriento y oprimido. Ernesto Cardenal se humilló públicamente en Nicaragua, arrodillado ante él, lo señaló como desobediente, mientras el pueblo clamaba: “¡tenemos hambre!”. La respuesta de Juan Pablo II fue “¡callaros la boca!”. A esto se suma su alianza con regímenes conservadores y su cerrazón frente a debates internos de la Iglesia que pedían mayor apertura y justicia. Nada de eso impidió que fuese elevado a los altares de manera exprés. La maquinaria eclesiástica se movió con rapidez y complacencia, ignorando las sombras y amplificando solo la narrativa de su papel en la caída del comunismo.
Aquí emerge la contradicción más hiriente. Francisco, quien devolvió el Evangelio al corazón del pueblo, hoy es cuestionado por sectores que lo tildan de populista, hereje o ingenuo. Los mismos que veneran a Juan Pablo II como santo súbito son los que miran con recelo el legado de un papa que prefirió el abrazo al dogma frío, el gesto concreto a la retórica vacía. La hipocresía es evidente: para un papa que encubrió abusos y calló a los pobres, canonización inmediata; para un papa que desenmascaró abusos, abrazó a los pobres y dio voz a los excluidos, silencio y resistencia. ¿Qué es lo que molesta de Francisco? ¿Que no usara mocasines rojos? ¿Que entregara palacios a indigentes? ¿Que hablara de la contaminación y de la “casa común” cuando muchos preferían callar para no incomodar intereses económicos? ¿Que pusiera a mujeres y laicos en lugares de decisión? ¿Que no temiera recibir a personas LGBT+ con respeto y afecto? ¿O quizá que reconociera a los teólogos censurados y a pastores castigados como Jacques Gaillot, devolviéndoles dignidad frente a la humillación? La verdad es incómoda: Francisco trastocó un sistema eclesiástico demasiado cómodo en su poder y en sus privilegios. Y la santidad, en ese esquema, no depende de la coherencia evangélica, sino de la conveniencia institucional.
El pueblo, sin embargo, ya lo ha reconocido. Las multitudes que lloraron su muerte, que recorrieron kilómetros para venerar su cuerpo, que aplaudieron su féretro en silencio reverente, saben que Francisco ya es santo en la conciencia de los sencillos. Negarle el título de santo súbito es negar lo evidente: que vivió y murió como un hombre de Dios, cercano, transparente, pobre, valiente. Que su pontificado fue un testimonio vivo del Evangelio de Jesús, sin adornos, sin máscaras, sin privilegios. La Iglesia debe preguntarse qué entiende por santidad. Si canonizar rápido a un papa que encubrió abusos, calló a los hambrientos y castigó a los profetas incómodos. O reconocer, sin miedo ni dilación, a un papa que se despojó de todo para estar con el pueblo, que abrazó a los olvidados, que denunció las injusticias y que, con gestos sencillos, mostró a un Cristo vivo y cercano.
Francisco no necesita títulos para brillar. Pero la pregunta resuena con fuerza en el corazón de los creyentes y de los que no creen: si Juan Pablo II fue santo súbito, ¿qué injusticia mantiene hoy a Francisco en el silencio? No se trata de política vaticana. Se trata de la verdad. Y la verdad es que, si hay un papa que encarnó el Evangelio en nuestro tiempo, ese fue Francisco. Santo súbito, por derecho, por testimonio y por amor al pueblo de Dios.
jueves, 16 de abril de 2026
El luto ante la muerte
Del sepulcro a la consolación
Proceso de un luto acompañado
Invitados por la Iglesia Católica a vivir el
acontecimiento como parte de un camino de fe, esperanza y amor, la Familia
Misionera de la Consolata lo vive en clave de fraternidad, en comunión con la
familia de origen o de sangre y las comunidades de fé que ha servido.
Al P. Carlos Arturo Olarte Gonzáles, nacido
en Bogotá el 16 de marzo de 1959, lo visitó la muerte en Cartagena del Chairá –
Caquetá – Colombia, último lugar de su misión, después de haber servido en Italia
(Europa), el Congo (Africa), Argentina (Sud América) y varios lugares de
Colombia. Trasladado al Hospital de Florencia, capital del Departamento y sede arquidiocesana,
expiró el 11 de marzo del 2022. De allí fue trasladado su cuerpo a Bogotá a la
casa central de sus hermanos de comunidad y misión, junto a su familia y la
casa natal.
Después de sobrias ceremonias litúrgicas,
dentro de la ritualidad católica, fue traslado al Jardín Parque cementerio via Cota,
en donde fue sepultado o sembrado su cuerpo en la tierra, con la esperanza de
la resurrección, tal como lo ha hecho la Iglesia desde sus orígenes. El mismo
Jesucristo fue colocado en un sepulcro y ese gesto se convirtió en símbolo de
la esperanza cristiana: así como Él resucitó, también nosotros estamos llamados
a la vida plena. Enterrar a los muertos ha sido y es una obra de misericordia.
No es simplemente “dejar” un cuerpo en la tierra, sino sembrarlo como semilla
de vida eterna.
La tumba se convierte así en lugar de memoria
agradecida y por eso ornamentada con arreglos florales y otros símbolos, además
de marcada con el nombre del difunto. Lugar de peregrinación y oración, en
espera de la vida eterna.
Obligados por la disponibilidad y uso de los
espacios, reglamentados por las administraciones públicas, cuando se vence el
plazo de uso del lugar de la sepultura se tramita y ejecuta la exhumación y trasladado
de los restos a otro lugar, previamente determinado. En este nuevo momento del
proceso fúnebre surgen nuevas preguntas que llevan a nuevas decisiones: ¿en
dónde colocar los restos? ¿En un osario común o algún espacio o mausoleo
comunitario? ¿Hacer uso de la cremación y los cenizarios? En el caso del P. Carlos Arturo, ya la mamá,
Doña Marina, había resuelto el asunto adquiriendo un cenizario en la Parroquia
de Cristo Rey, en el Chicó bogotano, con capacidad para albergar tres cofres:
uno para su esposo Don Luis, otro para ella y el tercero para el P. Carlos, el
primero que lo ocupó. Recordando así que el vínculo con los seres queridos no
depende de un lugar físico, sino del amor que perdura.
Cenizario, nicho de memoria y comunión
Se procede, entonces, a la cremación, una práctica reglamentada y ejecutada civilmente. Aceptada y permitida hoy por la Iglesia Católica, tal como leemos en la Instrucción Ad resurgendum cum Christo, acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 15 de agosto de 2016, Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Allí se nos recuerda que Dios, quien creó al ser humano, también puede recrearlo más allá de cualquier forma material, mientras subraya una profunda verdad: la vida humana es frágil y pasajera, pero está llamada a la eternidad.
En una sociedad que a veces tiende a
simplificar o trivializar la muerte, nosotros testimoniamos que, así como tratamos
a nuestros difuntos, acogemos, respetamos y cuidamos la vida. No solo honramos,
agradecidos, a quien ha partido, sino afirmamos, con serenidad y fe, que la
muerte no es el fin, sino el paso obligado para el consuelo pleno.
La mano de San José Allamano que recibió al P. Carlos Arturo en la puerta del Colegio José Allamano, lo introdujo y acompañó en su largo proceso académico, formativo y misionero, desde el barrio Galán de Bogotá, pasando por el Noviciado en Bucaramanga, el Canadá para el estudio del Francés, el Congo y Argentina, hasta Cartagena del Chairá, lo reciba con ese apretón de manos a la entrada de ese "paraiso para los misioneros" que les comentaba y auguraba, durante sus conversacones con ellos: premio final y consolador, preparado por Dios, para los Misioneros fieles a su vocación - misión.
miércoles, 8 de abril de 2026
Pascua del Pueblo - Iglesia
Misión en la frontera
aleteó en el barro y el polvo de las frescas y ardientes calles del indefinido barrio.
Las fronteras se esfumaron y se dibujó el “nuevo Pueblo”, el de Dios.
La Iglesia presente aquí, allí, allá y más allá, como semillas de hermandad.
Las fronteras se diluyeron en los caminos y en las mesas de los testigos:
Lo vimos, le dimos una mano, lo escuchamos, lo visitamos, comimos con Él.
miércoles, 18 de marzo de 2026
Me llamo José
Mirada inspiradora
Hogar Santa Teresa Jornet de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados
Después de cada
noche, cuando entra la aurora, miro el reloj del tiempo y me levanto
me detengo frente al
espejo y me miro en José. ¡Soy yo mismo!
“Que Dios añada” hoy lo que me falta, me digo.
una identidad, una
vocación, una espiritualidad, una misión.
El Creador sigue
haciendo en mi lo que debo ser y a través de mi lo que debo hacer
Yo, como el José
bíblico, hijo de Jacob, esposo de María, apodado Bernabé,
buscaré ser “justo”
y “fiel” a la luz del sol, como José Allamano.
asumo “custodiar
la vida” Encarnada y amenazada, la “casa común” y la comunidad
tratando de “hacer
el bien, bien hecho y sin ruido”, todos los días, con perseverancia,
en la compañía de María,
fuente de consolación – liberación.
volveré al lecho
del consuelo - descanso, después de haber servido.
No miraré más al
espejo, me integraré con el José que fuimos,
agradecido con el Emmanel
que también “aumentó” conmigo.
viernes, 20 de febrero de 2026
Tiempo de Ayuno
Mensaje inter- espiritual
Arzobispo ortodoxo griego Attallah Hanna
Obispo luterano de Jordania y Tierra Santa Munib Younan (emérito)
Sr. Yusef Daher
Sra. Sawsan Bitar
Sr. Samuel Munayer
Sra. Dina Nasser
Sr. John Munayer
Sra. Sandra Khoury
P. David Neuhaus SJ
P. Frans Bouwen Mafr
Rvdo. Firas Abdrabbo
Sr. Sami El-Yusef
Rvdo. Alessandro Barchi
Sr. Rafi Ghattas
y otros miembros
Febrero de 2026
Contacto:
Sacerdotes contra el genocidio – redsacerdotes@gmail.com








