Misioneros y Misioneras de la Consolata en Colombia
“La Misión ad gentes"
La Iglesia institucional quiere salir de las sacristías, vivir en salida permanente, en sintonía con el Papa Francisco, pero faltan Misioneros que entiendan del asunto y quieran apoyarla u orientarla, desde sus Iglesias particulares, a asumir los riesgos de las salidas, con contenidos y metodologías adecuadas, dejando a un lado las efímeras seguridades de las pequeñas o grandes estructuras. Esta es la misma tarea, específicamente misionera ad gentes, desempeñada por San José Allamano en y desde su Iglesia Particular del Piamonte italiano. Se llama hoy, Animación Misionera.
Buscamos misioneros, dicen los obispos, esperamos misioneros gritan los pueblos, necesitamos candidatos reclaman las Instituciones misioneras en Europa y las Américas. ¿En dónde están? ¿En dónde los podemos buscar? ¿En dónde los podemos encontrar? En la África subsahariana y algunos países del Asia, se responde a nivel global. Y ¿en Colombia?
Intento contar “dónde están” o deberían estar los Misioneros y Misioneras de la Consolata. Empiezo por aclarar términos: los Misioneros y Misioneras de la Consolata son o existen para “salir e ir más allá”, “Ad Gentes”, a compartir la “verdadera Consolación, Cristo Jesús. Somos, por origen e identidad, enviados a pueblos, culturas y ambientes donde todavía no han recibido el Primer Anuncio o lo han recibido de manera insuficiente. Pero la misión es una realidad mucho más amplia: toda la Iglesia existe para anunciar a Jesucristo y servir al Reino de Dios. La misión ad gentes es una modalidad fundamental, pero no es la única.
El magisterio misionero (especialmente desde Ad Gentes, en el Vaticano
II, Evangelii Nuntiandi, Redemptoris Missio, Evangelii gaudium, Aparecida)
distingue varias formas: Misión ad gentes (hacia los pueblos); Misión
pastoral (o de cuidado de las comunidades cristianas), dirigida a
comunidades donde la fe ya está presente, pero necesita ser: alimentada, celebrada,
profundizada, fortalecida, esta es la misión cotidiana de parroquias, diócesis
y comunidades; Misión de nueva evangelización, dirigida especialmente a
personas y sociedades que han conocido el cristianismo, pero se han alejado de
la fe o viven como si Dios no existiera y busca reavivar la fe, despertar la
conversión, recuperar la relación con Cristo; Misión de frontera o misión en
las periferias, en aquellos lugares donde la vida humana está más
herida, como entre los pobres, migrantes, excluidos, víctimas de violencia, periferias
urbanas y existenciales; Misión de diálogo con otras religiones, con las
culturas, con la ciencia, con quienes no creen, sin renunciar al anuncio pero
buscando caminos de encuentro y testimonio; Misión ad intra (hacia dentro de la
Iglesia), de renovación interna, conversión de los creyentes, formación de
discípulos, renovación comunitaria, reforma de estructuras para servir mejor, donde
se trata de evangelizar continuamente a sus propios miembros; Misión social
y de transformación del mundo, dimensión inseparable del Evangelio, que incluye
la promoción de la vida con dignidad, justicia, paz y ecología integral.
Desde la perspectiva de San José Allamano y el carisma transmitido, estas modalidades no se oponen, varias se cruzan transversalmente y se complementan: la misión ad gentes que es el núcleo y el horizonte original de toda la misionariedad de la Iglesia, es al mismo tiempo, ad extra, ad pauperes y ad vitam. Toda ella se realiza con un corazón consolado por el “Otro Consolador”, enviado a consolar, con y como María Consolata, allí donde la humanidad y la creación lloran o gimen, necesitadas de esperanza en una vida resucitada.
En Colombia el Instituto Misionero de la Consolata ha identificado su
núcleo y horizonte “ad gentes” con pueblos originarios o indígenas; pueblos, poblaciones
y territorios amazónicos; afrodescendientes; conglomerados de las periferias urbanas;
y juventudes. Ese conjunto denominado Opciones misioneras, hoy
constituye su “ad gentes”. En él se encuentran los “otros”, culturalmente
diferentes, con quienes se debe dialogar intercultural e interespiritualmente;
los pobres, más pobres y empobrecidos, a quienes se les debe acompañar
solidariamente en sus búsquedas de liberación, promoción humana, justicia, paz
y cuidado de sus territorios o rincones en las periferias urbanas y de la geografía
nacional; las diversas juventudes (indígenas, afro, campesinas, urbanas, etc.) que
constituyen hoy el “primer lugar ad gentes”, no evangelizado. En sus opciones
misioneras debe invertir sus mejores fuerzas y esfuerzos. Todos los otros
servicios y actividades en la Región, deberían estar orientados a sus Opciones
y al apoyo de la misión ad gentes “más allá, de sus fronteras” geográficas, en
comunión y colaboración con el Instituto global.
¿Qué ha pasado entre ayer, 1947, y hoy, 2026?
Los jóvenes
colombianos, casi desde la llegada de los Misioneros de la Consolata, entraban numerosos
a los seminarios en San Félix, Bogotá, Manizales, Medellín, Bucaramanga, etc., y
el Instituto contaba con Misioneros, Padres o Hermanos, para realizar su misión
ad intra y ad extra e intercambiar servicios y formandos dentro de la
estructura organizativa interna. Hoy no consigue responder con holgura ni a los
llamados de la misión, ni a las necesidades de la misma institución. El
descenso y desequilibrio está siendo más que evidente. El momento actual requiere
mucho valor, creatividad, fe convertida en confianza y coraje de cambiar: es
tiempo de reestructuración, de integración de actividades, de reaprender a
vivir en comunidad, de cerrar presencias, de trabajar en equipos abiertos a la
participación con otros, diocesanos, religiosos y/o laicos jóvenes y adultos.
Se puede negar lo que está pasando, por miedo a afrontar la situación; lanzarse atolondramente a la captura de vocaciones; importar refuerzos humanos de otros lugares, como al inicio, para que conserven lo asumido o construido, cuiden de los mayores y sostengan la Institución, aunque no la misión. Afortunadamente los discernimientos y toma de decisiones son comunitarios y entonces suele predominar la sensatez y de pronto la parresia y el profetismo, cuando no la prudencia.
Corresponde afrontar con lucidez y cordura la situación y prepararse para la visita de la nostalgia, la perplejidad y la impotencia, que llegan con su banda sonora de lamentos, ayes, rabias, críticas y hasta lágrimas. Dejarles pasar, saludarles educadamente y permitir que se expresen con libertad, sin prolongar demasiado su visita. Poner cerrojos y alarmas para evitar la entrada de la culpabilidad (¿qué-se- ha-hecho-mal? ¿Quién lo ha hecho?) altamente tóxica que incordia mucho, no aporta nada bueno y es resistente al desalojo, una vez que se instala.
Una vez concluido ese duelo sanador, despojar las expresiones “somo pocos”, “no alcanzamos”, “no tenemos con quién”, “no entienden nada”. Mirar la realidad como como una consecuencia de la coyuntura cambiante, de la contingencia y finitud que alcanza a las personas y a las instituciones.
En la Región IMC Colombia se han superado pequeñas crisis internas, cambios profundos en la teología misionera, la espiritualidad, las costumbres, las formas de vida comunitaria, las relaciones interpersonales e interculturales, el ejercicio de la autoridad, la práctica misionera y la formación de las nuevas generaciones. Hoy se siente el vacío de candidatos y se resiste a formalizar pactos o alianzas con las juventudes laicales y otras instituciones. Se han mantenido y mejorado con relativo éxito las estructuras, se ha gestionado la educación privada y la economía. No se está mal, se escucha. Todo ello en medio de aciertos y errores y tratando de aprender de todos ellos.
¿Qué toca aprender ahora?
A gestionar
creativamente el presente, tal como se presenta y enfrentar animosamente el
futuro, sin perder la alegría que, según Jesús, no la puede quitar nadie. Conjugar
el prever y el confiar, el realismo objetivo y los sueños utópicos, acoger bien
y promover a los que llegan, cuidar y favorecer a los que están y permanecen.
Seguir viviendo y e intentando, apasionadamente, el seguimiento de Jesús y
trabajando por el Reino, en la Iglesia y con ella.
La Misión de Dios continua, no en “muchas misiones” separadas, sino en una única misión, la del Señor Jesús, confiada a la Iglesia y, en ella y por medio ella, al Instituto Misiones Consolata. Una secuencia teológica y práxica puede ser: Cristo → Iglesia → Misión única → Diversas modalidades → Instituto Misiones Consolata (ad gentes) → Reino de Dios.









