Orar es aprender a vivir en relación
Un camino intercultural de encuentro
Esta reflexión nace de una pregunta relacionada con
la oración del breviario católico. Un colega, misionero como yo, que lo usa
todos los días, como medio de oración que aprendió desde muy joven, me
pregunta: “¿Usted cómo ora?”
Hay preguntas que nacen sencillas y terminan
llevándonos muy lejos y más a nosotros misioneros internacionales e
interculturales. Una de ellas es esta sobre la oración que, en algún momento de
la vida, puede surgir casi espontáneamente: ¿Usted cómo ora? o ¿Cómo se hace
para orar? La pregunta puede venir de alguien que comienza su camino de fe, de
una persona que atraviesa una situación de dolor, de quien busca un sentido
nuevo para su existencia o, paradójicamente, de alguien que lleva muchos años
rezando y se siente inquieto con la manera como lo ha venido haciendo hasta
hoy.
Los Evangelios cuentan una experiencia semejante que tuvieron los discípulos
de Jesús. Habían visto a su Maestro retirarse, permanecer en silencio,
agradecer, suplicar, contemplar y hablar con el Padre. Algo en aquella manera
de relacionarse con Dios los impresionó hasta el punto de pedirle: “Señor,
enséñanos a orar” (Lc 11,1). No le pidieron simplemente una fórmula.
Querían aprender aquello que sostenía interiormente su vida y su misión.
La respuesta de Jesús comienza con una palabra que
cambia toda la perspectiva: Padre. Antes de enseñar qué decir, Jesús
revela con quién se entra en relación. La oración cristiana nace de una
relación filial. Por eso invita también a entrar en lo secreto, a cerrar la
puerta y encontrarse con el Padre que está allí (cf. Mt 6,6). El lugar de la
oración no es solamente una habitación; es ese espacio interior en el que la
persona deja de aparentar y puede presentarse ante Dios tal como es.
Jesús enseña también que la oración no depende de
la abundancia de palabras. Dios no necesita ser informado ni convencido. El
orante necesita abrirse a una presencia que lo precede y lo envuelve. Por eso
el Padrenuestro se convierte en una escuela de vida: reconocer a Dios,
desear su Reino, santificar su nombre, recibir el pan cotidiano, experimentar
el perdón y aprender a perdonar, confiar y caminar en medio de las
dificultades.
Pero Jesús no es el único maestro de esta escuela.
Los Salmos enseñan que se puede llevar a Dios la existencia entera. El ser
humano puede orar desde la alegría y desde el llanto, desde la gratitud y desde
la angustia, desde la confianza y desde la protesta. “Desde lo profundo clamo a
ti, Señor” (Sal 130,1), puede decir el que sufre. Pero también: “Este es el día
que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 118,24). La oración
no exige estar bien para acercarse a Dios. Toda la vida puede convertirse en materia
de oración.
Esto resulta particularmente significativo cuando
se contempla la oración desde una espiritualidad de la consolación. Dios no
está presente solamente cuando el ser humano llora en la aflicción. También
puede ser encontrado cuando celebra, agradece, comparte, canta y experimenta la
alegría. La consolación, entendida en profundidad, no pertenece exclusivamente
al ámbito del sufrimiento. Hay una consolación que nace de la fiesta, de la
amistad, del encuentro, de la belleza y de la vida compartida.
San Agustín llevará la búsqueda todavía más adentro. Después
de haber buscado a Dios en muchos lugares, descubre que lo buscaba fuera cuando
Él estaba más cerca de lo que imaginaba. Expresa su experiencia así en sus
Confesiones: “¡Tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo fuera, y así por fuera te buscaba
y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas
conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de aquellas cosas que, si
no estuvieran en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste y quebraste mi
sordera; brillante y resplandeciente, y curaste mi ceguera; exhalaste tu
perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti y ahora siento hambre y sed
de ti; me tocaste y deseo con ansia la paz que procede de ti” (Libro X, 27). Orar comienza entonces para él con
el despertar a una presencia. No se trata de hacer venir a Dios, sino de
descubrir que Dios ya está.
Por eso, quizá una persona que no sabe orar podría
comenzar simplemente diciendo: “Señor, aquí estoy. Tú estás aquí”. Todavía no
necesita explicar nada. Puede permanecer. Puede respirar. Puede guardar
silencio. Ya ha comenzado a orar.
Santa Teresa de Jesús lleva esta experiencia al
lenguaje de la amistad. Para ella, la oración, tal como lo expone en su libro
Vida, “es tratar de amistad,
estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (V 8, 5).
La
expresión transforma profundamente la imagen del orante. Ya no se trata de
alguien que recita palabras ante una divinidad distante, sino de una persona
que entra en relación con alguien que la conoce y la ama.
Entonces se puede hablar con Dios de verdad: “Estoy
cansado”. “Tengo miedo”. “Estoy agradecido”. “No entiendo”. “Estoy feliz”. “Necesito
ayuda”. “Te presento a esta persona”. La oración deja de ser un discurso
religioso y se convierte en conversación de vida.
Pero después de hablar aparece la necesidad de
callar. Juan de la Cruz recuerda que existe una profundidad de la relación con
Dios que no puede alcanzarse acumulando palabras. El orante aprende poco a poco
a pasar de hablar con Dios a estar con Dios. Aprende a permanecer incluso
cuando no siente nada extraordinario. El silencio deja de ser vacío y se
convierte en espacio de acogida.
San Ignacio de Loyola enseñará otro modo de entrar en
la oración: contemplando. Esta
oración no es tanto para meditar, para reflexionar acerca del texto bíblico, sino
para gustar y sentir, saborearlo. El Evangelio deja de ser solamente un texto que se
estudia y se convierte en un acontecimiento en el que se entra. El camino de
Emaús puede convertirse en mi camino. Puedo caminar con aquellos discípulos,
escuchar su conversación, reconocer su decepción y contemplar a Jesús que se
aproxima. Puedo preguntarme: ¿dónde estoy yo en este camino? Quizá también
estoy caminando sin reconocer al Señor.
Después puedo hablar con Jesús “como un amigo habla
con otro amigo”. La oración se vuelve así una experiencia de encuentro con el
Evangelio y con la propia existencia.
San Francisco de Asís nos amplía todavía más el
horizonte. Para él, la creación entera puede convertirse en alabanza. El sol,
el agua, el fuego, la tierra, los hermanos y hasta la propia fragilidad pueden
conducir hacia Dios. La oración sale de los límites del espacio religioso y se
prolonga en la vida. Se puede orar caminando, contemplando, sirviendo, cuidando
y agradeciendo.
San Carlos de Foucauld añadirá la dimensión del abandono: “Padre mío,
me abandono a Ti”. Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo
que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con
tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más,
Dios mío”.
La oración alcanza aquí un momento decisivo: dejar
de pretender controlar a Dios para aprender a poner la propia existencia en sus
manos. Ya no se trata solamente de pedir que Dios haga lo que nosotros
queremos, sino de abrirnos a descubrir qué quiere hacer Dios en nosotros.
María de Nazaret aparece silenciosamente en medio
de esta escuela de oración. Lucas dice que “conservaba todas estas cosas,
meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). María no comprende todo
inmediatamente. Guarda, contempla, relaciona, medita y camina. Su oración es
una manera de habitar el misterio de la vida. Por eso puede ser contemplada como
maestra de una pedagogía del encuentro: escuchar, acoger, guardar, meditar,
discernir, responder y caminar.
San José Allamano entiende que no se puede separar
la oración de la misión. El misionero no anuncia simplemente desde lo que sabe,
sino desde aquello que ha transformado su propia vida. La oración conduce al
encuentro con Dios y ese encuentro conduce al encuentro con los demás. El que
ha experimentado la consolación puede convertirse en consolador; el que se ha
sentido acogido puede convertirse en acogedor; el que ha recibido misericordia
puede convertirse en misericordioso. Podrá vivir al ritmo de la Eucaristía, la
máxima oración.
Cuando aterrizamos en Amerindia, aparece una
pregunta nueva y necesaria: ¿Qué podemos aprender de los pueblos originarios
acerca de la oración?
Esta pregunta modifica la actitud del misionero preparado
y enviado a enseñar a pueblos que no sabían orar. Una perspectiva
verdaderamente intercultural descubre algo diferente: los pueblos originarios
poseen profundas experiencias espirituales y formas propias de relacionarse con
el Misterio. No existe una única “oración indígena”, porque tampoco existe una
sola cultura indígena. Hay una extraordinaria diversidad de pueblos, lenguas,
territorios, historias y tradiciones. Precisamente por eso, el primer paso
consiste en escuchar para no caer en generalizaciones o descalificaciones.
Al entrar respetuosamente en diálogo con diversas
experiencias originarias de América, podemos descubrir algunas sensibilidades
que enriquecen la pregunta cristiana por la oración. En muchas de ellas, la
experiencia espiritual está profundamente vinculada con la comunidad, la
tierra, el territorio, la memoria, la palabra, el canto, la celebración, el
cuerpo, la gratitud y el cuidado de la vida.
Entonces la pregunta ya no es solamente: ¿Qué
palabras hay que decir para orar? Aparece otra mucho más amplia: ¿Cómo se
aprende a vivir en relación con el Misterio?
El territorio adquiere aquí una importancia
particular. Para muchos pueblos originarios, la tierra no es simplemente un
espacio geográfico. Es casa, memoria, alimento, historia, identidad y lugar de
relaciones. El río, la montaña, el bosque, la parcela, el camino y el cielo
forman parte de una trama vital. Desde esta sensibilidad, orar puede significar
también aprender a escuchar el territorio.
El misionero puede preguntarse: ¿Qué me está
diciendo este lugar? ¿Qué historia guarda? ¿Qué vida sostiene? ¿Qué heridas
tiene? ¿Qué relación tiene este pueblo con la tierra que habita? La oración se
convierte entonces en contemplación, pero también en responsabilidad. La
persona que ora ya no puede mirar la creación únicamente como un objeto para
utilizar. Aprende a recibirla como don y a cuidarla como casa común.
También el cuerpo puede convertirse en oración. La
voz, las manos, los pies, el canto, el movimiento, la danza, los símbolos y el
silencio pueden expresar una relación espiritual. La oración no pertenece
exclusivamente al pensamiento. Todo el cuerpo puede participar en el encuentro
con Dios.
Aparece entonces otra enseñanza: la oración puede
ser fiesta, canto, danza, reunión alrededor de una mesa, agradecimiento, celebración
de la vida, en profundo dialogo con la Eucaristía, que significa acción de
gracias. La mesa eucarística recuerda que la vida recibida se convierte en
acción de gracias y que la acción de gracias se convierte en comunión.
Aquí la espiritualidad cristiana y las diversas
experiencias simbólicamente celebrativas de los pueblos originarios pueden
encontrarse sin confundirse. El diálogo intercultural no consiste en mezclarlo
todo, sino en reconocer, discernir y dejarse enriquecer por aquello que el otro
puede revelar.
La dimensión comunitaria introduce otra pregunta.
La oración occidental ha desarrollado ampliamente la relación personal con
Dios, pero las experiencias comunitarias amerindias nos recuerdan con fuerza
que el ser humano no existe aislado. La persona tiene familia, comunidad,
territorio, historia y memoria. Por eso no solamente existe el “yo” que ora: “Señor,
ayúdame”. Existe también el “nosotros”: “Señor, ayúdanos”. No
solamente: “Te doy gracias por mi vida”, sino: “Te damos gracias por la vida
que compartimos”.
La oración se convierte así en experiencia
comunitaria en donde la gratitud adquiere una profundidad especial. Antes de
pedir, se reconoce lo recibido: la tierra, el agua, los alimentos, los frutos,
los mayores, los niños, la comunidad, la vida. La primera palabra puede ser
sencillamente: “Gracias”. Esto nos conduce al corazón mismo de la
Eucaristía cuando reconocemos que la vida no es solamente algo que poseemos,
sino algo que recibimos.
Finalmente aparece la escucha. Escuchar al anciano,
al niño, escuchar al territorio, la comunidad, escuchar el silencio, la Palabra,
el Espíritu. Esto ofrece y exige al misionero una gran conversión: pasar de
entenderse o ser entendido como alguien que llega para enseñar algo a un
discípulo que quiere aprender. No abandona el anuncio del Evangelio, sino que lo
vive de otra manera: anuncia y escucha; enseña y aprende; ofrece y recibe; acompaña
y se deja acompañar. La misión se convierte así en escuela de reciprocidad.
Entendida la oración desde la perspectiva de la pedagogía
intercultural aprendemos con las comunidades, el pueblo y el territorio, a
reconocer la presencia de Dios y del Misterio en la vida.
Desde esta perspectiva, las distintas escuelas de
oración comienzan a formar un único camino: Jesús enseña a entrar en lo secreto
- los Salmos enseñan a llevar toda la vida a Dios - Agustín enseña a buscar en
el interior - Teresa enseña el trato amigo - Juan de la Cruz enseña el silencio
- Ignacio enseña la contemplación - Francisco enseña la alabanza - Foucauld
enseña el abandono - María enseña a guardar y meditar - Allamano enseña a
transformar la oración en misión - las diversas sabidurías orantes de los
pueblos originarios nos recuerdan la dimensión comunitaria, territorial,
corporal, celebrativa, agradecida y relacional de la experiencia espiritual.
Cuando se entiende la oración como una pedagogía metodológica
del encuentro con Dios, consigo mismo, con el otro, con la comunidad, con la
creación y con el territorio y ese encuentro es auténtico, algo comienza a cambiar:
quien ha sido escuchado aprende a escuchar, quien ha sido acogido aprende a
acoger, quien ha sido consolado aprende a consolar, quien ha recibido
misericordia aprende a ser misericordioso, quien ha encontrado a Dios aprende a
reconocerlo también en el rostro del otro.
Por eso la oración no termina cuando dejamos el
lugar donde estábamos orando, sale con nosotros al camino y entra en la
comunidad, se sienta a la mesa, habita el territorio, visita al enfermo, se
aproxima del que está solo, participa con quien celebra, vive la misión. Al
entrar de nuevo, interiorizamos, volvemos al silencio y allí descubrimos que
Aquel a quien buscábamos en la oración ya estaba caminando con nosotros.
Tal vez, entonces, la pregunta más profunda no sea
solamente: ¿Cómo aprendo a orar?, sino ¿Cómo aprendo a vivir de
tal manera que toda mi vida pueda convertirse en encuentro con Dios? Cuando
la oración llega a ese punto, deja de ser simplemente un momento, en algún
espacio específico y con la ayuda de algún instrumento, durante la jornada,
para convertirse en una manera de vivir. Esto no exige eliminar las prácticas y los métodos que cada tradición consolida y
transmite a quienes hacen parte de ella, pero sin necesidad de convertirlas en normas
obligatorias u obsesivas.
En la vida cotidiana se cultiva, de manera natural, el silencio y la palabra, la soledad y la comunidad, el dolor y la alegría, la contemplación y la misión, la tierra y la mesa, la escucha y el servicio, las practicas tradiciones y las innovaciones ocasionales. Todas, las propias y las de los demás, pueden converger en una común oración en el encuentro. A este punto del camino el misionero, a quien le preguntamos al inicio, ha pasado de alguien que “enseña a orar” a alguien que “aprende a orar con los otros”, sin perder la identidad cristiana ni temer o despreciar las de los otros.


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