martes, 27 de octubre de 2026
Paz
Fotografía de Álvaro Gacharná
Que no llamemos Progreso a una tierra expoliada,
Consuela Señor a tu pueblo con la Paz
jueves, 24 de septiembre de 2026
La vida una oración
Orar es aprender a vivir en relación
Un camino intercultural de encuentro
Esta reflexión nace de una pregunta relacionada con
la oración del breviario católico. Un colega, misionero como yo, que lo usa
todos los días, como medio de oración que aprendió desde muy joven, me
pregunta: “¿Usted cómo ora?”
Hay preguntas que nacen sencillas y terminan
llevándonos muy lejos y más a nosotros misioneros internacionales e
interculturales. Una de ellas es esta sobre la oración que, en algún momento de
la vida, puede surgir casi espontáneamente: ¿Usted cómo ora? o ¿Cómo se hace
para orar? La pregunta puede venir de alguien que comienza su camino de fe, de
una persona que atraviesa una situación de dolor, de quien busca un sentido
nuevo para su existencia o, paradójicamente, de alguien que lleva muchos años
rezando y se siente inquieto con la manera como lo ha venido haciendo hasta
hoy.
Los Evangelios cuentan una experiencia semejante que tuvieron los discípulos
de Jesús. Habían visto a su Maestro retirarse, permanecer en silencio,
agradecer, suplicar, contemplar y hablar con el Padre. Algo en aquella manera
de relacionarse con Dios los impresionó hasta el punto de pedirle: “Señor,
enséñanos a orar” (Lc 11,1). No le pidieron simplemente una fórmula.
Querían aprender aquello que sostenía interiormente su vida y su misión.
La respuesta de Jesús comienza con una palabra que
cambia toda la perspectiva: Padre. Antes de enseñar qué decir, Jesús
revela con quién se entra en relación. La oración cristiana nace de una
relación filial. Por eso invita también a entrar en lo secreto, a cerrar la
puerta y encontrarse con el Padre que está allí (cf. Mt 6,6). El lugar de la
oración no es solamente una habitación; es ese espacio interior en el que la
persona deja de aparentar y puede presentarse ante Dios tal como es.
Jesús enseña también que la oración no depende de
la abundancia de palabras. Dios no necesita ser informado ni convencido. El
orante necesita abrirse a una presencia que lo precede y lo envuelve. Por eso
el Padrenuestro se convierte en una escuela de vida: reconocer a Dios,
desear su Reino, santificar su nombre, recibir el pan cotidiano, experimentar
el perdón y aprender a perdonar, confiar y caminar en medio de las
dificultades.
Pero Jesús no es el único maestro de esta escuela.
Los Salmos enseñan que se puede llevar a Dios la existencia entera. El ser
humano puede orar desde la alegría y desde el llanto, desde la gratitud y desde
la angustia, desde la confianza y desde la protesta. “Desde lo profundo clamo a
ti, Señor” (Sal 130,1), puede decir el que sufre. Pero también: “Este es el día
que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 118,24). La oración
no exige estar bien para acercarse a Dios. Toda la vida puede convertirse en materia
de oración.
Esto resulta particularmente significativo cuando
se contempla la oración desde una espiritualidad de la consolación. Dios no
está presente solamente cuando el ser humano llora en la aflicción. También
puede ser encontrado cuando celebra, agradece, comparte, canta y experimenta la
alegría. La consolación, entendida en profundidad, no pertenece exclusivamente
al ámbito del sufrimiento. Hay una consolación que nace de la fiesta, de la
amistad, del encuentro, de la belleza y de la vida compartida.
San Agustín llevará la búsqueda todavía más adentro. Después
de haber buscado a Dios en muchos lugares, descubre que lo buscaba fuera cuando
Él estaba más cerca de lo que imaginaba. Expresa su experiencia así en sus
Confesiones: “¡Tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo fuera, y así por fuera te buscaba
y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas
conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de aquellas cosas que, si
no estuvieran en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste y quebraste mi
sordera; brillante y resplandeciente, y curaste mi ceguera; exhalaste tu
perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti y ahora siento hambre y sed
de ti; me tocaste y deseo con ansia la paz que procede de ti” (Libro X, 27). Orar comienza entonces para él con
el despertar a una presencia. No se trata de hacer venir a Dios, sino de
descubrir que Dios ya está.
Por eso, quizá una persona que no sabe orar podría
comenzar simplemente diciendo: “Señor, aquí estoy. Tú estás aquí”. Todavía no
necesita explicar nada. Puede permanecer. Puede respirar. Puede guardar
silencio. Ya ha comenzado a orar.
Santa Teresa de Jesús lleva esta experiencia al
lenguaje de la amistad. Para ella, la oración, tal como lo expone en su libro
Vida, “es tratar de amistad,
estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (V 8, 5).
La
expresión transforma profundamente la imagen del orante. Ya no se trata de
alguien que recita palabras ante una divinidad distante, sino de una persona
que entra en relación con alguien que la conoce y la ama.
Entonces se puede hablar con Dios de verdad: “Estoy
cansado”. “Tengo miedo”. “Estoy agradecido”. “No entiendo”. “Estoy feliz”. “Necesito
ayuda”. “Te presento a esta persona”. La oración deja de ser un discurso
religioso y se convierte en conversación de vida.
Pero después de hablar aparece la necesidad de
callar. Juan de la Cruz recuerda que existe una profundidad de la relación con
Dios que no puede alcanzarse acumulando palabras. El orante aprende poco a poco
a pasar de hablar con Dios a estar con Dios. Aprende a permanecer incluso
cuando no siente nada extraordinario. El silencio deja de ser vacío y se
convierte en espacio de acogida.
San Ignacio de Loyola enseñará otro modo de entrar en
la oración: contemplando. Esta
oración no es tanto para meditar, para reflexionar acerca del texto bíblico, sino
para gustar y sentir, saborearlo. El Evangelio deja de ser solamente un texto que se
estudia y se convierte en un acontecimiento en el que se entra. El camino de
Emaús puede convertirse en mi camino. Puedo caminar con aquellos discípulos,
escuchar su conversación, reconocer su decepción y contemplar a Jesús que se
aproxima. Puedo preguntarme: ¿dónde estoy yo en este camino? Quizá también
estoy caminando sin reconocer al Señor.
Después puedo hablar con Jesús “como un amigo habla
con otro amigo”. La oración se vuelve así una experiencia de encuentro con el
Evangelio y con la propia existencia.
San Francisco de Asís nos amplía todavía más el
horizonte. Para él, la creación entera puede convertirse en alabanza. El sol,
el agua, el fuego, la tierra, los hermanos y hasta la propia fragilidad pueden
conducir hacia Dios. La oración sale de los límites del espacio religioso y se
prolonga en la vida. Se puede orar caminando, contemplando, sirviendo, cuidando
y agradeciendo.
San Carlos de Foucauld añadirá la dimensión del abandono: “Padre mío,
me abandono a Ti”. Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo
que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con
tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más,
Dios mío”.
La oración alcanza aquí un momento decisivo: dejar
de pretender controlar a Dios para aprender a poner la propia existencia en sus
manos. Ya no se trata solamente de pedir que Dios haga lo que nosotros
queremos, sino de abrirnos a descubrir qué quiere hacer Dios en nosotros.
María de Nazaret aparece silenciosamente en medio
de esta escuela de oración. Lucas dice que “conservaba todas estas cosas,
meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). María no comprende todo
inmediatamente. Guarda, contempla, relaciona, medita y camina. Su oración es
una manera de habitar el misterio de la vida. Por eso puede ser contemplada como
maestra de una pedagogía del encuentro: escuchar, acoger, guardar, meditar,
discernir, responder y caminar.
San José Allamano entiende que no se puede separar
la oración de la misión. El misionero no anuncia simplemente desde lo que sabe,
sino desde aquello que ha transformado su propia vida. La oración conduce al
encuentro con Dios y ese encuentro conduce al encuentro con los demás. El que
ha experimentado la consolación puede convertirse en consolador; el que se ha
sentido acogido puede convertirse en acogedor; el que ha recibido misericordia
puede convertirse en misericordioso. Podrá vivir al ritmo de la Eucaristía, la
máxima oración.
Cuando aterrizamos en Amerindia, aparece una
pregunta nueva y necesaria: ¿Qué podemos aprender de los pueblos originarios
acerca de la oración?
Esta pregunta modifica la actitud del misionero preparado
y enviado a enseñar a pueblos que no sabían orar. Una perspectiva
verdaderamente intercultural descubre algo diferente: los pueblos originarios
poseen profundas experiencias espirituales y formas propias de relacionarse con
el Misterio. No existe una única “oración indígena”, porque tampoco existe una
sola cultura indígena. Hay una extraordinaria diversidad de pueblos, lenguas,
territorios, historias y tradiciones. Precisamente por eso, el primer paso
consiste en escuchar para no caer en generalizaciones o descalificaciones.
Al entrar respetuosamente en diálogo con diversas
experiencias originarias de América, podemos descubrir algunas sensibilidades
que enriquecen la pregunta cristiana por la oración. En muchas de ellas, la
experiencia espiritual está profundamente vinculada con la comunidad, la
tierra, el territorio, la memoria, la palabra, el canto, la celebración, el
cuerpo, la gratitud y el cuidado de la vida.
Entonces la pregunta ya no es solamente: ¿Qué
palabras hay que decir para orar? Aparece otra mucho más amplia: ¿Cómo se
aprende a vivir en relación con el Misterio?
El territorio adquiere aquí una importancia
particular. Para muchos pueblos originarios, la tierra no es simplemente un
espacio geográfico. Es casa, memoria, alimento, historia, identidad y lugar de
relaciones. El río, la montaña, el bosque, la parcela, el camino y el cielo
forman parte de una trama vital. Desde esta sensibilidad, orar puede significar
también aprender a escuchar el territorio.
El misionero puede preguntarse: ¿Qué me está
diciendo este lugar? ¿Qué historia guarda? ¿Qué vida sostiene? ¿Qué heridas
tiene? ¿Qué relación tiene este pueblo con la tierra que habita? La oración se
convierte entonces en contemplación, pero también en responsabilidad. La
persona que ora ya no puede mirar la creación únicamente como un objeto para
utilizar. Aprende a recibirla como don y a cuidarla como casa común.
También el cuerpo puede convertirse en oración. La
voz, las manos, los pies, el canto, el movimiento, la danza, los símbolos y el
silencio pueden expresar una relación espiritual. La oración no pertenece
exclusivamente al pensamiento. Todo el cuerpo puede participar en el encuentro
con Dios.
Aparece entonces otra enseñanza: la oración puede
ser fiesta, canto, danza, reunión alrededor de una mesa, agradecimiento, celebración
de la vida, en profundo dialogo con la Eucaristía, que significa acción de
gracias. La mesa eucarística recuerda que la vida recibida se convierte en
acción de gracias y que la acción de gracias se convierte en comunión.
Aquí la espiritualidad cristiana y las diversas
experiencias simbólicamente celebrativas de los pueblos originarios pueden
encontrarse sin confundirse. El diálogo intercultural no consiste en mezclarlo
todo, sino en reconocer, discernir y dejarse enriquecer por aquello que el otro
puede revelar.
La dimensión comunitaria introduce otra pregunta.
La oración occidental ha desarrollado ampliamente la relación personal con
Dios, pero las experiencias comunitarias amerindias nos recuerdan con fuerza
que el ser humano no existe aislado. La persona tiene familia, comunidad,
territorio, historia y memoria. Por eso no solamente existe el “yo” que ora: “Señor,
ayúdame”. Existe también el “nosotros”: “Señor, ayúdanos”. No
solamente: “Te doy gracias por mi vida”, sino: “Te damos gracias por la vida
que compartimos”.
La oración se convierte así en experiencia
comunitaria en donde la gratitud adquiere una profundidad especial. Antes de
pedir, se reconoce lo recibido: la tierra, el agua, los alimentos, los frutos,
los mayores, los niños, la comunidad, la vida. La primera palabra puede ser
sencillamente: “Gracias”. Esto nos conduce al corazón mismo de la
Eucaristía cuando reconocemos que la vida no es solamente algo que poseemos,
sino algo que recibimos.
Finalmente aparece la escucha. Escuchar al anciano,
al niño, escuchar al territorio, la comunidad, escuchar el silencio, la Palabra,
el Espíritu. Esto ofrece y exige al misionero una gran conversión: pasar de
entenderse o ser entendido como alguien que llega para enseñar algo a un
discípulo que quiere aprender. No abandona el anuncio del Evangelio, sino que lo
vive de otra manera: anuncia y escucha; enseña y aprende; ofrece y recibe; acompaña
y se deja acompañar. La misión se convierte así en escuela de reciprocidad.
Entendida la oración desde la perspectiva de la pedagogía
intercultural aprendemos con las comunidades, el pueblo y el territorio, a
reconocer la presencia de Dios y del Misterio en la vida.
Desde esta perspectiva, las distintas escuelas de
oración comienzan a formar un único camino: Jesús enseña a entrar en lo secreto
- los Salmos enseñan a llevar toda la vida a Dios - Agustín enseña a buscar en
el interior - Teresa enseña el trato amigo - Juan de la Cruz enseña el silencio
- Ignacio enseña la contemplación - Francisco enseña la alabanza - Foucauld
enseña el abandono - María enseña a guardar y meditar - Allamano enseña a
transformar la oración en misión - las diversas sabidurías orantes de los
pueblos originarios nos recuerdan la dimensión comunitaria, territorial,
corporal, celebrativa, agradecida y relacional de la experiencia espiritual.
Cuando se entiende la oración como una pedagogía metodológica
del encuentro con Dios, consigo mismo, con el otro, con la comunidad, con la
creación y con el territorio y ese encuentro es auténtico, algo comienza a cambiar:
quien ha sido escuchado aprende a escuchar, quien ha sido acogido aprende a
acoger, quien ha sido consolado aprende a consolar, quien ha recibido
misericordia aprende a ser misericordioso, quien ha encontrado a Dios aprende a
reconocerlo también en el rostro del otro.
Por eso la oración no termina cuando dejamos el
lugar donde estábamos orando, sale con nosotros al camino y entra en la
comunidad, se sienta a la mesa, habita el territorio, visita al enfermo, se
aproxima del que está solo, participa con quien celebra, vive la misión. Al
entrar de nuevo, interiorizamos, volvemos al silencio y allí descubrimos que
Aquel a quien buscábamos en la oración ya estaba caminando con nosotros.
Tal vez, entonces, la pregunta más profunda no sea
solamente: ¿Cómo aprendo a orar?, sino ¿Cómo aprendo a vivir de
tal manera que toda mi vida pueda convertirse en encuentro con Dios? Cuando
la oración llega a ese punto, deja de ser simplemente un momento, en algún
espacio específico y con la ayuda de algún instrumento, durante la jornada,
para convertirse en una manera de vivir. Esto no exige eliminar las prácticas y los métodos que cada tradición consolida y
transmite a quienes hacen parte de ella, pero sin necesidad de convertirlas en normas
obligatorias u obsesivas.
En la vida cotidiana se cultiva, de manera natural, el silencio y la palabra, la soledad y la comunidad, el dolor y la alegría, la contemplación y la misión, la tierra y la mesa, la escucha y el servicio, las practicas tradiciones y las innovaciones ocasionales. Todas, las propias y las de los demás, pueden converger en una común oración en el encuentro. A este punto del camino el misionero, a quien le preguntamos al inicio, ha pasado de alguien que “enseña a orar” a alguien que “aprende a orar con los otros”, sin perder la identidad cristiana ni temer o despreciar las de los otros.
martes, 22 de septiembre de 2026
Paciencia como CriSol
La paciencia como criterio en toda acción
Este breve texto, críticamente analizado
con el apoyo de la IA, nos ofrece luces para nuestra evaluación: "Yo
era un producto de la mentalidad del "aquí te pillo, aquí te mato"
tan típico de los años sesenta: hacíamos alguna innovación cultural y si no
"pegaba" en seguida, simplemente concluíamos que nos habíamos
adelantado a nuestro tiempo o que la cultura n estaba preparada, así que lo
dejábamos y probábamos otra cosa" (Ram Dass y Marabai Bush, La
compasión en acción: el poder del corazón, Gaia, Madrid, 1994, p.78).
El texto de Ram Dass puede entenderse como
una crítica muy lúcida a una determinada mentalidad cultural de los años
sesenta, pero también como una reflexión más amplia sobre cómo evaluamos las
experiencias, las innovaciones y los procesos de cambio.
1. ¿Qué quiere decir con “aquí te pillo, aquí te
mato”?
La expresión alude a algo inmediato, rápido,
espontáneo y poco paciente. Aplicada a la innovación cultural, significa
aproximadamente: Probamos algo nuevo; si funciona inmediatamente, seguimos;
si no funciona pronto, lo abandonamos.
Ram Dass (Richard Alpent), psicólogo y profesor norteamericano,
reconoce que él mismo participaba de esa
lógica. Su razonamiento era: innovación → prueba → resultado inmediato → éxito
o abandono. Si la propuesta no tenía acogida, podían aparecer explicaciones
como: Nos adelantamos a nuestro tiempo. La gente todavía no está preparada. La
cultura no puede comprenderlo todavía. Probemos otra cosa. El problema que
descubre posteriormente es que los procesos humanos profundos no funcionan
necesariamente con esa lógica de inmediatez.
2. El fundamento antropológico
Una innovación cultural, educativa, espiritual o
pastoral puede tener un tiempo de maduración. Hay una diferencia entre: resultado
inmediato y proceso transformador. Una semilla no fracasa porque al día
siguiente no haya dado fruto. Podríamos expresarlo así: La lógica de la
eficacia inmediata mide el resultado; la lógica de la transformación acompaña
el proceso.
Esto tiene una profunda raíz antropológica. El ser
humano aprende, cambia sus convicciones, modifica sus hábitos y transforma su
cultura mediante procesos de experiencia, reflexión, apropiación, interacción y
tiempo. Por eso una propuesta puede no producir efectos visibles inmediatamente
y, sin embargo, estar generando condiciones para un cambio posterior.
3. También incluye una crítica a la cultura del
éxito
El texto puede leerse como una crítica anticipada a
algo que hoy llamaríamos cultura de la inmediatez. La pregunta deja de ser: “¿Es
esto verdadero, valioso o humanizador?” y pasa a ser: “¿Está funcionando
inmediatamente?”
Es una diferencia importante. Porque una idea puede
ser: verdadera pero difícil de comprender; buena pero exigente; innovadora pero
prematura; necesaria pero impopular; transformadora pero lenta.
Por eso la falta de éxito inmediato no demuestra necesariamente
el fracaso de una propuesta. Pero tampoco demuestra automáticamente que sea
buena. Y esta segunda precisión es importante para interpretar correctamente a
Ram Dass: decir “nos adelantamos a nuestro tiempo” puede ser una explicación
válida, pero también puede convertirse en una manera de evitar una evaluación
crítica del propio proyecto.
4. Fundamentación
pedagógica
El texto
puede relacionarse directamente con varios modelos pedagógicos.
John Dewey, experiencia y
aprendizaje: aprender
no consiste simplemente en recibir una información, sino en entrar en un
proceso de experiencia, acción, reflexión y reconstrucción de la experiencia. Por
eso una innovación educativa no debería juzgarse únicamente por su efecto
inmediato. Podríamos representar el proceso: experiencia → reflexión →
reconstrucción → nueva experiencia → aprendizaje.
David Kolb, aprendizaje
experiencial: su modelo
de aprendizaje, muy conocido se puede sintetizar en experiencia concreta →
observación reflexiva → conceptualización → experimentación activa → nueva
experiencia.
Aquí aparece algo fundamental
para interpretar a Ram Dass: una experiencia puede necesitar varias vueltas del
ciclo antes de producir un aprendizaje significativo. Por tanto, si después de
la primera experiencia decimos “no funcionó” y abandonamos, quizá estamos
interrumpiendo prematuramente el proceso de aprendizaje.
5. Una conexión todavía más
profunda: Paulo Freire
También puede relacionarse con Paulo Freire,
para quien la transformación no consiste en aplicar mecánicamente una fórmula.
Supone: experiencia → toma de conciencia → diálogo → praxis → transformación. La
palabra clave es praxis: acción reflexionada y nuevamente llevada a la acción. Por
eso una innovación social o educativa necesita entrar en diálogo con las
personas y con su contexto. No basta decir: “Tengo una buena idea”. Hay que
preguntarse: “¿Cómo la recibe la comunidad? ¿Qué necesita modificar? ¿Qué
elementos del contexto debe incorporar? ¿Qué aprendizajes genera?”.
6. Una conexión con la pedagogía intercultural
misionera.
La misión ha tenido muchas veces la tentación de
pensar: Tenemos una propuesta; la ofrecemos; si la gente la acepta, funciona;
si no la acepta, fracasamos. La pedagogía del encuentro introduce otra lógica: Llegamos
→ nos encontramos → escuchamos → aprendemos → discernimos → proponemos →
acompañamos → evaluamos → volvemos a aprender.
Esto cambia radicalmente la comprensión de la
misión. El misionero no es solamente portador de una propuesta, sino también
aprendiz dentro del proceso misionero.
El misionero, ser en éxodo
permanente, sale no solamente de su territorio, sino también de sus
certezas previas. Por eso podemos inferir que la misión no consiste en llegar
con una respuesta preparada, sino en entrar en un proceso de aprendizaje
compartido en el que el Evangelio y la cultura se encuentran, se escuchan y se
transforman mutuamente, como hacía Jesús, pedagogo del encuentro, especialmente
en el relato de Emaús: acercarse, caminar, escuchar, preguntar, interpretar,
compartir la mesa y finalmente enviar.
7. Dimensión espiritual
Desde una perspectiva cristiana, el texto de Ram
Dass puede iluminarse con la pedagogía de la paciencia. El Reino de Dios
aparece en el Evangelio mediante imágenes de procesos: la semilla que crece; el
grano de mostaza; la levadura; la vid que produce fruto; el sembrador que
espera.
La lógica evangélica no es simplemente: hacer →
obtener resultado. Es también: sembrar → cuidar → esperar → discernir →
cosechar.
Por eso la misión necesita combinar dos virtudes
aparentemente opuestas: audacia para innovar + paciencia para acompañar. La
innovación sin paciencia puede convertirse en activismo. La paciencia sin
innovación puede convertirse en inmovilismo.
8. Una lectura crítica
Ram Dass reconoce que cuando algo no funcionaba
inmediatamente, él tenía dos explicaciones disponibles: “Nos adelantamos a
nuestro tiempo” o “la cultura no estaba preparada”. Pero puede haber una
tercera explicación: Tal vez nuestra propuesta no era suficientemente apropiada.
Epistemológicamente hablando, cuando una innovación
fracasa, hay que considerar varias hipótesis: A. La idea era mala. B.
La idea era buena, pero estaba mal aplicada. C. Era adecuada, pero
faltaban condiciones. D. Necesitaba adaptación cultural. E.
Requería más tiempo. F. Era demasiado adelantada para el contexto. La
sabiduría consiste en discernir cuál de estas explicaciones corresponde
realmente a cada caso, en lugar de utilizar siempre “nos adelantamos a nuestro
tiempo” como justificación.
9. Una reformulación posible de Ram
La transformación humana y cultural no puede
medirse exclusivamente por sus resultados inmediatos. Toda innovación significativa
necesita un tiempo de experimentación, apropiación, diálogo, adaptación y
maduración. Por ello, cuando una propuesta no produce una respuesta inmediata,
antes de abandonarla es necesario preguntarse si ha fracasado realmente, si
requiere ser transformada o si necesita tiempo para echar raíces en las
personas y en la cultura.
Principio de la paciencia transformadora
La misión, como cualquier acción, no abandona inmediatamente aquello que no produce resultados visibles; discierne, aprende, adapta, acompaña y permite que las semillas del encuentro tengan tiempo para germinar.
En la Escuela del
Encuentro, al estilo de Jesús, sería: acercarse, caminar, escuchar, preguntar, interpretar,
compartir la mesa, esperar y enviar.
jueves, 17 de septiembre de 2026
Aprendiendo a ser: de niña a mujer
Mi vida – mi camino: un viaje con posada …
Quizá este
retiro sea una oportunidad para detenerte en tu camino y mirar hacia atrás,
recordar las etapas recorridas. De pronto puedas caer en la cuenta que no
necesitabas tener todo claro cuando saliste de la casa y entraste en el colegio.
Que lo importante ha sido el haber caminado y aprendido a hacerlo: a salir cada
día y caminar, a caer y levantarte, a preguntar y escuchar, a recibir, dar y
agradecer, a soñar y trabajar, a amar y dejarte amar, a confiar.
Quizá descubriste que, mientras tú pensabas que estabas caminando sola, Dios caminaba contigo, por eso hoy puedes decir: mi vida es un regalo, mi historia tiene sentido, en mi camino puedo marcar una etapa más, vencida. Lista para continuar, aún sin saber a ciencia cierta hacia dónde me llevará el camino. Quiero caminar, aún entre piedras, cruces y desvíos, con esperanza y valentía, sin olvidarme de “hacer el bien, bien hecho”, de la mano de Dios.
Parábola introductoria
Había una vez, en cualquier lugar de este mundo, una niña que comenzó a caminar sin saber exactamente hacia dónde iba.
Un día descubrió que ya no era la pequeña que necesitaba que le dijeran constantemente qué hacer, a dónde ir. Ahora le pasaban muchas ideas (sueños) por la cabeza y por su corazón, todo mezclado con infinidad de dudas y preguntas y casi ninguna respuesta clara: ¿Quién soy ahora?, ¿Qué quiero hacer con mi vida, ahora que me gradúe?, ¿Qué sé hacer o para qué soy buena?, ¿Qué pienso estudiar, dónde, cómo y con qué?, ¿Dónde me veo dentro de unos años?, ¿Con quién me veo en los próximos años? ¿Será que voy a encontrar mi lugar en este mundo?, ¿Seré feliz?
Muchas de estas preguntas me han venido acompañando últimamente. Me parece chévere recibir el diploma de Bachiller, pero me preocupa lo que viene. Algunos asuntos los tengo claros, aunque siento que mi vida tomará un nuevo rumbo, después de esta etapa alcanzada. Pienso que todos estos años de estudio me han ofrecido un método (del latín methodus, heredado del griego μέθοδος (méthodos), término compuesto por meta - “hacia”, “a lo largo de”— y hodós - “camino”), un camino orientado hacia un fin, la construcción consciente y responsable de mí misma, una dirección de mi pensar y actuar, proyectados en objetivos realizables. Me corresponde, mañana, dar el primer paso hacia mi futuro, aunque algo ya he previsto y realizado.
1. Miro hacia atrás: mi camino ya tiene historia
Antes de
preguntarme hacia dónde voy, hoy en este retiro, quiero mirar con gratitud de dónde
vengo y cómo he hecho para llegar hasta aquí …
Me encuentro
delante de rostros y de nombres: las personas que me dieron la vida, quienes me
cuidaron, quienes creyeron en mí, quienes me enseñaron, me corrigieron, caminaron
conmigo. También están mis amigas/os, mis compañeras, aquellas personas con las
que compartí años que quizá nunca volverán a repetirse, experiencias, viajes,
paisajes, aventuras. Encuentro también rostros de personas que me han hecho mal
o me han ofendido de varias maneras. Con algunas me he vuelto a encontrar y
otras no las he vuelto a ver, a alagunas las he perdonado y me he reconciliado,
con otras no.
Están mis propios recuerdos, momentos de los que me siento orgullosa y otros que quisiera borrar, olvidar. Alguna vez he fracasado, me he sentido frustrada y hasta decepcionada de mí misma y de los demás. Ha habido momentos en que pensaba que no podía, que no veía, que no quería seguir.
Pero aquí estoy y aquí voy. Mi historia no está hecha solamente de éxitos y momentos felices, también de caídas, aprendizajes, heridas y oportunidades.
Por eso, no tengas miedo de mirar tu pasado. No puedes cambiar lo que ocurrió, pero sí puedes decidir qué hacer con aquello que te ocurrió, para no quedarte en el pasado. Una herida puede convertirse en amargura o en sabiduría. Un fracaso puede convertirse en derrota o en aprendizaje. Un error puede convertirse en culpa permanente o en una oportunidad para comenzar de nuevo, un dolor se puede transformar en sufrimiento o en desafío y superación. Tu pasado no tiene que ser una cárcel, puede convertirse en una escuela.
2. Descanso e interiorizo (guardo en mi corazón)
Ahora me vuelve la vieja pregunta: ¿Quién soy yo? No soy solamente la primera, ni la última de la clase, o de pronto sí. Tampoco soy solamente lo que aparento con mi uniforme o mis trajes y maquillajes. No me reconozco por el número de seguidores que tengo en mi red social, ni la última imagen que subí a mi estado, ni mucho menos el avatar que construí. Tampoco siento que soy aquello que los demás dicen de mí. No soy mis errores, ni mucho menos lo que todavía no he conseguido, aunque algunas veces presuma.
Sé que soy una
persona única, irrepetible, valiosa. Sé que hay algo en mí que me hace original
y que nadie puedo ofrecérmelo de la misma manera que lo puedo hacer yo misma. Tengo
talentos, sensibilidad, capacidades, amor para donar y necesidad de recibir. Tengo
una manera propia de mirar el mundo y una historia que solo yo he vivido y
seguiré construyendo.
Por eso, no quiero vivir mi vida intentando ser una copia de nadie. No necesito ser como aquella que (…). No pretendo tener resuelto hoy lo que quizá descubriré mañana, dentro de cinco o diez años. No tengo miedo de decir: todavía estoy descubriéndome y descubriendo el mundo y los demás. Inclusive, no sé qué quiero hacer con mi vida, pero estoy segura que las respuestas o propuestas aparecerán, pues entiendo que el camino se descubre y hace caminando. De un momento al otro una puerta se abre después de otra; una persona aparece en el momento inesperado; una experiencia despierta una vocación; un fracaso cambia mi dirección; una dificultad revela una fortaleza que desconocía. No tengo miedo que mi camino sea diferente al de las demás, pues es el mío.
4. Alguien
camina conmigo
Desde la fe cristiana, que me han transmito y he vivido, sé que no estoy sola en este caminar, Dios no me ha creado para abandonarme después. Él conoce mi historia en la medida que yo la reconozco y la asumo. Conoce mis sueños y también mis miedos, mis preguntas, hasta las que nunca me he atrevido a expresar. Cree en mí incluso cuando yo misma dudo de mí.
Los Evangelios nos presentan al Emmanuel (Dios con nosotros), llamado Jesús, ese hermano, amigo y compañero en el camino. Lo presentan caminando con personas que tienen miedo, que se acerca a quienes están confundidos, que escucha a quienes necesitan ser escuchados, que levanta a quienes han caído y abre caminos allí donde parecía que ya no había ninguno.
Quizá eso es precisamente lo que necesitas recordar hoy, al terminar esta etapa de colegio: no tienes que conocer todo el camino para continuar, pero si puedes reconocer el que ya has recorrido y dar el siguiente paso con seguridad y confianza.
5. Tu
vida es una vocación
La palabra vocación significa llamada, aunque a veces se reduzca a la vocación sacerdotal, religiosa o misionera. Pero no, la vocación es mucho más amplia. Tu vida misma es una vocación, una llamada a ser plenamente tú, a desarrollar tus capacidades, a amar y servir. Todos tenemos una vocación, una llamada a ser feliz.
Un día tendrás una profesión, pero esta no será toda tu vida, es apenas una capacitación para hacer lo que te gusta o te propones hacer. Una manera de realizar tu vocación. Por eso debes ampliar tus preguntas: “¿Qué quiero llegar a ser?” o sea, “¿Qué clase de persona quiero ser?” Porque puedes llegar a ser una excelente profesional sin corazón ni compasión. Puedes tener mucho dinero y olvidarte de los demás. Puedes alcanzar grandes éxitos y sentirte profundamente sola y vacía. Pero también puedes utilizar tus conocimientos, tus talentos y tu profesión para participar en la construcción de otro mundo posible, visto que este en el que vivimos no es el mejor.
6. Lleva
un mapa y una brújula
Seguramente ahora mismo no tienes un mapa claro de tu futuro, pero si puedes elegir una brújula, que te ayude a decidir cuando tengas que escoger entre varios caminos. Esa brújula puede estar formada por valores, muchos de ellos ya sembrados en tu corazón: la ética, el respeto, la alegría, la verdad, la justicia, la solidaridad, la honestidad, la responsabilidad, la compasión, la misericordia, la consolación, la fe, el amor y muchos más.
Cuando no sepas qué decisión tomar te puedes preguntar: ¿Esto me hace crecer como persona? ¿Esto me acerca al bien? ¿Esto es ético? ¿Esto respeta mi dignidad y la de los demás? ¿Esto me hace más libre? ¿Esto me ayuda a amar y servir como Jesús? ¿Esto consuela, me hace instrumento de paz como al hermano Francisco de Asís? Quizá no siempre tendrás respuestas fáciles, pero contarás con una brújula dentro de ti que te orienta.
7. Y si
alguna vez te pierdes …
Habrá días en que te sentirás fuerte y otros en que tendrás miedo. Algunos días dirás: voy por buen camino y otros pensarás: no sé dónde estoy. No tengas miedo de perderte alguna vez, hasta los caminos más hermosos tienen curvas, cruces y momentos de incertidumbre: para y pregunta, busca, escucha, ora, pide ayuda, comienza otra vez. Empezar de nuevo no es fracasar, muchas veces es la manera de encontrar el verdadero camino y poder continuar.
Mi
camino
Ahora imagina
delante de ti un camino. Este ha sido el camino de tu vida. Mira hacia atrás e
identifica tres momentos que agradeces:
·
1. …
·
2. …
·
3. …
Después escoge una dificultad que pudiste superar y te hizo crecer. Recuerda a algunas personas que han sido importante para ti.
Finalmente mira hacia adelante y sorpréndete: ¡qué susto, hay mucho que hacer! El camino todavía no está ni trazado, pero, ¡qué lindo, me queda mucho por vivir!
Pregúntate en silencio: ¿Qué sueño quiero cultivar? ¿Qué miedo necesito entregar? ¿Qué persona quiero llegar a ser? ¿Qué regalo quiero ofrecer al mundo? ¿Qué le quiero pedir hoy a Dios para mi caminar?
Cuando mañana salgas del colegio, muchas cosas habrán cambiado: los horarios, el grupo de compañeras, los recorridos, hasta el morral. Algunas amistades continuarán, otras tomarán caminos diferentes, llegarán nuevas personas, nuevas experiencias, nuevos desafíos. Pero hay algo que nadie podrá quitarte: la posibilidad de seguir construyendo tu historia.
No permitas que otros escriban completamente tu vida, suelta lo que hay que soltar y acoge lo que más te convenga de lo que ves llegar. Escucha consejos, pero aprende a discernir, ama a quienes te acompañan, pero aprende también a caminar con autonomía, sueña en grande sin dejar de comenzar con pequeños pasos cada día. Y cuando tengas que elegir entre el camino más fácil o más rápido y el camino que te hace crecer, aunque sea más largo y difícil, recuerda que no siempre el más cómodo es el mejor.
Como la joven María de Nazaret, levántate y emprende el camino sin pereza ni miedo, arriesgando y enfrentando lo desconocido, pronta, con positiva actitud, dispuesta a acompañar a quienes necesitan ayuda para que la vida nazca y viva, como la anciana Isabel (Lc 1, 39-56). Entra en los mundos de los otros y llena el ambiente de alegría y buen sabor, al tiempo que saboreas lo que allí te ofrecen. ¡Sé sal, como propone Jesús! (Mt 5, 13-16).
domingo, 9 de agosto de 2026
Misión en la Frontera
Misión intercultural en la frontera cultural
Colombia, Ecuador y Perú conforman uno de los espacios con mayor diversidad indígena de América del Sur. En conjunto reúnen más de 180 pueblos indígenas reconocidos oficialmente, con una población indígena aproximada de 10 a 12 millones de personas. Las cifras varían ligeramente según los censos y los procesos de autoidentificación, pero los datos oficiales más aceptados son los siguientes: en Colombia se reconocen 115; en Ecuador, 14 nacionalidades y 18 pueblos; en Perú, 55 para un total aproximado de 184.
Resulta
particularmente interesante para los Misioneros de la Consolata, presentes en
ese territorio desde la década de los cincuenta reflexionar hoy, día
internacional de los Pueblos Indígenas, sobre este dato de la realidad tri fronteriza,
desde ese “lugar teológico” llamado Amazonía, que reúne en una sola, dos de sus
opciones misioneras: la amazónica y la indígena.
Los tres países comparten un corredor amazónico en donde los Misioneros de la Consolata han tenido una significativa convivencia con pueblos pertenecientes a grandes familias lingüísticas comunes. Con la ayuda del ChatGPT hemos elaborado esta síntesis infográfica:
- Centro:
imagen de la Virgen Consolata y San José Allamano.
- Primer
anillo: el mandato misionero (Mc 16,15; Mt 28,19; Lc 24,48; Jn 20,21).
- Segundo
anillo: las grandes familias lingüísticas (Quechua, Tukano, Arawak, Pano,
Jíbaro, Bora-Witoto, Tikuna).
- Tercer anillo: los pueblos
transfronterizos.
- Cuarto
anillo: los territorios amazónicos (Caquetá, Putumayo, Vaupés, Napo,
Pastaza, Morona, Loreto, Ucayali, Madre de Dios).
- Anillo exterior: la presencia histórica de los Misioneros de la Consolata (1947–2027) y el horizonte de la CEAMA y Querida Amazonia.
- Los ríos Amazonas, Putumayo, Caquetá, Napo y Marañón, como las líneas de la espiral, son el signo de una misión que une y sirve a pueblos y culturas que casi no cuentan para sus Estados.
Espero su reacción o comentario, aquí mismo.
sábado, 8 de agosto de 2026
Aprendiendo a vivir conviviendo
REVITALIZAR EL CONTRATO SOCIAL
Para regresar a una convivencia civilizada debemos
confirmar las bases de esta nueva organización social. He aquí un esquema que
nos ayuda a entender cuáles son los criterios mínimos de toda organización
social, sea la familia, el barrio o la sociedad. Partiremos de una gráfica que
llamamos “el Árbol de la vida”. Los cristianos lo llamamos “el Árbol del
Reino”. Veamos.
Esta dinámica se transforma en un proyecto de
“armonía” que forma el cosmos del cual participamos todas y todos. Podemos
llamarla “Ecología” global que debemos respetar, lo que va más allá de “no
destruirla”. Se trata de cuidarla y fomentarla de muchas maneras. Todo esto es
la “Espiritualidad” que habita el universo y está viva en todos nosotros y
nosotras.
Esta dinámica se desarrolla en 3 dimensiones: la
naturaleza, la humanidad y la sabiduría. La “Naturaleza” está conformada por el
conjunto de los 4 elementos de nuestro planeta (tierra, aire, agua y fuego) de
los cuales nacen primero los vegetales y los animales. Son los “Bienes” que
necesitamos para vivir y convivir. Esto supone una organización en torno al
repartir para la satisfacción de las necesidades que todos. Esto se llama nada
menos que la “Economía” que se encarga del compartir equitativo. Cuando falla
la ‘economía’ aparece la “acumulación” por parte de pequeños grupos, se
destruye la convivencia armoniosa provocando desigualdades y violencias.
El segundo elemento básico de la armonía global es
la “Humanidad”, o sea, el conjunto de los humanos que nos necesitamos los unos
a los otros para sobrevivir y crecer. Aquí, el proyecto es “cohabitar”, es
decir, controlar el poder bajo sus distintas expresiones para desterrar la
“dominación”, opresión y represión… Esto es el arte de la “Política” en la que
estamos todos implicados. Si nos quedamos indiferentes, colaboramos en la
multiplicación de relaciones destructoras.
El tercero elemento básico de esta armonía global
es la participación consciente a la ‘Energía’ que nos habita y que se
transforma en “Sabiduría”, es decir en el arte de vivir, convivir y
“expresarnos” individual, colectiva y creativamente. De ahí surgen ideas,
proyectos e “ideologías” para organizar la política, la economía y la
espiritualidad. Cuando falla la sabiduría, usamos nuestra capacidad de crear
vida y amor para engañarnos, mentir y distorsionar la verdad.
Hemos descubierto que tenemos 4 objetivos a
dinamizar: espiritualidad, sabiduría, economía y política. La espiritualidad fomenta el respeto por un
orden cósmico hecho de vida, amor y comunidad que se encarna en sabiduría. Esta
se traduce en un convivir armonioso -la política- en nuestras relaciones
humanas. La política orienta el compartir equitativo -la economía- de los
bienes y servicios que resuelven nuestras necesidades. De esta manera ejercemos
la sabiduría que todos abrigamos, porque todos hemos recibidos nuestras
capacidades espirituales, políticas y económicas. El desorden viene de la
destrucción de la vida, del amor y de la comunidad, mediante la dominación
sobre los demás, la acumulación de bienes, el rechazo a la verdad y el desconocimiento
de la espiritualidad íntima de cada uno.
Todo esto es el sueño del cosmos -nuestro sueño-: el impulso de la energía primera, la dinámica de la fuente vital que todo lo mueve… si sabemos abrirnos a todas nuestras capacidades y posibilidades. “Vida, amor y comunidad”: ese es el llamado que nos acompaña y fortalece siempre, porque eso somos cada una y cada uno de nosotros. La Biblia nos lo describe en sus primeras páginas y nos dice: “Pongo delante de ti la vida y la muerte… Te invito a elegir la vida” (Deuteronomio 30,15-20)
Animémonos los unos a los otros a hacer, poco a poco, realidad el mensaje de este “Árbol de la vida” para nuestro bien individual y nuestro convivir nacional que tanto lo necesitan. Eso es el contrato social que necesitamos urgentemente.



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