sábado, 11 de julio de 2026

La Maestra María

María, pedagoga en la Escuela de Jesús
El Maestro es el Hijo (cf. Mt 23,8-10)

Icono de la Consolata

En tiempos de invasión tecnológica y digital, repensar las pedagogías para un aprendizaje formativo integral, parece urgente y María, la madre y formadora del Maestro Jesús, es presentada en la Escritura Sagrada y en la tradición de la Iglesia Católica, como “modelo y guía” en el acompañamiento y formación de discípulos misioneros, no solo de fieles creyente. Ella, como discípula del Maestro y, precisamente por haber aprendido de Él desde la Encarnación hasta Pentecostés, se convierte en autoridad pedagógica para acompañar a los que aman y quieren seguir a su Hijo. Su vida constituye un verdadero itinerario pedagógico que acompaña el crecimiento espiritual del creyente desde el encuentro inicial con Dios hasta la plena participación en la misión de la Iglesia. Su pedagogía es siempre una pedagogía "en la escuela de Jesús", el “misionero enviado del Padre” que prepara para vivir sinodalmente en esta Iglesia en salida (Papa Francisco).

Hablar de María como pedagoga significa reconocer en ella no solamente a la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, sino también a la mujer que enseña el camino de la fe mediante su propia vida. María no funda una escuela con métodos escritos ni transmite una doctrina propia, su pedagogía consiste en conducir siempre hacia su Hijo, formando discípulos capaces de escuchar, discernir, servir, perseverar y anunciar el Evangelio.

 Una imagen y un nombre, Consolata

Soy Misionero de la Consolata y mi configuración con el “Misionero enviado del Padre” ha venido siendo inspirada a lo largo de los años, desde 1962, por la imagen de María Consolata propuesta por San José Allamano, formador de Sacerdotes diocesanos, en la Arquidiócesis de Turín – Italia y el carisma por él legado a los Institutos de la Consolata para misiones, fundados en 1901 y 1910. En realidad, el icono de la Consolata ofrece una síntesis visual extraordinaria de una propuesta formativa.  

Hoy, en la llamada era de la imagen, ya ampliamente usada en la tradición oriental, desde el inicio del cristianismo, no solo como una ilustración religiosa, sino una "teología en colores" (según la expresión atribuida a San Juan Damasceno), al inspirarnos en la “espiritualidad mariana” para la formación de discípulos misioneros, este icono puede convertirse en nuestra primera "lección". María no comienza con lo que dice, sino con lo que muestra. Antes de ser discurso, es icono; antes de ser método, es experiencia, antes de ser acción es contemplación.

El icono de la Consolata no solo inspira la vida y espiritualidad de San José Allamano, allá en el “corito” del Santuario de la Consolata, en Turín – Italia, en donde la imagen pasa del ámbito de la oración, meditación y devoción práctica a “lugar” de reflexión teológica, educativa formativa y misionológica.

Este icono perteneciente al grupo iconográfico de la Brephocratousa o Virgen con el niño, en la versión Odigitria, que presenta a María sosteniendo al Niño Jesús, a quien señala con su mano derecha para indicarlo como el camino de la salvación, es un sencillo y rico instrumento didadáctico. El apelativo Odigitria deriva del topónimo del convento de los “Odigi”, en griego οδιγι, que significa "guías". Allí habitaba una comunidad de monjes que veneraba el retrato original de María, pintado según la tradición, por San Lucas. La emperatriz Puchera, habiéndolo recibido en Jerusalén, lo confió a ese monasterio construido cerca a una fuente de agua, en donde Nuestra Señora ya hacía muchos milagros, especialmente en favor de los ciegos, a los cuales los mismos monjes les servían de “guía”, conduciéndolos de la mano, como hacían los “pedagogos” griegos con los niños, de siete a catorce años, cuando los llevaban al gimnasio o a la palestra, hasta la fuente milagrosa para que se lavaran sus ojos con el agua sanadora. La misma palabra Odigitria significa “la que muestra el camino” (Cfr. Gharib Georges, Le Icone Mariane, Cittá Nuova, 1988).

Video de Juan Gabriel Acosta contemplando la belleza de la creación

Es verdad que la pedagogía occidental suele comenzar la educación aclarando y explicando conceptos, no así la oriental que comienza con la contemplación, no explica, sino que coloca en contacto con el misterio que despierta admiración, curiosidad y contemplación, generalmente silenciosa. En consecuencia, el primer acto educativo consiste en mirar, al estilo propuesto por el sacerdote y teólogo suizo Hans Urs von Balthasar (1905 – 1988), cuando constata que el ser humano llega a la verdad no solo mediante el razonamiento, sino, ante todo, mediante la contemplación de la belleza de la Revelación. Él deja registrada su propuesta en su trilogía La gloria del Señor, Teodrama y Teológica.

Esta perspectiva ofrece una base teológica muy sólida para interpretar la pedagogía mariana y la formulación del carisma a la que llegó San José Allamano contemplando el cuadro de la Consolata, y el lema que lo sintetiza Et annuntiabunt gloriam meam gentibus” (“Anunciarán mi gloria a las naciones”, Is 66,19) que fue mandado colocar por San José Allamano en la parte central superior de la Casa Madre de Turín en 1925, y anteriormente ya figuraba en la portada del primer Reglamento, manuscrito, del Instituto (1891) y vuelve a aparecer en el Reglamento de 1901 y en las Constituciones de 1909.

 “Anunciarán mi gloria a las naciones”

El profeta Isaías concluye su libro con una visión profundamente misionera. Después de anunciar la restauración de Jerusalén, evidencia de la consolación anunciada en 40,1-12, Dios promete enviar mensajeros hasta los confines del mundo: “Pondré en ellos una señal y enviaré algunos de los sobrevivientes a las naciones... a las costas lejanas, que nunca oyeron hablar de mí ni vieron mi gloria; ellos anunciarán mi gloria a las naciones” (Is 66,19).

Esta promesa encuentra en Jesucristo su pleno cumplimiento. El Hijo, enviado por el Padre, revela la gloria de Dios como amor misericordioso, y después de su Pascua envía a sus discípulos hasta los confines de la tierra (cf. Mc 16,15; Mt 28,19-20; Lc 224,48; Hch 1,8; Jn 20,21). Así, la misión no nace de una iniciativa humana, sino del deseo de Dios de que todos los pueblos experimenten su salvación, disfruten el “buen vivir” (Sumak Kawsay en kichwa), paradigma ancestral, alternativo al que propone hoy la sociedad del capitalismo tecnológico global de libre mercado. Las cosmovisiones de los pueblos indígenas andinos y amazónicos lo fundamentan en cuatro principios básicos:

      ·         Relacionalidad: Todo está interconectado; no existe vida aislada.
·         Complementariedad: Todos los seres y elementos se necesitan mutuamente.
·         Reciprocidad: Dar y recibir en equilibrio (ejecutado en prácticas como la minga                           comunitaria).
·         Correspondencia: Vivir en armonía con lo que la naturaleza nos proporciona.

Este Lema Misionero, se puede extender a todos los operarios del Reino, contemplativos, testigos, anunciadores y reveladores de la gloria de Dios, manifestada no en volúmenes de ideas verdaderas y bien documentadas, ni en instituciones bien organizadas, fuertes en su patrimonio y estructuras bien administradas, sino en personas y comunidades que hacen visible, con la vida, la palabra y las acciones, el rostro del Dios compasivo y misericordioso que consuela, libera y salva. Porque, como decía San Irineo de Lyon “quienes ven a Dios tienen parte en la vida … la gloria de Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la visión de Dios. Si la manifestación de Dios por la creación da vida en la tierra a todos los vivientes, mucho más la manifestación por el Verbo del Padre da vida a aquellos que contempla” (Contra los herejes, 4,20,5-7).

Se constata que la gloria de Dios en la Biblia no es un esplendor lejano, es su presencia amorosa que restaura la dignidad humana, perdona, sana, reúne a los dispersos y ofrece esperanza a los pueblos. Anunciar esa gloria significa revelar que Dios continúa actuando en la historia, especialmente allí donde abundan el sufrimiento, la pobreza, la violencia, la soledad y la pérdida del sentido de la vida.

En esta perspectiva, la Consolación no se deja reducir a un simple alivio emocional sino que se expresa como una experiencia integral del Reino. Consolar es hacer presente a Cristo resucitado; es acompañar a los crucificados de la historia; sanar las heridas del pecado, perdonar; es defender la dignidad de cada persona; es reconciliar, con el perdón y la reparación, personas, comunidades y pueblos rotos; es cuidar la creación como casa común y abrir caminos de esperanza allí donde parece reinar la desesperanza.

La expresión “a las naciones” manifiesta el carácter universal de la misión. El profeta utiliza el término para designar a todos los pueblos, especialmente a quienes todavía no conocen al Dios de Israel. Para el carisma misionero de la Consolata, estas naciones representan hoy, en el Continente americano, los pueblos no evangelizados, las periferias geográficas y existenciales, las culturas en transformación, las nuevas pobrezas urbanas, el mundo digital, los migrantes, los jóvenes sin horizonte, los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes y todos aquellos que esperan una palabra de vida.

San José Allamano comprendió profundamente esta dimensión universal. Quería misioneros apasionados por quienes todavía no conocían a Cristo y repetía que el primer anuncio debía realizarse con la santidad de vida. Antes de anunciar con los labios, el misionero anuncia con la transparencia de una existencia transformada por el Evangelio. Por eso insistía: “Primero santos, después misioneros”. La credibilidad del anuncio depende de la autenticidad del testimonio.

El lema también recuerda que el verdadero protagonista de la misión es Dios mismo. En Isaías es Él quien envía; es Él quien prepara los caminos; es Él quien reúne a las naciones. El misionero no muestra  su propia gloria, sino la gloria de Dios. No busca protagonismo, sino que las personas descubran el amor del Padre maternal manifestado en Jesucristo mediante la fuerza del Otro Consolador, el Espíritu Santo.

María, la mujer de todos los nombres, incluido el de Consolata, fue la primera en llevar la gloria de Dios a otra persona cuando visitó a Isabel. Su presencia hizo exultar al niño en el seno materno y provocó el canto del Magníficat. Ella continúa siendo la Consolata que acompaña a los misioneros para que Cristo sea conocido y amado entre todos los pueblos.

En el contexto actual, marcado por conflictos, polarización, migraciones, crisis ecológica y profundas búsquedas espirituales, la misión ad gentes ya no puede entenderse únicamente como un desplazamiento geográfico, sino como la disponibilidad permanente para salir al encuentro de quienes todavía no han experimentado la alegría del Evangelio. Las nuevas "naciones" son también los ambientes culturales, digitales y sociales donde Cristo necesita ser anunciado con respeto, diálogo, cercanía, testimonio y estética.

Artista Juan Camilo Herrera

Así, “Anunciarán mi gloria a las naciones” resume admirablemente la vocación de los Misioneros y Misioneras de la Consolata: enviados por Dios para hacer visible su gloria mediante una vida santa, anunciar a Jesucristo con alegría, llevar la consolación a los pueblos, promover y defender la dignidad y los derechos humanos, cuidar la creación y construir comunidades reconciliadas. Solo quien ha experimentado la consolación de Dios puede convertirse en auténtico mensajero de esa misma para todas las naciones. Puede leerse también como un itinerario espiritual y misionero en cinco verbos que sintetizan el carisma de la Consolata:

      1.      Contemplar la gloria de Dios en Cristo.
2.      Dejarse consolar por el Espíritu Santo.
3.      Salir hacia las naciones y las periferias.
4.      Anunciar el Evangelio con la vida y la palabra.
5.      Construir comunidades reconciliadas que reflejen la gloria de Dios.

En definitiva, Isaías 66,19 expresa de manera admirable la vocación de la Familia de la Consolata: quien ha sido consolado por Dios es enviado para que todas las naciones conozcan, contemplen y experimenten su gloria salvadora. 

miércoles, 8 de julio de 2026

Puente de amistad (Tienditas)

 Virgen de Chiquinquirá

Para todos los colombianos y una buena parte de los venezolanos la Virgen de Chiquinquira nos es familiar. Muchos hemos peregrinado al Santuario de Chiquinquirá, lugar donde su viejo y ajado lienzo, pintado por el artista español Alfonso de Narváez, residente en Tunja, se fue renovando y recobrando el color la figura de Virgen del Rosario, vestida con manto azul oscuro y bordes dorados, toca, corona y un cetro en su mano derecha y un rosario rojo en su izquierda; el Niño Jesús sostenido por los brazos de la Virgen, cubierto con un manto rosado y con su propia corona; San Antonio de Padua, a la derecha de la Virgen, llevando un escapulario, una cruz y un libro y San Andrés Apóstol, a la izquierda, sosteniendo la Sagrada Escritura y la cruz en forma de X, signo de su martirio. Ambos pintados en el lienzo original por ser el primero, patrono del encomendero que solicitaba la imagen y el segundo, del fraile que la había mandado a hacer.

Esta renovación milagrosa despertó y sigue despertado la admiración, la contemplación y la piedad de muchos hasta el punto de construirle hermosos santuarios - basílicas, en la ciudad que le da el nombre, Chiquinchirá y en la vecina Maracaibo, Venezuela, puntos de referencia, peregrinación y encuentro. En Colombia, además, la han declarado Reina y Patrona de la República.

El milagro del lienzo restaurado y expuesto a la veneración popular nos ofrece un rico mensaje evangelizador, que nos lleva, más allá de la piedad y devoción a la formación de mejores y más auténticos seguidores y servidores de su Hijo Jesús, diciéndonos como en la Boda de Caná, “hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5), antes que nosotros le pidamos a ella que haga otros milagros. 

Ella, como madre, nos comparte o entrega a su Hijo Jesus. Como discípula se une a todos nosotros, discípulos misioneros, en la escucha, el seguimiento y la misión del que nos llamó a su seguimiento para que estemos con Él (busquemos la santidad) y salgamos a testimoniarlo y anunciarlo más allá de nuestras propias fronteras (seamos misionros/as). Como pedagoga, maestra en la Escuala de Jesús, nos orienta, con varías iniciativas, a vivir y trabajar para que la vida sea plena y feliz aquí en esta tierra y allá en la eternidad. Veamos algunas de estas iniciativas que nos pueden inspirar y en las que podemos participar:

 1.      Lugar de encuentro: desde el inicio de la renovación del lienzo comienza a convocar y congregar españoles, indígenas, mestizos, afrodescendientes y otros peregrinos. No elimina las diferencias, pero sí las reúne, generando espacios de encuentro, en un país como Colombia, desde la época colonial marcado por profundas tensiones sociales, culturales y políticas, generadoras de diferentes violencias y violaciones. Los matricula a todos en una escuela de diálogo, perdón y reconciliación, con la pedagogía del encuentro, reforzada por el llamado ecuménico a la reconciliación que hizo el Papa Juan Pablo II cuando visitó el Santuario en 1986. 

2.      Artista de la restauración: el milagro reconocido consistió en la renovación de un lienzo deteriorado, simbolizando la permanente capacidad del Evangelio para renovar la belleza del ser humano, de los pueblos y de la creación. Enseñándonos la pedagogía de la belleza que comienza por la visión y la contemplación, antes que por la palabra, como diciendo: el silencio también habla y hay que escucharlo. Nos invita a contemplar y respetar la belleza del ser humano y de los derechos humanos, la belleza de la creación y los derechos de la tierra, la belleza de la familia, los niños y los ancianos, el cuidado y el respeto por el otro y sus derechos.

 3.    Pedagogia de la esperanza: la Virgen de Chiquinquirá ha acompañado guerras, epidemias, migraciones, pobreza, terremotos, conflictos políticos, etc. Acudiendo a ella el pueblo sostiene la esperanza certificada, no únicamente mediante milagros, sino también con su presencia, como en Caná y en el Calvario. Lo inscribe en la escuela del futuro, con la pedagogía de la esperanza activa.

 4.      Puente entre Colombia y Venezuela: la “Chinca”, como la llaman los colombianos o “la Chinita”, como la nombran los venezolanos, no es únicamente una patrona nacional sino un puente de amistad, canal de comunicación, intercambio de bienes y servicios, de hermandad que supera fronteras y divisiones ideológicas o políticas.

5.    Nuevo festivo en Colombia: el 9 de julio, día de la Virgen de Chiquinquirá, fue declarado festivo por el Gobierno nacional reconociendo la importancia histórica, cultural y religiosa de Chiquinquirá, Boyacá, al cumplirse 440 años del milagro. Este año se traslada para el 13 de julio.


jueves, 25 de junio de 2026

El mandato misionero de Jesus

"Como el Padre me envió, así los envío yo”
 
Apoyado en Chat GPT

La misión de la Iglesia nace del corazón mismo de la misión de Jesús. Él no envía simplemente a realizar una tarea, sino a continuar su propia presencia en el mundo: “Como el Padre me envió, así también los envío yo” (Jn 20,21). El discípulo misionero es enviado con el mismo dinamismo de amor, servicio y entrega con el que Jesús fue enviado por el Padre.
 
El mandato misionero se despliega en los cuatro Evangelios como un único camino:
 
1. Ir al mundo entero y anunciar el Evangelio
“Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda la creación” (Marcos 16,15)
La misión comienza con un movimiento de salida. El discípulo no permanece encerrado en sus fronteras, seguridades o culturas; es enviado a “todo el mundo”. Ese “ir” tiene unas dimensiones:
    · geográfica: llegar a todos los pueblos y lugares;
    · cultural: entrar en las realidades humanas, lenguajes, culturas, situaciones y
            contextos
   · existencial: acercarse a cada persona y a todo ser vivo, empezando por los más             necesitados, allí donde la vida está más frágil;
   ·  ecológica: a toda la creación
   ·  espiritual: gentes con espiritualidades o religiones diferentes.
La misión consiste en anunciar a Jesucristo, no una idea abstracta, sino una Buena Noticia capaz de renovar la vida.
 
2. Ir y hacer discípulos: enseñar y bautizar
“Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mateo 28,19-20)
El anuncio no termina en una proclamación inicial. La misión busca generar discípulos, personas que entren en una relación viva con Jesús. Tiene tres dimensiones:
    · hacer discípulos: acompañar procesos de fe y conversión;
    · bautizar: introducir en la comunión trinitaria, en la vida nueva de Dios;
  ·  enseñar: transmitir la vida y el mensaje de Jesús, no solo conocimientos                        religiosos.
El misionero no lleva solamente un mensaje: conduce hacia un encuentro con Cristo.
 
3. Ser testigos con la fuerza del Espíritu Santo
“Ustedes son testigos de esto” (Lc 24,48). “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).
La misión no nace solo de la capacidad humana, sino de la acción del Espíritu Santo. El testigo es quien ha visto, escuchado y experimentado algo que transforma su vida. Por eso la misión no es solamente hablar de Jesús, sino que lo hace visible mediante:
    · una vida personal y comunitaria, alegre y coherente;
    · la práctica de la caridad que lleva a la justicia y a la paz;
    · la entrega, hasta donar la propia vida y la sangre, si fuera necesario (martirio);
    · la cercanía con los pobres y sufrientes (encarnación e inculturación);
    · la esperanza en medio de las dificultades.
El Espíritu es quien abre caminos, consuela, impulsa la Iglesia y hace fecunda la misión.
 
4. Transformar el mundo desde el perdón y la reconciliación
“Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados les quedan perdonados” (Juan 20,21-23).
El Resucitado envía a sus discípulos con el poder de continuar su obra reconciliadora, por eso, tiene como horizonte la restauración de la humanidad y sus contextos o sea plantar, cultivar semillas del Reino de Dios, cosecharlas y disfrutarlas ante de entrar en la eternidad:
    · sanar heridas;
    · reconstruir relaciones;
    · superar divisiones;
    · anunciar, compasivamente, la misericordia solidaria que conduce a la paz;
    · cuidar, elevar y transformar los ambientes.
El misionero es portador de una humanidad nueva en donde el perdón vence al odio y la reconciliación siembra y cultiva la hermandad y la paz.
 
La dinámica del envío misionero
El Padre envía al Hijo → el Hijo envía a sus discípulos → el Espíritu Santo sostiene la misión → toda la “Comunidad de la vida” trabaja, agradecida, cuidando la vida, promoviéndola, reconciliándola, liberándola y salvándola.
 
La misión para la Iglesia de Señor Jesús, en definitiva, es:
    ·   Ir (Marcos) → salir hacia ...
    ·   Hacer discípulos (Mateo) → formar comunidades de fe.
   ·  Ser Testigos (Lucas-Hechos) → anunciar con la vida, la luz y la fuerza del                     Espíritu.
   · 
Perdonar y Reconciliar (Juan) → sanar el mundo y ayudarlo a experimentar la              paz.

miércoles, 24 de junio de 2026

Juan el Bautista

La parresía encarnada

Miguel Huerta

Hay figuras que aparecen en momentos clave en la historia de las ideas y del cristianismo sin pedir nada a cambio. No buscan poder, no fundan instituciones, no dejan escuela. Sólo señalan algo que lxs demás prefieren no ver y pagan el precio por ello. Juan el Bautista, cuyo día se celebra cada 24 de junio, es una de esas figuras. Y aunque su historia llega envuelta en religión, su núcleo es otra cosa: un hombre que decidió vivir de acuerdo con lo que pensaba y creía, que habló con claridad cuando hablar claro era peligroso, y que acabó asesinado precisamente por eso. Eso es ética en estado puro.

Vivía fuera del sistema, literalmente. En el desierto, con lo mínimo, sin ataduras que lo volvieran un peón externo. No era un excéntrico ni un ermitaño que huía de la gente; la gente venía a buscarlo a él. Había algo en esa austeridad que generaba autoridad moral. Y es que cuando alguien no debe nada a nadie, cuando no se tiene carrera que proteger ni posición que guardar, puede permitirse decir lo que ve. Hoy llamaríamos a eso independencia. Juan la practicó de forma radical: sin financiación, sin institución detrás, sin red de seguridad. Únicamente su criterio y su voz. Y esa voz no se andaba con rodeos.

Cuando los poderosos de su época van a escucharlo (los fariseos, los saduceos, los funcionarios del templo) no reciben lo que esperaban. Los llama hipócritas, “raza de víboras”. Les dice que de nada sirve pertenecer al grupo correcto, tener los contactos adecuados o cumplir los rituales sociales. Lo que le interesa es concreto y directo: ¿estás siendo justo? ¿Tu vida, tus decisiones, tienen algún impacto real en quienes te rodean, en tu comunidad? Cuando le pregunta un soldado qué debe hacer, le responde: no extorsiones, no denuncies falsamente. Cuando le pregunta un cobrador de impuestos, le dice: no cobres más de lo que te corresponde. Nada de grandes abstracciones. Justicia práctica, cotidiana, aplicada al oficio de cada persona.

La figura que más define a Juan, sin embargo, no es la del predicador. Es la del testigo incómodo. Herodes Antipas, el gobernador de la región, tomó como mujer a Herodías, la esposa de su hermano. Una irregularidad grave, un abuso de poder disfrazado de asunto privado en un contexto cultural y social represor. Juan lo señala públicamente. No ante un tribunal, no con una denuncia formal: simplemente lo dice, en voz alta, donde todo el mundo puede oírlo. Eso le cuesta la libertad. Y cuando Herodes lo mete en la cárcel, no lo ejecuta de inmediato pero lo mantiene encerrado. Al final, una cena, una promesa impulsiva y una intriga de Herodías hacen el resto. Juan es ejecutado por haber dicho en voz alta lo que todxs sabían y nadie se atrevía a nombrar.

Eso tiene un nombre en filosofía moral y Juan el Bautista la encarna: parresía. La práctica y obligación de decir la verdad con franqueza y para el bien común, asumiendo el riesgo que conlleva. Foucault (1926-1984) dedicó sus últimas conferencias a este concepto y lo rastreó desde la filosofía griega. Juan encarna esa tradición sin haberla estudiado en ninguna academia. Habla porque considera que tiene la obligación de hablar. No para quedar bien, no para construir una reputación, sino porque el silencio cómplice le parece éticamente inaceptable. En eso se parece más a un Sócrates o a una Rosa Parks que a un predicador. Y luego está esa otra dimensión, quizá la más difícil de entender hoy: su capacidad para saber cuándo hacerse a un lado. En un mundo obsesionado con la visibilidad, con el protagonismo, con dejar huella, con ganar likes, Juan representa algo contracultural. Llega, hace su trabajo, señala lo que tiene que señalar, y cuando aparece alguien con más que decir que él, se retira sin amargura. No es resignación ni derrota: es una forma de integridad muy poco común. Saber cuándo tu momento ha pasado, y aceptarlo sin intentar prolongarlo artificialmente, requiere una honestidad consigo mismx que muy pocas figuras alcanzan.

Juan el Bautista fue decapitado sin ver los resultados de lo que hizo. Sin escuela, sin legado institucional, sin siquiera haber presenciado lo que ayudó a poner en marcha. Y sin embargo su figura ha sobrevivido dos mil años, precisamente porque representa algo que cada generación necesita recordar: que la justicia no se ejerce desde la comodidad, que decir la verdad tiene un coste, y que hay una forma de grandeza que no se mide por lo que acumulas sino por lo que eres capaz de señalar, aunque nadie te lo agradezca.

Este día en varias regiones del mundo se encienden hogueras en su nombre. Que ardan también como recordatorio de eso. Y es que la voz que clama desde el desierto es difícil de matar, pues representa mucho más que una simple y cómoda vía ética.

© Acción Ética — Espacio de análisis filosófico, crítica cultural y pensamiento político. Reproducción permitida citando la fuente.

sábado, 20 de junio de 2026

Alianzas para la Misión de Dios

 San José Allamano con María Consolata: una relación íntima y fecunda

Imagen compuesta con la IA para el Postulantado de Manuel Rojas y Hugo Perafan

Podemos decir que San José Allamano contempló toda su vida bajo la mirada materna de María, invocada como Consolata. Para él, ella no fue solamente objeto de devoción, sino presencia viva, compañera de camino y modelo de discípula misionera.

Nos debemos preguntar, entonces, por este nombre de Consolata, su origen y significado. En su forma dialectal del Piamonte italiano lo pronuncian “Consolà”, que corresponde en la lengua italiana a Consolata, participio pasado, de género femenino, del verbo consolé -consolare, en su estado pasivo: “consolada” y activo “consoladora”. El origen, en definitiva, viene del verbo consolare, que a su vez proviene de consule, que en latín tiene diversos significados: consul = cuidar de... velar por... (te consuelo).

Esta expresión verbal transitiva, activa, pasiva y refleja se le aplicó a María de Nazaret, consoladora porque consolada y viceversa. Ella es la Consolata, “nuestra Consolata” dirían los piamonteses y con ellos San José Allamano y sus Misioneros/as.

 El nombre viene pues de “consuelo” que, si no lo sabemos, lo intuimos bien: el consuelo cristiano no es simple alivio pasajero; es la certeza de que Dios camina con su pueblo, especialmente con quienes sufren, lloran, esperan y luchan por la vida. María Consolata es la Madre que permanece junto a la humanidad crucificada y herida, mientras la va conduciendo, por los caminos de la historia, hacia su Hijo, camino hacia la casa del Padre maternal, fuente de toda consolación.

 San José Allamano aprendió de María un estilo de vida profundamente humano y profundamente santo. Él repetía con frecuencia que “primero santos, luego misioneros”. Esa santidad no consistía en cosas extraordinarias, sino en vivir el Evangelio con humildad, bondad y fidelidad cotidiana. Mirando a María Consolata, comprendía que la misión nace del corazón, haciendo brotar la poesía de alabanza y se alimenta de valiente y profética ternura.

Así nos la presenta el Papa León XIV en su Encíclica Magnífica Humanitas: “El cántico de María acompaña nuestro compromiso. Ante Isabel, que le anuncia que se ha convertido en la madre del Señor, María prorrumpe en un himno de alabanza y de alegría: su alma proclama la grandeza del Señor y su espíritu exulta en Dios su Salvador, porque Él eligió a una joven pobre y pequeña para su plan de salvación. De repente, María ve toda la historia con los ojos de este descubrimiento. Nada ha cambiado a su alrededor: la situación sociopolítica de su época sigue siendo la misma, con los romanos que dominan su tierra y su pueblo dividido y humillado. Sin embargo, todo ha cambiado dentro de ella, y eso le permite ver lo invisible. Dios ya ha hecho proezas con el poder de su brazo, ya ha dispersado a los soberbios, ha derrotado a los poderosos, ha elevado a los humildes, ha colmado de bienes a los hambrientos y ha despedido a los ricos con las manos vacías. Él ya ha auxiliado a Israel, su siervo. Dios «se pone de parte de los últimos. Su proyecto a menudo está oculto bajo el terreno opaco de las vicisitudes humanas, en las que triunfan “los soberbios, los poderosos y los ricos”. Con todo, está previsto que su fuerza secreta se revele al final».

La Virgen María no sólo nos enseña a ver la obra invisible de Dios, sino que dirige también nuestra mirada «a los puntos de fractura de la humanidad, allí donde se produce la distorsión del mundo, en el contraste entre humildes y poderosos, entre pobres y ricos, entre sacios y hambrientos», enseñándonos «a adquirir un punto de vista diferente para mirar el mundo desde abajo, con los ojos de quien sufre, no con la óptica de los potentes; para ver la historia con la mirada de los pequeños y no con la perspectiva de los poderosos; para interpretar los acontecimientos de la historia desde el punto de vista de la viuda, del huérfano, del extranjero, del niño herido, del exiliado, del fugitivo». De esta manera, la Virgen se convierte en «poetisa y profetisa de la redención», porque de sus labios brota «el himno más fuerte e innovador que jamás se haya pronunciado, el Magníficat; es ella quien revela el diseño transformador de la economía cristiana, el resultado histórico y social, que aún hoy deriva del cristianismo su origen y su fuerza».

Encomiendo, dice al final, esta misión a la Madre de Cristo, a la mujer del Magníficat, para que acompañe nuestros pasos en el presente que cambia y custodie en cada uno de nosotros la confianza en el Evangelio, de modo que podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios”. (nn 243 – 245).

La Misión de Consolación

Siendo Consolata un verbo, expresado en activo y en pasivo, se hace vida como acción o sea, con verbos: 

  • salir, caminar; 
  • ir, entrar; 
  • mirar, contemplar; 
  • estar, acompañar; 
  • permanecer, agradecer; 
  • enseñar, aprender; 
  • sufrir, cantar; 
  • consolar, ser consolado; 
  • esperar, liberar; 
  • salvar, resucitar.

María Consolata aparece en el Evangelio casi que como conjugando estos verbos que hemos elencado: 

  • Mujer que escucha y acoge: en la Anunciación recibe la alegría del Señor: “Alégrate, llena de gracia” (Lc 1,28). Antes de consolar, María es consolada.
  • Mujer presurosa (sin pereza): sale y va  a compartir la consolación recibida. En la Visitación se levanta y camina hacia Isabel. El corazón que ha encontrado a Dios se vuelve misionero.
  • Madre valiente que permanece de pie, junto al dolor humano: “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre” (Jn 19,25), sosteniendo la vida, elevando el ambiente.
  • Amiga discreta y atenta: participa activamente, sin protagonismos, en la Boda - fiesta de la humanidad, animando la esperaza.
  • Discípula orante: acompaña y anima las comunidades, como la Apostólica  de los inicios en Jersalén, encerradas por miedo o trancadas en la comodidad.

Esa misma presencia quiso Allamano para sus misioneros: personas capaces de ir siempre más allá, ad gentes, entrar en el corazón de las gentes, sus culturas y contextos; acompañar, escuchar, sanar heridas y sembrar esperanza; promover y defender la vida, elevar los ambientes; orar y agradecer. No una misión de poder, sino de cercanía. No una evangelización fría, sino llena de humanidad.

Para San José Allamano la misión nace del amor recibido. Quien se siente consolado por Dios no puede guardarse esa experiencia. Sale al encuentro de otros para compartir con ellos la consolación recibida. Así comprendió la misión ad gentes: compartir el Evangelio desde la compasión y la alegría. Por eso su espiritualidad tiene un corazón y un rostro materno. Evangelizar es “consolar”: estar junto al pobre, al indígena, al afrodescendiente, al migrante, al enfermo, al joven que busca orientación, a la mujer herida, a los pueblos empobrecidos, olvidados y excluidos, a los adultos mayores en soledad. Allí María Consolata sigue caminando, como diciendo, la ternura valiente también transforma el mundo.

Los dos Postulantes, que se presentan hoy para integrarse a la misión de Dios propuesta por San José Allamano en el Instituto Misiones Consolata - IMC, nos invitan a orar con ellos y por ellos:

Señor Jesús, Misionero del Padre
invocamos tu compañía para Hugo y Manuel
te agradecemos por el camino que empiezan
por ese SÍ generoso que brota de sus juveniles corazones .

Gracias por sus familias 
por los Misioneros de la Consolata
por todas las personas que acompañan  este sueño misionero.

Que María Consolata los consuele con su enérgica ternura
San José Allamano los inspire con su ardor y perseverancia
tu Espiritu Santo les transmita alegria, fidelidad y valentía
para testimoniar el Evangelio hasta los confines del mundo.

Haz de esta celebración un momento de esperanza, 
comunión y gratitud para todos.

Amén

martes, 16 de junio de 2026

Misión Ad gentes

  Misioneros y Misioneras de la Consolata en Colombia

Creación con el Chat GPT

“La Misión ad gentes" 

 El tema Misioneros y Misioneras de la Consolata, no está de moda por estos días, aunque sea muy bien valorado y reconocido en la Conferencia Episcopal, presidida hoy por uno de sus miembros.

La Iglesia institucional quiere salir de las sacristías, vivir en salida permanente, en sintonía con el Papa Francisco, pero faltan Misioneros que entiendan del asunto y quieran apoyarla u orientarla, desde sus Iglesias particulares, a asumir los riesgos de las salidas, con contenidos y metodologías adecuadas, dejando a un lado las efímeras seguridades de las pequeñas o grandes estructuras. Esta es la misma tarea, específicamente misionera ad gentes, desempeñada por San José Allamano en y desde su Iglesia Particular del Piamonte italiano. Se llama hoy, Animación Misionera.

Buscamos misioneros, dicen los obispos, esperamos misioneros gritan los pueblos, queremos asesoría, retiros, cursos de formación, materiales, contenidos misioneros. Necesitamos candidatos reclaman las Instituciones misioneras en Europa y las Américas. ¿En dónde están? ¿En dónde los podemos buscar? ¿En dónde los podemos encontrar? En la África subsahariana y algunos países del Asia, se responde a nivel global. Y ¿en Colombia?

Intento contar “dónde están” o deberían estar los Misioneros y Misioneras de la Consolata. Empiezo por aclarar términos: los Misioneros y Misioneras de la Consolata son o existen  para “salir e ir más allá”, “Ad Gentes, a compartir la “verdadera Consolación, Cristo Jesús. Somos, por origen e identidad, enviados   a pueblos, culturas y ambientes donde todavía no han recibido el Primer Anuncio o lo han recibido de manera insuficiente. Pero la misión es una realidad mucho más amplia: toda la Iglesia existe para anunciar a Jesucristo y servir al Reino de Dios. La misión ad gentes es una modalidad fundamental, pero no es la única.

El magisterio misionero (especialmente desde Ad Gentes, en el Vaticano II, Evangelii Nuntiandi, Redemptoris Missio, Evangelii gaudium, Aparecida, COMLAs, etc) distingue varias formas: Misión ad gentes (hacia los pueblos); Misión pastoral (o de cuidado de las comunidades cristianas), dirigida a comunidades donde la fe ya está presente, pero necesita ser: alimentada, celebrada, profundizada, fortalecida, esta es la misión cotidiana de parroquias, diócesis y comunidades; Misión de nueva evangelización, dirigida especialmente a personas y sociedades que han conocido el cristianismo, pero se han alejado de la fe o viven como si Dios no existiera y busca reavivar la fe, despertar la conversión, recuperar la relación con Cristo; Misión de frontera o misión en las periferias, en aquellos lugares donde la vida humana está más herida, como entre los pobres, migrantes, excluidos, víctimas de violencia, periferias urbanas y existenciales; Misión de diálogo con otras religiones, con las culturas, con la ciencia, con quienes no creen, sin renunciar al anuncio pero buscando caminos de encuentro y testimonio;  Misión ad intra (hacia dentro de la Iglesia), de renovación interna, conversión de los creyentes, formación de discípulos, renovación comunitaria, reforma de estructuras para servir mejor, donde se trata de evangelizar continuamente a sus propios miembros; Misión social y de transformación del mundo, dimensión inseparable del Evangelio, que incluye la promoción de la vida con dignidad, justicia, paz y ecología integral; y, particularmenete hoy, la misión en el continente digital.

Desde la perspectiva de San José Allamano y el carisma transmitido, estas modalidades no se oponen, varias se cruzan transversalmente y se complementan: la misión ad gentes que es el núcleo y el horizonte original de toda la misionariedad de la Iglesia, es al mismo tiempo, ad extra, ad pauperes y ad vitam. Toda ella se realiza con un corazón consolado por el “Otro Consolador”, enviado a consolar, con y como María Consolata, allí donde la humanidad y la creación lloran o gimen, necesitadas de esperanza en una vida resucitada.

En Colombia el Instituto Misionero de la Consolata ha identificado su núcleo y horizonte “ad gentes” con pueblos originarios o indígenas; pueblos, poblaciones y territorios amazónicos; afrodescendientes; conglomerados de las periferias urbanas; y juventudes. Ese conjunto denominado Opciones misioneras, hoy constituye su “ad gentes”. En él se encuentran los “otros”, culturalmente diferentes, con quienes se debe dialogar intercultural e interespiritualmente; los pobres, más pobres y empobrecidos, a quienes se les debe acompañar solidariamente en sus búsquedas de liberación, promoción humana, justicia, paz y cuidado de sus territorios o rincones en las periferias urbanas y de la geografía nacional; las diversas juventudes (indígenas, afro, campesinas, urbanas, etc.) que constituyen hoy el “primer lugar ad gentes”, no evangelizado. En sus opciones misioneras debe invertir sus mejores fuerzas y esfuerzos. Todos los otros servicios y actividades en la Región, deberían estar orientados a sus Opciones y al apoyo de la misión ad gentes “más allá, de sus fronteras” geográficas, en comunión y colaboración con el Instituto global.

¿Qué ha pasado entre ayer, 1947, y hoy, 2026?

Los jóvenes colombianos, casi desde la llegada de los Misioneros de la Consolata, entraban numerosos a los seminarios en San Félix, Bogotá, Manizales, Medellín, Bucaramanga, etc., y el Instituto contaba con Misioneros, Padres o Hermanos, para realizar su misión ad intra y ad extra e intercambiar servicios y formandos dentro de la estructura organizativa interna. Hoy no consigue responder con holgura ni a los llamados de la misión, ni a las necesidades de la misma institución. El descenso y desequilibrio está siendo más que evidente. El momento actual requiere mucho valor, creatividad, fe convertida en confianza y coraje de cambiar: es tiempo de reestructuración, de integración de actividades, de reaprender a vivir en comunidad, de cerrar presencias, de trabajar en equipos internos y abiertos a la participación con otros, diocesanos, religiosos y/o laicos jóvenes y adultos.

Se puede negar lo que está pasando, por miedo a afrontar la situación; lanzarse atolondramente a la captura de vocaciones; importar refuerzos humanos de otros lugares, como al inicio, para que conserven lo asumido o construido, cuiden de los mayores y sostengan la Institución, aunque no la misión. Afortunadamente los discernimientos y toma de decisiones son comunitarios y entonces suele predominar la sensatez y de pronto la parresia y el profetismo, cuando no la prudencia o el miedo.

Corresponde afrontar con lucidez y cordura la situación y prepararse para la visita de la nostalgia, la perplejidad y la impotencia, que llegan con su banda sonora de lamentos, ayes, rabias, críticas y hasta lágrimas. Dejarles pasar, saludarles educadamente y permitir que se expresen con libertad, sin prolongar demasiado su visita. Poner cerrojos y alarmas para evitar la entrada de la culpabilidad (¿qué-se- ha-hecho-mal? ¿Quién lo ha hecho?) altamente tóxica que incordia mucho, no aporta nada bueno y es resistente al desalojo, una vez que se instala.

Una vez concluido ese duelo sanador, despojar las expresiones “somo pocos”, “no alcanzamos”, “no tenemos con quién”, “no entienden nada”. Mirar la realidad como una consecuencia de la coyuntura cambiante, de la contingencia y finitud que alcanza a las personas y a las instituciones.

En la Región IMC Colombia se han superado pequeñas crisis internas, cambios profundos en la teología misionera, la espiritualidad, las costumbres, las formas de vida comunitaria, las relaciones interpersonales e interculturales, el ejercicio de la autoridad, la práctica misionera y la formación de las nuevas generaciones. Hoy se siente el vacío de candidatos y se resiste a formalizar pactos o alianzas con las juventudes laicales y otras instituciones. Se han mantenido y mejorado con relativo éxito las estructuras, se ha gestionado la educación privada y la economía. No se está mal!, se escucha. Todo ello y mucho más, en medio de aciertos y errores, tratando de aprender de todos ellos.

¿Qué toca aprender ahora?

A gestionar creativamente el presente, tal como se presenta y enfrentar animosamente el futuro, sin perder la alegría que, según Jesús, no la puede quitar nadie. Conjugar el prever y el confiar, el realismo objetivo y los sueños utópicos, acoger bien y promover a los que llegan, sumar con los que solictan ayuda, cuidar y favorecer a los que están y permanecen. Seguir viviendo y e intentando, apasionadamente, el seguimiento de Jesús y trabajando por el Reino, en la Iglesia y con ella.

La Misión de Dios continua, no en “muchas misiones” separadas, sino en una única misión, la del Señor Jesús, confiada a la Iglesia y, en ella y por medio ella, al Instituto Misiones Consolata. Una secuencia teológica y práxica puede ser: Cristo Jesús → Iglesia → Misión única → Diversas modalidades → Instituto Misiones Consolata (ad gentes) Reino de Dios.