jueves, 24 de septiembre de 2026

La vida una oración

 Orar es aprender a vivir en relación

(Eduardo Reyes, pensando La Consolata "A la mano" desde la Amazonía, con la IA)

Un camino intercultural de encuentro

Esta reflexión nace de una pregunta relacionada con la oración del breviario católico. Un colega, misionero como yo, que lo usa todos los días, como medio de oración que aprendió desde muy joven, me pregunta: “¿Usted cómo ora?”

Hay preguntas que nacen sencillas y terminan llevándonos muy lejos y más a nosotros misioneros internacionales e interculturales. Una de ellas es esta sobre la oración que, en algún momento de la vida, puede surgir casi espontáneamente: ¿Usted cómo ora? o ¿Cómo se hace para orar? La pregunta puede venir de alguien que comienza su camino de fe, de una persona que atraviesa una situación de dolor, de quien busca un sentido nuevo para su existencia o, paradójicamente, de alguien que lleva muchos años rezando y se siente inquieto con la manera como lo ha venido haciendo hasta hoy.

Los Evangelios cuentan una experiencia semejante que tuvieron los discípulos de Jesús. Habían visto a su Maestro retirarse, permanecer en silencio, agradecer, suplicar, contemplar y hablar con el Padre. Algo en aquella manera de relacionarse con Dios los impresionó hasta el punto de pedirle: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). No le pidieron simplemente una fórmula. Querían aprender aquello que sostenía interiormente su vida y su misión.

La respuesta de Jesús comienza con una palabra que cambia toda la perspectiva: Padre. Antes de enseñar qué decir, Jesús revela con quién se entra en relación. La oración cristiana nace de una relación filial. Por eso invita también a entrar en lo secreto, a cerrar la puerta y encontrarse con el Padre que está allí (cf. Mt 6,6). El lugar de la oración no es solamente una habitación; es ese espacio interior en el que la persona deja de aparentar y puede presentarse ante Dios tal como es.

Jesús enseña también que la oración no depende de la abundancia de palabras. Dios no necesita ser informado ni convencido. El orante necesita abrirse a una presencia que lo precede y lo envuelve. Por eso el Padrenuestro se convierte en una escuela de vida: reconocer a Dios, desear su Reino, santificar su nombre, recibir el pan cotidiano, experimentar el perdón y aprender a perdonar, confiar y caminar en medio de las dificultades.

Pero Jesús no es el único maestro de esta escuela. Los Salmos enseñan que se puede llevar a Dios la existencia entera. El ser humano puede orar desde la alegría y desde el llanto, desde la gratitud y desde la angustia, desde la confianza y desde la protesta. “Desde lo profundo clamo a ti, Señor” (Sal 130,1), puede decir el que sufre. Pero también: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 118,24). La oración no exige estar bien para acercarse a Dios. Toda la vida puede convertirse en materia de oración.

Esto resulta particularmente significativo cuando se contempla la oración desde una espiritualidad de la consolación. Dios no está presente solamente cuando el ser humano llora en la aflicción. También puede ser encontrado cuando celebra, agradece, comparte, canta y experimenta la alegría. La consolación, entendida en profundidad, no pertenece exclusivamente al ámbito del sufrimiento. Hay una consolación que nace de la fiesta, de la amistad, del encuentro, de la belleza y de la vida compartida.

San Agustín llevará la búsqueda todavía más adentro. Después de haber buscado a Dios en muchos lugares, descubre que lo buscaba fuera cuando Él estaba más cerca de lo que imaginaba. Expresa su experiencia así en sus Confesiones: “¡Tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo fuera, y así por fuera te buscaba y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de aquellas cosas que, si no estuvieran en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste y quebraste mi sordera; brillante y resplandeciente, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste y deseo con ansia la paz que procede de ti” (Libro X, 27). Orar comienza entonces para él con el despertar a una presencia. No se trata de hacer venir a Dios, sino de descubrir que Dios ya está.

Por eso, quizá una persona que no sabe orar podría comenzar simplemente diciendo: “Señor, aquí estoy. Tú estás aquí”. Todavía no necesita explicar nada. Puede permanecer. Puede respirar. Puede guardar silencio. Ya ha comenzado a orar.

Santa Teresa de Jesús lleva esta experiencia al lenguaje de la amistad. Para ella, la oración, tal como lo expone en su libro Vida, “es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (V 8, 5). La expresión transforma profundamente la imagen del orante. Ya no se trata de alguien que recita palabras ante una divinidad distante, sino de una persona que entra en relación con alguien que la conoce y la ama.

Entonces se puede hablar con Dios de verdad: “Estoy cansado”. “Tengo miedo”. “Estoy agradecido”. “No entiendo”. “Estoy feliz”. “Necesito ayuda”. “Te presento a esta persona”. La oración deja de ser un discurso religioso y se convierte en conversación de vida.

Pero después de hablar aparece la necesidad de callar. Juan de la Cruz recuerda que existe una profundidad de la relación con Dios que no puede alcanzarse acumulando palabras. El orante aprende poco a poco a pasar de hablar con Dios a estar con Dios. Aprende a permanecer incluso cuando no siente nada extraordinario. El silencio deja de ser vacío y se convierte en espacio de acogida.

San Ignacio de Loyola enseñará otro modo de entrar en la oración: contemplando. Esta oración no es tanto para meditar, para reflexionar acerca del texto bíblico, sino para gustar y sentir, saborearlo. El Evangelio deja de ser solamente un texto que se estudia y se convierte en un acontecimiento en el que se entra. El camino de Emaús puede convertirse en mi camino. Puedo caminar con aquellos discípulos, escuchar su conversación, reconocer su decepción y contemplar a Jesús que se aproxima. Puedo preguntarme: ¿dónde estoy yo en este camino? Quizá también estoy caminando sin reconocer al Señor.

Después puedo hablar con Jesús “como un amigo habla con otro amigo”. La oración se vuelve así una experiencia de encuentro con el Evangelio y con la propia existencia.

San Francisco de Asís nos amplía todavía más el horizonte. Para él, la creación entera puede convertirse en alabanza. El sol, el agua, el fuego, la tierra, los hermanos y hasta la propia fragilidad pueden conducir hacia Dios. La oración sale de los límites del espacio religioso y se prolonga en la vida. Se puede orar caminando, contemplando, sirviendo, cuidando y agradeciendo.

San Carlos de Foucauld añadirá la dimensión del abandono: “Padre mío, me abandono a Ti”. Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío”.

La oración alcanza aquí un momento decisivo: dejar de pretender controlar a Dios para aprender a poner la propia existencia en sus manos. Ya no se trata solamente de pedir que Dios haga lo que nosotros queremos, sino de abrirnos a descubrir qué quiere hacer Dios en nosotros.

María de Nazaret aparece silenciosamente en medio de esta escuela de oración. Lucas dice que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). María no comprende todo inmediatamente. Guarda, contempla, relaciona, medita y camina. Su oración es una manera de habitar el misterio de la vida. Por eso puede ser contemplada como maestra de una pedagogía del encuentro: escuchar, acoger, guardar, meditar, discernir, responder y caminar.

San José Allamano entiende que no se puede separar la oración de la misión. El misionero no anuncia simplemente desde lo que sabe, sino desde aquello que ha transformado su propia vida. La oración conduce al encuentro con Dios y ese encuentro conduce al encuentro con los demás. El que ha experimentado la consolación puede convertirse en consolador; el que se ha sentido acogido puede convertirse en acogedor; el que ha recibido misericordia puede convertirse en misericordioso. Podrá vivir al ritmo de la Eucaristía, la máxima oración. 

(Jessica, comunicadora, desde el Paraguay)

Cuando aterrizamos en Amerindia, aparece una pregunta nueva y necesaria: ¿Qué podemos aprender de los pueblos originarios acerca de la oración?

Esta pregunta modifica la actitud del misionero preparado y enviado a enseñar a pueblos que no sabían orar. Una perspectiva verdaderamente intercultural descubre algo diferente: los pueblos originarios poseen profundas experiencias espirituales y formas propias de relacionarse con el Misterio. No existe una única “oración indígena”, porque tampoco existe una sola cultura indígena. Hay una extraordinaria diversidad de pueblos, lenguas, territorios, historias y tradiciones. Precisamente por eso, el primer paso consiste en escuchar para no caer en generalizaciones o descalificaciones.

Al entrar respetuosamente en diálogo con diversas experiencias originarias de América, podemos descubrir algunas sensibilidades que enriquecen la pregunta cristiana por la oración. En muchas de ellas, la experiencia espiritual está profundamente vinculada con la comunidad, la tierra, el territorio, la memoria, la palabra, el canto, la celebración, el cuerpo, la gratitud y el cuidado de la vida.

Entonces la pregunta ya no es solamente: ¿Qué palabras hay que decir para orar? Aparece otra mucho más amplia: ¿Cómo se aprende a vivir en relación con el Misterio?

El territorio adquiere aquí una importancia particular. Para muchos pueblos originarios, la tierra no es simplemente un espacio geográfico. Es casa, memoria, alimento, historia, identidad y lugar de relaciones. El río, la montaña, el bosque, la parcela, el camino y el cielo forman parte de una trama vital. Desde esta sensibilidad, orar puede significar también aprender a escuchar el territorio.

El misionero puede preguntarse: ¿Qué me está diciendo este lugar? ¿Qué historia guarda? ¿Qué vida sostiene? ¿Qué heridas tiene? ¿Qué relación tiene este pueblo con la tierra que habita? La oración se convierte entonces en contemplación, pero también en responsabilidad. La persona que ora ya no puede mirar la creación únicamente como un objeto para utilizar. Aprende a recibirla como don y a cuidarla como casa común.

También el cuerpo puede convertirse en oración. La voz, las manos, los pies, el canto, el movimiento, la danza, los símbolos y el silencio pueden expresar una relación espiritual. La oración no pertenece exclusivamente al pensamiento. Todo el cuerpo puede participar en el encuentro con Dios.

Aparece entonces otra enseñanza: la oración puede ser fiesta, canto, danza, reunión alrededor de una mesa, agradecimiento, celebración de la vida, en profundo dialogo con la Eucaristía, que significa acción de gracias. La mesa eucarística recuerda que la vida recibida se convierte en acción de gracias y que la acción de gracias se convierte en comunión.

Aquí la espiritualidad cristiana y las diversas experiencias simbólicamente celebrativas de los pueblos originarios pueden encontrarse sin confundirse. El diálogo intercultural no consiste en mezclarlo todo, sino en reconocer, discernir y dejarse enriquecer por aquello que el otro puede revelar.

La dimensión comunitaria introduce otra pregunta. La oración occidental ha desarrollado ampliamente la relación personal con Dios, pero las experiencias comunitarias amerindias nos recuerdan con fuerza que el ser humano no existe aislado. La persona tiene familia, comunidad, territorio, historia y memoria. Por eso no solamente existe el “yo” que ora: “Señor, ayúdame”. Existe también el “nosotros”: “Señor, ayúdanos”. No solamente: “Te doy gracias por mi vida”, sino: “Te damos gracias por la vida que compartimos”.

La oración se convierte así en experiencia comunitaria en donde la gratitud adquiere una profundidad especial. Antes de pedir, se reconoce lo recibido: la tierra, el agua, los alimentos, los frutos, los mayores, los niños, la comunidad, la vida. La primera palabra puede ser sencillamente: “Gracias”. Esto nos conduce al corazón mismo de la Eucaristía cuando reconocemos que la vida no es solamente algo que poseemos, sino algo que recibimos.

Finalmente aparece la escucha. Escuchar al anciano, al niño, escuchar al territorio, la comunidad, escuchar el silencio, la Palabra, el Espíritu. Esto ofrece y exige al misionero una gran conversión: pasar de entenderse o ser entendido como alguien que llega para enseñar algo a un discípulo que quiere aprender. No abandona el anuncio del Evangelio, sino que lo vive de otra manera: anuncia y escucha; enseña y aprende; ofrece y recibe; acompaña y se deja acompañar. La misión se convierte así en escuela de reciprocidad.

Entendida la oración desde la perspectiva de la pedagogía intercultural aprendemos con las comunidades, el pueblo y el territorio, a reconocer la presencia de Dios y del Misterio en la vida.

Desde esta perspectiva, las distintas escuelas de oración comienzan a formar un único camino: Jesús enseña a entrar en lo secreto - los Salmos enseñan a llevar toda la vida a Dios - Agustín enseña a buscar en el interior - Teresa enseña el trato amigo - Juan de la Cruz enseña el silencio - Ignacio enseña la contemplación - Francisco enseña la alabanza - Foucauld enseña el abandono - María enseña a guardar y meditar - Allamano enseña a transformar la oración en misión - las diversas sabidurías orantes de los pueblos originarios nos recuerdan la dimensión comunitaria, territorial, corporal, celebrativa, agradecida y relacional de la experiencia espiritual.

Iconos de Cláudio Pastro - Casa de Retiro Santo André, Rondinha - Brasil (Julio Caldeira)

No se trata de poner todas estas tradiciones al mismo nivel ni de borrar sus diferencias. Se trata de entrar en diálogo intercultural, reconociendo que cada tradición tiene su propio núcleo identitario, su propio contenido doctrinal y sus específicas prácticas. Que el encuentro respetuoso puede abrir nuevas posibilidades de comprensión. Entonces las repuestas a la pregunta inicial comienzan a ampliarse: ¿Cómo se hace para orar? Quizá se aprende deteniéndose, escuchando, contemplando, hablando con Dios, callando, agradeciendo, celebrando, caminando, cuidando, compartiendo, sirviendo y, sobre todo se aprende encontrándose.

Cuando se entiende la oración como una pedagogía metodológica del encuentro con Dios, consigo mismo, con el otro, con la comunidad, con la creación y con el territorio y ese encuentro es auténtico, algo comienza a cambiar: quien ha sido escuchado aprende a escuchar, quien ha sido acogido aprende a acoger, quien ha sido consolado aprende a consolar, quien ha recibido misericordia aprende a ser misericordioso, quien ha encontrado a Dios aprende a reconocerlo también en el rostro del otro.

Por eso la oración no termina cuando dejamos el lugar donde estábamos orando, sale con nosotros al camino y entra en la comunidad, se sienta a la mesa, habita el territorio, visita al enfermo, se aproxima del que está solo, participa con quien celebra, vive la misión. Al entrar de nuevo, interiorizamos, volvemos al silencio y allí descubrimos que Aquel a quien buscábamos en la oración ya estaba caminando con nosotros.

Tal vez, entonces, la pregunta más profunda no sea solamente: ¿Cómo aprendo a orar?, sino ¿Cómo aprendo a vivir de tal manera que toda mi vida pueda convertirse en encuentro con Dios? Cuando la oración llega a ese punto, deja de ser simplemente un momento, en algún espacio específico y con la ayuda de algún instrumento, durante la jornada, para convertirse en una manera de vivir. Esto no exige eliminar las prácticas  y los métodos que cada tradición consolida y transmite a quienes hacen parte de ella, pero sin necesidad de convertirlas en normas obligatorias u obsesivas.

En la vida cotidiana se cultiva, de manera natural, el silencio y la palabra, la soledad y la comunidad, el dolor y la alegría, la contemplación y la misión, la tierra y la mesa, la escucha y el servicio, las practicas tradiciones y las innovaciones ocasionales. Todas, las propias y las de los demás, pueden converger en una común oración en el encuentro. A este punto del camino el misionero, a quien le preguntamos al inicio, ha pasado de alguien que “enseña a orar” a alguien que “aprende a orar con los otros”, sin perder la identidad cristiana ni temer o despreciar las de los otros.

martes, 22 de septiembre de 2026

Paciencia como CriSol

 La paciencia como criterio en toda acción

Este breve texto, críticamente analizado con el apoyo de la IA, nos ofrece luces para nuestra evaluación: "Yo era un producto de la mentalidad del "aquí te pillo, aquí te mato" tan típico de los años sesenta: hacíamos alguna innovación cultural y si no "pegaba" en seguida, simplemente concluíamos que nos habíamos adelantado a nuestro tiempo o que la cultura n estaba preparada, así que lo dejábamos y probábamos otra cosa" (Ram Dass y Marabai Bush, La compasión en acción: el poder del corazón, Gaia, Madrid, 1994, p.78).

El texto de Ram Dass puede entenderse como una crítica muy lúcida a una determinada mentalidad cultural de los años sesenta, pero también como una reflexión más amplia sobre cómo evaluamos las experiencias, las innovaciones y los procesos de cambio.

1. ¿Qué quiere decir con “aquí te pillo, aquí te mato”?

La expresión alude a algo inmediato, rápido, espontáneo y poco paciente. Aplicada a la innovación cultural, significa aproximadamente: Probamos algo nuevo; si funciona inmediatamente, seguimos; si no funciona pronto, lo abandonamos.

Ram Dass (Richard Alpent), psicólogo y profesor norteamericano,  reconoce que él mismo participaba de esa lógica. Su razonamiento era: innovación → prueba → resultado inmediato → éxito o abandono. Si la propuesta no tenía acogida, podían aparecer explicaciones como: Nos adelantamos a nuestro tiempo. La gente todavía no está preparada. La cultura no puede comprenderlo todavía. Probemos otra cosa. El problema que descubre posteriormente es que los procesos humanos profundos no funcionan necesariamente con esa lógica de inmediatez.

2. El fundamento antropológico

Una innovación cultural, educativa, espiritual o pastoral puede tener un tiempo de maduración. Hay una diferencia entre: resultado inmediato y proceso transformador. Una semilla no fracasa porque al día siguiente no haya dado fruto. Podríamos expresarlo así: La lógica de la eficacia inmediata mide el resultado; la lógica de la transformación acompaña el proceso.

Esto tiene una profunda raíz antropológica. El ser humano aprende, cambia sus convicciones, modifica sus hábitos y transforma su cultura mediante procesos de experiencia, reflexión, apropiación, interacción y tiempo. Por eso una propuesta puede no producir efectos visibles inmediatamente y, sin embargo, estar generando condiciones para un cambio posterior.

3. También incluye una crítica a la cultura del éxito

El texto puede leerse como una crítica anticipada a algo que hoy llamaríamos cultura de la inmediatez. La pregunta deja de ser: “¿Es esto verdadero, valioso o humanizador?” y pasa a ser: “¿Está funcionando inmediatamente?”

Es una diferencia importante. Porque una idea puede ser: verdadera pero difícil de comprender; buena pero exigente; innovadora pero prematura; necesaria pero impopular; transformadora pero lenta.

Por eso la falta de éxito inmediato no demuestra necesariamente el fracaso de una propuesta. Pero tampoco demuestra automáticamente que sea buena. Y esta segunda precisión es importante para interpretar correctamente a Ram Dass: decir “nos adelantamos a nuestro tiempo” puede ser una explicación válida, pero también puede convertirse en una manera de evitar una evaluación crítica del propio proyecto.

4. Fundamentación pedagógica

El texto puede relacionarse directamente con varios modelos pedagógicos.

John Dewey, experiencia y aprendizaje: aprender no consiste simplemente en recibir una información, sino en entrar en un proceso de experiencia, acción, reflexión y reconstrucción de la experiencia. Por eso una innovación educativa no debería juzgarse únicamente por su efecto inmediato. Podríamos representar el proceso: experiencia → reflexión → reconstrucción → nueva experiencia → aprendizaje.

David Kolb, aprendizaje experiencial: su modelo de aprendizaje, muy conocido se puede sintetizar en experiencia concreta → observación reflexiva → conceptualización → experimentación activa → nueva experiencia.

Aquí aparece algo fundamental para interpretar a Ram Dass: una experiencia puede necesitar varias vueltas del ciclo antes de producir un aprendizaje significativo. Por tanto, si después de la primera experiencia decimos “no funcionó” y abandonamos, quizá estamos interrumpiendo prematuramente el proceso de aprendizaje.

5. Una conexión todavía más profunda: Paulo Freire

También puede relacionarse con Paulo Freire, para quien la transformación no consiste en aplicar mecánicamente una fórmula. Supone: experiencia → toma de conciencia → diálogo → praxis → transformación. La palabra clave es praxis: acción reflexionada y nuevamente llevada a la acción. Por eso una innovación social o educativa necesita entrar en diálogo con las personas y con su contexto. No basta decir: “Tengo una buena idea”. Hay que preguntarse: “¿Cómo la recibe la comunidad? ¿Qué necesita modificar? ¿Qué elementos del contexto debe incorporar? ¿Qué aprendizajes genera?”.

6. Una conexión con la pedagogía intercultural misionera.

La misión ha tenido muchas veces la tentación de pensar: Tenemos una propuesta; la ofrecemos; si la gente la acepta, funciona; si no la acepta, fracasamos. La pedagogía del encuentro introduce otra lógica: Llegamos → nos encontramos → escuchamos → aprendemos → discernimos → proponemos → acompañamos → evaluamos → volvemos a aprender.

Esto cambia radicalmente la comprensión de la misión. El misionero no es solamente portador de una propuesta, sino también aprendiz dentro del proceso misionero.

El misionero, ser en éxodo permanente, sale no solamente de su territorio, sino también de sus certezas previas. Por eso podemos inferir que la misión no consiste en llegar con una respuesta preparada, sino en entrar en un proceso de aprendizaje compartido en el que el Evangelio y la cultura se encuentran, se escuchan y se transforman mutuamente, como hacía Jesús, pedagogo del encuentro, especialmente en el relato de Emaús: acercarse, caminar, escuchar, preguntar, interpretar, compartir la mesa y finalmente enviar.

7. Dimensión espiritual

Desde una perspectiva cristiana, el texto de Ram Dass puede iluminarse con la pedagogía de la paciencia. El Reino de Dios aparece en el Evangelio mediante imágenes de procesos: la semilla que crece; el grano de mostaza; la levadura; la vid que produce fruto; el sembrador que espera.

La lógica evangélica no es simplemente: hacer → obtener resultado. Es también: sembrar → cuidar → esperar → discernir → cosechar.

Por eso la misión necesita combinar dos virtudes aparentemente opuestas: audacia para innovar + paciencia para acompañar. La innovación sin paciencia puede convertirse en activismo. La paciencia sin innovación puede convertirse en inmovilismo.

8. Una lectura crítica

Ram Dass reconoce que cuando algo no funcionaba inmediatamente, él tenía dos explicaciones disponibles: “Nos adelantamos a nuestro tiempo” o “la cultura no estaba preparada”. Pero puede haber una tercera explicación: Tal vez nuestra propuesta no era suficientemente apropiada.

Epistemológicamente hablando, cuando una innovación fracasa, hay que considerar varias hipótesis: A. La idea era mala. B. La idea era buena, pero estaba mal aplicada. C. Era adecuada, pero faltaban condiciones. D. Necesitaba adaptación cultural. E. Requería más tiempo. F. Era demasiado adelantada para el contexto. La sabiduría consiste en discernir cuál de estas explicaciones corresponde realmente a cada caso, en lugar de utilizar siempre “nos adelantamos a nuestro tiempo” como justificación.

9. Una reformulación posible de Ram

La transformación humana y cultural no puede medirse exclusivamente por sus resultados inmediatos. Toda innovación significativa necesita un tiempo de experimentación, apropiación, diálogo, adaptación y maduración. Por ello, cuando una propuesta no produce una respuesta inmediata, antes de abandonarla es necesario preguntarse si ha fracasado realmente, si requiere ser transformada o si necesita tiempo para echar raíces en las personas y en la cultura.

Principio de la paciencia transformadora

La misión, como cualquier acción, no abandona inmediatamente aquello que no produce resultados visibles; discierne, aprende, adapta, acompaña y permite que las semillas del encuentro tengan tiempo para germinar. 

En la Escuela del Encuentro, al estilo de Jesús, sería: acercarse, caminar, escuchar, preguntar, interpretar, compartir la mesa, esperar y enviar.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Aprendiendo a ser: de niña a mujer

 Mi vida – mi camino: un viaje con posada …

Quizá este retiro sea una oportunidad para detenerte en tu camino y mirar hacia atrás, recordar las etapas recorridas. De pronto puedas caer en la cuenta que no necesitabas tener todo claro cuando saliste de la casa y entraste en el colegio. Que lo importante ha sido el haber caminado y aprendido a hacerlo: a salir cada día y caminar, a caer y levantarte, a preguntar y escuchar, a recibir, dar y agradecer, a soñar y trabajar, a amar y dejarte amar, a confiar.

Quizá descubriste que, mientras tú pensabas que estabas caminando sola, Dios caminaba contigo, por eso hoy puedes decir: mi vida es un regalo, mi historia tiene sentido, en mi camino puedo marcar una etapa más, vencida. Lista para continuar, aún sin saber a ciencia cierta hacia dónde me llevará el camino. Quiero caminar, aún entre piedras, cruces y desvíos, con esperanza y valentía, sin olvidarme de “hacer el bien, bien hecho”, de la mano de Dios.

Parábola introductoria

Había una vez, en cualquier lugar de este mundo, una niña que comenzó a caminar sin saber exactamente hacia dónde iba.

 Al principio, otros decidían por ella: sus padres la llevaban de la mano, le indicaban por dónde caminar, la protegían de los peligros y celebraban cada pequeño paso que daba. Después llegó el colegio. Allí encontró maestras, compañeras, amigas, libros, juegos, dificultades, triunfos, lágrimas, risas y muchas preguntas. Casi sin darse cuenta, aquella niña fue creciendo.

Un día descubrió que ya no era la pequeña que necesitaba que le dijeran constantemente qué hacer, a dónde ir. Ahora le pasaban muchas ideas (sueños) por la cabeza y por su corazón, todo mezclado con infinidad de dudas y preguntas y casi ninguna respuesta clara: ¿Quién soy ahora?, ¿Qué quiero hacer con mi vida, ahora que me gradúe?, ¿Qué sé hacer o para qué soy buena?, ¿Qué pienso estudiar, dónde, cómo y con qué?, ¿Dónde me veo dentro de unos años?, ¿Con quién me veo en los próximos años? ¿Será que voy a encontrar mi lugar en este mundo?, ¿Seré feliz?

Muchas de estas preguntas me han venido acompañando últimamente. Me parece chévere recibir el diploma de Bachiller, pero me preocupa lo que viene. Algunos asuntos los tengo claros, aunque siento que mi vida tomará un nuevo rumbo, después de esta etapa alcanzada. Pienso que todos estos años de estudio me han ofrecido un método (del latín methodus, heredado del griego μέθοδος (méthodos), término compuesto por meta - “hacia”, “a lo largo de”— y hodós - “camino”), un camino orientado hacia un fin, la construcción consciente y responsable de mí misma, una dirección de mi pensar y actuar, proyectados en objetivos realizables. Me corresponde, mañana, dar el primer paso hacia mi futuro, aunque algo ya he previsto y realizado.  

1. Miro hacia atrás: mi camino ya tiene historia

Antes de preguntarme hacia dónde voy, hoy en este retiro, quiero mirar con gratitud de dónde vengo y cómo he hecho para llegar hasta aquí …

Me encuentro delante de rostros y de nombres: las personas que me dieron la vida, quienes me cuidaron, quienes creyeron en mí, quienes me enseñaron, me corrigieron, caminaron conmigo. También están mis amigas/os, mis compañeras, aquellas personas con las que compartí años que quizá nunca volverán a repetirse, experiencias, viajes, paisajes, aventuras. Encuentro también rostros de personas que me han hecho mal o me han ofendido de varias maneras. Con algunas me he vuelto a encontrar y otras no las he vuelto a ver, a alagunas las he perdonado y me he reconciliado, con otras no.

Están mis propios recuerdos, momentos de los que me siento orgullosa y otros que quisiera borrar, olvidar. Alguna vez he fracasado, me he sentido frustrada y hasta decepcionada de mí misma y de los demás. Ha habido momentos en que pensaba que no podía, que no veía, que no quería seguir.

Pero aquí estoy y aquí voy. Mi historia no está hecha solamente de éxitos y momentos felices, también de caídas, aprendizajes, heridas y oportunidades.

Por eso, no tengas miedo de mirar tu pasado. No puedes cambiar lo que ocurrió, pero sí puedes decidir qué hacer con aquello que te ocurrió, para no quedarte en el pasado. Una herida puede convertirse en amargura o en sabiduría. Un fracaso puede convertirse en derrota o en aprendizaje. Un error puede convertirse en culpa permanente o en una oportunidad para comenzar de nuevo, un dolor se puede transformar en sufrimiento o en desafío y superación. Tu pasado no tiene que ser una cárcel, puede convertirse en una escuela.

2. Descanso e interiorizo (guardo en mi corazón)

Ahora me vuelve la vieja pregunta: ¿Quién soy yo? No soy solamente la primera, ni la última de la clase, o de pronto sí.  Tampoco soy solamente lo que aparento con mi uniforme o mis trajes y maquillajes. No me reconozco por el número de seguidores que tengo en mi red social, ni la última imagen que subí a mi estado, ni mucho menos el avatar que construí. Tampoco siento que soy aquello que los demás dicen de mí. No soy mis errores, ni mucho menos lo que todavía no he conseguido, aunque algunas veces presuma.

Sé que soy una persona única, irrepetible, valiosa. Sé que hay algo en mí que me hace original y que nadie puedo ofrecérmelo de la misma manera que lo puedo hacer yo misma. Tengo talentos, sensibilidad, capacidades, amor para donar y necesidad de recibir. Tengo una manera propia de mirar el mundo y una historia que solo yo he vivido y seguiré construyendo.

Por eso, no quiero vivir mi vida intentando ser una copia de nadie. No necesito ser como aquella que (…). No pretendo tener resuelto hoy lo que quizá descubriré mañana, dentro de cinco o diez años. No tengo miedo de decir: todavía estoy descubriéndome y descubriendo el mundo y los demás. Inclusive, no sé qué quiero hacer con mi vida, pero estoy segura que las respuestas o propuestas aparecerán, pues entiendo que el camino se descubre y hace caminando. De un momento al otro una puerta se abre después de otra; una persona aparece en el momento inesperado; una experiencia despierta una vocación; un fracaso cambia mi dirección; una dificultad revela una fortaleza que desconocía. No tengo miedo que mi camino sea diferente al de las demás, pues es el mío.

4. Alguien camina conmigo

Desde la fe cristiana, que me han transmito y he vivido, sé que no estoy sola en este caminar, Dios no me ha creado para abandonarme después. Él conoce mi historia en la medida que yo la reconozco y la asumo. Conoce mis sueños y también mis miedos, mis preguntas, hasta las que nunca me he atrevido a expresar. Cree en mí incluso cuando yo misma dudo de mí.

Los Evangelios nos presentan al Emmanuel (Dios con nosotros), llamado Jesús, ese hermano, amigo y compañero en el camino. Lo presentan caminando con personas que tienen miedo, que se acerca a quienes están confundidos, que escucha a quienes necesitan ser escuchados, que levanta a quienes han caído y abre caminos allí donde parecía que ya no había ninguno. 

Quizá eso es precisamente lo que necesitas recordar hoy, al terminar esta etapa de colegio: no tienes que conocer todo el camino para continuar, pero si puedes reconocer el que ya has recorrido y dar el siguiente paso con seguridad y confianza.

5. Tu vida es una vocación

La palabra vocación significa llamada, aunque a veces se reduzca a la vocación sacerdotal, religiosa o misionera. Pero no, la vocación es mucho más amplia. Tu vida misma es una vocación, una llamada a ser plenamente tú, a desarrollar tus capacidades, a amar y servir. Todos tenemos una vocación, una llamada a ser feliz.  

Un día tendrás una profesión, pero esta no será toda tu vida, es apenas una capacitación para hacer lo que te gusta o te propones hacer. Una manera de realizar tu vocación. Por eso debes ampliar tus preguntas: “¿Qué quiero llegar a ser?” o sea, “¿Qué clase de persona quiero ser?” Porque puedes llegar a ser una excelente profesional sin corazón ni compasión. Puedes tener mucho dinero y olvidarte de los demás. Puedes alcanzar grandes éxitos y sentirte profundamente sola y vacía. Pero también puedes utilizar tus conocimientos, tus talentos y tu profesión para participar en la construcción de otro mundo posible, visto que este en el que vivimos no es el mejor.

6. Lleva un mapa y una brújula

Seguramente ahora mismo no tienes un mapa claro de tu futuro, pero si puedes elegir una brújula, que te ayude a decidir cuando tengas que escoger entre varios caminos. Esa brújula puede estar formada por valores, muchos de ellos ya sembrados en tu corazón: la ética, el respeto, la alegría, la verdad, la justicia, la solidaridad, la honestidad, la responsabilidad, la compasión, la misericordia, la consolación, la fe, el amor y muchos más.

Cuando no sepas qué decisión tomar te puedes preguntar: ¿Esto me hace crecer como persona? ¿Esto me acerca al bien? ¿Esto es ético? ¿Esto respeta mi dignidad y la de los demás? ¿Esto me hace más libre? ¿Esto me ayuda a amar y servir como Jesús? ¿Esto consuela, me hace instrumento de paz como al hermano Francisco de Asís? Quizá no siempre tendrás respuestas fáciles, pero contarás con una brújula dentro de ti que te orienta.

7. Y si alguna vez te pierdes …

Habrá días en que te sentirás fuerte y otros en que tendrás miedo. Algunos días dirás: voy por buen camino y otros pensarás: no sé dónde estoy. No tengas miedo de perderte alguna vez, hasta los caminos más hermosos tienen curvas, cruces y momentos de incertidumbre: para y pregunta, busca, escucha, ora, pide ayuda, comienza otra vez. Empezar de nuevo no es fracasar, muchas veces es la manera de encontrar el verdadero camino y poder continuar.

Mi camino

Ahora imagina delante de ti un camino. Este ha sido el camino de tu vida. Mira hacia atrás e identifica tres momentos que agradeces:

·        1. …

·        2. …

·        3. …

Después escoge una dificultad que pudiste superar y te hizo crecer. Recuerda a algunas personas que han sido importante para ti.

Finalmente mira hacia adelante y sorpréndete: ¡qué susto, hay mucho que hacer! El camino todavía no está ni trazado, pero, ¡qué lindo, me queda mucho por vivir!

Pregúntate en silencio: ¿Qué sueño quiero cultivar? ¿Qué miedo necesito entregar? ¿Qué persona quiero llegar a ser? ¿Qué regalo quiero ofrecer al mundo? ¿Qué le quiero pedir hoy a Dios para mi caminar?

Cuando mañana salgas del colegio, muchas cosas habrán cambiado: los horarios, el grupo de compañeras, los recorridos, hasta el morral. Algunas amistades continuarán, otras tomarán caminos diferentes, llegarán nuevas personas, nuevas experiencias, nuevos desafíos. Pero hay algo que nadie podrá quitarte: la posibilidad de seguir construyendo tu historia.

No permitas que otros escriban completamente tu vida, suelta lo que hay que soltar y acoge lo que más te convenga de lo que ves llegar. Escucha consejos, pero aprende a discernir, ama a quienes te acompañan, pero aprende también a caminar con autonomía, sueña en grande sin dejar de comenzar con pequeños pasos cada día. Y cuando tengas que elegir entre el camino más fácil o más rápido y el camino que te hace crecer, aunque sea más largo y difícil, recuerda que no siempre el más cómodo es el mejor.

Como la joven María de Nazaret, levántate y emprende el camino sin pereza ni miedo, arriesgando y enfrentando lo desconocido, pronta, con positiva actitud, dispuesta a acompañar a quienes necesitan ayuda para que la vida nazca y viva, como la anciana Isabel (Lc 1, 39-56). Entra en los mundos de los otros y llena el ambiente de alegría y buen sabor, al tiempo que saboreas lo que allí te ofrecen. ¡Sé sal, como propone Jesús! (Mt 5, 13-16).

domingo, 9 de agosto de 2026

Misión en la Frontera

 Misión intercultural en la frontera cultural

Colombia, Ecuador y Perú conforman uno de los espacios con mayor diversidad indígena de América del Sur. En conjunto reúnen más de 180 pueblos indígenas reconocidos oficialmente, con una población indígena aproximada de 10 a 12 millones de personas. Las cifras varían ligeramente según los censos y los procesos de autoidentificación, pero los datos oficiales más aceptados son los siguientes: en Colombia se reconocen 115; en Ecuador, 14 nacionalidades y 18 pueblos; en Perú, 55 para un total aproximado de 184.

Resulta particularmente interesante para los Misioneros de la Consolata, presentes en ese territorio desde la década de los cincuenta reflexionar hoy, día internacional de los Pueblos Indígenas, sobre este dato de la realidad tri fronteriza, desde ese “lugar teológico” llamado Amazonía, que reúne en una sola, dos de sus opciones misioneras: la amazónica y la indígena.

Los tres países comparten un corredor amazónico en donde los Misioneros de la Consolata han tenido una significativa convivencia con pueblos pertenecientes a grandes familias lingüísticas comunes. Con la ayuda del ChatGPT hemos elaborado esta síntesis infográfica:

  • Centro: imagen de la Virgen Consolata y San José Allamano.
  • Primer anillo: el mandato misionero (Mc 16,15; Mt 28,19; Lc 24,48; Jn 20,21).
  • Segundo anillo: las grandes familias lingüísticas (Quechua, Tukano, Arawak, Pano, Jíbaro, Bora-Witoto, Tikuna).
  • Tercer anillo: los pueblos transfronterizos.
  • Cuarto anillo: los territorios amazónicos (Caquetá, Putumayo, Vaupés, Napo, Pastaza, Morona, Loreto, Ucayali, Madre de Dios).
  • Anillo exterior: la presencia histórica de los Misioneros de la Consolata (1947–2027) y el horizonte de la CEAMA y Querida Amazonia.
  • Los ríos Amazonas, Putumayo, Caquetá, Napo y Marañón, como las líneas de la espiral, son el signo de una misión que une y sirve a pueblos y culturas que casi no cuentan para sus Estados.      

 Espero su reacción o comentario, aquí mismo. 

sábado, 8 de agosto de 2026

Aprendiendo a vivir conviviendo

 REVITALIZAR EL CONTRATO SOCIAL

Pedro Pierre, sacerdote diocesano en el Ecuador

             Todo grupo y toda sociedad necesitan de acuerdos mínimos para poder existir y vivir en armonía. Estos acuerdos contienen los deberes y los derechos que corresponden a las y los participantes. Por eso en una sociedad la vigencia de estos deberes y derechos conforman el “estado de derechos”. Desde hace 9 años estamos destruyendo este ‘estado de derecho’, tanto por los deberes que no cumplimos como por los derechos que se nos van quitando desde los gobiernos. Hemos entrado en una dictadura por las actitudes irrespetuosas de nuestros derechos por parte del presidente y porque la gran mayoría de los ecuatorianos nos hacemos cómplices de esta situación. El contrato social que nos organizaba está roto. Vamos a ir de mal en peor hasta que reaccionemos como país, hasta revalidarlo. Se trata de revitalizarlo para el bien de nuestro país y de nuestras familias, mediante la decisión de cumplirlo, defenderlo y emprender una nueva organización familiar y social. Mientras no lo hagamos, vamos a ir de mal en peor.

Para regresar a una convivencia civilizada debemos confirmar las bases de esta nueva organización social. He aquí un esquema que nos ayuda a entender cuáles son los criterios mínimos de toda organización social, sea la familia, el barrio o la sociedad. Partiremos de una gráfica que llamamos “el Árbol de la vida”. Los cristianos lo llamamos “el Árbol del Reino”. Veamos.

    El punto de partida, lo llamaremos la fuente" o Dios, es decir esta “Energía” que está al origen de todo y nos mantiene en existencia. Esta ‘Fuente’ está compuesta de 3 elementos básicos que sustentan y producen todo lo que existe. Los reconocemos con “vida, amor y comunidad” porque son los componentes del universo y de cada uno de nosotros los humanos y de todo lo que existe. 

Esta dinámica se transforma en un proyecto de “armonía” que forma el cosmos del cual participamos todas y todos. Podemos llamarla “Ecología” global que debemos respetar, lo que va más allá de “no destruirla”. Se trata de cuidarla y fomentarla de muchas maneras. Todo esto es la “Espiritualidad” que habita el universo y está viva en todos nosotros y nosotras.

Esta dinámica se desarrolla en 3 dimensiones: la naturaleza, la humanidad y la sabiduría. La “Naturaleza” está conformada por el conjunto de los 4 elementos de nuestro planeta (tierra, aire, agua y fuego) de los cuales nacen primero los vegetales y los animales. Son los “Bienes” que necesitamos para vivir y convivir. Esto supone una organización en torno al repartir para la satisfacción de las necesidades que todos. Esto se llama nada menos que la “Economía” que se encarga del compartir equitativo. Cuando falla la ‘economía’ aparece la “acumulación” por parte de pequeños grupos, se destruye la convivencia armoniosa provocando desigualdades y violencias.

El segundo elemento básico de la armonía global es la “Humanidad”, o sea, el conjunto de los humanos que nos necesitamos los unos a los otros para sobrevivir y crecer. Aquí, el proyecto es “cohabitar”, es decir, controlar el poder bajo sus distintas expresiones para desterrar la “dominación”, opresión y represión… Esto es el arte de la “Política” en la que estamos todos implicados. Si nos quedamos indiferentes, colaboramos en la multiplicación de relaciones destructoras.

El tercero elemento básico de esta armonía global es la participación consciente a la ‘Energía’ que nos habita y que se transforma en “Sabiduría”, es decir en el arte de vivir, convivir y “expresarnos” individual, colectiva y creativamente. De ahí surgen ideas, proyectos e “ideologías” para organizar la política, la economía y la espiritualidad. Cuando falla la sabiduría, usamos nuestra capacidad de crear vida y amor para engañarnos, mentir y distorsionar la verdad.

Hemos descubierto que tenemos 4 objetivos a dinamizar: espiritualidad, sabiduría, economía y política.  La espiritualidad fomenta el respeto por un orden cósmico hecho de vida, amor y comunidad que se encarna en sabiduría. Esta se traduce en un convivir armonioso -la política- en nuestras relaciones humanas. La política orienta el compartir equitativo -la economía- de los bienes y servicios que resuelven nuestras necesidades. De esta manera ejercemos la sabiduría que todos abrigamos, porque todos hemos recibidos nuestras capacidades espirituales, políticas y económicas. El desorden viene de la destrucción de la vida, del amor y de la comunidad, mediante la dominación sobre los demás, la acumulación de bienes, el rechazo a la verdad y el desconocimiento de la espiritualidad íntima de cada uno.

Todo esto es el sueño del cosmos -nuestro sueño-: el impulso de la energía primera, la dinámica de la fuente vital que todo lo mueve… si sabemos abrirnos a todas nuestras capacidades y posibilidades. “Vida, amor y comunidad”: ese es el llamado que nos acompaña y fortalece siempre, porque eso somos cada una y cada uno de nosotros. La Biblia nos lo describe en sus primeras páginas y nos dice: “Pongo delante de ti la vida y la muerte… Te invito a elegir la vida” (Deuteronomio 30,15-20)

Animémonos los unos a los otros a hacer, poco a poco, realidad el mensaje de este “Árbol de la vida” para nuestro bien individual y nuestro convivir nacional que tanto lo necesitan. Eso es el contrato social que necesitamos urgentemente.

Anhelos colombianos

 DISCURSO DEL SEÑOR PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA EN LA POSESIÓN DEL SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, DOCTOR ABELARDO DE LA ESPRIELLA 

Cali, 7 de agosto de 2026 

(Señor Presidente de la República; Señor Vicepresidente; Señores Congresistas; Señores Jefes de Estado, delegaciones internacionales y cuerpo diplomático; distinguidos representantes de las instituciones del Estado y de la sociedad civil; colombianas y colombianos) 

Nos reúne en esta tarde el singular acto de posesión presidencial que, como cada cuatro años en la historia reciente del país, convoca a las fuerzas vivas de la nación para dar inicio con solemnidad al mandato de quien ha sido elegido como Jefe de Estado. Por ello, uno mi voz a la de las colombianas y colombianos que desean expresarle al Presidente de la República, Doctor Abelardo de la Espriella, a su Vicepresidente, Doctor José Manuel Restrepo, y a todo el equipo de gobierno que los acompaña, los sinceros deseos de bienestar y bendiciones para el servicio que hoy emprenden en bien del país; para ello, tomo las palabras del salmo 84 con el deseo de que el amor y la verdad se encuentren, la justicia y la paz se abracen, que la verdad brote de la tierra y la justicia se asome desde el cielo (cf. Salmo 84, 11-12). 

Junto con nuestros buenos deseos, quisiera expresarle, Señor Presidente, tres anhelos que están en el alma del pueblo colombiano: 

En primer lugar, anhelamos la unidad de la nación, lo que no significa uniformidad, sino armonía, el resultado paciente de crear una sinfonía de relaciones, de reconocimiento del valor de quien piensa distinto y de comprensión de que el futuro se construye integrando. En esa tarea, mujeres y hombres estamos llamados a caminar juntos. El país necesita la inteligencia, la sensibilidad, la fortaleza y la capacidad de cuidado que cada persona aporta desde su propia vocación y responsabilidad. Solo una sociedad que valora plenamente la contribución de todos podrá avanzar hacia un desarrollo verdaderamente humano e integral para que nadie se sienta excluido ni discriminado.

 En segundo lugar, deseamos avanzar en el camino hacia la reconciliación y la paz que sigue siendo uno de los mayores anhelos de Colombia. Ellas florecen cuando se cultivan la verdad, la justicia, el perdón y la solidaridad. Se hacen realidad cuando disminuyen las desigualdades, cuando la corrupción cede su lugar a la transparencia, cuando la violencia deja de ser un lenguaje y cuando cada ciudadano descubre que el destino del otro también compromete el propio. La reconciliación y la paz necesitan ciudadanos responsables, instituciones sólidas y gobernantes capaces de escuchar, dialogar y decidir pensando en las generaciones presentes y futuras. 

Finalmente, Señor Presidente: anhelamos sostener la esperanza y la alegría. Como creyentes, sabemos que la esperanza no es ingenuidad, sino la fuerza que nos impulsa a perseverar. Colombia ha demostrado, una y otra vez, que posee una inmensa capacidad para levantarse y continuar. Esa esperanza debe traducirse en decisiones valientes, en gestos de perdón y reconciliación y en un compromiso renovado por el bien común que nos permita conservar y fortalecer la reserva moral, cultural y espiritual que tenemos como país pluriétnico, multicultural y biodiverso. Este anhelo nos lleva a pensar, de manera apremiante, en los millares de pobres que carecen con frecuencia de lo necesario para vivir y que están necesitados de vías concretas para su desarrollo humano integral. Como expresó el Papa Francisco, de feliz memoria: “Los pobres casi siempre son víctimas, no culpables” (spes non confundit 15). Promoviendo a los débiles, los vulnerables y los abandonados de la sociedad es como un gobernante adquiere grandeza. 

Estos anhelos los podremos hacer realidad si los asumimos como una tarea compartida entre todos: instituciones del Estado, gobernantes del orden nacional y local, familias, comunidades educativas, empresarios, trabajadores, campesinos, pueblos indígenas y afrodescendientes, jóvenes, adultos mayores, comunidades y diversas confesiones de fe y organizaciones de la sociedad que caminan juntos, como lo ha expresado recientemente el Papa León XIV, para leer en profundidad la realidad, promover la dignidad de cada persona, la cohesión de las comunidades, el cuidado de la casa común y el bien de todos (cf. Magnifica humanitas, 20). 

Concluyo con esta plegaria del Papa Francisco, en su encíclica sobre la fraternidad y la amistad social, Fratelli tutti: 

Oración a Dios Padre Creador Señor y Padre de la humanidad, 
que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad,  
infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal.

 Inspíranos un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz. 

Impúlsanos a crear sociedades más sanas y un mundo más digno, 
sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras. 

Que nuestro corazón se abra a todos los pueblos y naciones de la tierra, 
para reconocer el bien y la belleza que sembraste en cada uno, 
para estrechar lazos de unidad, de proyectos comunes, de esperanzas compartidas.

 Amén.

viernes, 7 de agosto de 2026

La bandera de Colombia

 Boyacá hoy: una independencia llamada Colombia

 

Cada año, el 7 de agosto recordamos la Batalla de Boyacá (1819), desde el 7 de agosto de 1925, cuando el Congreso de la República mediante la Ley 28 del 16 de febrero de 1925, sancionada por el presidente Pedro Nel Ospina, decretó día de fiesta nacional y de la Bandera tricolor. Cinco términos o palabras, cargadas de contenido simbólico y real, enmarcan esta memoria convertida en festividad: batalla, Boyacá, puente, independencia, Colombia.

Algunos que, por muchos motivos, tendremos el día libre, nos podemos preguntar ¿cómo vivir, llenando de sentido, este día de libertad, de tal manera que se prolongue e intensifique en el tiempo venidero? De pronto respondiendo a otra pregunta que nos leve más allá de lo que ocurrió en 1819, ¿qué dice Boyacá, hoy, a los colombianos, liberados de las obligaciones laborales?

La historia, como recuerdo del pasado, solo adquiere valor cuando ilumina el presente. Boyacá no puede reducirse a una efeméride patriótica, debe convertirse en una conciencia nacional. En medio del actual contexto socio-político colombiano, marcado por la polarización, la violencia persistente en algunos territorios, la desigualdad, la corrupción y la desconfianza institucional, la Batalla de Boyacá adquiere un significado profundamente actual. Allí se nos dio una patria, fruto de los padecimientos, la resistencia organizada y la lucha, aunque desigual, de los colombianos. No fue un milagro, fue una victoria conquistada.  

Una victoria construida por la diversidad

Con frecuencia imaginamos la independencia como la obra de unos pocos héroes. Pero el ejército libertador fue una comunidad profundamente diversa, no dividida: llaneros, campesinos, indígenas, afrodescendientes, criollos, mujeres y hasta niños que sostuvieron la campaña, junto con voluntarios extranjeros.

Su primera lección es que la nación nació de la diversidad. En una Colombia donde las diferencias políticas, culturales, regionales y hasta religiosas suelen convertirse en motivo de confrontación, Boyacá nos recuerda que la unidad no exige uniformidad sino propósito común, “unidad de intenciones”, como decía San José Allamano, “espíritu de cuerpo”. La independencia fue posible cuando personas muy distintas caminaron en la misma dirección.

La independencia política no basta

La batalla aseguró la libertad frente al dominio colonial, pero no resolvió automáticamente las desigualdades sociales, ni las exclusiones territoriales, ni la explotación ambiental. Por eso podemos afirmar que la independencia colombiana quedó históricamente inconclusa o mejor, quedo como tarea a ser completada.

Todavía existen territorios donde la presencia del Estado es frágil, comunidades afectadas por la violencia, pueblos indígenas y afrodescendientes que continúan luchando por el reconocimiento de sus derechos, millones de personas que experimentan pobreza o falta de oportunidades, lo mismo que selvas arrasadas, páramos y humedales desertificados, ríos y lagunas contaminadas, atmosferas poluidas, tierra gimiendo, esperando la paz ecológica e integral. La pregunta es inevitable: ¿qué significa ser verdaderamente independiente cuando persisten tantas formas de dependencia, exclusión, violencia y miedo? La libertad política debe convertirse en libertad psico espiritual para vivir con dignidad, en felicidad.

Boyacá frente a la polarización

En la Colombia de hoy es evidente la polarización. Con frecuencia el adversario político es tratado como enemigo moral, con el cual no se puede dialogar, ni siquiera encontrar, lo que destruye cualquier germen de comunión. Se trata de algo diabólico, generador de división. Boyacá nos muestra a unos protagonistas de la independencia que, aún con profundas diferencias, comprendieron que el futuro de la nación era más importante que las disputas particulares.

Razón tenía el papa Francisco cuando insistía en su encíclica Fratelli Tutti que una sociedad no se construye sobre la lógica del enemigo, sino sobre la amistad social.  Necesitamos una segunda independencia: la independencia respecto del odio, del resentimiento, del rencor, la venganza y la retaliación.

El territorio como lugar de la reconciliación

La campaña libertadora unió los Llanos y los Andes. No fue solo un desplazamiento militar; fue una articulación del territorio. Hoy Colombia necesita volver a encontrarse desde sus regiones. La Amazonia, el Pacífico, la Orinoquia, el Caribe, el Magdalena Medio, el Cauca y tantas periferias que no son márgenes de la nación, son parte esencial de su riqueza, fortaleza e identidad. Colombia es rica, hermosa y diversa. En ella, la esquiva paz vendrá cuando el país aprenda a mirar sus territorios con respeto, inversión, participación y cuidado. 

En ese proyecto hemos estados implicados desde nuestra llegada a Colombia en 1947, por el Puerto de Buenaventura, los Misioneros/as y Laicos de la Consolata. Los territorios no han sido únicamente espacios geográficos, sino humanos, culturales, espirituales y ecológicos, en los cuales hemos vivido y convivido como y con la Iglesia, Pueblo de Dios, al servicio del cuidado humano y ambiental.

La Iglesia, como los Misioneros, no canoniza procesos políticos, pero sí los ilumina desde el Evangelio y la Doctrina social. En general propone cinco principios que pueden releer el significado de Boyacá:

1.      la dignidad de la persona,

2.      el bien común,

3.      la solidaridad,

4.      la participación.

5.      La ecología integral

Una independencia que no proteja la vida, que no reduzca la exclusión, que no fortalezca la participación ciudadana y que no cuide la “casa común”, queda incompleta. La libertad auténtica siempre genera comunión y participación, con responsabilidad.

Como Misioneros de la Consolata, compañeros de los pueblos y guardianes del medio ambiento, estamos convencidos de compartir una verdadera fuerza y fuente que es la consolación liberadora, que no evade la realidad, sino que la acompaña. Una fuerza espiritual que permite reconstruir personas, comunidades, pueblos y ambientes. Hoy Colombia necesita de una consolación profundamente bíblico: restaurar la esperanza, sanar las heridas, crear comunión y salvar. El anuncio del Evangelio incluye la reconciliación, el perdón, la justicia y el cuidado de la creación, con cariño, respeto y mucho amor. Por eso la misión y la ciudadanía no se oponen. Evangelizar también significa contribuir a una sociedad más fraterna.

El Puente de Boyacá

La Batalla de Boyacá quedo registrada para la historia en un puente. Muchos lo hemos visitado. Un puente entre la colonia y la república. Claro que los puentes tienen sentido cuando se siguen cruzando. Cada generación debe volver a cruzar este Puente histórico, preguntándose: ¿qué forma concreta debe asumir hoy la libertad de Colombia? Una por la cual valga la pena dar la batalla.

Nuestra actual generación está llamada a cruzar el Puente de Boyacá, construyendo paz, fortaleciendo la democracia, respetando la diversidad, cuidando los territorios y los ecosistemas, poniendo la dignidad y los Derechos humanos en el centro de toda acción política, social y evangelizadora.

Podemos decir entonces que el verdadero homenaje a los héroes de la Batalla de Boyacá no consiste solamente en recordar su victoria, sino en hacer posible una Colombia donde nadie tenga que sentirse extranjero en su propia patria.

Que el Señor nos conceda ser artesanos de paz, como Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga, IMC (1942–2022), porque con ella conquistaremos la plena independencia, esa que aún esperamos.  Él promovió el diálogo, la reconciliación y la búsqueda de salidas negociadas a los conflictos, insistiendo en que la paz debía construirse desde la verdad, la justicia, el perdón y la participación de toda la sociedad.

Su aporte no fue el de un actor partidista, sino el de un pastor que entendió la paz como una exigencia evangélica y un compromiso ético con Colombia. Monseñor Luis Augusto  comprendió que la verdadera independencia de Colombia exigía superar las cadenas de la violencia, del odio y de la exclusión. Nunca identificó la paz con la ingenuidad tolerante, ni con la impunidad; la entendió como una construcción ética y moral basada en la dignidad de toda persona, en la justicia, en el perdón y el cuidado de la creación.

Su palabra tenía una fuerza particular porque nacía del contacto con las víctimas, con las comunidades rurales y con los territorios marcados por el conflicto. Creía que la paz debía comenzar en el corazón, fortalecerse en las comunidades y expresarse en instituciones justas.

Por eso, si la Batalla de Boyacá nos recuerda el nacimiento de la nación, Monseñor Luis Augusto Castro nos recuerda que la nación solo madura cuando aprende a reconciliarse consigo misma. Él fue, en el sentido más profundo, un constructor de paz, un sembrador de esperanza y un artesano de fraternidad.

Conclusión

“Los héroes de Boyacá nos enseñaron a conquistar la libertad, testigos como Monseñor Luis Augusto Castro nos enseñan que la libertad solo se conserva cuando se convierte en reconciliación, justicia y paz”. Es verdad que “la paz es un don de Dios, pero también una tarea de todos”.