sábado, 8 de agosto de 2026

Aprendiendo a vivir conviviendo

 REVITALIZAR EL CONTRATO SOCIAL

Pedro Pierre, sacerdote diocesano en el Ecuador

             Todo grupo y toda sociedad necesitan de acuerdos mínimos para poder existir y vivir en armonía. Estos acuerdos contienen los deberes y los derechos que corresponden a las y los participantes. Por eso en una sociedad la vigencia de estos deberes y derechos conforman el “estado de derechos”. Desde hace 9 años estamos destruyendo este ‘estado de derecho’, tanto por los deberes que no cumplimos como por los derechos que se nos van quitando desde los gobiernos. Hemos entrado en una dictadura por las actitudes irrespetuosas de nuestros derechos por parte del presidente y porque la gran mayoría de los ecuatorianos nos hacemos cómplices de esta situación. El contrato social que nos organizaba está roto. Vamos a ir de mal en peor hasta que reaccionemos como país, hasta revalidarlo. Se trata de revitalizarlo para el bien de nuestro país y de nuestras familias, mediante la decisión de cumplirlo, defenderlo y emprender una nueva organización familiar y social. Mientras no lo hagamos, vamos a ir de mal en peor.

Para regresar a una convivencia civilizada debemos confirmar las bases de esta nueva organización social. He aquí un esquema que nos ayuda a entender cuáles son los criterios mínimos de toda organización social, sea la familia, el barrio o la sociedad. Partiremos de una gráfica que llamamos “el Árbol de la vida”. Los cristianos lo llamamos “el Árbol del Reino”. Veamos.

    El punto de partida, lo llamaremos la fuente" o Dios, es decir esta “Energía” que está al origen de todo y nos mantiene en existencia. Esta ‘Fuente’ está compuesta de 3 elementos básicos que sustentan y producen todo lo que existe. Los reconocemos con “vida, amor y comunidad” porque son los componentes del universo y de cada uno de nosotros los humanos y de todo lo que existe. 

Esta dinámica se transforma en un proyecto de “armonía” que forma el cosmos del cual participamos todas y todos. Podemos llamarla “Ecología” global que debemos respetar, lo que va más allá de “no destruirla”. Se trata de cuidarla y fomentarla de muchas maneras. Todo esto es la “Espiritualidad” que habita el universo y está viva en todos nosotros y nosotras.

Esta dinámica se desarrolla en 3 dimensiones: la naturaleza, la humanidad y la sabiduría. La “Naturaleza” está conformada por el conjunto de los 4 elementos de nuestro planeta (tierra, aire, agua y fuego) de los cuales nacen primero los vegetales y los animales. Son los “Bienes” que necesitamos para vivir y convivir. Esto supone una organización en torno al repartir para la satisfacción de las necesidades que todos. Esto se llama nada menos que la “Economía” que se encarga del compartir equitativo. Cuando falla la ‘economía’ aparece la “acumulación” por parte de pequeños grupos, se destruye la convivencia armoniosa provocando desigualdades y violencias.

El segundo elemento básico de la armonía global es la “Humanidad”, o sea, el conjunto de los humanos que nos necesitamos los unos a los otros para sobrevivir y crecer. Aquí, el proyecto es “cohabitar”, es decir, controlar el poder bajo sus distintas expresiones para desterrar la “dominación”, opresión y represión… Esto es el arte de la “Política” en la que estamos todos implicados. Si nos quedamos indiferentes, colaboramos en la multiplicación de relaciones destructoras.

El tercero elemento básico de esta armonía global es la participación consciente a la ‘Energía’ que nos habita y que se transforma en “Sabiduría”, es decir en el arte de vivir, convivir y “expresarnos” individual, colectiva y creativamente. De ahí surgen ideas, proyectos e “ideologías” para organizar la política, la economía y la espiritualidad. Cuando falla la sabiduría, usamos nuestra capacidad de crear vida y amor para engañarnos, mentir y distorsionar la verdad.

Hemos descubierto que tenemos 4 objetivos a dinamizar: espiritualidad, sabiduría, economía y política.  La espiritualidad fomenta el respeto por un orden cósmico hecho de vida, amor y comunidad que se encarna en sabiduría. Esta se traduce en un convivir armonioso -la política- en nuestras relaciones humanas. La política orienta el compartir equitativo -la economía- de los bienes y servicios que resuelven nuestras necesidades. De esta manera ejercemos la sabiduría que todos abrigamos, porque todos hemos recibidos nuestras capacidades espirituales, políticas y económicas. El desorden viene de la destrucción de la vida, del amor y de la comunidad, mediante la dominación sobre los demás, la acumulación de bienes, el rechazo a la verdad y el desconocimiento de la espiritualidad íntima de cada uno.

Todo esto es el sueño del cosmos -nuestro sueño-: el impulso de la energía primera, la dinámica de la fuente vital que todo lo mueve… si sabemos abrirnos a todas nuestras capacidades y posibilidades. “Vida, amor y comunidad”: ese es el llamado que nos acompaña y fortalece siempre, porque eso somos cada una y cada uno de nosotros. La Biblia nos lo describe en sus primeras páginas y nos dice: “Pongo delante de ti la vida y la muerte… Te invito a elegir la vida” (Deuteronomio 30,15-20)

Animémonos los unos a los otros a hacer, poco a poco, realidad el mensaje de este “Árbol de la vida” para nuestro bien individual y nuestro convivir nacional que tanto lo necesitan. Eso es el contrato social que necesitamos urgentemente.

Anhelos colombianos

 DISCURSO DEL SEÑOR PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA EN LA POSESIÓN DEL SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, DOCTOR ABELARDO DE LA ESPRIELLA 

Cali, 7 de agosto de 2026 

(Señor Presidente de la República; Señor Vicepresidente; Señores Congresistas; Señores Jefes de Estado, delegaciones internacionales y cuerpo diplomático; distinguidos representantes de las instituciones del Estado y de la sociedad civil; colombianas y colombianos) 

Nos reúne en esta tarde el singular acto de posesión presidencial que, como cada cuatro años en la historia reciente del país, convoca a las fuerzas vivas de la nación para dar inicio con solemnidad al mandato de quien ha sido elegido como Jefe de Estado. Por ello, uno mi voz a la de las colombianas y colombianos que desean expresarle al Presidente de la República, Doctor Abelardo de la Espriella, a su Vicepresidente, Doctor José Manuel Restrepo, y a todo el equipo de gobierno que los acompaña, los sinceros deseos de bienestar y bendiciones para el servicio que hoy emprenden en bien del país; para ello, tomo las palabras del salmo 84 con el deseo de que el amor y la verdad se encuentren, la justicia y la paz se abracen, que la verdad brote de la tierra y la justicia se asome desde el cielo (cf. Salmo 84, 11-12). 

Junto con nuestros buenos deseos, quisiera expresarle, Señor Presidente, tres anhelos que están en el alma del pueblo colombiano: 

En primer lugar, anhelamos la unidad de la nación, lo que no significa uniformidad, sino armonía, el resultado paciente de crear una sinfonía de relaciones, de reconocimiento del valor de quien piensa distinto y de comprensión de que el futuro se construye integrando. En esa tarea, mujeres y hombres estamos llamados a caminar juntos. El país necesita la inteligencia, la sensibilidad, la fortaleza y la capacidad de cuidado que cada persona aporta desde su propia vocación y responsabilidad. Solo una sociedad que valora plenamente la contribución de todos podrá avanzar hacia un desarrollo verdaderamente humano e integral para que nadie se sienta excluido ni discriminado.

 En segundo lugar, deseamos avanzar en el camino hacia la reconciliación y la paz que sigue siendo uno de los mayores anhelos de Colombia. Ellas florecen cuando se cultivan la verdad, la justicia, el perdón y la solidaridad. Se hacen realidad cuando disminuyen las desigualdades, cuando la corrupción cede su lugar a la transparencia, cuando la violencia deja de ser un lenguaje y cuando cada ciudadano descubre que el destino del otro también compromete el propio. La reconciliación y la paz necesitan ciudadanos responsables, instituciones sólidas y gobernantes capaces de escuchar, dialogar y decidir pensando en las generaciones presentes y futuras. 

Finalmente, Señor Presidente: anhelamos sostener la esperanza y la alegría. Como creyentes, sabemos que la esperanza no es ingenuidad, sino la fuerza que nos impulsa a perseverar. Colombia ha demostrado, una y otra vez, que posee una inmensa capacidad para levantarse y continuar. Esa esperanza debe traducirse en decisiones valientes, en gestos de perdón y reconciliación y en un compromiso renovado por el bien común que nos permita conservar y fortalecer la reserva moral, cultural y espiritual que tenemos como país pluriétnico, multicultural y biodiverso. Este anhelo nos lleva a pensar, de manera apremiante, en los millares de pobres que carecen con frecuencia de lo necesario para vivir y que están necesitados de vías concretas para su desarrollo humano integral. Como expresó el Papa Francisco, de feliz memoria: “Los pobres casi siempre son víctimas, no culpables” (spes non confundit 15). Promoviendo a los débiles, los vulnerables y los abandonados de la sociedad es como un gobernante adquiere grandeza. 

Estos anhelos los podremos hacer realidad si los asumimos como una tarea compartida entre todos: instituciones del Estado, gobernantes del orden nacional y local, familias, comunidades educativas, empresarios, trabajadores, campesinos, pueblos indígenas y afrodescendientes, jóvenes, adultos mayores, comunidades y diversas confesiones de fe y organizaciones de la sociedad que caminan juntos, como lo ha expresado recientemente el Papa León XIV, para leer en profundidad la realidad, promover la dignidad de cada persona, la cohesión de las comunidades, el cuidado de la casa común y el bien de todos (cf. Magnifica humanitas, 20). 

Concluyo con esta plegaria del Papa Francisco, en su encíclica sobre la fraternidad y la amistad social, Fratelli tutti: 

Oración a Dios Padre Creador Señor y Padre de la humanidad, 
que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad,  
infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal.

 Inspíranos un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz. 

Impúlsanos a crear sociedades más sanas y un mundo más digno, 
sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras. 

Que nuestro corazón se abra a todos los pueblos y naciones de la tierra, 
para reconocer el bien y la belleza que sembraste en cada uno, 
para estrechar lazos de unidad, de proyectos comunes, de esperanzas compartidas.

 Amén.

viernes, 7 de agosto de 2026

La bandera de Colombia

 Boyacá hoy: una independencia llamada Colombia

 

Cada año, el 7 de agosto recordamos la Batalla de Boyacá (1819), desde el 7 de agosto de 1925, cuando el Congreso de la República mediante la Ley 28 del 16 de febrero de 1925, sancionada por el presidente Pedro Nel Ospina, decretó día de fiesta nacional y de la Bandera tricolor. Cinco términos o palabras, cargadas de contenido simbólico y real, enmarcan esta memoria convertida en festividad: batalla, Boyacá, puente, independencia, Colombia.

Algunos que, por muchos motivos, tendremos el día libre, nos podemos preguntar ¿cómo vivir, llenando de sentido, este día de libertad, de tal manera que se prolongue e intensifique en el tiempo venidero? De pronto respondiendo a otra pregunta que nos leve más allá de lo que ocurrió en 1819, ¿qué dice Boyacá, hoy, a los colombianos, liberados de las obligaciones laborales?

La historia, como recuerdo del pasado, solo adquiere valor cuando ilumina el presente. Boyacá no puede reducirse a una efeméride patriótica, debe convertirse en una conciencia nacional. En medio del actual contexto socio-político colombiano, marcado por la polarización, la violencia persistente en algunos territorios, la desigualdad, la corrupción y la desconfianza institucional, la Batalla de Boyacá adquiere un significado profundamente actual. Allí se nos dio una patria, fruto de los padecimientos, la resistencia organizada y la lucha, aunque desigual, de los colombianos. No fue un milagro, fue una victoria conquistada.  

Una victoria construida por la diversidad

Con frecuencia imaginamos la independencia como la obra de unos pocos héroes. Pero el ejército libertador fue una comunidad profundamente diversa, no dividida: llaneros, campesinos, indígenas, afrodescendientes, criollos, mujeres y hasta niños que sostuvieron la campaña, junto con voluntarios extranjeros.

Su primera lección es que la nación nació de la diversidad. En una Colombia donde las diferencias políticas, culturales, regionales y hasta religiosas suelen convertirse en motivo de confrontación, Boyacá nos recuerda que la unidad no exige uniformidad sino propósito común, “unidad de intenciones”, como decía San José Allamano, “espíritu de cuerpo”. La independencia fue posible cuando personas muy distintas caminaron en la misma dirección.

La independencia política no basta

La batalla aseguró la libertad frente al dominio colonial, pero no resolvió automáticamente las desigualdades sociales, ni las exclusiones territoriales, ni la explotación ambiental. Por eso podemos afirmar que la independencia colombiana quedó históricamente inconclusa o mejor, quedo como tarea a ser completada.

Todavía existen territorios donde la presencia del Estado es frágil, comunidades afectadas por la violencia, pueblos indígenas y afrodescendientes que continúan luchando por el reconocimiento de sus derechos, millones de personas que experimentan pobreza o falta de oportunidades, lo mismo que selvas arrasadas, páramos y humedales desertificados, ríos y lagunas contaminadas, atmosferas poluidas, tierra gimiendo, esperando la paz ecológica e integral. La pregunta es inevitable: ¿qué significa ser verdaderamente independiente cuando persisten tantas formas de dependencia, exclusión, violencia y miedo? La libertad política debe convertirse en libertad psico espiritual para vivir con dignidad, en felicidad.

Boyacá frente a la polarización

En la Colombia de hoy es evidente la polarización. Con frecuencia el adversario político es tratado como enemigo moral, con el cual no se puede dialogar, ni siquiera encontrar, lo que destruye cualquier germen de comunión. Se trata de algo diabólico, generador de división. Boyacá nos muestra a unos protagonistas de la independencia que, aún con profundas diferencias, comprendieron que el futuro de la nación era más importante que las disputas particulares.

Razón tenía el papa Francisco cuando insistía en su encíclica Fratelli Tutti que una sociedad no se construye sobre la lógica del enemigo, sino sobre la amistad social.  Necesitamos una segunda independencia: la independencia respecto del odio, del resentimiento, del rencor, la venganza y la retaliación.

El territorio como lugar de la reconciliación

La campaña libertadora unió los Llanos y los Andes. No fue solo un desplazamiento militar; fue una articulación del territorio. Hoy Colombia necesita volver a encontrarse desde sus regiones. La Amazonia, el Pacífico, la Orinoquia, el Caribe, el Magdalena Medio, el Cauca y tantas periferias que no son márgenes de la nación, son parte esencial de su riqueza, fortaleza e identidad. Colombia es rica, hermosa y diversa. En ella, la esquiva paz vendrá cuando el país aprenda a mirar sus territorios con respeto, inversión, participación y cuidado. 

En ese proyecto hemos estados implicados desde nuestra llegada a Colombia en 1947, por el Puerto de Buenaventura, los Misioneros/as y Laicos de la Consolata. Los territorios no han sido únicamente espacios geográficos, sino humanos, culturales, espirituales y ecológicos, en los cuales hemos vivido y convivido como y con la Iglesia, Pueblo de Dios, al servicio del cuidado humano y ambiental.

La Iglesia, como los Misioneros, no canoniza procesos políticos, pero sí los ilumina desde el Evangelio y la Doctrina social. En general propone cinco principios que pueden releer el significado de Boyacá:

1.      la dignidad de la persona,

2.      el bien común,

3.      la solidaridad,

4.      la participación.

5.      La ecología integral

Una independencia que no proteja la vida, que no reduzca la exclusión, que no fortalezca la participación ciudadana y que no cuide la “casa común”, queda incompleta. La libertad auténtica siempre genera comunión y participación, con responsabilidad.

Como Misioneros de la Consolata, compañeros de los pueblos y guardianes del medio ambiento, estamos convencidos de compartir una verdadera fuerza y fuente que es la consolación liberadora, que no evade la realidad, sino que la acompaña. Una fuerza espiritual que permite reconstruir personas, comunidades, pueblos y ambientes. Hoy Colombia necesita de una consolación profundamente bíblico: restaurar la esperanza, sanar las heridas, crear comunión y salvar. El anuncio del Evangelio incluye la reconciliación, el perdón, la justicia y el cuidado de la creación, con cariño, respeto y mucho amor. Por eso la misión y la ciudadanía no se oponen. Evangelizar también significa contribuir a una sociedad más fraterna.

El Puente de Boyacá

La Batalla de Boyacá quedo registrada para la historia en un puente. Muchos lo hemos visitado. Un puente entre la colonia y la república. Claro que los puentes tienen sentido cuando se siguen cruzando. Cada generación debe volver a cruzar este Puente histórico, preguntándose: ¿qué forma concreta debe asumir hoy la libertad de Colombia? Una por la cual valga la pena dar la batalla.

Nuestra actual generación está llamada a cruzar el Puente de Boyacá, construyendo paz, fortaleciendo la democracia, respetando la diversidad, cuidando los territorios y los ecosistemas, poniendo la dignidad y los Derechos humanos en el centro de toda acción política, social y evangelizadora.

Podemos decir entonces que el verdadero homenaje a los héroes de la Batalla de Boyacá no consiste solamente en recordar su victoria, sino en hacer posible una Colombia donde nadie tenga que sentirse extranjero en su propia patria.

Que el Señor nos conceda ser artesanos de paz, como Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga, IMC (1942–2022), porque con ella conquistaremos la plena independencia, esa que aún esperamos.  Él promovió el diálogo, la reconciliación y la búsqueda de salidas negociadas a los conflictos, insistiendo en que la paz debía construirse desde la verdad, la justicia, el perdón y la participación de toda la sociedad.

Su aporte no fue el de un actor partidista, sino el de un pastor que entendió la paz como una exigencia evangélica y un compromiso ético con Colombia. Monseñor Luis Augusto  comprendió que la verdadera independencia de Colombia exigía superar las cadenas de la violencia, del odio y de la exclusión. Nunca identificó la paz con la ingenuidad tolerante, ni con la impunidad; la entendió como una construcción ética y moral basada en la dignidad de toda persona, en la justicia, en el perdón y el cuidado de la creación.

Su palabra tenía una fuerza particular porque nacía del contacto con las víctimas, con las comunidades rurales y con los territorios marcados por el conflicto. Creía que la paz debía comenzar en el corazón, fortalecerse en las comunidades y expresarse en instituciones justas.

Por eso, si la Batalla de Boyacá nos recuerda el nacimiento de la nación, Monseñor Luis Augusto Castro nos recuerda que la nación solo madura cuando aprende a reconciliarse consigo misma. Él fue, en el sentido más profundo, un constructor de paz, un sembrador de esperanza y un artesano de fraternidad.

Conclusión

“Los héroes de Boyacá nos enseñaron a conquistar la libertad, testigos como Monseñor Luis Augusto Castro nos enseñan que la libertad solo se conserva cuando se convierte en reconciliación, justicia y paz”. Es verdad que “la paz es un don de Dios, pero también una tarea de todos”.

miércoles, 29 de julio de 2026

El lenguaje misionero de las manos

Las manos de Mons. Luis Augusto
"A la mano"
como las de San José Allamano


Monseñor Luis Augusto Castro, rodeado de sus libros, la Basílica de San Pedro como referencia universal de la Iglesia, la Catedral del Vicariato (hoy Diócesis) de San Vicente – Puerto Leguizamo y la Catedral Basílica Metropolitana Santiago de Tunja como expresión de su servicio episcopal y pastoral misionero.

 Al buen Pastor se le conoce por sus manos

Son manos que se juntan para orar pidiendo a Dios Todopoderoso el bienestar de sus ovejas.

Son manos que trazan la señal de la Cruz, derramando así las bendiciones de lo alto.
 
Son  manos que distribuyen abundantemente el Pan de los ángeles, alimento para fortalecer la vida de sus ovejas.

Son manos que acogen cariñosas a las ovejas heridas y que curan los dolores del alma con la medicina del amor.

Son manos que trazan las líneas de la enseñanza sencilla y profunda que marca el derrotero espiritual de las almas hambrientas de Dios. 

Son manos que perdonan los pecados y derraman la gracia necesaria para caminar en la voluntad de Dios.

Son manos que consagran a los Ministros del altar, quienes han de guiar al Pueblo de Dios por los senderos de los pastos abundantes.

Son manos generosas que se alargan para llevar el consuelo a los más alejados y necesitados del amor de Dios. 

Son las manos de Monseñor Luis Augusto Castro, Arzobispo de Tunja, nuestro guía y Pastor

Manos que terminaron su servicio misionero el dos de agosto del 2022, Bogotá y reposan devotamente juntas en la Basílica Catedral de la Arquidiócesis de Tunja - Colombia.

        Cfr. Cecilia Castro Lee, La alegría de una Vocación. Monseñor Luis Augusto Castro            Quiroga; su vida y su ministerio, Kimpres, 2011, mensajes congratulatorios.


sábado, 25 de julio de 2026

Manos "A la mano"

  Elogio de las Manos - "A LA MANO"

Misioneros de la Consolata, participantes en el Curso de inducción a la Región IMC Colombia

Mi más sincero agradecimiento, dice el Profesor Carlos Medina, a los Misioneros de la Consolata por la invitación a compartir esta jornada de reflexión sobre el momento histórico que vive nuestro país y los caminos para construir, junto a las comunidades de los territorios, una ruta de futuro fundada en la dignidad, la justicia y la esperanza.
En tiempos de incertidumbre, resulta profundamente esperanzador encontrar espacios donde la fe se convierte en compromiso con la vida, con la paz y con las transformaciones democráticas y humanistas que Colombia necesita. Cuando la espiritualidad camina de la mano de las comunidades, fortalece la solidaridad, el diálogo y la construcción colectiva de un país más justo, fraterno e incluyente.
Gracias por hacer de la misión un servicio al bien común y de la esperanza una fuerza transformadora.
Elogio de las manos - "A LA MANO"
Las manos fueron el primer lenguaje antes de que la palabra encontrara su camino. Con ellas el ser humano aprendió a tocar el mundo, a medir la distancia entre el sueño y la materia, a convertir la piedra en herramienta, el barro en vasija, la semilla en cosecha, y el fuego en hogar.
En la palma de una mano cabe la memoria de la especie. Allí permanecen las huellas invisibles de quienes levantaron ciudades, trazaron senderos entre montañas, cruzaron mares desconocidos y escribieron, con esfuerzo y esperanza, la historia interminable de la humanidad.
Las manos no solo construyen; también acarician. No solo siembran; también consuelan. No solo trabajan; también abrazan, bendicen, sostienen, levantan al caído y secan el rostro de quien llora.
Con ellas nacieron las artes. La pintura encontró sus primeros colores, la escultura descubrió el alma escondida en la piedra, la música aprendió a despertar el silencio y la escritura hizo del pensamiento una casa para el tiempo.
Las manos levantaron templos y escuelas, molinos y puentes, bibliotecas y hospitales. Forjaron el arado que alimentó a los pueblos, la rueda que acercó los caminos, la imprenta que multiplicó las ideas, y las máquinas que transformaron la economía hasta convertir el trabajo humano en el gran motor de la civilización.
Toda cultura lleva impresas unas manos. Las del campesino que cultiva la tierra, las del artesano que conversa con la madera, las de la mujer que teje el abrigo de la memoria, las del obrero que levanta el horizonte urbano, las del científico que explora lo desconocido, las del médico que devuelve la esperanza, las del maestro que abre el porvenir y las del niño que descubre, jugando, que el mundo también puede inventarse.
No existe sociedad sin manos que cooperen. Ellas hacen posible el encuentro, el intercambio, la solidaridad, la economía que produce y distribuye, la política que organiza la convivencia, y la comunidad que convierte la existencia individual en destino compartido.
Pero las manos alcanzan su mayor grandeza cuando dejan de buscar únicamente para sí mismas y se abren generosas hacia los demás. Entonces dejan de ser instrumento de poder para convertirse en signo de servicio; dejan de imponer para comenzar a cuidar; dejan de cerrar el puño para ofrecer la palma abierta como promesa de fraternidad.
Quizá por eso las manos rezan. No porque abandonen la tierra, sino porque descubren que el trabajo, cuando nace del amor, también es una forma de oración. Cada gesto de justicia, cada acto de solidaridad, cada pan compartido, cada herida vendada, cada vida dignificada, es una plegaria silenciosa que asciende desde las manos hasta el corazón de la humanidad.
Y es allí donde la espiritualidad encuentra su sentido más profundo.
Como nos lo recuerda José A-la-mano, la verdadera grandeza del ser humano no reside en lo que posee, sino en lo que entrega; no en la fuerza con que domina, sino en la humildad con que sirve. Sus manos, abiertas a Dios y al prójimo, nos enseñan que la fe no se agota en las palabras, sino que se hace visible en el trabajo honesto, en la compasión cotidiana y en el compromiso con la dignidad de toda persona.
Que nuestras manos, entonces, sean siempre sembradoras de paz, constructoras de justicia, artesanas de esperanza y puentes de fraternidad. Porque mientras existan manos capaces de crear, de compartir y de amar, la humanidad seguirá encontrando caminos para renacer A la mano.

martes, 14 de julio de 2026

Fiesta de la Virgen del Monte Carmelo

 Nuestra Señora del Carmen

Colombia posee una riqueza excepcional de advocaciones marianas profundamente arraigadas en la vida de los pueblos, entre todas, tal vez la más destacada sea la de Nuestra Señora del Carmen. La encontramos en los camines, los buses, taxis y aviones, en los barcos, por lo caminos, carreteras y ríos del país. En cada curva o lugar de riesgo, allí está ella presente y atenta. De las prácticas, signos piadosos como procesiones, escapulario, bendición de vehículos, promesas y fiestas patronales, muchos hemos participado y hasta usado. Sería bueno que fuéramos un poco más a fondo, tratando de descubrir lo que ella nos quiere decir, como en la Boda de Caná, para acercarnos a Jesús.

Virgen del Carmen

En lugar de verla solo desde su origen histórico o desde las prácticas religiosas populares, hagámonos algunas preguntas que nos lleven a nuevas respuestas:

¿De dónde proviene su nombre?  En la tradición espiritual mariana de la Iglesia Católica este nombre aparece vinculado al Monte Carmelo, situado junto al mar Mediterráneo, en una cadena montañosa de unos 39 km de longitud y puede traducirse como "viña de Dios", "jardín de Dios" o "campo fértil", símbolo de belleza, fecundidad y bendición.

En las Escrituras Sagradas el Monte Carmelo (1Reyes 18) aparece vinculado al ministerio del Profeta Elías, desarrollado a lo largo de 15 o 20 años, en el Reino del Norte de Israel durante el reinado del rey Acab y Jezabel (ca. 874–853 a.C.), cuando el pueblo vivía dividido entre varios dioses, Yahvé, Baal, Asera y otras deidades locales, en medio de sequias y hambrunas que se prolongaban hasta más de tres años. Elías convoca al pueblo y plantea una decisión radical y coherente: "¿Hasta cuándo van a andar cojeando con dos pensamientos? Si el Señor es Dios, síganlo; y si Baal lo es, síganlo."

Para ayudar al pueblo a tomar una decisión propone un ejercicio pedagógico – espiritual, entre los seguidores de Baal y los de Yahvé, desafiando a 450 profetas de ellos y a él mismo con su pueblo, para demostrar quién era realmente Dios: Yahvé o Baal. Y el desafío fue aceptado.

La prueba era sencilla pero impactante. Profetas de ambos bandos ofrecían un sacrificio en un altar, pero no le prendían fuego. El Dios que enviara fuego desde lo alto para consumir el sacrificio sería considerado el Dios de Israel.

Primero fueron los profetas de Baal. Y no pasó nada. Durante horas, le rogaron a Baal. Pero no hubo fuego. Entonces Elías levantó un altar, reconstruido con doce piedras, rodeado de una canal y colocó encima la leña y la ofrenda, derramó agua encima, por tres veces hasta empapar la madera, la ofrenda y llenar la canal. Invocaron a Yahvé y cayó fuego del cielo. El pueblo clamó que Yahvé era Dios. Y los profetas de Baal murieron todos. Elías huyó para salvar su vida al día siguiente, y no se produjo ningún cambio notable en la vida espiritual de Israel. Tal vez porque el mismo Dios, en general, no se revela en formas tan espectaculares y dramática.

El ciclo psico-ministerial de Elías

Me parece que la experiencia de Elías constituye un modelo muy actual para sacerdotes, religiosos, misioneros y laicos, agentes pastorales. Sigámoslo en detalle:

1. La vocación: descubre que Dios lo envía y recibe su misión con entusiasmo, ardor y claridad. Convencido de haber sido llamado.

2. El compromiso profético: denuncia la corrupción, la idolatría, la injusticia, el abuso del poder, con valentía y a pesar de las persecuciones, conflictos e incomprensiones que sufre.

3. El gran éxito ministerial: en el Carmelo ocurre el gran triunfo. El pueblo reconoce a Dios. Elías experimenta eficacia pastoral, reconocimiento y enorme satisfacción. Podríamos decir que fueron los mejores años de su servicio, aunque haya sido solo un momento.

4. El agotamiento psicológico: paradójicamente, muchas veces, después del mayor éxito llega la peor crisis. La reina Jezabel amenaza con matarlo, él huye con miedo, mientras pierde toda seguridad. Hoy llamaríamos esto agotamiento emocional, estrés postraumático, fatiga por compasión, burnout pastoral.

5. La depresión espiritual: en el desierto dice "¡Basta ya, Señor! Quítame la vida", desea morir, se siente solo, fracasado, inútil, derrotado. Muchos servidores de la Iglesia conocen esta etapa. No nace de la falta de fe sino del exceso de desgaste.

6. Dios lo restaura: su terapeuta no empieza corrigiéndolo, primero lo deja dormir, luego le ofrece pan y agua, le permite que descanse, que haga su camino-proceso restaurador o consolador. Maravillosa pedagogía pastoral, antes de exigir más misión.

7. El encuentro en el Horeb: después de cuarenta días llega al Horeb y allí se le revela de nuevo, no en el viento, ni en el terremoto, ni el fuego, sino en "el susurro de una brisa suave". El ministerio madura cuando el servidor aprende a reconocer a Dios en el silencio.

8. La relectura de la crisis: Elías creía que había quedado “Sólo yo he quedado", se decía,  mientras Dios le respondía, "No estás solo", ahí está tu pueblo. Toda crisis exagera la percepción de la realidad, mientras se recupera el equilibrio.

9. Renovación ministerial: finalmente Dios no jubila a Elías, lo envía de nuevo, porque nadie puede permanecer en el monte para siempre. Ahora deberá ir y ungir un rey y otro rey, llamar a Eliseo y preparar el futuro. La misión cambia de forma, ya no consiste solamente en grandes emprendimientos o esfuerzos, sino en formar sucesores. La madurez ministerial desemboca en la fecundidad de la transmisión.

Conclusión

Todos estos elementos bíblicos fecundan la figura de la Virgen del Carmen e inspiran su papel de acompañante de los transeúntes colombianos, por todos los caminos y medios. Ella enseña a caminar con fidelidad, a contemplar, a discernir y a perseverar hasta el final, como lo ha hecho con los Monjes del Monte Carmelo y toda la corriente carismática de la Familia carmelitana, esparcida por el mundo. El Monte Carmelo no es solo un lugar geográfico, sino el símbolo teológico que representa la fidelidad a Dios en medio de la prueba, lugar de la alianza renovada, escucha de su Palabra y seguimiento de su voluntad.

Elías nos enseña el ardor del profeta, María del Carmen nos ayuda a formar el corazón de discípulos, con el escapulario encima como señal; el Carmelo nos muestra el valor del silencio contemplativo y fuego del cielo nos anuncia la esperanza que brinda la fe y la confianza en la fidelidad al Dios de la Alianza.


sábado, 11 de julio de 2026

La Maestra María

María, pedagoga en la Escuela de Jesús
El Maestro es el Hijo (cf. Mt 23,8-10)

Icono de la Consolata

En tiempos de invasión tecnológica y digital, repensar las pedagogías para un aprendizaje formativo integral, parece urgente y María, la madre y formadora del Maestro Jesús, es presentada en la Escritura Sagrada y en la tradición de la Iglesia Católica, como “modelo y guía” en el acompañamiento y formación de discípulos misioneros, no solo de fieles creyente. Ella, como discípula del Maestro y, precisamente por haber aprendido de Él desde la Encarnación hasta Pentecostés, se convierte en autoridad pedagógica para acompañar a los que aman y quieren seguir a su Hijo. Su vida constituye un verdadero itinerario pedagógico que acompaña el crecimiento espiritual del creyente desde el encuentro inicial con Dios hasta la plena participación en la misión de la Iglesia. Su pedagogía es siempre una pedagogía "en la escuela de Jesús", el “misionero enviado del Padre” que prepara para vivir sinodalmente en esta Iglesia en salida (Papa Francisco).

Hablar de María como pedagoga significa reconocer en ella no solamente a la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, sino también a la mujer que enseña el camino de la fe mediante su propia vida. María no funda una escuela con métodos escritos ni transmite una doctrina propia, su pedagogía consiste en conducir siempre hacia su Hijo, formando discípulos capaces de escuchar, discernir, servir, perseverar y anunciar el Evangelio.

 Una imagen y un nombre, Consolata

Soy Misionero de la Consolata y mi configuración con el “Misionero enviado del Padre” ha venido siendo inspirada a lo largo de los años, desde 1962, por la imagen de María Consolata propuesta por San José Allamano, formador de Sacerdotes diocesanos, en la Arquidiócesis de Turín – Italia y el carisma por él legado a los Institutos de la Consolata para misiones, fundados en 1901 y 1910. En realidad, el icono de la Consolata ofrece una síntesis visual extraordinaria de una propuesta formativa.  

Hoy, en la llamada era de la imagen, ya ampliamente usada en la tradición oriental, desde el inicio del cristianismo, no solo como una ilustración religiosa, sino una "teología en colores" (según la expresión atribuida a San Juan Damasceno), al inspirarnos en la “espiritualidad mariana” para la formación de discípulos misioneros, este icono puede convertirse en nuestra primera "lección". María no comienza con lo que dice, sino con lo que muestra. Antes de ser discurso, es icono; antes de ser método, es experiencia, antes de ser acción es contemplación.

El icono de la Consolata no solo inspira la vida y espiritualidad de San José Allamano, allá en el “corito” del Santuario de la Consolata, en Turín – Italia, en donde la imagen pasa del ámbito de la oración, meditación y devoción práctica a “lugar” de reflexión teológica, educativa formativa y misionológica.

Este icono perteneciente al grupo iconográfico de la Brephocratousa o Virgen con el niño, en la versión Odigitria, que presenta a María sosteniendo al Niño Jesús, a quien señala con su mano derecha para indicarlo como el camino de la salvación, es un sencillo y rico instrumento didadáctico. El apelativo Odigitria deriva del topónimo del convento de los “Odigi”, en griego οδιγι, que significa "guías". Allí habitaba una comunidad de monjes que veneraba el retrato original de María, pintado según la tradición, por San Lucas. La emperatriz Puchera, habiéndolo recibido en Jerusalén, lo confió a ese monasterio construido cerca a una fuente de agua, en donde Nuestra Señora ya hacía muchos milagros, especialmente en favor de los ciegos, a los cuales los mismos monjes les servían de “guía”, conduciéndolos de la mano, como hacían los “pedagogos” griegos con los niños, de siete a catorce años, cuando los llevaban al gimnasio o a la palestra, hasta la fuente milagrosa para que se lavaran sus ojos con el agua sanadora. La misma palabra Odigitria significa “la que muestra el camino” (Cfr. Gharib Georges, Le Icone Mariane, Cittá Nuova, 1988).

Video de Juan Gabriel Acosta contemplando la belleza de la creación

Es verdad que la pedagogía occidental suele comenzar la educación aclarando y explicando conceptos, no así la oriental que comienza con la contemplación, no explica, sino que coloca en contacto con el misterio que despierta admiración, curiosidad y contemplación, generalmente silenciosa. En consecuencia, el primer acto educativo consiste en mirar, al estilo propuesto por el sacerdote y teólogo suizo Hans Urs von Balthasar (1905 – 1988), cuando constata que el ser humano llega a la verdad no solo mediante el razonamiento, sino, ante todo, mediante la contemplación de la belleza de la Revelación. Él deja registrada su propuesta en su trilogía La gloria del Señor, Teodrama y Teológica.

Esta perspectiva ofrece una base teológica muy sólida para interpretar la pedagogía mariana y la formulación del carisma a la que llegó San José Allamano contemplando el cuadro de la Consolata, y el lema que lo sintetiza Et annuntiabunt gloriam meam gentibus” (“Anunciarán mi gloria a las naciones”, Is 66,19) que fue mandado colocar por San José Allamano en la parte central superior de la Casa Madre de Turín en 1925, y anteriormente ya figuraba en la portada del primer Reglamento, manuscrito, del Instituto (1891) y vuelve a aparecer en el Reglamento de 1901 y en las Constituciones de 1909.

 “Anunciarán mi gloria a las naciones”

El profeta Isaías concluye su libro con una visión profundamente misionera. Después de anunciar la restauración de Jerusalén, evidencia de la consolación anunciada en 40,1-12, Dios promete enviar mensajeros hasta los confines del mundo: “Pondré en ellos una señal y enviaré algunos de los sobrevivientes a las naciones... a las costas lejanas, que nunca oyeron hablar de mí ni vieron mi gloria; ellos anunciarán mi gloria a las naciones” (Is 66,19).

Esta promesa encuentra en Jesucristo su pleno cumplimiento. El Hijo, enviado por el Padre, revela la gloria de Dios como amor misericordioso, y después de su Pascua envía a sus discípulos hasta los confines de la tierra (cf. Mc 16,15; Mt 28,19-20; Lc 224,48; Hch 1,8; Jn 20,21). Así, la misión no nace de una iniciativa humana, sino del deseo de Dios de que todos los pueblos experimenten su salvación, disfruten el “buen vivir” (Sumak Kawsay en kichwa), paradigma ancestral, alternativo al que propone hoy la sociedad del capitalismo tecnológico global de libre mercado. Las cosmovisiones de los pueblos indígenas andinos y amazónicos lo fundamentan en cuatro principios básicos:

      ·         Relacionalidad: Todo está interconectado; no existe vida aislada.
·         Complementariedad: Todos los seres y elementos se necesitan mutuamente.
·         Reciprocidad: Dar y recibir en equilibrio (ejecutado en prácticas como la minga                           comunitaria).
·         Correspondencia: Vivir en armonía con lo que la naturaleza nos proporciona.

Este Lema Misionero, se puede extender a todos los operarios del Reino, contemplativos, testigos, anunciadores y reveladores de la gloria de Dios, manifestada no en volúmenes de ideas verdaderas y bien documentadas, ni en instituciones bien organizadas, fuertes en su patrimonio y estructuras bien administradas, sino en personas y comunidades que hacen visible, con la vida, la palabra y las acciones, el rostro del Dios compasivo y misericordioso que consuela, libera y salva. Porque, como decía San Irineo de Lyon “quienes ven a Dios tienen parte en la vida … la gloria de Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la visión de Dios. Si la manifestación de Dios por la creación da vida en la tierra a todos los vivientes, mucho más la manifestación por el Verbo del Padre da vida a aquellos que contempla” (Contra los herejes, 4,20,5-7).

Se constata que la gloria de Dios en la Biblia no es un esplendor lejano, es su presencia amorosa que restaura la dignidad humana, perdona, sana, reúne a los dispersos y ofrece esperanza a los pueblos. Anunciar esa gloria significa revelar que Dios continúa actuando en la historia, especialmente allí donde abundan el sufrimiento, la pobreza, la violencia, la soledad y la pérdida del sentido de la vida.

En esta perspectiva, la Consolación no se deja reducir a un simple alivio emocional sino que se expresa como una experiencia integral del Reino. Consolar es hacer presente a Cristo resucitado; es acompañar a los crucificados de la historia; sanar las heridas del pecado, perdonar; es defender la dignidad de cada persona; es reconciliar, con el perdón y la reparación, personas, comunidades y pueblos rotos; es cuidar la creación como casa común y abrir caminos de esperanza allí donde parece reinar la desesperanza.

La expresión “a las naciones” manifiesta el carácter universal de la misión. El profeta utiliza el término para designar a todos los pueblos, especialmente a quienes todavía no conocen al Dios de Israel. Para el carisma misionero de la Consolata, estas naciones representan hoy, en el Continente americano, los pueblos no evangelizados, las periferias geográficas y existenciales, las culturas en transformación, las nuevas pobrezas urbanas, el mundo digital, los migrantes, los jóvenes sin horizonte, los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes y todos aquellos que esperan una palabra de vida.

San José Allamano comprendió profundamente esta dimensión universal. Quería misioneros apasionados por quienes todavía no conocían a Cristo y repetía que el primer anuncio debía realizarse con la santidad de vida. Antes de anunciar con los labios, el misionero anuncia con la transparencia de una existencia transformada por el Evangelio. Por eso insistía: “Primero santos, después misioneros”. La credibilidad del anuncio depende de la autenticidad del testimonio.

El lema también recuerda que el verdadero protagonista de la misión es Dios mismo. En Isaías es Él quien envía; es Él quien prepara los caminos; es Él quien reúne a las naciones. El misionero no muestra  su propia gloria, sino la gloria de Dios. No busca protagonismo, sino que las personas descubran el amor del Padre maternal manifestado en Jesucristo mediante la fuerza del Otro Consolador, el Espíritu Santo.

María, la mujer de todos los nombres, incluido el de Consolata, fue la primera en llevar la gloria de Dios a otra persona cuando visitó a Isabel. Su presencia hizo exultar al niño en el seno materno y provocó el canto del Magníficat. Ella continúa siendo la Consolata que acompaña a los misioneros para que Cristo sea conocido y amado entre todos los pueblos.

En el contexto actual, marcado por conflictos, polarización, migraciones, crisis ecológica y profundas búsquedas espirituales, la misión ad gentes ya no puede entenderse únicamente como un desplazamiento geográfico, sino como la disponibilidad permanente para salir al encuentro de quienes todavía no han experimentado la alegría del Evangelio. Las nuevas "naciones" son también los ambientes culturales, digitales y sociales donde Cristo necesita ser anunciado con respeto, diálogo, cercanía, testimonio y estética.

Artista Juan Camilo Herrera

Así, “Anunciarán mi gloria a las naciones” resume admirablemente la vocación de los Misioneros y Misioneras de la Consolata: enviados por Dios para hacer visible su gloria mediante una vida santa, anunciar a Jesucristo con alegría, llevar la consolación a los pueblos, promover y defender la dignidad y los derechos humanos, cuidar la creación y construir comunidades reconciliadas. Solo quien ha experimentado la consolación de Dios puede convertirse en auténtico mensajero de esa misma para todas las naciones. Puede leerse también como un itinerario espiritual y misionero en cinco verbos que sintetizan el carisma de la Consolata:

      1.      Contemplar la gloria de Dios en Cristo.
2.      Dejarse consolar por el Espíritu Santo.
3.      Salir hacia las naciones y las periferias.
4.      Anunciar el Evangelio con la vida y la palabra.
5.      Construir comunidades reconciliadas que reflejen la gloria de Dios.

En definitiva, Isaías 66,19 expresa de manera admirable la vocación de la Familia de la Consolata: quien ha sido consolado por Dios es enviado para que todas las naciones conozcan, contemplen y experimenten su gloria salvadora.