Memoria de un camino - proceso
Compositor e intérprete John Edison Cartagena Pulgarín
Introducción
Mi historia vocacional es fruto de un navegar por los ríos de nuestra Amazonía, de
dejarme conducir por las aguas del Espíritu que, a veces serenas y otras
turbulentas, me han llevado a descubrir la hondura del llamado de Dios. En cada
orilla, en cada pueblo, he encontrado rostros que claman consuelo, miradas que
suplican esperanza y corazones que, aun en medio del dolor, siguen creyendo en
la vida. Entre canoas, lluvias y silencios, he aprendido que la vocación nace allí
donde el sufrimiento humano se convierte en lugar de encuentro con la ternura de
Dios.
En este viaje, la luz de San José Allamano y el testimonio de los misioneros de la
Consolata han sido faros que me han orientado. Gracias a ellos he comprendido
que el amor vocacional no es una idea, sino una respuesta concreta, encarnada en
un territorio que sufre y que espera. El carisma de la Consolación me ha enseñado
que consolar no es solo aliviar el dolor, sino permanecer junto a quien sufre,
compartir su historia, y desde allí anunciar que el Reino de Dios está cerca.
Cuán importantes son los personajes sencillos, los testigos anónimos de la fe, como
el Indio Germán y tantos otros que, con su locura evangélica, siguen acercando al
amor de Dios a los olvidados de la selva. Ellos me han recordado que la vocación
se vive con los pies en el barro y el corazón en el cielo, y que el llamado de Dios en
esta Amazonía es una invitación permanente a remar mar adentro, a creer contra
toda esperanza y a dejar que el Evangelio se haga carne en el corazón del pueblo.
Por eso, esta síntesis vocacional es también un canto agradecido: un testimonio de
cómo el Dios del río y de la historia ha ido modelando mi vida en medio de
comunidades que evangelizan con su resistencia, su fe y su esperanza. Mi deseo
es que estas líneas sean reflejo de un itinerario en el que la humanidad, el estudio,
la oración y la pastoral se entrelazan para mostrar el rostro de un Dios que llama,
consuela y envía a servir con amor.
Mi llegada al Vicariato
Mi historia vocacional en el Vicariato Apostólico de Puerto Leguízamo Solano
comenzó marcada por el miedo y la incertidumbre, pero fue inmediatamente
reorientada por un gesto poderoso. Al llegar a este territorio amazónico,
desconocido y con dinámicas eclesiales distintas a las que estaba acostumbrado,
me sentí profundamente desubicado. Me acompañaban muchas expectativas, pero
la sensación de no saber dónde encajar ni cómo responder al llamado era palpable.
No obstante, el primer encuentro con la realidad del Vicariato fue con su Obispo,
Monseñor Joaquín Humberto, y este encuentro se convertiría en la piedra angular
de mi ministerio.
La lección que recibí no provino de un discurso, sino de un acto de servicio radical.
Este pastor, mi superior jerárquico, se despojó de cualquier vestigio de autoridad
formal para encarnar la humildad del Evangelio. En nuestro primer encuentro,
Monseñor no dudó en servirme el almuerzo, personalmente, se aseguró de que
fuera bien atendido y, para mi asombro, lavó los platos después. Finalmente, con
una sensación que me desarmó, me ofreció un espacio digno para descansar.
Fue
un bautismo de humildad para mí, un novato que llegaba esperando encontrar
respuestas a sus inquietudes, y encontró la respuesta más clara hecha vida, el
servicio.
En ese gesto, la figura del pastor se transfiguró en la del Siervo por excelencia.
Monseñor Joaquín Humberto me estaba dando la catequesis más profunda sobre
el significado del liderazgo en la Iglesia amazónica: no es poder, sino pura entrega.
Su acción era un eco directo de las palabras de Jesús a sus discípulos: "Si yo, el
Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies
unos a otros. Les he dado ejemplo, para que hagan lo mismo que yo he hecho con
ustedes" (J n13,14-15). Ver al Obispo servir de esa manera definió mi expectativa
de lo que significaba ser Iglesia en este Vicariato.
Monseñor Joaquín Humberto no se encontraba en esos primeros días de inserción,
y ese vacío de referencia hizo más palpable la sensación de no saber dónde
encajaba, ni cómo comenzar a responder al llamado que sentía. Cuando Monseñor
regresó y me preguntó cómo estaba, respondí con sinceridad que me sentía
desubicado, pero que, aun así, había intentado involucrarme en lo que podía. Su
respuesta fue sencilla, pero profundamente iluminadora: “No lo había notado, pero
ahora empiezo a ver un horizonte por donde puedes caminar en esta Amazonía.”
Aquellas palabras se grabaron en mi corazón como una promesa. Era como si Dios
mismo, a través de su pastor, me dijera: “No temas, que yo te mostraré el camino”
(Is 41,10).
A partir de ese momento, empecé a comprender que la vocación no se trata de
llegar con todo claro, sino de dejarse conducir. La Amazonía me fue revelando sus
rostros, su espiritualidad y su clamor, y con ellos descubrí también mi propio interior.
En ese proceso de encarnarme en el territorio, comprendí que la vocación es
siempre un éxodo: salir de las seguridades para entrar en la tierra donde Dios nos
quiere plantar. Cada comunidad, cada rostro, cada historia de dolor y esperanza se
convirtieron en una parábola viva que me ayudó a leer mi propio camino vocacional.
Llegar al Vicariato fue, sin duda, el comienzo de un proceso de purificación, de
despojo y de confianza en la voz de Dios que se revela en lo cotidiano.
Sintesis Humana
En el proceso vocacional, la dimensión humana ha sido el terreno más exigente,
pero también el más fecundo de mi historia. Allí he debido confrontarme con mis
propias limitaciones, mis heridas y las zonas oscuras de mi historia que a veces no
quería mirar. He comprendido que seguir a Cristo no consiste en mostrarle a Dios
mis fuerzas, sino en permitirle que transforme mi debilidad.
He cometido errores, fruto de mi inmadurez afectiva y emocional, de mis prisas y de
mis miedos. Hubo momentos en que no supe escuchar, en que dejé que el orgullo
me impidiera aprender, o en que busqué refugio en mis propias seguridades. Sin
embargo, en medio de esas caídas he descubierto la ternura de un Dios que no se
escandaliza de mis ruinas, sino que se agacha para levantarme. Ha sido
precisamente ahí donde su llamada se ha hecho más clara, más limpia, más
verdadera.
Aún sigue resonando en mí aquellas palabras de Veda el venerable, que el Papa
Francisco tomó como su lema: “Miserando atque eligendo”: Él lo miró con
misericordia y le eligió. No porque fuera el más apto, sino porque su amor es gratuito
y su gracia alcanza donde mi humanidad se queda corta. Hoy reconozco que el
llamado de Dios ha sido una escuela de humildad, en la que cada error me ha
enseñado algo sobre la verdad del corazón humano y sobre la infinita paciencia del
Señor que no deja de modelar mi barro.
En este camino de reconciliación conmigo mismo ha sido de gran valor el
acompañamiento de la doctora Ivonne, quien con sabiduría y empatía me ha
ayudado a nombrar mis emociones, a comprender mis heridas y a integrar mi
historia desde la fe. Con su guía he podido avanzar hacia una madurez humana y
afectiva más plena, aprendiendo a relacionarme desde la autenticidad y no desde
el miedo, desde el servicio y no desde la necesidad de aprobación.
Poco a poco, he ido descubriendo que la madurez no consiste en no caer, sino en
saber levantarse con serenidad y seguir caminando.
Esta dimensión humana,
aunque la más frágil, ha sido también la más reveladora: allí he sentido la mano de
Dios moldeando mi historia con delicadeza, invitándome a vivir reconciliado con mi
pasado y disponible para el futuro. En esa experiencia, puedo decir que la
misericordia ha sido el verdadero punto de partida de mi vocación: Dios me miró,
me comprendió, y aun conociendo todo lo que soy, me dijo “sígueme”.
Síntesis Académica
La dimensión intelectual ha sido una parte importante en mi proceso de formación
y discernimiento. He tenido la oportunidad de formarme en distintas disciplinas,
obteniendo títulos en Licenciatura en Filosofía, Filosofía Pura y actualmente en
Teología, gracias al apoyo del Vicariato Apostólico de Puerto Leguízamo Solano y
a la confianza de mi Obispo. Sin embargo, con el tiempo he comprendido que no es
la profundidad del conocimiento de lo humano lo que verdaderamente satisface el
corazón, sino más bien el conocimiento profundo de Dios que se alcanza a través
de las ciencias humanas iluminadas por la fe.
He aprendido que todos los saberes, cuando no conducen al encuentro con Dios,
corren el riesgo de volverse estériles. La verdadera sabiduría no se mide en títulos
o en diplomas, sino en la capacidad de mirar la realidad con los ojos de Cristo. Por
eso, aunque valoro las oportunidades académicas que he recibido, entiendo que lo
esencial no es cuánto sé, sino cuánto dejo que el conocimiento me transforme para
servir mejor al Evangelio. Los estudios solo tienen sentido cuando se ponen al
servicio del Reino, cuando se convierten en herramientas para consolar, orientar y
acompañar a los pueblos.
En el seminario, esta dimensión se vio puesta a prueba. Llegar con un bagaje
académico previo fue una experiencia compleja. No faltaron las miradas que
juzgaban, los silencios que pesaban, o las suposiciones de quienes pensaban que
al ser profesional me sentiría superior o distante. En ocasiones, algunos
cuestionaban lo que decía, no por el contenido, sino por la idea preconcebida de
que nadie podía saber más que ellos. Aquello fue un proceso doloroso, pero también
purificador: aprendí a vivir el conocimiento desde la humildad, el silencio y la
contemplación. Descubrí que el silencio también es fuente de transmisión del
conocimiento, y que el testimonio sencillo vale más que mil teorías.
Considero que podría haber aportado más al seminario desde mis experiencias
académicas, quizás acompañando u orientando algunos de los cursos del pensum
formativo. No obstante, entendí que incluso en esa aparente limitación, Dios me
invitaba a vivir el saber desde la discreción y el servicio oculto. La sabiduría del
Evangelio no busca destacar, sino iluminar con suavidad.
Hoy puedo afirmar que la dimensión intelectual me ha enseñado a unir razón y fe,
pensamiento y oración, palabra y silencio. He aprendido que el verdadero teólogo
no es quien lo sabe todo sobre Dios, sino quien se deja enseñar por Él cada día.
Por eso, no me importan los títulos que tenga, siempre y cuando estén al servicio
del Señor y de su Iglesia. La inteligencia se hace fecunda solo cuando se pone al
servicio del amor, y la ciencia se convierte en oración cuando ayuda a descubrir el
rostro de Dios en los otros.
Síntesis Espiritual
Mi camino espiritual ha sido una travesía de búsqueda y purificación. De la mano
de mi director espiritual, el Padre Ramiro Charry, hombre paciente y sabio, he
aprendido que la oración no es un remedio inmediato, sino una escuela de
perseverancia. Llegué con ansiedad de encontrar un método que me uniera
rápidamente a Dios, queriendo sentir su presencia de modo tangible, pero el Señor
me enseñó que el amor maduro no busca emociones, sino fidelidad. “En la calma y
la confianza estará vuestra fuerza” (Is 30,15).
Al inicio, caí en la rutina de la oración comunitaria y en el cansancio de repetir
fórmulas sin vida. En medio de ello, encontré también incomprensión y cierta
resistencia cuando buscaba proponer nuevas formas de encuentro con Dios.
Escuchar frases como “acá siempre lo hemos hecho así” me desanimaba, pero
también me fortalecía. Aprendí que la fe no siempre florece en ambientes cómodos,
sino que se purifica en la prueba. Como enseña San Pablo: “Nos gloriamos incluso
en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia” (Rom 5,3).
Poco a poco entendí que la oración no se trata de decir mucho, sino de dejar que
Dios hable. Que el silencio orante es también una forma de comunión. Hoy mi
espiritualidad se ha vuelto más encarnada: encuentro a Dios en el río que canta, en
el pobre que espera, en la comunidad que celebra, y en la misión que me llama a
consolar. Como María al pie de la cruz (Jn 19,25), he aprendido a permanecer fiel
incluso cuando no entiendo todo. Mi alma, como la de ella, proclama que “el Señor
ha mirado la humildad de su siervo” (Lc 1,48).
Compositor e intérprete John Edison Cartagena Pulgarín
La vida espiritual ha sido el refugio más profundo en medio de mis luchas y
desiertos. La experiencia del seminario, aunque por momentos frustrante, me
condujo al centro de mi relación con Dios. Aprendí a permanecer ante su presencia
cuando todo parecía oscuro, a sostenerme en la oración y a dejar que el silencio
me hablara. He descubierto en la Eucaristía y en la Palabra de Dios las fuentes de
mi fortaleza y la raíz de mi esperanza.
En la espiritualidad he hallado consuelo y sentido. Dios se ha revelado no en los
grandes prodigios, sino en lo cotidiano: en el canto de las aves, en la sonrisa de un
niño ribereño, en la comunidad que reza bajo la lluvia.
Es en esa espiritualidad
encarnada donde he aprendido que ser discípulo de Cristo es dejar que Él viva en
mí, y que cada día sea una oportunidad para consolar, servir y amar más
profundamente.
Síntesis Pastoral
En el ámbito pastoral he descubierto una de las mayores alegrías y certezas de mi
vocación: servir es amar, y amar es dejar que Cristo ame a través de mí. Desde mis
primeros pasos en el Vicariato Apostólico de Puerto Leguízamo-Solano he sentido
un profundo celo misionero, una pasión encendida por el anuncio del Evangelio a
los más pobres, a los que sufren, a los olvidados del camino. En ellos he encontrado
el rostro vivo del Cristo Buen Samaritano, que se inclina ante las heridas del hombre,
las unge con aceite y vino, y las confía a la posada de la misericordia (Lc 10,34).
Mi experiencia pastoral ha estado marcada por ese anhelo de consolar y acompañar
a quienes han sido heridos por la violencia, el abandono o la indiferencia. He servido
como delegado de la Pastoral Juvenil en el Vicariato, aprendiendo que el Evangelio
se anuncia mejor cuando se comparte la vida, cuando se camina con los jóvenes
en sus búsquedas, dudas y esperanzas. Más tarde, en la Diócesis de Neiva, asumí
la coordinación de la Pastoral Vocacional, acompañando procesos de
discernimiento y confirmando que cada vocación es una respuesta al amor de Dios
que llama desde la fragilidad humana.
Actualmente, en la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes de Algeciras, he
continuado esa misión, animando la pastoral juvenil y vocacional con creatividad y
compromiso. Cada encuentro, cada conversación y cada oración compartida me
recuerdan que la pastoral no es solo una tarea, sino un modo de ser: una manera
de encarnar la compasión de Cristo en lo concreto de la vida cotidiana. Como dice
el Evangelio: “Vayan y hagan ustedes lo mismo” (Lc 10,37).
Ese celo pastoral me ha llevado a concretar mi “sí” a Dios de una manera radical y
sincera, donando mi vida para “dar vida a otros y darla en abundancia” (cf. Jn 10,10).
Ser misionero es aprender a desgastarse por amor, a reconocer que la verdadera
fecundidad del ministerio no depende de los resultados visibles, sino del amor con
que se sirve. En cada comunidad amazónica, en cada joven que busca su camino,
en cada familia que sufre, he comprendido que la pastoral es una prolongación del
gesto samaritano de Cristo, que no pasa de largo ante el dolor, sino que se acerca,
toca y sana.
He aprendido que el servicio pastoral no se improvisa: se gesta en la oración, se
alimenta de la Palabra y se fortalece en la comunión. Cuando las fuerzas parecen
agotarse, es en la Eucaristía donde el Señor vuelve a ungir el corazón del misionero
y lo impulsa a seguir caminando. En este proceso, he descubierto que el verdadero
misionero no lleva a Dios donde no está, sino que lo reconoce presente en cada
historia humana, en cada lágrima y en cada sonrisa del pueblo.
Así, mi vocación pastoral se ha hecho más contemplativa, más compasiva, más
samaritana: una pastoral que no teme ensuciarse las manos, que cura las heridas
del alma con ternura y que camina, como el Buen Samaritano, al ritmo del que sufre.
Conclusiones
Mirando todo este proceso vocacional vivido en el Vicariato Apostólico de Puerto
Leguízamo-Solano, reconozco que mi vida ha sido un río que Dios ha sabido
conducir entre corrientes y remansos, entre lluvias y soles. Cada dimensión,
humana, intelectual, espiritual y pastoral, ha sido como un afluente que desemboca
en la misma fuente: el amor misericordioso de Dios que llama, sana y envía.
En lo humano, he aprendido a reconocer mis fragilidades y errores no como
obstáculos, sino como lugares donde Dios manifiesta su misericordia. Como dice el
lema de la propia vocación de Pedro: “Miserando atque eligendo”, Él me miró con
compasión y me eligió, no por mis méritos, sino porque su amor es más grande que
mis límites.
En lo intelectual, comprendí que el conocimiento verdadero no es el que infla el ego,
sino el que ilumina el servicio. No me importan los títulos que tenga si no me ayudan
a amar más y a servir mejor. La sabiduría que viene de Dios no se mide en
conceptos, sino en humildad, porque “la ciencia hincha, pero el amor edifica” (1 Cor
8,1).
En lo espiritual, encontré el refugio más profundo. Aprendí a orar en los silencios, a
reconocer a Dios en lo cotidiano y a permanecer fiel cuando el consuelo se ausenta.
Descubrí que el Señor no se manifiesta solo en el milagro, sino también en el canto
de las aves, en la sonrisa de un niño ribereño, en la comunidad que reza bajo la
lluvia. Como el profeta Elías, lo encontré “en el susurro de una brisa suave” (1 Re
19,12).
Y en lo pastoral, confirmé que mi vocación es donación radical: un “sí” que se hace
vida en el servicio concreto, al estilo del Cristo Buen Samaritano, que se acerca al
herido y lo levanta con ternura.
Mi mayor anhelo es seguir siendo instrumento de
consolación en los caminos de la Amazonía, llevando el Evangelio con alegría,
compasión y esperanza.
Hoy puedo afirmar con certeza que la vocación no es una meta alcanzada, sino un
camino que se sigue navegando. Como las aguas del Putumayo que nunca se
detienen, el llamado de Dios continúa fluyendo, invitándome cada día a remar mar
adentro, a confiar, a seguir creciendo en fidelidad y amor.
Y mientras el río siga su curso, quiero seguir navegando en él con Cristo, llevando
su consuelo a quienes más lo necesitan, hasta que toda mi vida sea también río que
desemboca en el corazón infinito de Dios.
John Edison Cartagena Pulgarín
Candidato a Diácono Transitório
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