sábado, 11 de julio de 2026

La Maestra María

María, pedagoga en la Escuela de Jesús
El Maestro es el Hijo (cf. Mt 23,8-10)

Icono de la Consolata

En tiempos de invasión tecnológica y digital, repensar las pedagogías para un aprendizaje formativo integral, parece urgente y María, la madre y formadora del Maestro Jesús, es presentada en la Escritura Sagrada y en la tradición de la Iglesia Católica, como “modelo y guía” en el acompañamiento y formación de discípulos misioneros, no solo de fieles creyente. Ella, como discípula del Maestro y, precisamente por haber aprendido de Él desde la Encarnación hasta Pentecostés, se convierte en autoridad pedagógica para acompañar a los que aman y quieren seguir a su Hijo. Su vida constituye un verdadero itinerario pedagógico que acompaña el crecimiento espiritual del creyente desde el encuentro inicial con Dios hasta la plena participación en la misión de la Iglesia. Su pedagogía es siempre una pedagogía "en la escuela de Jesús", el “misionero enviado del Padre” que prepara para vivir sinodalmente en esta Iglesia en salida (Papa Francisco).

Hablar de María como pedagoga significa reconocer en ella no solamente a la Madre de Jesús y Madre de la Iglesia, sino también a la mujer que enseña el camino de la fe mediante su propia vida. María no funda una escuela con métodos escritos ni transmite una doctrina propia, su pedagogía consiste en conducir siempre hacia su Hijo, formando discípulos capaces de escuchar, discernir, servir, perseverar y anunciar el Evangelio.

 Una imagen y un nombre, Consolata

Soy Misionero de la Consolata y mi configuración con el “Misionero enviado del Padre” ha venido siendo inspirada a lo largo de los años, desde 1962, por la imagen de María Consolata propuesta por San José Allamano, formador de Sacerdotes diocesanos, en la Arquidiócesis de Turín – Italia y el carisma por él legado a los Institutos de la Consolata para misiones, fundados en 1901 y 1910. En realidad, el icono de la Consolata ofrece una síntesis visual extraordinaria de una propuesta formativa.  

Hoy, en la llamada era de la imagen, ya ampliamente usada en la tradición oriental, desde el inicio del cristianismo, no solo como una ilustración religiosa, sino una "teología en colores" (según la expresión atribuida a San Juan Damasceno), al inspirarnos en la “espiritualidad mariana” para la formación de discípulos misioneros, este icono puede convertirse en nuestra primera "lección". María no comienza con lo que dice, sino con lo que muestra. Antes de ser discurso, es icono; antes de ser método, es experiencia, antes de ser acción es contemplación.

El icono de la Consolata no solo inspira la vida y espiritualidad de San José Allamano, allá en el “corito” del Santuario de la Consolata, en Turín – Italia, en donde la imagen pasa del ámbito de la oración, meditación y devoción práctica a “lugar” de reflexión teológica, educativa formativa y misionológica.

Este icono perteneciente al grupo iconográfico de la Brephocratousa o Virgen con el niño, en la versión Odigitria, que presenta a María sosteniendo al Niño Jesús, a quien señala con su mano derecha para indicarlo como el camino de la salvación. El apelativo Odigitria deriva del topónimo del convento de los “Odigi”, en griego οδιγι, que significa "guías". Allí habitaba una comunidad de monjes que veneraba el retrato original de María, pintado según la tradición, por San Lucas. La emperatriz Puchera, habiéndolo recibido en Jerusalén, lo confió a ese monasterio construido cerca a una fuente de agua, en donde Nuestra Señora ya hacía muchos milagros, especialmente en favor de los ciegos, a los cuales los mismos monjes les servían de “guía”, conduciéndolos de la mano, como hacían los “pedagogos” griegos con los niños, de siete a catorce años, cuando los llevaban al gimnasio o a la palestra, hasta la fuente milagrosa para que se lavaran sus ojos con el agua sanadora. La misma palabra Odigitria significa “la que muestra el camino” (Cfr. Gharib Georges, Le Icone Mariane, Cittá Nuova, 1988).

Es verdad que la pedagogía occidental suele comenzar la educación aclarando y explicando conceptos, no así la oriental que comienza con la contemplación, no explica, sino que coloca en contacto con el misterio que despierta admiración, curiosidad y contemplación, generalmente silenciosa. En consecuencia, el primer acto educativo consiste en mirar, al estilo propuesto por el sacerdote y teólogo suizo Hans Urs von Balthasar (1905 – 1988), cuando constata que el ser humano llega a la verdad no solo mediante el razonamiento, sino, ante todo, mediante la contemplación de la belleza de la Revelación. Él deja registrada su propuesta en su trilogía La gloria del Señor, Teodrama y Teológica.

Esta perspectiva ofrece una base teológica muy sólida para interpretar la pedagogía mariana y la formulación del carisma a la que llegó San José Allamano contemplando el cuadro de la Consolata, y el lema que lo sintetiza Et annuntiabunt gloriam meam gentibus” (“Anunciarán mi gloria a las naciones”, Is 66,19) que fue mandado colocar por San José Allamano en la parte central superior de la Casa Madre de Turín en 1925, y anteriormente ya figuraba en la portada del primer Reglamento del Instituto (1891) y vuelve a aparecer en el Reglamento de 1901 y en las Constituciones de 1909.

 “Anunciarán mi gloria a las naciones”

El profeta Isaías concluye su libro con una visión profundamente misionera. Después de anunciar la restauración de Jerusalén, evidencia de la consolación anunciada en 40,1-12, Dios promete enviar mensajeros hasta los confines del mundo: “Pondré en ellos una señal y enviaré algunos de los sobrevivientes a las naciones... a las costas lejanas, que nunca oyeron hablar de mí ni vieron mi gloria; ellos anunciarán mi gloria a las naciones” (Is 66,19).

Esta promesa encuentra en Jesucristo su pleno cumplimiento. El Hijo, enviado por el Padre, revela la gloria de Dios como amor misericordioso, y después de su Pascua envía a sus discípulos hasta los confines de la tierra (cf. Mc 16,15; Mt 28,19-20; Lc 224,48; Hch 1,8; Jn 20,21). Así, la misión no nace de una iniciativa humana, sino del deseo de Dios de que todos los pueblos experimenten su salvación, disfruten el “buen vivir” (Sumak Kawsay en kichwa), paradigma ancestral, alternativo al que propone hoy la sociedad del capitalismo tecnológico global de libre mercado. Las cosmovisiones de los pueblos indígenas andinos y amazónicos lo fundamentan en cuatro principios básicos:

      ·         Relacionalidad: Todo está interconectado; no existe vida aislada.
·         Complementariedad: Todos los seres y elementos se necesitan mutuamente.
·         Reciprocidad: Dar y recibir en equilibrio (ejecutado en prácticas como la minga                           comunitaria).
·         Correspondencia: Vivir en armonía con lo que la naturaleza nos proporciona.

Este Lema misionero se puede extender a todos los operarios del Reino, contemplativos, testigos, anunciadores y reveladores de la gloria de Dios, manifestada no en volúmenes de ideas verdaderas y bien documentadas, ni en instituciones bien organizadas, fuertes en su patrimonio y estructuras bien administradas, sino en personas y comunidades que hacen visible, con la vida, la palabra y las acciones, el rostro del Dios compasivo y misericordioso que consuela, libera y salva.

La gloria de Dios en la Biblia no es un esplendor lejano, es su presencia amorosa que restaura la dignidad humana, perdona, sana, reúne a los dispersos y ofrece esperanza a los pueblos. Anunciar esa gloria significa revelar que Dios continúa actuando en la historia, especialmente allí donde abundan el sufrimiento, la pobreza, la violencia, la soledad y la pérdida del sentido de la vida.

En esta perspectiva, la Consolación deja de ser un simple alivio emocional para convertirse en una experiencia integral del Reino. Consolar es hacer presente a Cristo resucitado; es acompañar a los crucificados de la historia; sanar las heridas del pecado, perdonar; es defender la dignidad de cada persona; es reconciliar, con el perdón y la reparación, personas, comunidades y pueblos rotos; es cuidar la creación como casa común y abrir caminos de esperanza allí donde parece reinar la desesperanza.

La expresión “a las naciones” manifiesta el carácter universal de la misión. El profeta utiliza el término para designar a todos los pueblos, especialmente a quienes todavía no conocen al Dios de Israel. Para el carisma misionero de la Consolata, estas naciones representan hoy, en el Continenete Americano, los pueblos no evangelizados, las periferias geográficas y existenciales, las culturas en transformación, las nuevas pobrezas urbanas, el mundo digital, los migrantes, los jóvenes sin horizonte, los pueblos indígenas, las comunidades afrodescendientes y todos aquellos que esperan una palabra de vida.

San José Allamano comprendió profundamente esta dimensión universal. Quería misioneros apasionados por quienes todavía no conocían a Cristo y repetía que el primer anuncio debía realizarse con la santidad de vida. Antes de anunciar con los labios, el misionero anuncia con la transparencia de una existencia transformada por el Evangelio. Por eso insistía: “Primero santos, después misioneros”. La credibilidad del anuncio depende de la autenticidad del testimonio.

El lema también recuerda que el verdadero protagonista de la misión es Dios mismo. En Isaías es Él quien envía; es Él quien prepara los caminos; es Él quien reúne a las naciones. El misionero no lleva su propia gloria, sino la gloria de Dios. No busca protagonismo, sino que las personas descubran el amor del Padre maternal manifestado en Jesucristo mediante la fuerza del Otro Consolador, el Espíritu Santo.

María, la mujer de todos los nombres, incluido el de Consolata, fue la primera en llevar la gloria de Dios a otra persona cuando visitó a Isabel. Su presencia hizo exultar al niño en el seno materno y provocó el canto del Magníficat. Ella continúa siendo la Consolata que acompaña a los misioneros para que Cristo sea conocido y amado entre todos los pueblos.

En el contexto actual, marcado por conflictos, polarización, migraciones, crisis ecológica y profundas búsquedas espirituales, la misión ad gentes ya no puede entenderse únicamente como un desplazamiento geográfico, sino como la disponibilidad permanente para salir al encuentro de quienes todavía no han experimentado la alegría del Evangelio. Las nuevas "naciones" son también los ambientes culturales, digitales y sociales donde Cristo necesita ser anunciado con respeto, diálogo, cercanía, testimonio y estética.

Artista Juan Camilo Herrera

Así, “Anunciarán mi gloria a las naciones” resume admirablemente la vocación de los Misioneros y Misioneras de la Consolata: enviados por Dios para hacer visible su gloria mediante una vida santa, anunciar a Jesucristo con alegría, llevar la consolación a los pueblos, promover la dignidad humana, cuidar la creación y construir comunidades reconciliadas. Solo quien ha experimentado la consolación de Dios puede convertirse en auténtico mensajero de esa misma para todas las naciones. Puede leerse también como un itinerario espiritual y misionero en cinco verbos que sintetizan el carisma de la Consolata:

      1.      Contemplar la gloria de Dios en Cristo.
2.      Dejarse consolar por el Espíritu Santo.
3.      Salir hacia las naciones y las periferias.
4.      Anunciar el Evangelio con la vida y la palabra.
5.      Construir comunidades reconciliadas que reflejen la gloria de Dios.

En definitiva, Isaías 66,19 expresa de manera admirable la vocación de la Familia de la Consolata: quien ha sido consolado por Dios es enviado para que todas las naciones conozcan, contemplen y experimenten su gloria salvadora. 

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