lo femenino es anterior a lo masculino
Posteriormente
surgió una célula con membrana y dos núcleos, dentro de los cuales se
encontraban los cromosomas. En ella se identifica el origen del sexo. Cuando ocurría el
intercambio de núcleos entre dos células binucleadas, se generaba un único
núcleo con los cromosomas en pares. Antes, las células se subdividían por
clonación; ahora lo hacen mediante el intercambio entre dos diferentes con sus
núcleos. Así se revela la simbiosis —composición de elementos distintos— que,
junto con la selección natural, representa una, aunque no la única, de las
fuerzas más importantes de la evolución.
Lo
que muchos biólogos sostienen —incluido el astrofísico Stephen Hawking, en su
libro El universo en una cáscara de nuez— es que en la evolución y en el
proceso biogénico no existe simplemente el triunfo del más apto, como pretendía
Darwin. Tal visión es aún insuficiente, pues no toma en cuenta las
interdependencias existentes entre todos los seres, incluso a nivel
físico-químico, mucho antes del surgimiento de la vida. Es esta
interdependencia, la cooperación de todos con todos, la que constituye la
línea maestra del proceso evolutivo.
La
competencia, con la posibilidad de que triunfe el más apto, solo es posible
dentro de la interdependencia y la cooperación universal. El débil también
posee su oportunidad y su lugar, y gracias a la interdependencia sobrevive.
Este principio originario de interdependencia de todos con todos fundamenta
la sostenibilidad y explica la biodiversidad y la fuerza de la vida.
Christian
de Duve, premio Nobel de Medicina, llega a afirmar en su conocido libro Polvo
vital: la vida como imperativo cósmico” que “la vida es como una plaga tan
violenta que jamás se ha conseguido exterminarla”. A lo largo de la historia de
la Tierra ocurrieron quince grandes extinciones de especies vivas, pero ella, la
Tierra viva, logró siempre reconstruir la biodiversidad e incluso enriquecerla.
Cuando
surgió la sexualidad con la bipolaridad masculino/femenino, apareció también
la gran diversidad y la singularidad de los seres vivos. El intercambio del
material genético se da siempre bajo un principio cuántico, es decir, está
vigente el principio de indeterminación de Werner Heisenberg. Nunca se sabe
exactamente qué resulta de las conjunciones ni qué enriquecimientos surgen a
partir de los dos tipos de capital genético, el femenino y el masculino.
Este
hecho tiene consecuencias filosóficas: la vida está tejida más de
intercambios, cooperación y simbiosis que de lucha competitiva por la
supervivencia y la competencia, como ocurre en el ámbito de los negocios.
Cuando
se alcanza el nivel consciente y libre, esta riqueza y este intercambio pasan
de la exterioridad biológica a la interioridad subjetiva, es decir, al proyecto
personal. La sexualidad puede transformarse en un propósito de vida, vivido en
pareja y en libertad, expresado en el amor. Esta opción ya no está regida por
el código genético descrito por la biología. Aquí intervienen otros
principios ligados a la innovación, la libertad, la cooperación consciente, el
cuidado y el amor, sobre los cuales se estructuran relaciones nuevas,
creativas y libres, también entre hombre con hombre o mujer con mujer.
Retomando
el hilo: durante los dos primeros billones de años, en los océanos o lagos de
donde surgió la vida, no existían órganos sexuales específicos. Existía una
existencia femenina generalizada que, en el gran útero de los océanos, lagos y
ríos, generaba vida. En este sentido podemos decir que el principio
femenino es primero y originario, y no el masculino. Así se invalida el mito
bíblico y cultural de la primacía de Adán (lo masculino).
Solo
cuando los seres vivos dejaron el mar, fue surgiendo lentamente el pene, elemento masculino que, al
entrar en contacto con la célula femenina, le transmitía parte de su ADN, donde
se encuentran los genes.
Con
la aparición de los vertebrados, los reptiles, hace 370 millones de años, estos
crearon el huevo amniótico lleno de nutrientes y consolidaron la vida en tierra
firme. Con la aparición de los mamíferos, hace unos 125 millones de años,
surgió una sexualidad definida de macho y hembra. Allí emergen el
cuidado, el amor y la protección de las crías. Hace 70 millones de años
apareció nuestro ancestro humano, que vivía en la copa de los árboles,
alimentándose de brotes y flores. Con la desaparición de los dinosaurios, hace
67 millones de años, pudo descender al suelo y desarrollarse hasta llegar a
nuestros días.
Conviene
detallar mejor la complejidad implicada en la sexualidad.
El
sexo genético-celular humano presenta el siguiente cuadro: la mujer se
caracteriza por 22 pares de cromosomas somáticos más dos cromosomas X (XX). El
hombre posee también 22 pares, pero con un cromosoma X y otro Y (XY). De ello
se deduce que el sexo base es femenino (XX), mientras que el masculino (XY)
representa una derivación por un único cromosoma (Y). Por tanto, no existe
un sexo absoluto, sino uno dominante. En cada uno de nosotros, hombres y
mujeres, existe “un segundo sexo”.
En
cuanto al sexo genital-gonadal, es importante señalar que en las primeras
semanas el embrión es andrógino, es decir, posee ambas posibilidades sexuales,
femenina y masculina. A partir de la octava semana, si el cromosoma Y
interviene mediante el andrógeno, la definición será masculina. Si no ocurre,
prevalece la base común femenina. En términos del sexo genital-gonodal podemos
decir: el camino femenino es primordial. A partir de lo femenino se da
la diferenciación, lo que desautoriza el fantasioso “principio-Adán”. La
ruta de lo masculino es una modificación de la matriz femenina, por causa de la
secreción de andrógenos.
Existe
además el sexo hormonal. Todas las glándulas sexuales, tanto en el hombre como
en la mujer, son reguladas por la hipófisis, que es sexualmente neutra, y por
el hipotálamo, que sí está sexuado. Estas glándulas producen tanto andrógenos
(masculinos) como estrógenos (femeninos). Son responsables por los caracteres
sexuales secundarios. La predominancia de uno u otro determina
características y comportamientos femeninos o masculinos. Así, un hombre con
mayor presencia de estrógenos puede presentar rasgos femeninos, y lo mismo
ocurre en la mujer respecto a los andrógenos.
Por
último, la sexualidad posee una dimensión ontológica. El ser humano no “tiene”
sexo. Él es sexuado en todas sus dimensiones, corporales, mentales y
espirituales. Antes de la emergencia de la sexualidad, el mundo es el de lo
idéntico; con ella surge la diferencia mediante el intercambio entre distintos,
que permite la convivencia y la interrelación.
Esto
tiene consecuencias antropológicas: la vida está más tejida de
cooperación y simbiosis que de lucha competitiva.
Así
ocurre con la sexualidad humana: cada persona, además de su impulso instintivo,
siente la necesidad racional y afectiva de canalizarlo y sublimarlo. Quiere
amar y ser amada, no por imposición, sino por libertad. La sexualidad florece
en el amor, la fuerza más poderosa “que mueve el cielo y las estrellas” (Dante)
y también nuestros corazones. Es la máxima realización a la que puede aspirar
el ser humano. Pero conviene recordar: lo femenino es anterior, surge
primero y es fundamental. Lo masculino apareció mucho más tarde en el
proceso de la sexogénesis. Ambos, sin embargo, se encuentran para conformar la
unidad diversa de la especie humana, de mujer y varón.
Fuente: Leonardo Boff, 20 abr 2026
Carlos Alberto Zuluaga - CAZ


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