miércoles, 8 de abril de 2026

Pascua del Pueblo - Iglesia

 Misión en la frontera

AMJV - Jóvenes Universitarios y Profesionales en Misión - Barrio Camilo Daza - Cúcuta
 

Frontera nos habla de barrera, de aduana, de control. Allí encontramos vigilantes armados y atentos a identificar, registrar y permitir o no el paso a los transeúntes o migrantes. Esa es una frontera física o jurídica que separa países o territorios. Por ella pasan personas que salen de sus territorios por diversos motivos, externos a ellos mismos, con diferentes motivaciones interiores.
 
La frontera lugar de misión
Las fronteras humanas en la frontera física, con sus variadas y diversas realidades sociales, espirituales y culturales, personales y colectivas, se convierte en “lugar de misión” para discípulos misioneros del Señor Jesús.


Lugar de encuentro social: hombres y mujeres, adultos y jóvenes, niños y ancianos, venidos de cerca y de lejos, se entremezclan, se convocan, se reúnen en asambleas espirituales, según sus credos. Conviven y recuerdan, celebran con sus rituales y simbologías, cantos y arreglos florales, escenografías y teatro, intercambios y dádivas. Viven realmente la fiesta de la vida en fiesta. Alimentan la fe y la esperanza, avivan el amor que se hace servicio, donación y entrega, a la manera del Galileo Jesús.
Este lugar o territorio de misión viene habitado por misioneros que llegan de afuera. En este caso Misioneros de la Consolata, provenientes de diferentes lugares de Colombia y Venezuela, treinta y tres en total, que integrados con los equipos locales de pastoral católica, esparcidos por todo el territorio, organizados por sectores, de la extensa Parroquia María de los Dolores, con su joven y dinámico Párroco, P. Daniel Carreño, en el Barrio Camilo Daza, de Cúcuta, Norte de Santander. Así convierte todo el territorio en “casa cural” para dormir, descansar y alimentar; templo o capilla para celebrar; lugar teológico de reflexión, oración y celebración litúrgica; espacio de encuentro, perdón y reconciliación, de fuego nuevo y luz resplandeciente en el ambiente, de aleluyas y alegría cantada en la noche santa del Pregón. De resurrección personal y colectiva, de Pascua actualizada, de vida compartida.
El territorio - barrio, se transforma en espacio de salvación – liberación, de consuelo para los enfermos, alivio y descanso para los cansados y abatidos que son visitados y confortados, de mesa servida y extendida, con pan multiplicado, partido, repartido y compartido, expresión sacramental de fraternidad abierta, sin discriminación ni exclusión. El agua esparcida sobre la tierra y todos sus habitantes, penetra como suave y refrescante bendición. Agua de vida que calma toda sed, incluida la de eternidad y despierta la esperanza.
 
La frontera, punto de encuentro y no de separación
 
El Espíritu que aleteaba sobre las aguas primordiales, cuando todo era caos,
aleteó en el barro y el polvo de las frescas y ardientes calles del indefinido barrio.
Las fronteras se esfumaron y se dibujó el “nuevo Pueblo”, el de Dios.
La Iglesia presente aquí, allí, allá y más allá, como semillas de hermandad.


El Pueblo de Dios salió a las calles. Caminó rumiando el misterio del amor donado,
recordó sus caídas, vivenció encuentros con y entre mujeres, con madres y cirineos.
 Contempló al joven Juan, el amado juzgado, condenado, azotado, con espinas coronado.
Subió al Calvario y junto a la cruz lloró consolado y consolador al escuchar el grito:
“Perdónalos, no saben lo que hacen y la invitación: “hoy estarás conmigo en el paraíso”.
 
El esplendor del fuego nuevo iluminó el ambiente que vibró con el Aleluya cantado.
Las fronteras se diluyeron en los caminos y en las mesas de los testigos:
Lo vimos, le dimos una mano, lo escuchamos, lo visitamos, comimos con Él.

¡Está vivo! ¡Aleluya!


La Pascua se recuerda, se vive y actualiza en Comunidad - Pueblo - Iglesia


1 comentario:

DAMAR dijo...

Grata experiencia misionera, gracias a la comunidad por propiciar estos espacios.