Del sepulcro a la consolación
Muerte de un Misionero de la Consolata
Invitados por la Iglesia Católica a vivir el
acontecimiento como parte de un camino de fe, esperanza y amor, la Familia
Misionera de la Consolata lo vive en clave de fraternidad, en comunión con la
familia de origen o de sangre y las comunidades de fé que ha servido.
Al P. Carlos Arturo Olarte Gonzáles, nacido
en Bogotá el 16 de marzo de 1969, lo visitó la muerte en Cartagena del Chairá –
Caquetá – Colombia, último lugar de su misión, después de haber servido en Italia
(Europa), el Congo (Africa), Argentina (Sud América) y varios lugares de
Colombia. Trasladado al Hospital de Florencia, capital del Departamento y sede arquidiocesana,
expiró el 11 de marzo del 2022. De allí fue trasladado su cuerpo a Bogotá a la
casa central de sus hermanos de comunidad y misión, junto a su familia y la
casa natal.
Después de sobrias ceremonias litúrgicas,
dentro de la ritualidad católica, fue traslado al Jardín Parque cementerio via Cota,
en donde fue sepultado o sembrado su cuerpo en la tierra, con la esperanza de
la resurrección, tal como lo ha hecho la Iglesia desde sus orígenes. El mismo
Jesucristo fue colocado en un sepulcro y ese gesto se convirtió en símbolo de
la esperanza cristiana: así como Él resucitó, también nosotros estamos llamados
a la vida plena. Enterrar a los muertos ha sido y es una obra de misericordia.
No es simplemente “dejar” un cuerpo en la tierra, sino sembrarlo como semilla
de vida eterna.
La tumba se convierte así en lugar de memoria
agradecida y por eso ornamentada con arreglos florales y otros símbolos, además
de marcada con el nombre del difunto. Lugar de peregrinación y oración, en
espera de la vida eterna.
Obligados por la disponibilidad y uso de los
espacios, reglamentados por las administraciones públicas, cuando se vence el
plazo de uso del lugar de la sepultura se tramita y ejecuta la exhumación y trasladado
de los restos a otro lugar, previamente determinado. En este nuevo momento del
proceso fúnebre surgen nuevas preguntas que llevan a nuevas decisiones: ¿en
dónde colocar los restos? ¿En un osario común o algún espacio o mausoleo
comunitario? ¿Hacer uso de la cremación y los cenizarios? En el caso del P. Carlos Arturo, ya la mamá,
Doña Marina, había resuelto el asunto adquiriendo un cenizario en la Parroquia
de Cristo Rey, en el Chicó bogotano, con capacidad para albergar tres cofres:
uno para su esposo Don Luis, otro para ella y el tercero para el P. Carlos, el
primero que lo ocupó. Recordando así que el vínculo con los seres queridos no
depende de un lugar físico, sino del amor que perdura.
Cenizario, nicho de memoria y comunión
Se procede, entonces, a la cremación, una práctica reglamentada y ejecutada civilmente. Aceptada y permitida hoy por la Iglesia Católica, tal como leemos en la Instrucción Ad resurgendum cum Christo, acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, 15 de agosto de 2016, Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Allí se nos recuerda que Dios, quien creó al ser humano, también puede recrearlo más allá de cualquier forma material, mientras subraya una profunda verdad: la vida humana es frágil y pasajera, pero está llamada a la eternidad.
En una sociedad que a veces tiende a
simplificar o trivializar la muerte, nosotros testimoniamos que, así como tratamos
a nuestros difuntos, acogemos, respetamos y cuidamos la vida. No solo honramos,
agradecidos, a quien ha partido, sino afirmamos, con serenidad y fe, que la
muerte no es el fin, sino el paso obligado para el consuelo pleno.
La mano de San José Allamano que recibió al P. Carlos Arturo en la puerta del Colegio José Allamano, lo introdujo y acompañó en su largo proceso académico, formativo y misionero, desde el barrio Galán de Bogotá, pasando por el Noviciado en Bucaramanga, el Canadá para el estudio del Francés, el Congo y Argentina, hasta Cartagena del Chairá, lo reciba con ese apretón de manos a la entrada de ese "paraiso para los misioneros" que les comentaba y auguraba, durante sus conversacones con ellos: premio final y consolador, preparado por Dios, para los Misioneros fieles a su vocación - misión.
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