Misión en la frontera
Frontera
nos habla de barrera, de aduana, de control. Allí encontramos vigilantes
armados y atentos a identificar, registrar y permitir o no el paso a los
transeúntes o migrantes. Esa es una frontera física o jurídica que separa
países o territorios. Por ella pasan personas que salen de sus territorios por
diversos motivos, externos a ellos mismos, con diferentes motivaciones
interiores.
Las
fronteras humanas en la frontera física, con sus variadas y diversas realidades
sociales, espirituales y culturales, personales y colectivas, se convierte en “lugar
de misión” para discípulos misioneros del Señor Jesús.
Lugar de encuentro social:
hombres y mujeres, adultos y jóvenes, niños y ancianos, venidos de cerca y de
lejos, se entremezclan, se convocan, se reúnen en asambleas espirituales, según
sus credos. Conviven y recuerdan, celebran con sus rituales y simbologías,
cantos y arreglos florales, escenografías y teatro, intercambios y dádivas. Viven
realmente la fiesta de la vida en fiesta. Alimentan la fe y la esperanza,
avivan el amor que se hace servicio, donación y entrega, a la manera del Galileo
Jesús.
Este
lugar o territorio de misión viene habitado por misioneros que llegan de afuera.
En este caso Misioneros de la Consolata, provenientes de diferentes lugares de
Colombia y Venezuela, treinta y tres en total, que integrados con los equipos
locales de pastoral católica, esparcidos por todo el territorio, organizados
por sectores, de la extensa Parroquia María de los Dolores, con su joven y
dinámico Párroco, P. Daniel Carreño, en el Barrio Camilo Daza, de Cúcuta, Norte
de Santander. Así convierte todo el territorio en “casa cural” para dormir,
descansar y alimentar; templo o capilla para celebrar; lugar teológico de
reflexión, oración y celebración litúrgica; espacio de encuentro, perdón y
reconciliación, de fuego nuevo y luz resplandeciente en el ambiente, de
aleluyas y alegría cantada en la noche santa del Pregón. De resurrección
personal y colectiva, de Pascua actualizada, de vida compartida.
El
territorio - barrio, se transforma en espacio de salvación – liberación, de
consuelo para los enfermos, alivio y descanso para los cansados y abatidos que
son visitados y confortados, de mesa servida y extendida, con pan multiplicado,
partido, repartido y compartido, expresión sacramental de fraternidad abierta,
sin discriminación ni exclusión. El agua esparcida sobre la tierra y todos sus
habitantes, penetra como suave y refrescante bendición. Agua de vida que calma
toda sed, incluida la de eternidad y despierta la esperanza.
aleteó en el barro y el polvo de las frescas y ardientes calles del indefinido barrio.
Las fronteras se esfumaron y se dibujó el “nuevo Pueblo”, el de Dios.
La Iglesia presente aquí, allí, allá y más allá, como semillas de hermandad.
El Pueblo de Dios salió a las calles. Caminó rumiando
el misterio del amor donado,
recordó sus caídas, vivenció encuentros con y entre
mujeres, con madres y cirineos.
Contempló al
joven Juan, el amado juzgado, condenado, azotado, con espinas coronado.
Subió al Calvario y junto a la cruz lloró consolado y
consolador al escuchar el grito:
“Perdónalos, no saben lo que hacen y la invitación:
“hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Las fronteras se diluyeron en los caminos y en las mesas de los testigos:
Lo vimos, le dimos una mano, lo escuchamos, lo visitamos, comimos con Él.




1 comentario:
Grata experiencia misionera, gracias a la comunidad por propiciar estos espacios.
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