José Allamano
Un humano de Italia, santo para el mundo
Hoy16 de marzo, recordamos al Padre y Maestro de Misioneros, José Allamano
Del pueblo a la ciudad
Hijo y
hermano en una familia del campo, religiosamente educada y vocacionalmente
cultivada para el servicio, humilde y trabajadora, sin lujos, pero con dignidad
y autosuficiencia, José Allamano tiene muchos rasgos en común con la mayoría de
los Misioneros de la Consolata, que hasta ahora han llegado al Instituto, en
estas tierras americanas. Casi todos emigrantes de los campos a las ciudades
por motivos de estudio. La interacción entre la casa, el campo y el pueblo, la
escuela y la parroquia, junto con un poco de tierra o un trabajo familiarmente
gestionado, conforman un nicho cultural común, en el cual se interiorizan valores
sociales y políticos, espirituales y religioso, laborales y económicos, que
sirven de plataforma para la vida. El salto a la ciudad, que normalmente se
torna más traumático, viene mediado para Él por el Oratorio salesiano y el seminario,
lugares de formación integral y progresiva, como sucede también para muchos
misioneros en el Continente.
En este
recorrido de base, entonces, nosotros los misioneros de la Consolata de las
américas, me atrevo a leerlo así, con algunas excepciones, claro está, nos
sentimos en sintonía con el Fundador. Tal vez por eso como que nos entendemos
con él, lo escuchamos con gusto y sentimos que nos entiende. Lo aceptamos, sin
resistencias, como Padre y Formador. Él nos hace sentir en casa con su
“espíritu de familia”.
De Formando a Formador
Del
Oratorio, por personal iniciativa y decisión, aún contra la voluntad de Don
Bosco, muestra clara de su personalidad y temple de carácter, pasó al Seminario
Diocesano de Turín, en donde perseveró, durante siete años, dedicado al
estudio, la oración y el trabajo. Al final de su proceso formativo, con apenas
23 años, recibió su Ordenación sacerdotal, el 20 de septiembre de 1873, casi
con su primera destinación, después de breve experiencia pastoral con su tío
Juan: educador en el seminario de donde acababa de salir. Dio su sí al Obispo
con susto, pero confiado en su bendición. Un joven Sacerdote diocesano,
formador de aspirantes al sacerdocio y luego de colegas en el ministerio,
parecía nacido para ese servicio.
Formador, Pastor y Animador
En los
siete años como educador en el seminario, encargado de la disciplina primero y
director espiritual después, inició su preparación, que complementaría con sus
46 años de pastoral diocesana en y desde el Santuario de la Consolata, para
llegar a ser, poco a poco, “Padre y Maestro de Misioneros” (Mos. Luis Augusto
Castro).
A partir de
1880, hasta el final de sus días, el 16 de febrero de 1926, combinó siempre su
misión de Formador con la de Párroco (Rector) en el Santuario de la Consolata.
Un sacerdote diocesano que de niño había sentido el llamado a la misión más
allá de sus fronteras, mientras escuchaba al Cardenal Guillermo Massaia que,
como obispo misionero en Etiopia, venía a hablarles en el Oratorio, o cuando
leía libros de historia y geografía, que le encantaban. Durante los tiempos de
seminario sintió fuerte la vocación misionera, pero debido a su frágil salud,
el Padre Espiritual le aconsejó y convenció de posponer su ingreso a una
Congregación misionera. Él, coherente consigo mismo, no pudiendo ir
directamente, se empeñó en hacer algo, aunque fuera indirecto: ofrecer a los
sacerdotes diocesanos de Turín y del Piamonte, que deseaban ser misioneros, una
posibilidad de partir para la misión. Su proyecto de una organización diocesana
con tal fin se fue desarrollando lentamente, sin prisa ni presión, hasta que
encontró condiciones favorables y se concretizó en un Instituto Misionero.
Desempeñando
esa triple dimensión ministerial de Formador, Evangelizador y Animador, en y
desde el Santuario de la Consolata, en la Iglesia Local de Turín y su Provincia
piamontesa, fue gestando su obra, con el apoyo de su compañero de trabajo y
amigo P. Santiago Camisassa, del Cardenal y muchos eclesiásticos, religiosos/as y laicos
comprometidos, el Instituto Misionero de la Consolata (1901) y el de las
Misioneras (1010), sin dejar de ser plena e integralmente diocesano.
“Este projeto, forjado
aos pés da Mãe, que sendo Consolata (Consolada), torna-se Consoladora dos
aflitos, foi aglutinando missionários dispostos a deixar tudo, à semelhança do
Filho de Deus, para ficarem perto de outros povos e tornarem-se para eles
presença de consolação, entendendo que a missão e a promoção integral da pessoa
devem caminhar juntas” (Luiz Balsan).
En una de sus
tantas síntesis el P. Antonio Bonanomi proponía que todo Misionero de la
Consolata fuera Formador, Evangelizador y Animador, como el Fundador. Mientras el P. Piero Trabucco, en
Toronto Canadá, abriendo en el 2012, el primer encuentro de un Consejo
Continental, exhortaba: “Es importante inculturar el Fundador
haciendo esfuerzos para que el fundador histórico llegue a cada cultura y se
re- exprese vivo en los misioneros, los laicos y las hermanas. Resaltar el “Fundador como educador”, “como pedagogo”,
“como formador en el seminario y padre de misioneros”.

Él continúa
formando y educando con su estilo, espíritu y método en las diferentes Comunidades
Formativas, los Colegios y otras Instituciones. Continua presente y activo en
la misión a través de los misioneros/as que, en las varias “opciones misioneras
ad gentes”, se inspiran en su vida, su estilo y su metodología pastoral
misionera. Continúa animando las Iglesias Locales, la Vida Consagrada, los
laicos comprometidos, la sociedad civil, los jóvenes y los niños para que
salgan, más allá de sus fronteras sociales, culturales, religiosas y
geográficas, a “anunciar la gloria de Dios entre los pueblos”.