domingo, 9 de agosto de 2026

Misión en la Frontera

 Misión intercultural en la frontera cultural

Colombia, Ecuador y Perú conforman uno de los espacios con mayor diversidad indígena de América del Sur. En conjunto reúnen más de 180 pueblos indígenas reconocidos oficialmente, con una población indígena aproximada de 10 a 12 millones de personas. Las cifras varían ligeramente según los censos y los procesos de autoidentificación, pero los datos oficiales más aceptados son los siguientes: en Colombia se reconocen 115; en Ecuador, 14 nacionalidades y 18 pueblos; en Perú, 55 para un total aproximado de 184.

Resulta particularmente interesante para los Misioneros de la Consolata, presentes en ese territorio desde la década de los cincuenta reflexionar hoy, día internacional de los Pueblos Indígenas, sobre este dato de la realidad tri fronteriza, desde ese “lugar teológico” llamado Amazonía, que reúne en una sola, dos de sus opciones misioneras: la amazónica y la indígena.

Los tres países comparten un corredor amazónico en donde los Misioneros de la Consolata han tenido una significativa convivencia con pueblos pertenecientes a grandes familias lingüísticas comunes. Con la ayuda del ChatGPT hemos elaborado esta síntesis infográfica:

  • Centro: imagen de la Virgen Consolata y San José Allamano.
  • Primer anillo: el mandato misionero (Mc 16,15; Mt 28,19; Lc 24,48; Jn 20,21).
  • Segundo anillo: las grandes familias lingüísticas (Quechua, Tukano, Arawak, Pano, Jíbaro, Bora-Witoto, Tikuna).
  • Tercer anillo: los pueblos transfronterizos.
  • Cuarto anillo: los territorios amazónicos (Caquetá, Putumayo, Vaupés, Napo, Pastaza, Morona, Loreto, Ucayali, Madre de Dios).
  • Anillo exterior: la presencia histórica de los Misioneros de la Consolata (1947–2027) y el horizonte de la CEAMA y Querida Amazonia.
  • Los ríos Amazonas, Putumayo, Caquetá, Napo y Marañón, como las líneas de la espiral, son el signo de una misión que une y sirve a pueblos y culturas que casi no cuentan para sus Estados.      

 Espero su reacción o comentario, aquí mismo. 

sábado, 8 de agosto de 2026

Aprendiendo a vivir conviviendo

 REVITALIZAR EL CONTRATO SOCIAL

Pedro Pierre, sacerdote diocesano en el Ecuador

             Todo grupo y toda sociedad necesitan de acuerdos mínimos para poder existir y vivir en armonía. Estos acuerdos contienen los deberes y los derechos que corresponden a las y los participantes. Por eso en una sociedad la vigencia de estos deberes y derechos conforman el “estado de derechos”. Desde hace 9 años estamos destruyendo este ‘estado de derecho’, tanto por los deberes que no cumplimos como por los derechos que se nos van quitando desde los gobiernos. Hemos entrado en una dictadura por las actitudes irrespetuosas de nuestros derechos por parte del presidente y porque la gran mayoría de los ecuatorianos nos hacemos cómplices de esta situación. El contrato social que nos organizaba está roto. Vamos a ir de mal en peor hasta que reaccionemos como país, hasta revalidarlo. Se trata de revitalizarlo para el bien de nuestro país y de nuestras familias, mediante la decisión de cumplirlo, defenderlo y emprender una nueva organización familiar y social. Mientras no lo hagamos, vamos a ir de mal en peor.

Para regresar a una convivencia civilizada debemos confirmar las bases de esta nueva organización social. He aquí un esquema que nos ayuda a entender cuáles son los criterios mínimos de toda organización social, sea la familia, el barrio o la sociedad. Partiremos de una gráfica que llamamos “el Árbol de la vida”. Los cristianos lo llamamos “el Árbol del Reino”. Veamos.

    El punto de partida, lo llamaremos la fuente" o Dios, es decir esta “Energía” que está al origen de todo y nos mantiene en existencia. Esta ‘Fuente’ está compuesta de 3 elementos básicos que sustentan y producen todo lo que existe. Los reconocemos con “vida, amor y comunidad” porque son los componentes del universo y de cada uno de nosotros los humanos y de todo lo que existe. 

Esta dinámica se transforma en un proyecto de “armonía” que forma el cosmos del cual participamos todas y todos. Podemos llamarla “Ecología” global que debemos respetar, lo que va más allá de “no destruirla”. Se trata de cuidarla y fomentarla de muchas maneras. Todo esto es la “Espiritualidad” que habita el universo y está viva en todos nosotros y nosotras.

Esta dinámica se desarrolla en 3 dimensiones: la naturaleza, la humanidad y la sabiduría. La “Naturaleza” está conformada por el conjunto de los 4 elementos de nuestro planeta (tierra, aire, agua y fuego) de los cuales nacen primero los vegetales y los animales. Son los “Bienes” que necesitamos para vivir y convivir. Esto supone una organización en torno al repartir para la satisfacción de las necesidades que todos. Esto se llama nada menos que la “Economía” que se encarga del compartir equitativo. Cuando falla la ‘economía’ aparece la “acumulación” por parte de pequeños grupos, se destruye la convivencia armoniosa provocando desigualdades y violencias.

El segundo elemento básico de la armonía global es la “Humanidad”, o sea, el conjunto de los humanos que nos necesitamos los unos a los otros para sobrevivir y crecer. Aquí, el proyecto es “cohabitar”, es decir, controlar el poder bajo sus distintas expresiones para desterrar la “dominación”, opresión y represión… Esto es el arte de la “Política” en la que estamos todos implicados. Si nos quedamos indiferentes, colaboramos en la multiplicación de relaciones destructoras.

El tercero elemento básico de esta armonía global es la participación consciente a la ‘Energía’ que nos habita y que se transforma en “Sabiduría”, es decir en el arte de vivir, convivir y “expresarnos” individual, colectiva y creativamente. De ahí surgen ideas, proyectos e “ideologías” para organizar la política, la economía y la espiritualidad. Cuando falla la sabiduría, usamos nuestra capacidad de crear vida y amor para engañarnos, mentir y distorsionar la verdad.

Hemos descubierto que tenemos 4 objetivos a dinamizar: espiritualidad, sabiduría, economía y política.  La espiritualidad fomenta el respeto por un orden cósmico hecho de vida, amor y comunidad que se encarna en sabiduría. Esta se traduce en un convivir armonioso -la política- en nuestras relaciones humanas. La política orienta el compartir equitativo -la economía- de los bienes y servicios que resuelven nuestras necesidades. De esta manera ejercemos la sabiduría que todos abrigamos, porque todos hemos recibidos nuestras capacidades espirituales, políticas y económicas. El desorden viene de la destrucción de la vida, del amor y de la comunidad, mediante la dominación sobre los demás, la acumulación de bienes, el rechazo a la verdad y el desconocimiento de la espiritualidad íntima de cada uno.

Todo esto es el sueño del cosmos -nuestro sueño-: el impulso de la energía primera, la dinámica de la fuente vital que todo lo mueve… si sabemos abrirnos a todas nuestras capacidades y posibilidades. “Vida, amor y comunidad”: ese es el llamado que nos acompaña y fortalece siempre, porque eso somos cada una y cada uno de nosotros. La Biblia nos lo describe en sus primeras páginas y nos dice: “Pongo delante de ti la vida y la muerte… Te invito a elegir la vida” (Deuteronomio 30,15-20)

Animémonos los unos a los otros a hacer, poco a poco, realidad el mensaje de este “Árbol de la vida” para nuestro bien individual y nuestro convivir nacional que tanto lo necesitan. Eso es el contrato social que necesitamos urgentemente.

Anhelos colombianos

 DISCURSO DEL SEÑOR PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA EN LA POSESIÓN DEL SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, DOCTOR ABELARDO DE LA ESPRIELLA 

Cali, 7 de agosto de 2026 

(Señor Presidente de la República; Señor Vicepresidente; Señores Congresistas; Señores Jefes de Estado, delegaciones internacionales y cuerpo diplomático; distinguidos representantes de las instituciones del Estado y de la sociedad civil; colombianas y colombianos) 

Nos reúne en esta tarde el singular acto de posesión presidencial que, como cada cuatro años en la historia reciente del país, convoca a las fuerzas vivas de la nación para dar inicio con solemnidad al mandato de quien ha sido elegido como Jefe de Estado. Por ello, uno mi voz a la de las colombianas y colombianos que desean expresarle al Presidente de la República, Doctor Abelardo de la Espriella, a su Vicepresidente, Doctor José Manuel Restrepo, y a todo el equipo de gobierno que los acompaña, los sinceros deseos de bienestar y bendiciones para el servicio que hoy emprenden en bien del país; para ello, tomo las palabras del salmo 84 con el deseo de que el amor y la verdad se encuentren, la justicia y la paz se abracen, que la verdad brote de la tierra y la justicia se asome desde el cielo (cf. Salmo 84, 11-12). 

Junto con nuestros buenos deseos, quisiera expresarle, Señor Presidente, tres anhelos que están en el alma del pueblo colombiano: 

En primer lugar, anhelamos la unidad de la nación, lo que no significa uniformidad, sino armonía, el resultado paciente de crear una sinfonía de relaciones, de reconocimiento del valor de quien piensa distinto y de comprensión de que el futuro se construye integrando. En esa tarea, mujeres y hombres estamos llamados a caminar juntos. El país necesita la inteligencia, la sensibilidad, la fortaleza y la capacidad de cuidado que cada persona aporta desde su propia vocación y responsabilidad. Solo una sociedad que valora plenamente la contribución de todos podrá avanzar hacia un desarrollo verdaderamente humano e integral para que nadie se sienta excluido ni discriminado.

 En segundo lugar, deseamos avanzar en el camino hacia la reconciliación y la paz que sigue siendo uno de los mayores anhelos de Colombia. Ellas florecen cuando se cultivan la verdad, la justicia, el perdón y la solidaridad. Se hacen realidad cuando disminuyen las desigualdades, cuando la corrupción cede su lugar a la transparencia, cuando la violencia deja de ser un lenguaje y cuando cada ciudadano descubre que el destino del otro también compromete el propio. La reconciliación y la paz necesitan ciudadanos responsables, instituciones sólidas y gobernantes capaces de escuchar, dialogar y decidir pensando en las generaciones presentes y futuras. 

Finalmente, Señor Presidente: anhelamos sostener la esperanza y la alegría. Como creyentes, sabemos que la esperanza no es ingenuidad, sino la fuerza que nos impulsa a perseverar. Colombia ha demostrado, una y otra vez, que posee una inmensa capacidad para levantarse y continuar. Esa esperanza debe traducirse en decisiones valientes, en gestos de perdón y reconciliación y en un compromiso renovado por el bien común que nos permita conservar y fortalecer la reserva moral, cultural y espiritual que tenemos como país pluriétnico, multicultural y biodiverso. Este anhelo nos lleva a pensar, de manera apremiante, en los millares de pobres que carecen con frecuencia de lo necesario para vivir y que están necesitados de vías concretas para su desarrollo humano integral. Como expresó el Papa Francisco, de feliz memoria: “Los pobres casi siempre son víctimas, no culpables” (spes non confundit 15). Promoviendo a los débiles, los vulnerables y los abandonados de la sociedad es como un gobernante adquiere grandeza. 

Estos anhelos los podremos hacer realidad si los asumimos como una tarea compartida entre todos: instituciones del Estado, gobernantes del orden nacional y local, familias, comunidades educativas, empresarios, trabajadores, campesinos, pueblos indígenas y afrodescendientes, jóvenes, adultos mayores, comunidades y diversas confesiones de fe y organizaciones de la sociedad que caminan juntos, como lo ha expresado recientemente el Papa León XIV, para leer en profundidad la realidad, promover la dignidad de cada persona, la cohesión de las comunidades, el cuidado de la casa común y el bien de todos (cf. Magnifica humanitas, 20). 

Concluyo con esta plegaria del Papa Francisco, en su encíclica sobre la fraternidad y la amistad social, Fratelli tutti: 

Oración a Dios Padre Creador Señor y Padre de la humanidad, 
que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad,  
infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal.

 Inspíranos un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz. 

Impúlsanos a crear sociedades más sanas y un mundo más digno, 
sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras. 

Que nuestro corazón se abra a todos los pueblos y naciones de la tierra, 
para reconocer el bien y la belleza que sembraste en cada uno, 
para estrechar lazos de unidad, de proyectos comunes, de esperanzas compartidas.

 Amén.

viernes, 7 de agosto de 2026

La bandera de Colombia

 Boyacá hoy: una independencia llamada Colombia

 

Cada año, el 7 de agosto recordamos la Batalla de Boyacá (1819), desde el 7 de agosto de 1925, cuando el Congreso de la República mediante la Ley 28 del 16 de febrero de 1925, sancionada por el presidente Pedro Nel Ospina, decretó día de fiesta nacional y de la Bandera tricolor. Cinco términos o palabras, cargadas de contenido simbólico y real, enmarcan esta memoria convertida en festividad: batalla, Boyacá, puente, independencia, Colombia.

Algunos que, por muchos motivos, tendremos el día libre, nos podemos preguntar ¿cómo vivir, llenando de sentido, este día de libertad, de tal manera que se prolongue e intensifique en el tiempo venidero? De pronto respondiendo a otra pregunta que nos leve más allá de lo que ocurrió en 1819, ¿qué dice Boyacá, hoy, a los colombianos, liberados de las obligaciones laborales?

La historia, como recuerdo del pasado, solo adquiere valor cuando ilumina el presente. Boyacá no puede reducirse a una efeméride patriótica, debe convertirse en una conciencia nacional. En medio del actual contexto socio-político colombiano, marcado por la polarización, la violencia persistente en algunos territorios, la desigualdad, la corrupción y la desconfianza institucional, la Batalla de Boyacá adquiere un significado profundamente actual. Allí se nos dio una patria, fruto de los padecimientos, la resistencia organizada y la lucha, aunque desigual, de los colombianos. No fue un milagro, fue una victoria conquistada.  

Una victoria construida por la diversidad

Con frecuencia imaginamos la independencia como la obra de unos pocos héroes. Pero el ejército libertador fue una comunidad profundamente diversa, no dividida: llaneros, campesinos, indígenas, afrodescendientes, criollos, mujeres y hasta niños que sostuvieron la campaña, junto con voluntarios extranjeros.

Su primera lección es que la nación nació de la diversidad. En una Colombia donde las diferencias políticas, culturales, regionales y hasta religiosas suelen convertirse en motivo de confrontación, Boyacá nos recuerda que la unidad no exige uniformidad sino propósito común, “unidad de intenciones”, como decía San José Allamano, “espíritu de cuerpo”. La independencia fue posible cuando personas muy distintas caminaron en la misma dirección.

La independencia política no basta

La batalla aseguró la libertad frente al dominio colonial, pero no resolvió automáticamente las desigualdades sociales, ni las exclusiones territoriales, ni la explotación ambiental. Por eso podemos afirmar que la independencia colombiana quedó históricamente inconclusa o mejor, quedo como tarea a ser completada.

Todavía existen territorios donde la presencia del Estado es frágil, comunidades afectadas por la violencia, pueblos indígenas y afrodescendientes que continúan luchando por el reconocimiento de sus derechos, millones de personas que experimentan pobreza o falta de oportunidades, lo mismo que selvas arrasadas, páramos y humedales desertificados, ríos y lagunas contaminadas, atmosferas poluidas, tierra gimiendo, esperando la paz ecológica e integral. La pregunta es inevitable: ¿qué significa ser verdaderamente independiente cuando persisten tantas formas de dependencia, exclusión, violencia y miedo? La libertad política debe convertirse en libertad psico espiritual para vivir con dignidad, en felicidad.

Boyacá frente a la polarización

En la Colombia de hoy es evidente la polarización. Con frecuencia el adversario político es tratado como enemigo moral, con el cual no se puede dialogar, ni siquiera encontrar, lo que destruye cualquier germen de comunión. Se trata de algo diabólico, generador de división. Boyacá nos muestra a unos protagonistas de la independencia que, aún con profundas diferencias, comprendieron que el futuro de la nación era más importante que las disputas particulares.

Razón tenía el papa Francisco cuando insistía en su encíclica Fratelli Tutti que una sociedad no se construye sobre la lógica del enemigo, sino sobre la amistad social.  Necesitamos una segunda independencia: la independencia respecto del odio, del resentimiento, del rencor, la venganza y la retaliación.

El territorio como lugar de la reconciliación

La campaña libertadora unió los Llanos y los Andes. No fue solo un desplazamiento militar; fue una articulación del territorio. Hoy Colombia necesita volver a encontrarse desde sus regiones. La Amazonia, el Pacífico, la Orinoquia, el Caribe, el Magdalena Medio, el Cauca y tantas periferias que no son márgenes de la nación, son parte esencial de su riqueza, fortaleza e identidad. Colombia es rica, hermosa y diversa. En ella, la esquiva paz vendrá cuando el país aprenda a mirar sus territorios con respeto, inversión, participación y cuidado. 

En ese proyecto hemos estados implicados desde nuestra llegada a Colombia en 1947, por el Puerto de Buenaventura, los Misioneros/as y Laicos de la Consolata. Los territorios no han sido únicamente espacios geográficos, sino humanos, culturales, espirituales y ecológicos, en los cuales hemos vivido y convivido como y con la Iglesia, Pueblo de Dios, al servicio del cuidado humano y ambiental.

La Iglesia, como los Misioneros, no canoniza procesos políticos, pero sí los ilumina desde el Evangelio y la Doctrina social. En general propone cinco principios que pueden releer el significado de Boyacá:

1.      la dignidad de la persona,

2.      el bien común,

3.      la solidaridad,

4.      la participación.

5.      La ecología integral

Una independencia que no proteja la vida, que no reduzca la exclusión, que no fortalezca la participación ciudadana y que no cuide la “casa común”, queda incompleta. La libertad auténtica siempre genera comunión y participación, con responsabilidad.

Como Misioneros de la Consolata, compañeros de los pueblos y guardianes del medio ambiento, estamos convencidos de compartir una verdadera fuerza y fuente que es la consolación liberadora, que no evade la realidad, sino que la acompaña. Una fuerza espiritual que permite reconstruir personas, comunidades, pueblos y ambientes. Hoy Colombia necesita de una consolación profundamente bíblico: restaurar la esperanza, sanar las heridas, crear comunión y salvar. El anuncio del Evangelio incluye la reconciliación, el perdón, la justicia y el cuidado de la creación, con cariño, respeto y mucho amor. Por eso la misión y la ciudadanía no se oponen. Evangelizar también significa contribuir a una sociedad más fraterna.

El Puente de Boyacá

La Batalla de Boyacá quedo registrada para la historia en un puente. Muchos lo hemos visitado. Un puente entre la colonia y la república. Claro que los puentes tienen sentido cuando se siguen cruzando. Cada generación debe volver a cruzar este Puente histórico, preguntándose: ¿qué forma concreta debe asumir hoy la libertad de Colombia? Una por la cual valga la pena dar la batalla.

Nuestra actual generación está llamada a cruzar el Puente de Boyacá, construyendo paz, fortaleciendo la democracia, respetando la diversidad, cuidando los territorios y los ecosistemas, poniendo la dignidad y los Derechos humanos en el centro de toda acción política, social y evangelizadora.

Podemos decir entonces que el verdadero homenaje a los héroes de la Batalla de Boyacá no consiste solamente en recordar su victoria, sino en hacer posible una Colombia donde nadie tenga que sentirse extranjero en su propia patria.

Que el Señor nos conceda ser artesanos de paz, como Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga, IMC (1942–2022), porque con ella conquistaremos la plena independencia, esa que aún esperamos.  Él promovió el diálogo, la reconciliación y la búsqueda de salidas negociadas a los conflictos, insistiendo en que la paz debía construirse desde la verdad, la justicia, el perdón y la participación de toda la sociedad.

Su aporte no fue el de un actor partidista, sino el de un pastor que entendió la paz como una exigencia evangélica y un compromiso ético con Colombia. Monseñor Luis Augusto  comprendió que la verdadera independencia de Colombia exigía superar las cadenas de la violencia, del odio y de la exclusión. Nunca identificó la paz con la ingenuidad tolerante, ni con la impunidad; la entendió como una construcción ética y moral basada en la dignidad de toda persona, en la justicia, en el perdón y el cuidado de la creación.

Su palabra tenía una fuerza particular porque nacía del contacto con las víctimas, con las comunidades rurales y con los territorios marcados por el conflicto. Creía que la paz debía comenzar en el corazón, fortalecerse en las comunidades y expresarse en instituciones justas.

Por eso, si la Batalla de Boyacá nos recuerda el nacimiento de la nación, Monseñor Luis Augusto Castro nos recuerda que la nación solo madura cuando aprende a reconciliarse consigo misma. Él fue, en el sentido más profundo, un constructor de paz, un sembrador de esperanza y un artesano de fraternidad.

Conclusión

“Los héroes de Boyacá nos enseñaron a conquistar la libertad, testigos como Monseñor Luis Augusto Castro nos enseñan que la libertad solo se conserva cuando se convierte en reconciliación, justicia y paz”. Es verdad que “la paz es un don de Dios, pero también una tarea de todos”.