viernes, 7 de agosto de 2026

La bandera de Colombia

 Boyacá hoy: una independencia llamada Colombia

 

Cada año, el 7 de agosto recordamos la Batalla de Boyacá (1819), desde el 7 de agosto de 1925, cuando el Congreso de la República mediante la Ley 28 del 16 de febrero de 1925, sancionada por el presidente Pedro Nel Ospina, decretó día de fiesta nacional y de la Bandera tricolor. Cinco términos o palabras, cargadas de contenido simbólico y real, enmarcan esta memoria convertida en festividad: batalla, Boyacá, puente, independencia, Colombia.

Algunos que, por muchos motivos, tendremos el día libre, nos podemos preguntar ¿cómo vivir, llenando de sentido, este día de libertad, de tal manera que se prolongue e intensifique en el tiempo venidero? De pronto respondiendo a otra pregunta que nos leve más allá de lo que ocurrió en 1819, ¿qué dice Boyacá, hoy, a los colombianos, liberados de las obligaciones laborales?

La historia, como recuerdo del pasado, solo adquiere valor cuando ilumina el presente. Boyacá no puede reducirse a una efeméride patriótica, debe convertirse en una conciencia nacional. En medio del actual contexto socio-político colombiano, marcado por la polarización, la violencia persistente en algunos territorios, la desigualdad, la corrupción y la desconfianza institucional, la Batalla de Boyacá adquiere un significado profundamente actual. Allí se nos dio una patria, fruto de los padecimientos, la resistencia organizada y la lucha, aunque desigual, de los colombianos. No fue un milagro, fue una victoria conquistada.  

Una victoria construida por la diversidad

Con frecuencia imaginamos la independencia como la obra de unos pocos héroes. Pero el ejército libertador fue una comunidad profundamente diversa, no dividida: llaneros, campesinos, indígenas, afrodescendientes, criollos, mujeres y hasta niños que sostuvieron la campaña, junto con voluntarios extranjeros.

Su primera lección es que la nación nació de la diversidad. En una Colombia donde las diferencias políticas, culturales, regionales y hasta religiosas suelen convertirse en motivo de confrontación, Boyacá nos recuerda que la unidad no exige uniformidad sino propósito común, “unidad de intenciones”, como decía San José Allamano, “espíritu de cuerpo”. La independencia fue posible cuando personas muy distintas caminaron en la misma dirección.

La independencia política no basta

La batalla aseguró la libertad frente al dominio colonial, pero no resolvió automáticamente las desigualdades sociales, ni las exclusiones territoriales, ni la explotación ambiental. Por eso podemos afirmar que la independencia colombiana quedó históricamente inconclusa o mejor, quedo como tarea a ser completada.

Todavía existen territorios donde la presencia del Estado es frágil, comunidades afectadas por la violencia, pueblos indígenas y afrodescendientes que continúan luchando por el reconocimiento de sus derechos, millones de personas que experimentan pobreza o falta de oportunidades, lo mismo que selvas arrasadas, páramos y humedales desertificados, ríos y lagunas contaminadas, atmosferas poluidas, tierra gimiendo, esperando la paz ecológica e integral. La pregunta es inevitable: ¿qué significa ser verdaderamente independiente cuando persisten tantas formas de dependencia, exclusión, violencia y miedo? La libertad política debe convertirse en libertad psico espiritual para vivir con dignidad, en felicidad.

Boyacá frente a la polarización

En la Colombia de hoy es evidente la polarización. Con frecuencia el adversario político es tratado como enemigo moral, con el cual no se puede dialogar, ni siquiera encontrar, lo que destruye cualquier germen de comunión. Se trata de algo diabólico, generador de división. Boyacá nos muestra a unos protagonistas de la independencia que, aún con profundas diferencias, comprendieron que el futuro de la nación era más importante que las disputas particulares.

Razón tenía el papa Francisco cuando insistía en su encíclica Fratelli Tutti que una sociedad no se construye sobre la lógica del enemigo, sino sobre la amistad social.  Necesitamos una segunda independencia: la independencia respecto del odio, del resentimiento, del rencor, la venganza y la retaliación.

El territorio como lugar de la reconciliación

La campaña libertadora unió los Llanos y los Andes. No fue solo un desplazamiento militar; fue una articulación del territorio. Hoy Colombia necesita volver a encontrarse desde sus regiones. La Amazonia, el Pacífico, la Orinoquia, el Caribe, el Magdalena Medio, el Cauca y tantas periferias que no son márgenes de la nación, son parte esencial de su riqueza, fortaleza e identidad. Colombia es rica, hermosa y diversa. En ella, la esquiva paz vendrá cuando el país aprenda a mirar sus territorios con respeto, inversión, participación y cuidado. 

En ese proyecto hemos estados implicados desde nuestra llegada a Colombia en 1947, por el Puerto de Buenaventura, los Misioneros/as y Laicos de la Consolata. Los territorios no han sido únicamente espacios geográficos, sino humanos, culturales, espirituales y ecológicos, en los cuales hemos vivido y convivido como y con la Iglesia, Pueblo de Dios, al servicio del cuidado humano y ambiental.

La Iglesia, como los Misioneros, no canoniza procesos políticos, pero sí los ilumina desde el Evangelio y la Doctrina social. En general propone cinco principios que pueden releer el significado de Boyacá:

1.      la dignidad de la persona,

2.      el bien común,

3.      la solidaridad,

4.      la participación.

5.      La ecología integral

Una independencia que no proteja la vida, que no reduzca la exclusión, que no fortalezca la participación ciudadana y que no cuide la “casa común”, queda incompleta. La libertad auténtica siempre genera comunión y participación, con responsabilidad.

Como Misioneros de la Consolata, compañeros de los pueblos y guardianes del medio ambiento, estamos convencidos de compartir una verdadera fuerza y fuente que es la consolación liberadora, que no evade la realidad, sino que la acompaña. Una fuerza espiritual que permite reconstruir personas, comunidades, pueblos y ambientes. Hoy Colombia necesita de una consolación profundamente bíblico: restaurar la esperanza, sanar las heridas, crear comunión y salvar. El anuncio del Evangelio incluye la reconciliación, el perdón, la justicia y el cuidado de la creación, con cariño, respeto y mucho amor. Por eso la misión y la ciudadanía no se oponen. Evangelizar también significa contribuir a una sociedad más fraterna.

El Puente de Boyacá

La Batalla de Boyacá quedo registrada para la historia en un puente. Muchos lo hemos visitado. Un puente entre la colonia y la república. Claro que los puentes tienen sentido cuando se siguen cruzando. Cada generación debe volver a cruzar este Puente histórico, preguntándose: ¿qué forma concreta debe asumir hoy la libertad de Colombia? Una por la cual valga la pena dar la batalla.

Nuestra actual generación está llamada a cruzar el Puente de Boyacá, construyendo paz, fortaleciendo la democracia, respetando la diversidad, cuidando los territorios y los ecosistemas, poniendo la dignidad y los Derechos humanos en el centro de toda acción política, social y evangelizadora.

Podemos decir entonces que el verdadero homenaje a los héroes de la Batalla de Boyacá no consiste solamente en recordar su victoria, sino en hacer posible una Colombia donde nadie tenga que sentirse extranjero en su propia patria.

Que el Señor nos conceda ser artesanos de paz, como Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga, IMC (1942–2022), porque con ella conquistaremos la plena independencia, esa que aún esperamos.  Él promovió el diálogo, la reconciliación y la búsqueda de salidas negociadas a los conflictos, insistiendo en que la paz debía construirse desde la verdad, la justicia, el perdón y la participación de toda la sociedad.

Su aporte no fue el de un actor partidista, sino el de un pastor que entendió la paz como una exigencia evangélica y un compromiso ético con Colombia. Monseñor Luis Augusto  comprendió que la verdadera independencia de Colombia exigía superar las cadenas de la violencia, del odio y de la exclusión. Nunca identificó la paz con la ingenuidad tolerante, ni con la impunidad; la entendió como una construcción ética y moral basada en la dignidad de toda persona, en la justicia, en el perdón y el cuidado de la creación.

Su palabra tenía una fuerza particular porque nacía del contacto con las víctimas, con las comunidades rurales y con los territorios marcados por el conflicto. Creía que la paz debía comenzar en el corazón, fortalecerse en las comunidades y expresarse en instituciones justas.

Por eso, si la Batalla de Boyacá nos recuerda el nacimiento de la nación, Monseñor Luis Augusto Castro nos recuerda que la nación solo madura cuando aprende a reconciliarse consigo misma. Él fue, en el sentido más profundo, un constructor de paz, un sembrador de esperanza y un artesano de fraternidad.

Conclusión

“Los héroes de Boyacá nos enseñaron a conquistar la libertad, testigos como Monseñor Luis Augusto Castro nos enseñan que la libertad solo se conserva cuando se convierte en reconciliación, justicia y paz”. Es verdad que “la paz es un don de Dios, pero también una tarea de todos”.

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