martes, 26 de mayo de 2026

Proceso humanizador

 Ética como camino de santidad

El ser humano no nace plenamente humano: se humaniza en la relación ética con sigo mismo, los otros, lo otro y el Otro. Cuando esa humanización se abre radicalmente al amor, a la verdad y a la entrega, aparece la santidad. Por eso, la verdadera santidad no aparta de lo humano, sino que lleva a su máxima plenitud. Cuanto más santo alguien es, más humano, más compasivo, más misericordioso, más ético se vuelve.

En la Biblia cristiana se confirma el valor primordial de lo humano con la Encarnación de Dios: “Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14), en vientre humano, de mujer. Así, la humanidad se convierte en el lugar donde Dios se revela. Jesús mismo se presenta como el “camino, la verdad y la vida” para alcanzar la plena humanidad o santidad. Esta se logra con Él y como Él, donando gratuitamente la propia humanidad, al servicio de la vida en todas sus manifestaciones y sirviéndola, prioritariamente, a partir de donde se encuentra más frágil y débil. Desde la teología cristiana, Jesús no es menos humano por ser santo; es plenamente humano precisamente porque vive plenamente el amor.

La santidad cristiana no es una realidad separada de la vida concreta, ni una experiencia reservada para seres extraordinarios alejados de la historia. La santidad acontece precisamente en la manera de vivir, amar, decidir, trabajar, sufrir, servir y relacionarse. Por eso puede afirmarse que la ética constituye un verdadero camino de santidad cristiana.

No se trata de reducir la fe a moralismo, ni de convertir el Evangelio en un código de normas. Se trata de comprender que la gracia de Dios transforma progresivamente la existencia de quien lo acoge y la conduce hacia la plenitud del amor. La ética cristiana aparece entonces como la forma histórica y concreta de la santidad.

La santidad cristiana: vocación humana y divina

El llamado a la santidad atraviesa todo el Primer Testamento: “Sean santos, porque yo soy santo” (Lev 19,2). En el Nuevo Jesús, el revelador de Dios Padre maternal, lo radicaliza: “Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48) y humaniza: “Sean compasivos como el Padre es compasivo” (Lc 6,36), lo encarna en la historia, en cada tiempo y espacio. Ésta es la compasión que el autor de la carta a los Hebreos 4,15 le atribuye al Señor Jesús y nos la recuerda a nosotros: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que sea incapaz de simpatizar con nuestra debilidad, sino alguien que ha sido probado de manera similar en todo, pero está sin pecado.”

Con el Concilio Vaticano II se nos aclaró que: “Todos los fieles están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Lumen Gentium, 40). Un llamado a santificarnos, conscientes que no nacemos santos, sino que nos vamos santificando en la medida que vivimos y convivimos, éticamente relacionados, actuando, movidos por la compasión, misericordiosamente, para consolación y alegría de todos.

La santidad no es, entonces, privilegio de religiosos o sacerdotes, es horizonte de todo bautizado e incluso de todo humano. El Papa Francisco lo recuerda en Gaudete et Exsultate 7: “Me gusta ver la santidad en el pueblo paciente de Dios…”. La ética huma y la santidad divina, no se contraponen, se encuentran en decisiones concretas, en hábitos, virtudes opciones, comportamientos y responsabilidades históricas, en el modo de habitar el mundo, en el estilo de vida (ethos). En clave cristiana, la ética no consiste simplemente en cumplir preceptos morales o códigos civiles, sino en responder al amor recibido de Dios, aún sin entenderlo claramente. Como bien afirmaba Santo Tomás de Aquino “la vida moral consiste en orientarse al bien supremo, que es Dios (Summa Theologiae, I-II, q.1) o San Agustín de Hipona, “Ama y haz lo que quieras” (In Epistolam Ioannis ad Parthos, VII, 8).

Esto no significa relativismo moral, como piensan muchos piadosos, sino que cuando el amor auténtico ordena la vida, las acciones se orientan hacia el bien. Por algo insistía San José Allamano a sus misioneros/as: “primero santos, después misioneros”. Reflexionando podemos complementar o traducir: primero humanos, luego santos. Cuanto más humanos, más santos, cuanto más santos, más humanos y mejores misioneros. En conclusión, cuanto mejores misioneros, más humanos y, por ende, más santos.

La santidad no aleja del mundo, transforma la manera de habitarlo y por eso “termina convirtiéndose en misión”. Vista la misión como la veía San José Allamano, con los ojos de María Consolata, consolada y consoladora, “para la Gloria de Dios”, como lo expresa el lema escogido para el Instituto Misionero, por él mismo, “anunciarán mi gloria a las naciones” (Is 66, 19) y como lo traducía San Oscar Romero, desde el Salvador, “La gloria de Dios consiste en que el pobre viva”, explica el lugar(es) de la misión ad gentes, como lo entendía Allamano. Se concreta en una cadena o proceso, metodológico y espiritual, donde la ética aparece no como un sistema abstracto de normas, sino como un itinerario humano-cristiano de maduración afectiva, relacional, espiritual y misionera que culmina en la santidad que conduce a la plena humanidad: compasión → misericordia → consolación → alegría → felicidad (bienaventuranza/santidad). Este proceso, que debe ser desarrollado didácticamente, posee una lógica antropológica, bíblica y teológica que nos permite ver la ética como auténtico camino progresivo hacia la santidad.

Referencias bibliográficas

- Calleja José Ignacio, Misericordia, caridad y justicia social, Sal Terrae, Santander, 2016
- Nicoletta Fusano, Con-passione, Cittadella Editrice, 2016
- Moreira Gilvander, Dalla Compassione alla Misericordia, Editrice Vaticana, Roma, Assisi, 1996
- García Fernández Marta, “Consolad, consolad a mi pueblo” Gregorian Biblical Pressa, Roma, 2010
- Sobrino Jon, El Principio Misericordia, Sal Terrae, Santander, 1992
- Tamayo Juan José, La compasión en un mundo injusto, Fragmenta Editorial, Barcelona, 2021.
- Pikaza Xabier y Pagola José Antonio, Entrañable Dios, Verbo Divino, Navarra, 2016


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