Elogio de las Manos - "A LA MANO"
Misioneros de la Consolata, participantes en el Curso de inducción a la Región IMC Colombia
Mi más sincero agradecimiento, dice el Profesor Carlos Medina, a los Misioneros de la Consolata por la invitación a compartir esta jornada de reflexión sobre el momento histórico que vive nuestro país y los caminos para construir, junto a las comunidades de los territorios, una ruta de futuro fundada en la dignidad, la justicia y la esperanza.
En tiempos de incertidumbre, resulta profundamente esperanzador encontrar espacios donde la fe se convierte en compromiso con la vida, con la paz y con las transformaciones democráticas y humanistas que Colombia necesita. Cuando la espiritualidad camina de la mano de las comunidades, fortalece la solidaridad, el diálogo y la construcción colectiva de un país más justo, fraterno e incluyente.
Gracias por hacer de la misión un servicio al bien común y de la esperanza una fuerza transformadora.
Elogio de las manos - "A LA MANO"
Las manos fueron el primer lenguaje antes de que la palabra encontrara su camino. Con ellas el ser humano aprendió a tocar el mundo, a medir la distancia entre el sueño y la materia, a convertir la piedra en herramienta, el barro en vasija, la semilla en cosecha, y el fuego en hogar.
En la palma de una mano cabe la memoria de la especie. Allí permanecen las huellas invisibles de quienes levantaron ciudades, trazaron senderos entre montañas, cruzaron mares desconocidos y escribieron, con esfuerzo y esperanza, la historia interminable de la humanidad.
Las manos no solo construyen; también acarician. No solo siembran; también consuelan. No solo trabajan; también abrazan, bendicen, sostienen, levantan al caído y secan el rostro de quien llora.
Con ellas nacieron las artes. La pintura encontró sus primeros colores, la escultura descubrió el alma escondida en la piedra, la música aprendió a despertar el silencio y la escritura hizo del pensamiento una casa para el tiempo.
Las manos levantaron templos y escuelas, molinos y puentes, bibliotecas y hospitales. Forjaron el arado que alimentó a los pueblos, la rueda que acercó los caminos, la imprenta que multiplicó las ideas, y las máquinas que transformaron la economía hasta convertir el trabajo humano en el gran motor de la civilización.
Toda cultura lleva impresas unas manos. Las del campesino que cultiva la tierra, las del artesano que conversa con la madera, las de la mujer que teje el abrigo de la memoria, las del obrero que levanta el horizonte urbano, las del científico que explora lo desconocido, las del médico que devuelve la esperanza, las del maestro que abre el porvenir y las del niño que descubre, jugando, que el mundo también puede inventarse.
No existe sociedad sin manos que cooperen. Ellas hacen posible el encuentro, el intercambio, la solidaridad, la economía que produce y distribuye, la política que organiza la convivencia, y la comunidad que convierte la existencia individual en destino compartido.
Pero las manos alcanzan su mayor grandeza cuando dejan de buscar únicamente para sí mismas y se abren generosas hacia los demás. Entonces dejan de ser instrumento de poder para convertirse en signo de servicio; dejan de imponer para comenzar a cuidar; dejan de cerrar el puño para ofrecer la palma abierta como promesa de fraternidad.
Quizá por eso las manos rezan. No porque abandonen la tierra, sino porque descubren que el trabajo, cuando nace del amor, también es una forma de oración. Cada gesto de justicia, cada acto de solidaridad, cada pan compartido, cada herida vendada, cada vida dignificada, es una plegaria silenciosa que asciende desde las manos hasta el corazón de la humanidad.
Y es allí donde la espiritualidad encuentra su sentido más profundo.
Como nos lo recuerda José A-la-mano, la verdadera grandeza del ser humano no reside en lo que posee, sino en lo que entrega; no en la fuerza con que domina, sino en la humildad con que sirve. Sus manos, abiertas a Dios y al prójimo, nos enseñan que la fe no se agota en las palabras, sino que se hace visible en el trabajo honesto, en la compasión cotidiana y en el compromiso con la dignidad de toda persona.
Que nuestras manos, entonces, sean siempre sembradoras de paz, constructoras de justicia, artesanas de esperanza y puentes de fraternidad. Porque mientras existan manos capaces de crear, de compartir y de amar, la humanidad seguirá encontrando caminos para renacer A la mano.
CARLOS MEDINA GALLEGO

2 comentarios:
Gracias padre Salvador Medina por su invitación fraterna y su afecto profundo y solidario.
Gracias comunidad Consolata, por buscar CONSOLAR, ACOMPAÑAR y EMPODERAR al Pueblo colombiano!!
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