jueves, 24 de septiembre de 2026

La vida una oración

 Orar es aprender a vivir en relación

(Eduardo Reyes, pensando La Consolata "A la mano" desde la Amazonía, con la IA)

Un camino intercultural de encuentro

Esta reflexión nace de una pregunta relacionada con la oración del breviario católico. Un colega, misionero como yo, que lo usa todos los días, como medio de oración que aprendió desde muy joven, me pregunta: “¿Usted cómo ora?”

Hay preguntas que nacen sencillas y terminan llevándonos muy lejos y más a nosotros misioneros internacionales e interculturales. Una de ellas es esta sobre la oración que, en algún momento de la vida, puede surgir casi espontáneamente: ¿Usted cómo ora? o ¿Cómo se hace para orar? La pregunta puede venir de alguien que comienza su camino de fe, de una persona que atraviesa una situación de dolor, de quien busca un sentido nuevo para su existencia o, paradójicamente, de alguien que lleva muchos años rezando y se siente inquieto con la manera como lo ha venido haciendo hasta hoy.

Los Evangelios cuentan una experiencia semejante que tuvieron los discípulos de Jesús. Habían visto a su Maestro retirarse, permanecer en silencio, agradecer, suplicar, contemplar y hablar con el Padre. Algo en aquella manera de relacionarse con Dios los impresionó hasta el punto de pedirle: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). No le pidieron simplemente una fórmula. Querían aprender aquello que sostenía interiormente su vida y su misión.

La respuesta de Jesús comienza con una palabra que cambia toda la perspectiva: Padre. Antes de enseñar qué decir, Jesús revela con quién se entra en relación. La oración cristiana nace de una relación filial. Por eso invita también a entrar en lo secreto, a cerrar la puerta y encontrarse con el Padre que está allí (cf. Mt 6,6). El lugar de la oración no es solamente una habitación; es ese espacio interior en el que la persona deja de aparentar y puede presentarse ante Dios tal como es.

Jesús enseña también que la oración no depende de la abundancia de palabras. Dios no necesita ser informado ni convencido. El orante necesita abrirse a una presencia que lo precede y lo envuelve. Por eso el Padrenuestro se convierte en una escuela de vida: reconocer a Dios, desear su Reino, santificar su nombre, recibir el pan cotidiano, experimentar el perdón y aprender a perdonar, confiar y caminar en medio de las dificultades.

Pero Jesús no es el único maestro de esta escuela. Los Salmos enseñan que se puede llevar a Dios la existencia entera. El ser humano puede orar desde la alegría y desde el llanto, desde la gratitud y desde la angustia, desde la confianza y desde la protesta. “Desde lo profundo clamo a ti, Señor” (Sal 130,1), puede decir el que sufre. Pero también: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 118,24). La oración no exige estar bien para acercarse a Dios. Toda la vida puede convertirse en materia de oración.

Esto resulta particularmente significativo cuando se contempla la oración desde una espiritualidad de la consolación. Dios no está presente solamente cuando el ser humano llora en la aflicción. También puede ser encontrado cuando celebra, agradece, comparte, canta y experimenta la alegría. La consolación, entendida en profundidad, no pertenece exclusivamente al ámbito del sufrimiento. Hay una consolación que nace de la fiesta, de la amistad, del encuentro, de la belleza y de la vida compartida.

San Agustín llevará la búsqueda todavía más adentro. Después de haber buscado a Dios en muchos lugares, descubre que lo buscaba fuera cuando Él estaba más cerca de lo que imaginaba. Expresa su experiencia así en sus Confesiones: “¡Tarde te amé hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo fuera, y así por fuera te buscaba y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de aquellas cosas que, si no estuvieran en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste y quebraste mi sordera; brillante y resplandeciente, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste y deseo con ansia la paz que procede de ti” (Libro X, 27). Orar comienza entonces para él con el despertar a una presencia. No se trata de hacer venir a Dios, sino de descubrir que Dios ya está.

Por eso, quizá una persona que no sabe orar podría comenzar simplemente diciendo: “Señor, aquí estoy. Tú estás aquí”. Todavía no necesita explicar nada. Puede permanecer. Puede respirar. Puede guardar silencio. Ya ha comenzado a orar.

Santa Teresa de Jesús lleva esta experiencia al lenguaje de la amistad. Para ella, la oración, tal como lo expone en su libro Vida, “es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (V 8, 5). La expresión transforma profundamente la imagen del orante. Ya no se trata de alguien que recita palabras ante una divinidad distante, sino de una persona que entra en relación con alguien que la conoce y la ama.

Entonces se puede hablar con Dios de verdad: “Estoy cansado”. “Tengo miedo”. “Estoy agradecido”. “No entiendo”. “Estoy feliz”. “Necesito ayuda”. “Te presento a esta persona”. La oración deja de ser un discurso religioso y se convierte en conversación de vida.

Pero después de hablar aparece la necesidad de callar. Juan de la Cruz recuerda que existe una profundidad de la relación con Dios que no puede alcanzarse acumulando palabras. El orante aprende poco a poco a pasar de hablar con Dios a estar con Dios. Aprende a permanecer incluso cuando no siente nada extraordinario. El silencio deja de ser vacío y se convierte en espacio de acogida.

San Ignacio de Loyola enseñará otro modo de entrar en la oración: contemplando. Esta oración no es tanto para meditar, para reflexionar acerca del texto bíblico, sino para gustar y sentir, saborearlo. El Evangelio deja de ser solamente un texto que se estudia y se convierte en un acontecimiento en el que se entra. El camino de Emaús puede convertirse en mi camino. Puedo caminar con aquellos discípulos, escuchar su conversación, reconocer su decepción y contemplar a Jesús que se aproxima. Puedo preguntarme: ¿dónde estoy yo en este camino? Quizá también estoy caminando sin reconocer al Señor.

Después puedo hablar con Jesús “como un amigo habla con otro amigo”. La oración se vuelve así una experiencia de encuentro con el Evangelio y con la propia existencia.

San Francisco de Asís nos amplía todavía más el horizonte. Para él, la creación entera puede convertirse en alabanza. El sol, el agua, el fuego, la tierra, los hermanos y hasta la propia fragilidad pueden conducir hacia Dios. La oración sale de los límites del espacio religioso y se prolonga en la vida. Se puede orar caminando, contemplando, sirviendo, cuidando y agradeciendo.

San Carlos de Foucauld añadirá la dimensión del abandono: “Padre mío, me abandono a Ti”. Padre mío, me abandono a Ti. Haz de mí lo que quieras. Lo que hagas de mí te lo agradezco, estoy dispuesto a todo, lo acepto todo. Con tal que Tu voluntad se haga en mí y en todas tus criaturas, no deseo nada más, Dios mío”.

La oración alcanza aquí un momento decisivo: dejar de pretender controlar a Dios para aprender a poner la propia existencia en sus manos. Ya no se trata solamente de pedir que Dios haga lo que nosotros queremos, sino de abrirnos a descubrir qué quiere hacer Dios en nosotros.

María de Nazaret aparece silenciosamente en medio de esta escuela de oración. Lucas dice que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19). María no comprende todo inmediatamente. Guarda, contempla, relaciona, medita y camina. Su oración es una manera de habitar el misterio de la vida. Por eso puede ser contemplada como maestra de una pedagogía del encuentro: escuchar, acoger, guardar, meditar, discernir, responder y caminar.

San José Allamano entiende que no se puede separar la oración de la misión. El misionero no anuncia simplemente desde lo que sabe, sino desde aquello que ha transformado su propia vida. La oración conduce al encuentro con Dios y ese encuentro conduce al encuentro con los demás. El que ha experimentado la consolación puede convertirse en consolador; el que se ha sentido acogido puede convertirse en acogedor; el que ha recibido misericordia puede convertirse en misericordioso. Podrá vivir al ritmo de la Eucaristía, la máxima oración. 

(Jessica, comunicadora, desde el Paraguay)

Cuando aterrizamos en Amerindia, aparece una pregunta nueva y necesaria: ¿Qué podemos aprender de los pueblos originarios acerca de la oración?

Esta pregunta modifica la actitud del misionero preparado y enviado a enseñar a pueblos que no sabían orar. Una perspectiva verdaderamente intercultural descubre algo diferente: los pueblos originarios poseen profundas experiencias espirituales y formas propias de relacionarse con el Misterio. No existe una única “oración indígena”, porque tampoco existe una sola cultura indígena. Hay una extraordinaria diversidad de pueblos, lenguas, territorios, historias y tradiciones. Precisamente por eso, el primer paso consiste en escuchar para no caer en generalizaciones o descalificaciones.

Al entrar respetuosamente en diálogo con diversas experiencias originarias de América, podemos descubrir algunas sensibilidades que enriquecen la pregunta cristiana por la oración. En muchas de ellas, la experiencia espiritual está profundamente vinculada con la comunidad, la tierra, el territorio, la memoria, la palabra, el canto, la celebración, el cuerpo, la gratitud y el cuidado de la vida.

Entonces la pregunta ya no es solamente: ¿Qué palabras hay que decir para orar? Aparece otra mucho más amplia: ¿Cómo se aprende a vivir en relación con el Misterio?

El territorio adquiere aquí una importancia particular. Para muchos pueblos originarios, la tierra no es simplemente un espacio geográfico. Es casa, memoria, alimento, historia, identidad y lugar de relaciones. El río, la montaña, el bosque, la parcela, el camino y el cielo forman parte de una trama vital. Desde esta sensibilidad, orar puede significar también aprender a escuchar el territorio.

El misionero puede preguntarse: ¿Qué me está diciendo este lugar? ¿Qué historia guarda? ¿Qué vida sostiene? ¿Qué heridas tiene? ¿Qué relación tiene este pueblo con la tierra que habita? La oración se convierte entonces en contemplación, pero también en responsabilidad. La persona que ora ya no puede mirar la creación únicamente como un objeto para utilizar. Aprende a recibirla como don y a cuidarla como casa común.

También el cuerpo puede convertirse en oración. La voz, las manos, los pies, el canto, el movimiento, la danza, los símbolos y el silencio pueden expresar una relación espiritual. La oración no pertenece exclusivamente al pensamiento. Todo el cuerpo puede participar en el encuentro con Dios.

Aparece entonces otra enseñanza: la oración puede ser fiesta, canto, danza, reunión alrededor de una mesa, agradecimiento, celebración de la vida, en profundo dialogo con la Eucaristía, que significa acción de gracias. La mesa eucarística recuerda que la vida recibida se convierte en acción de gracias y que la acción de gracias se convierte en comunión.

Aquí la espiritualidad cristiana y las diversas experiencias simbólicamente celebrativas de los pueblos originarios pueden encontrarse sin confundirse. El diálogo intercultural no consiste en mezclarlo todo, sino en reconocer, discernir y dejarse enriquecer por aquello que el otro puede revelar.

La dimensión comunitaria introduce otra pregunta. La oración occidental ha desarrollado ampliamente la relación personal con Dios, pero las experiencias comunitarias amerindias nos recuerdan con fuerza que el ser humano no existe aislado. La persona tiene familia, comunidad, territorio, historia y memoria. Por eso no solamente existe el “yo” que ora: “Señor, ayúdame”. Existe también el “nosotros”: “Señor, ayúdanos”. No solamente: “Te doy gracias por mi vida”, sino: “Te damos gracias por la vida que compartimos”.

La oración se convierte así en experiencia comunitaria en donde la gratitud adquiere una profundidad especial. Antes de pedir, se reconoce lo recibido: la tierra, el agua, los alimentos, los frutos, los mayores, los niños, la comunidad, la vida. La primera palabra puede ser sencillamente: “Gracias”. Esto nos conduce al corazón mismo de la Eucaristía cuando reconocemos que la vida no es solamente algo que poseemos, sino algo que recibimos.

Finalmente aparece la escucha. Escuchar al anciano, al niño, escuchar al territorio, la comunidad, escuchar el silencio, la Palabra, el Espíritu. Esto ofrece y exige al misionero una gran conversión: pasar de entenderse o ser entendido como alguien que llega para enseñar algo a un discípulo que quiere aprender. No abandona el anuncio del Evangelio, sino que lo vive de otra manera: anuncia y escucha; enseña y aprende; ofrece y recibe; acompaña y se deja acompañar. La misión se convierte así en escuela de reciprocidad.

Entendida la oración desde la perspectiva de la pedagogía intercultural aprendemos con las comunidades, el pueblo y el territorio, a reconocer la presencia de Dios y del Misterio en la vida.

Desde esta perspectiva, las distintas escuelas de oración comienzan a formar un único camino: Jesús enseña a entrar en lo secreto - los Salmos enseñan a llevar toda la vida a Dios - Agustín enseña a buscar en el interior - Teresa enseña el trato amigo - Juan de la Cruz enseña el silencio - Ignacio enseña la contemplación - Francisco enseña la alabanza - Foucauld enseña el abandono - María enseña a guardar y meditar - Allamano enseña a transformar la oración en misión - las diversas sabidurías orantes de los pueblos originarios nos recuerdan la dimensión comunitaria, territorial, corporal, celebrativa, agradecida y relacional de la experiencia espiritual.

Iconos de Cláudio Pastro - Casa de Retiro Santo André, Rondinha - Brasil (Julio Caldeira)

No se trata de poner todas estas tradiciones al mismo nivel ni de borrar sus diferencias. Se trata de entrar en diálogo intercultural, reconociendo que cada tradición tiene su propio núcleo identitario, su propio contenido doctrinal y sus específicas prácticas. Que el encuentro respetuoso puede abrir nuevas posibilidades de comprensión. Entonces las repuestas a la pregunta inicial comienzan a ampliarse: ¿Cómo se hace para orar? Quizá se aprende deteniéndose, escuchando, contemplando, hablando con Dios, callando, agradeciendo, celebrando, caminando, cuidando, compartiendo, sirviendo y, sobre todo se aprende encontrándose.

Cuando se entiende la oración como una pedagogía metodológica del encuentro con Dios, consigo mismo, con el otro, con la comunidad, con la creación y con el territorio y ese encuentro es auténtico, algo comienza a cambiar: quien ha sido escuchado aprende a escuchar, quien ha sido acogido aprende a acoger, quien ha sido consolado aprende a consolar, quien ha recibido misericordia aprende a ser misericordioso, quien ha encontrado a Dios aprende a reconocerlo también en el rostro del otro.

Por eso la oración no termina cuando dejamos el lugar donde estábamos orando, sale con nosotros al camino y entra en la comunidad, se sienta a la mesa, habita el territorio, visita al enfermo, se aproxima del que está solo, participa con quien celebra, vive la misión. Al entrar de nuevo, interiorizamos, volvemos al silencio y allí descubrimos que Aquel a quien buscábamos en la oración ya estaba caminando con nosotros.

Tal vez, entonces, la pregunta más profunda no sea solamente: ¿Cómo aprendo a orar?, sino ¿Cómo aprendo a vivir de tal manera que toda mi vida pueda convertirse en encuentro con Dios? Cuando la oración llega a ese punto, deja de ser simplemente un momento, en algún espacio específico y con la ayuda de algún instrumento, durante la jornada, para convertirse en una manera de vivir. Esto no exige eliminar las prácticas  y los métodos que cada tradición consolida y transmite a quienes hacen parte de ella, pero sin necesidad de convertirlas en normas obligatorias u obsesivas.

En la vida cotidiana se cultiva, de manera natural, el silencio y la palabra, la soledad y la comunidad, el dolor y la alegría, la contemplación y la misión, la tierra y la mesa, la escucha y el servicio, las practicas tradiciones y las innovaciones ocasionales. Todas, las propias y las de los demás, pueden converger en una común oración en el encuentro. A este punto del camino el misionero, a quien le preguntamos al inicio, ha pasado de alguien que “enseña a orar” a alguien que “aprende a orar con los otros”, sin perder la identidad cristiana ni temer o despreciar las de los otros.

1 comentario:

Anónimo dijo...

muy rica reflexion sobre ese dimension que lleva los seres humanos a ser atrevidos : pretender entrar en una dimension que no es la suya (lo trasciende) y darse cuenta que sin ella, todo queda cerrado, oscuro , sin ningun sentido