jueves, 8 de julio de 2021

Ministerio del Animador Misionero

 Animación Misionera


Un grupo de 19 jóvenes, entre profesionales y estudiantes universitarios, acompañados por dos Sacerdotes misioneros de la Consolata, nos hemos reunido en Bogotá, del 2 al 5 de julio, en el Centro de Espiritualidad Misionera de la Consolata, para repensar la identidad, la espiritualidad, la finalidad, la organización y un programa de acción de la Animación Misionera Juvenil y Vocacional para estos próximos seis meses.

 ¿Qué o cuál Animación Misionera?

Colocando en común las diferentes comprensiones de los participantes sobre la Animación Misionera Juvenil y Vocacional, resalta la idea de un servicio o ministerio colectivo, sinodal, en unidad de intentos e intenciones, en equipos inter conectados entre sí y con otros diferentes, en y desde la Iglesia de Jesucristo.

Un servicio realizado por jóvenes y ofrecido preferencialmente a las juventudes estudiantiles, universitarias y profesionales y, a través de ellas, a toda la Iglesia y la sociedad civil en sus organizaciones e instituciones.

En el horizonte alumbra una luz que ilumina, atrae y motiva: el Reino de Dios, presentado y promovido por ese “tal Jesús”, humano y divino, traducido hoy en “otro mundo posible”. Proyecto y programa de la Animación Misionera de los Misioneros de la Consolata en Colombia, construido e implementado por los mismos jóvenes, con el estilo, la espiritualidad y el método propuestos por el Beato José Allamano a los misioneros y misioneras por él fundados, teniendo a María Consolata como modelo, pedagoga y guía.  

¿Con qué espíritu o cuál espiritualidad?

Si se trata de un dinamismo misionero, como dicen varios de los participantes, que mueve a los jóvenes a ir más allá de  sus respectivas fronteras sociales, culturales, religiosas y geográfica, para colocar en movimiento las personas, las Iglesias Locales y diversas instituciones religiosas y civiles, hacia los alejados y excluidos del banquete del Reino, personas y pueblos enteros, el Espíritu no puede ser otro que el mismo que animó a Jesús y lo llevó a anunciar la Buena Nueva de la consolación-liberación a los pobres y oprimidos, a los cansados y afligidos, a los ciegos y sordos, a los enfermos y pecadores, muchos de ellos con otras identidades culturales y espirituales o religiosas.

En la atmosfera se sentía una expectativa espiritual, un deseo de reflexión y oración comunitaria, pero contextualizada “aquí y ahora”, arraigada en Jesús y su Evangelio. La primera jornada del encuentro, que la podemos denominar de “espiritualidad misionera de la Consolata”, nos llevó, desde las claves del Padre Nuestro, a escuchar  y meditar los gritos del pueblo colombiano en resistencia, desde Cali – Colombia, a sentir el gemido de la tierra y de las víctimas de la Covid 19, pues pandemia y ecología están estrechamente relacionadas, pues tanto científicos como pensadores humanistas reconocen que la actual pandemia es consecuencia del cambio climático y de la inmisericorde destrucción de la naturaleza por parte de nuestro modelo de sociedad consumista y tecnocrática. Al mismo tiempo quisimos recordar (pasar nuevamente por la memoria del corazón) muchos escenarios y situaciones de la geografía misionera, reveladores de la presencia del Dios de toda consolación que “es y está” dentro de…, junto a…, en medio de..., caminando con…, con-solando y liberando.

Buscamos vivir la experiencia con sentido y conciencia crítica, en oración y discernimiento, para mantener la identidad bien identificada y no dejarnos llevar por falsas noticias o vientos cambiantes, ni navegar a la deriva, reconociendo lo que de bueno y justo hay más allá de lo “nuestro”. 

Al final constatamos que una auténtica espiritualidad proviene del Espíritu que es libertad, relación y compromiso ético y, en última instancia, amor. Nos reafirmamos en nuestro referente, Jesucristo, que no se aisló, sino que se metió en la vida pública, movilizó a la multitud abatida, hizo de la pasión acción comunitaria (cfr. Mt 9,35-38: 10,1.6-8) y fue hasta las últimas consecuencias, dando su vida para salvar la vida y para que todos la tuviéramos en abundancia y de calidad (cfr. Jn 10,10).

Nos reanimamos mutuamente para continuar con el Ministerio de la Animación Misionera, sin quedarnos buscando seguridades ante el miedo a la muerte y nos propusimos una nueva agenda, para la defensa de ese sueño compartido: la venida del Reino u “otro mundo posible” y seguir convocando a otros y otras para esta vocación y ministerio en y desde la Iglesia de Jesucristo.

Oración

 Padre nuestro que en todas partes estás
santificado sea tu nombre en nuestras acciones para que venga tu Reino
a través de la REPAM, las luchas sociales de resistencia, el AguaPaneLazo, la Comisión de la Verdad y no Repetición, las Escuelas de Perdón y Reconciliación,
ese otro mundo posible que buscamos y animamos.
 
Danos hoy hambre de luchar para que mañana todos tengan Pan
perdónanos y enséñanos a perdonar.
 
Libera nuestro pueblo
del capitalismo salvaje y el colonialismo
del sexismo y el poder religioso
de la migración forzada y de las maquinarias corruptas
de la pandemia y de la indiferencia.
 
Que venga pronto el día de nuestra liberación
LGBTQI+, Black lives Matter
Comunidades Indígenas, Obispos del Pacífico colombiano
 
No nos dejes vencer por el miedo
AMJV y sus Equipos
¡Haznos libres, Padre nuestro!

domingo, 4 de julio de 2021

Animador - Formador - Evangelizador

 JOSÉ ALLAMANO

“Bello Jesús, Rey y Luz. Guía en el camino, para llevar al destino.
Sea lo nuestro, guiar al hermano y, si es necesario, llevarlo de la mano,
como lo hizo, en ejemplo, el Beato Allamano”
(Natalia Rojas Gómez)

 Del Pueblo a la ciudad

Hijo y hermano en una familia del campo, religiosamente educada y vocacionalmente cultivada para el servicio, humilde y trabajadora, sin lujos, pero con dignidad y autosuficiencia, José Allamano tiene muchos rasgos en común con la mayoría de los Misioneros de la Consolata, que hasta ahora han llegado al Instituto, en estas tierras americanas. Casi todos emigrantes de los campos a las ciudades por motivos de estudio. La interacción entre la casa, el campo y el pueblo, la escuela y la parroquia, junto con un poco de tierra o un trabajo familiarmente gestionado, conforman un nicho cultural común, en el cual se interiorizan valores sociales y políticos, espirituales y religioso, laborales y económicos, que sirven de plataforma para la vida. El salto a la ciudad, que normalmente se torna más traumático, viene mediado para Él por el Oratorio salesiano y el seminario, lugares de formación integral y progresiva, como sucede también para muchos misioneros en el Continente.

En este recorrido de base, entonces, nosotros los misioneros de la Consolata de las américas, me atrevo a leerlo así, con algunas excepciones, claro está, nos sentimos en sintonía con el Fundador. Tal vez por eso como que nos entendemos con él, lo escuchamos con gusto y sentimos que nos entiende. Lo aceptamos, sin resistencias, como Padre y Formador. Él nos hace sentir humanos, hijos y hermanos, como en casa, con su “espíritu de familia”.

 De formando a formador

 Del Oratorio, por personal iniciativa y decisión, aún contra la voluntad de Don Bosco, muestra clara de su personalidad y temple de carácter, pasó al Seminario Diocesano de Turín, en donde perseveró, durante siete años, dedicado al estudio, la oración y el trabajo. Al final de su proceso formativo, con apenas 23 años, recibió su Ordenación sacerdotal, el 20 de septiembre de 1873, casi con su primera destinación, después de breve experiencia pastoral con su tío Juan: educador en el seminario de donde acababa de salir. Dio su sí al Obispo con susto, pero confiado en su bendición. Un joven Sacerdote diocesano, formador de aspirantes al sacerdocio y luego de colegas en el ministerio, parecía nacido para ese servicio.

Su propia experiencia fue, en síntesis, su propuesta formativa, registrada en el Reglamento para la formación de sus misioneros:  

a)    Primero santos: no se trata de santos que hacen cosas extraordinarias, espectaculares, no. Su propuesta es la de ser personas piadosas, perseverantes en las prácticas personales y comunitarias de la fe, amigos de la Palabra de Dios, de la oración y de la Iglesia, centrados en la Eucaristía y la Liturgia de cada día. Como María y los santos, atentos a los detalles, serios y responsables en lo ordinario, buscando de hacerlo todo de manera extraordinaria, para consolar a Jesús y a María Consolata, nuestra madre tiernísima, que nos ama como a la pupila de sus ojos. Santos humanos, cotidianos, “extraordinarios en lo ordinario”.

b)    Misioneros sabios: bien preparados para servir no para ostentar (“el bien hay que hacerlo bien y sin ruido”), con estudio serio y calificado, si no queremos ser lámparas apagadas. El mismo siguió estudiando después de la Ordenación, mientras trabajaba, hasta obtener el Doctorado en Teología Moral.

También cada misionero, según sus orientaciones y prácticas, deberá seguir haciéndolo en la misión, aprendiendo las lenguas generales y nativas; estudiando las culturas de los pueblos, mediante la observación atenta y respetuosa, el registro diligente y detallado en el diario de la comunidad y compartiéndolo con él, como maestro y formador de misioneros. El mismo, después de atenta y orante lectura, devolvía a cada comunidad sus iluminados comentarios y paternales recomendaciones, a través de cartas colectivas y personales.

Esta formación continua, se diría hoy, se debe seguir diariamente, con perseverancia y método participativo, buscando siempre sistematizar lo registrado, para, una vez revisado críticamente, devolverlo a las comunidades y compartirlo al servicio de la misión en el mundo.

c)    Misioneros trabajadores creativos: sin miedo ni pereza para el trabajo manual, el contacto con la tierra y los cuidados de la casa, abiertos al aprendizaje y capacitación en artes y oficios, hoy usando las nuevas tecnologías, útiles en la misión.  

 Formador, Pastor y Animador

 En los siete años como educador en el seminario, encargado de la disciplina primero y director espiritual después, inició su preparación, que complementaría con sus 46 años de pastoral diocesana en y desde el Santuario de la Consolata, para llegar a ser, poco a poco, “Padre y Maestro de Misioneros” (Mons. Luis Augusto Castro). 

A partir de 1880, hasta el final de sus días, el 16 de febrero de 1926, combinó siempre su misión de Formador con la de Párroco (Rector) en el Santuario de la Consolata. Un sacerdote diocesano que de niño había sentido el llamado a la misión más allá de sus fronteras, mientras escuchaba al Cardenal Guillermo Massaia que, como obispo misionero en Etiopia, venía a hablarles en el Oratorio, o cuando leía libros de historia y geografía, que le encantaban. Durante los tiempos de seminario sintió fuerte la vocación misionera, pero debido a su frágil salud, el Padre Espiritual le aconsejó y convenció de posponer su ingreso a una Congregación misionera. Él, coherente consigo mismo, no pudiendo ir directamente, se empeñó en hacer algo, aunque fuera indirecto: ofrecer a los sacerdotes diocesanos de Turín y del Piamonte, que deseaban ser misioneros, una posibilidad de partir para la misión. Su proyecto de una organización diocesana con tal fin se fue desarrollando lentamente, sin prisa ni presión, hasta que encontró condiciones favorables y se concretizó en un Instituto Misionero.

Desempeñando esa triple dimensión ministerial de Formador, Evangelizador y Animador, en y desde el Santuario de la Consolata, en la Iglesia Local de Turín y su Provincia piamontesa, fue gestando su obra, con el apoyo de su compañero de trabajo y amigo P. Santiago Camisassa, del Cardenal y muchos eclesiásticos, religiosos/as y laicos comprometidos, el Instituto Misionero de la Consolata (1901) y el de las Misioneras (1910), sin dejar de ser plena e integralmente diocesano.

“Este projeto, forjado aos pés da Mãe, que sendo Consolata (Consolada), torna-se Consoladora dos aflitos, foi aglutinando missionários dispostos a deixar tudo, à semelhança do Filho de Deus, para ficarem perto de outros povos e tornarem-se para eles presença de consolação, entendendo que a missão e a promoção integral da pessoa devem caminhar juntas” (Luiz Balsan).

En una de sus tantas síntesis el P. Antonio Bonanomi proponía que todo Misionero de la Consolata fuera Formador, Evangelizador y Animador, como el Fundador. Mientras el P. Piero Trabucco, en Toronto Canadá, abriendo en el 2012, el primer encuentro de un Consejo Continental, exhortaba: “Es importante inculturar el Fundador haciendo esfuerzos para que el fundador histórico llegue a cada cultura y se re- exprese vivo en los misioneros, los laicos y las hermanas. Resaltar el “Fundador como educador, como pedagogo, como formador en el seminario y padre de misioneros”. El continúa vivo, activo y actual, en sus misioneros/as esparcidos por la geografía misionera: 

a.    Continúa formando y educando con su estilo, espíritu y método en y a través de las diferentes Comunidades Formativas, los Colegios, como el José Allamano de Bogotá, y de otras Instituciones u organizaciones académico formativas.

b.       Continúa presente y activo en las varias “opciones misioneras ad gentes”, en y a través de los diferentes servicios prestados a las Iglesias Locales, a la sociedad civil y al mismo Instituto, inspirando con su vida, su estilo y su metodología pastoral misionera de Anuncio del Evangelio y Promoción humana.

c.       Continúa animando a los jóvenes y promoviendo vocaciones específicas, por medio de la AMJV y partir de Equipos de vida y de misión, en y desde Centros de Animación Misionera al servicio de las Iglesias Locales, la Vida Consagrada, Instituciones educativas, familias, la sociedad civil, los niños y los adultos para que salgan, más allá de sus fronteras sociales, culturales, religiosas y geográficas, a “anunciar la gloria de Dios entre los pueblos”.

Comunicando y difundiendo la misión de consolación-liberación por medio de la Web y las Redes Sociales, la Revista Dimensión Misionera y otros medios, como ya lo hacia él mismo en y desde el Santuario de la Consolata con la Revista La Consolata, las damas misioneras y otras formas.

martes, 29 de junio de 2021

La Amazonía en mi

 La querida Amazonía


Inmensa
Eres tierra y territorio
Inmensamente grande
Inmensamente rica
Inmensamente hermosa
Misteriosa
 
Madre
Viva y fecunda
vientre frágil y fuerte
dádiva para la humanidad
fuente de vida, energía y pan.
Generosa
 
Casa común
vientre, techo y tumba
de humanos, vegetales y animales
hermanos en el camino
 terranos al origen y al final.
Cosmos caótico
 
Desafío
a la humildad fraternal,
político, social y cultural
tu gemido trémulo
grita ardiendo.
¡Ecología integral!
 
Sínodo católico
susurro papal en el coro global
desde la iglesia territorial
para la catolicidad total
todo conectado.
Rostro contextual
 
Sueño
Social y ecológico
Respuesta a grito de la madre y el hijo
cultural y eclesial
conversión en la relacionalidad.
Realidad
 
Noche oscura
densas tinieblas de avaricia
rico epulón, pobre Lázaro
injusticia global
vestida de novedad y libertad
Madrugada soleada
 
Todos a una
actuamos o morimos
por sed o por calor
por falta de amor
Solidaridad
 
Consolación en la desolación
por dentro
compasión
Por fuera
misericordia
Banquete final
 
Proceso de liberación
Sal-va-dor

domingo, 13 de junio de 2021

La Consolación en la biblia

El hilo de consolación en la historia de la salvación

Repasando la historia de la salvación, narrada en las Sagradas Escrituras, me he encontrado con una interesante constatación: aparece un hilo de colores en todo el tejido histórico, desde los inicios, con los siete colores del Arco Iris (rojo, anaranjado, amarillo, verde, cián o azul celeste, añil o azul marino), hasta el final, que se puede llamar el hilo de la consolación. Inicialmente azul al identificarlo con el agua y su transparencia, el cielo y su inmensidad, trascendencia y simplicidad; luego rojo del sufrimiento en la esclavitud y el destierro, del poder y violencia, de la sangre y el martirio, del fuego y la energía; finalizando con el verde de la esperanza y la felicidad, de la fertilidad y el crecimiento, de lo ordinario y la continuidad.

Estos colores son los mismos del manto azul del Icono de la Virgen Consolata, la Madre de la Consolación, con el niño - Mesías que presenta al mundo, cubierto de manto rojo y túnica verde.

Vamos a adentrarnos, aunque superficialmente, en este tejido multicolor y armonioso, guiados por el hilo de la consolación. Que nos guie el Paráclito, el Otro Consolador.

 1.    Hilo azul inmensidad

Según el Génesis en los capítulos del 6 al 8, Dios, viendo la maldad que había crecido en la tierra, le pesó haber hecho al ser humano, se indignó en su corazón y decidió exterminarlo, junto con el resto de seres vivos. Si bien el texto bíblico es sutil al explicar los motivos de esta maldad, parece deducirse de él, y confirmarse a través de otros textos antiguos, que los pecados de la humanidad tenían que ver con la violencia, la sexualidad y el no cumplimiento de los preceptos divinos.

 Arca de salvación

Noé, hombre justo y cabal, que caminaba-con-Dios, halló gracia a ojos de Yavé y decidió salvarlo. Su nombre, en hebreo, נֹחַ - Nóaj, derivado de najám, significa “traer consuelo o alivio, descanso, confortar”, (consolación), como lo explica su padre Lamec.

En su plan de salvación, Dios pidió a Noé que construyese un arca de madera y a continuación, que metiese en ella una pareja de cada especie animal, tanto de los puros como de los impuros, lo mismo que a los miembros de su familia, en total 8 personas, pues mandaría un diluvio que exterminaría la humanidad.

Noé hizo todo come le había mandado Dios y una vez que hubo entrado en el arca con los animales y su familia, llovió durante cuarenta días y cuarenta noches, anegándose la tierra. Perecieron todos los seres vivos y el agua cubrió inclusive las cimas de las montañas. El arca de Noé quedó flotando sobre las aguas, que permanecieron altas por espacio de ciento cincuenta días. Al bajar las aguas el arca se posó sobre la cima del monte Ararat.

Noé esperó cuarenta días más a que siguieran menguando las aguas y después abrió la ventana y soltó un cuervo, que iba y venía mientras se secaban las aguas. Soltó también una paloma que volvió rápidamente al no encontrar lugar donde posarse. Esperó siete días más y volvió a soltar la paloma que volvió trayendo una ramita de olivo en el pico. De este modo supo Noé que las aguas habían disminuido. Esperó siete días más y soltó por tercera vez a la paloma, que esta vez no regresó. La tierra ya estaba seca.

Dios habló a Noé para que sacase los animales y a su familia del arca y para que volvieran a poblar la tierra. Así hizo y, una vez fuera, levantó un altar y realizó un holocausto de animales en honor a Dios.

 Arco de la Alianza

“Entonces Dios bendijo a Noé y a sus hijos, diciéndoles: "Sean fecundos, multiplíquense y llenen la tierra … "Yo establezco mi alianza con ustedes, con sus descendientes, y con todos los seres vivientes que están con ustedes …” y añadió: "Este será el signo de la alianza que establezco con ustedes, y con todos los seres vivientes que los acompañan, para todos los tiempos futuros: yo pongo mi arco en las nubes, como un signo de mi alianza con la tierra. Cuando cubra de nubes la tierra y aparezca mi arco entre ellas, me acordaré de mi alianza con ustedes y con todos los seres vivientes”.

2.    Hilo rojo sangre

Profecía de consolación

Nahum, profeta de Judá en el siglo VII a.C., Najûm en hebreo, que significa “lleno de consolación” o 'quien es consolado', es el sétimo de los llamados profetas menores y aparece en la genealogía de Jesús que presenta Lucas. Predice la desolación de Nínive, la capital asiria, hacia el 640 a.C. y anuncia la suerte del gran Imperio Asirio (1,13), precisamente en el momento en que estaba en la cúspide de su poder, en el 663 a.C., habiendo también invadido y sometido a Jerusalén y Judá, obligándolos, durante tres cuartos de siglo, a pagar impuestos insoportables.

Profetizando, en el nombre de Dios, la caída de Siria (1,13), que efectivamente sucedió en el 612 a.C., como consecuencia de su enorme orgullo y crueldad descarada, Nahum aseguró a los fieles de Judá que Dios todavía cuidaba de su pueblo y que castigaría a sus opresores.

Aparece un discípulo del Profeta Isaías, en el Siglo VI a.C., anunciando un evangelio de consolación, buena noticia, que resonaba en la asolada Jerusalén y en medio del desolado y disperso pueblo israelita, en la Babilonia del destierro: "Consolad, consolad a mi pueblo … gritadle al corazón” (Is 40, 1-4).

El destierro era algo más que una calamidad política, parecía el signo del abandono de Dios, del olvido de la Alianza ofrecida a Noé y ratificada en la extraordinaria y potente liberación de la esclavitud en Egipto, entregándoles la tierra de la promesa, Canaán, don del suelo que se convierte en identidad y razón de ser, o sea en su mayor consuelo. En este exilio, mientras Sión decía: “Yavé me ha abandonado y el Señor se ha olvidado de mí”, el Profeta le hace reaccionar, ¿puede una mujer olvidarse del hijo que cría o dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pues bien, aunque alguna se olvide, yo nunca me olvidaré de ti. Mira cómo te tengo tatuada en la palma de mi mano” (Is 49,15-19)

Pero es que, además, en el momento en que el profeta se dirige a sus compatriotas deportados, el Oriente todo se estaba transformando. Ciro había reunido bajo su cetro a los medos y a los persas (549 a. de JC.). Victorioso en Asia Menor, marchaba ahora sobre Babilonia. Por eso el mensaje del profeta es una explosión de gozo, una palabra de consuelo y esperanza al corazón de Jerusalén: su crimen ya está pagado y el rey Ciro será el instrumento de Dios para liberar a su pueblo y restaurar Jerusalén.
¡”Aquí está vuestro Dios”! grita el “heraldo de Sión”, el Profeta se sirve de la situación histórica para anunciar un acontecimiento religioso, del que la caída de Babilonia es sólo un signo: Dios va a manifestar su gloria y la verán todos los hombres juntos. Es Dios mismo quien viene a liberar a su pueblo, y esta liberación será como cuando Israel marchaba por el desierto, camino de la Tierra de promisión.

El Señor que, guía a su pueblo a través de la historia como un pastor a su rebaño, es el que le hace arder así la esperanza en el corazón, al constar que están pasando de las tinieblas y la luz, asegurados en su mano: “En tiempo de gracia te he respondido, en día propicio te he auxiliado; te he defendido y constituido alianza del pueblo, para restaurar el país, para repartir heredades desoladas, para decir a los cautivos: ‘Salid’, a los que están en tinieblas: ‘Venid a la luz’”. (49,8-15), por eso, toda la creación está convocada a la alegría: “¡Cielos, griten de alegría! ¡Tierra alégrate! Cerros, salten y canten de gozo, porque Yavé ha consolado a su pueblo”

También el profeta Jeremías anuncia el mismo evangelio de consolación, con matices diferentes. En los capítulos 30 y 31, llamados “Libro de la consolación”, registra cómo la misericordia de Dios consuela, conforta y abre el corazón de los afligidos a la esperanza.

El Profeta presenta al pueblo el regreso a su patria, como un signo del amor infinito de Dios Padre que no abandona a sus hijos, sino que los cuida y los salva. El exilio fue una experiencia devastadora: la fe del pueblo vacilaba porque en tierra extranjera, sin el templo, sin el culto, tras haber visto el país destruido, era difícil seguir creyendo en la bondad del Señor. Pero, como en el tiempo del diluvio o del éxodo, también en el destierro el pueblo puede constatar la fidelidad de Dios: “Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti.
Volveré a edificarte y serás reedificada, virgen de Israel; aún volverás a tener el adorno de tus adufes, y saldrás a bailar entre gentes festivas” (31, 3-4).

Jeremías anticipa la fiesta y los efectos del regreso: “Vendrán y harán hurras en la cima de Sión y acudirán al regalo de Yavé: al grano, al mosto, y al aceite virgen, a las crías de ovejas y de vacas, y será su alma como huerto empapado, no volverán a estar ya macilentos” (31, 12). El pueblo disfruta, con alegría colectiva, la vida que les fluye como de una fresca fuente y le hace escuchar la voz de dios: “Cambiaré su duelo en regocijo, y les consolaré y alegraré de su tristeza” (31, 13).

3.    Hilo verde esperanza

En la plenitud de los tiempos nos encontramos un “pequeño resto” del antiguo pueblo, que esperaba la consolación-liberación de Israel, anunciada y preparada por Juan el Precursor: “Este es el comienzo de la Buena Nueva de Jesucristo, Hijo de Dios. Como está escrito en Isaías el profeta: “Mira, te voy a enviar mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Escuchen este grito en el desierto. Preparen el camino el Señor, enderecen sus senderos” (Mc 1,1-2); reconocida y celebrada con profunda veneración y gratitud, en el Templo de Jerusalén, por el piadoso y justo Simeón, que esperaba la consolación de Israel y por la fiel anciana Ana, que esperaba la liberación de su pueblo: “Ahora Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz … porque mis ojos han visto a tu salvador, que has preparado y ofreces a todos los pueblos, luz que se revela a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel” Lc2, 22-40).

La consolación, experimentada a lo largo de la historia de salvación como realidad, Alianza y Promesa, fue presentada por los padres de Jesús, cuando cumpliendo la Ley de Moisés, subieron al templo para el rito de purificación de la madre y la consagración del hijo varón al Señor.  

Evangelio de Consolación

“El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha ungido para proclamar buenas noticias a los pobres; me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a proclamar el año de la buena voluntad del Señor” (Lc 4,18-19).


“Bienaventurados los que lloran (los afligidos)”, a causa de una pena íntima, intensa, que viene del corazón, “porque ellos serán
consolados”, parakalein, en griego, que significa no solo ser “consolados o confortados”, sino también “encontrar un aliado o un ayudante”, ser personados y ser invitados a un banquete. Tiene también otro significado en el griego clásico: “exhortar o animar” (Mt 5,4).

El llorar, como sentir una pena intima, intensa que sale del corazón, se llama compasión, dolor por la situación de pasión que padece el otro (paciente) cercano o de los otros lejanos (padecer-con).

Jesús (salvador) es uno de esos bienaventurados porque lloran, se aflige, tal como lo testimonian los evangelios: una vez, cuando contemplaba la imponente y amurallada ciudad de Jerusalén a distancia, “Cuando se fueron acercando, al ver la ciudad, lloró por ella” y dijo a los que estaban-con él, “Si en este día comprendieras tú también los caminos de la paz” (Lc 19,41-42); otra vez en Betania, ante la tumba de su amigo Lázaro, compartiendo plenamente la aflicción de las hermanas y amigos de  su amigo, “Jesús lloró” (Jn 11,35), dice lacónicamente el evangelista. En sus lágrimas encontramos el sacramento de sus lágrimas, la bendición que se ofrece al que está triste. Encontramos sus lágrimas en nuestras lágrimas.

Todos los humanos como Jesús, pero no divinos como él, que lloran o padecen-con, pueden ser consolados con la misma consolación que Jesús experimentó: la Resurrección, la vida nueva. Si lloramos por nosotros mismos, como la mujer que lavó los pies de Jesús con sus lágrimas, triste y arrepentida por el daño causado a los demás y a sí misma con sus acciones, seremos perdonados: “Tus pecados te quedan perdonados” y, ante el estupor y escándalo de los fariseos de bien, la confirma en la paz integral: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”, per-dón que consuela. (Lc 7,36-48).

Tenemos también las lágrimas de Pedro o las del mismo Judas que, aunque no hayan tenido el mismo fin, nos hablan de procesos humanos, necesitados de consolación. Las de Pedro, con el gallo cantando en su conciencia, cuando poco antes ardía de pasión por el maestro y lo defendía valientemente con la espada, reprochándole la cobardía y el miedo que lo habían llevado a la negación, tal vez indignado contra Dios por haber permitido semejante tragedia, de su corazón brotó un torrente de lágrimas, por el sufrimiento de Jesús y de él mismo, por haber sido un cobarde y un mentiroso. Esas lágrimas de compasión y arrepentimiento le valieron el perdón y la consolación, que no consiguió el pobre Judas en su desolación.  

Misión con el Otro Consolador

“Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo”. 

Todos enviados a Anunciar el Evangelio a todas las criaturas (Mc. 16,15-18), como Testigos entre todos los pueblos, hasta los confines del mundo (Lc 24,35-48; Hch 1,8), haciendo discípulos de todos los pueblos y generando comunidades de fe (Mt 28,19-20), capaces de reconciliar la humanidad en su diversidad y con toda la creación (cfr. Jn 20,21-23), para vivir el reinado del amor, con la enérgica y suave compañía del Otro Consolador: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros” (Jn 14,15).

Paráclito significar consolador, aquel que ofrece a los humanos el Consuelo en medio de las tristezas de la vida, de las ausencias y pérdidas.

Paráclito significa defensor, en medio de las injusticias de la sociedad, traída y llevada por intereses, egoísmos, poderes y competencias.

Paráclito significa “acompañante” y amigo, maestro y compañero, en una sociedad de huérfanos y solitarios, aislados y de bocata tapada, sin compañía ni presencia, el Paráclito nos consuela, anima, defiende, enseña, y guía.

 Misión en Equipo, más allá de las fronteras

Desde la Comunidad de Antioquia, ministerial y orante, el Espíritu llama a Bernabé, hombre justo, “apto para consolar” o “hijo de la consolación” y a Saulo para la misión entre los gentiles, no pertenecientes a la fe judía.  Así fue como, enviados por la comunidad y en sintonía con los hermanos de la Iglesia de Jerusalén, parten Bernabé, Pablo y Juan Marcos, más allá de sus fronteras.

La misión, entre alegrías y sufrimientos, consolaciones y desolaciones, llevan a Pablo a orar, con la comunidad de Corinto, al Dios de toda consolación:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación(II Co. 1,3-5).

Hasta el Banquete final

Al final, nos muestra el autor del Apocalipsis, libro de consolación para los cristianos perseguidos, un cielo nuevo y una tierra nueva, en donde Dios mismo enjugará toda lágrima de los ojos, donde no habrá más muerte, ni llanto, ni dolor (cfr. Ap 21,4). Viviremos todos, entonces, la plena consolación. Los ciento cuarenta y cuatro mil señalados, de todas las tribus de Israel y una gran multitud que nadie podría contar, de todas las naciones y tribus, pueblos y lenguas (Ap 7,21), todos invitados a la boda el Cordero (Ap 19), prefigurada ya en la mesa del pan partido, compartido y repartido, que llamamos Eucaristía, celebrada en memoria del Señor Jesús.

 “Felices ustedes, los que ahora lloran”

Confiemos, esperemos, nosotros todos que lloramos, que derramamos lágrimas inocentes; esperemos, si lloramos los dolores de nuestro cuerpo o de nuestra alma: nos sirven de purgatorio, Dios se sirve de eso para que levantemos los ojos hacia él, nos purifiquemos y santifiquemos.

Confiemos todavía más si lloramos los dolores de otros, porque esta caridad nos es inspirada por Dios y le agrada; confiemos también si lloramos nuestros pecados, porque esta compunción la pone Dios mismo en nuestras almas.

Confiemos todavía más si lloremos con un corazón puro los pecados de otros, porque este amor por la gloria de Dios y la santificación de las almas nos son inspiradas por Dios y esto es una gracia.

Confiemos, si lloramos por el deseo de ver a Dios y el dolor pode estar separados de Él; porque este deseo amoroso es obra de Dios en nosotros.

¡Confiemos también si lloramos solamente porque amamos, sin desear ni temer nada, queriendo plenamente todo lo que Dios quiere y queriendo sólo esto, la dicha de su gloria, sufriendo de sus sufrimientos pasados, llorando unas veces de compasión por el recuerdo de su Pasión, y otras de alegría con el pensamiento de su Ascensión y de su gloria, y otras simplemente de emoción porque le amamos hasta morir de amor!

Oh Jesús dulcísimo, hazme llorar por todo esto; hazme derramar todas las lágrimas que manifiesten mi amor hacia ti, por ti y para ti.

Amén.

(Carlos de Foucauld)


viernes, 28 de mayo de 2021

Dios de toda Consolación

Dios trinitario


 
No eres un Dios solitario
eres comunitario.
No eres un Dios aislado
existes acompañado.
 
Eres padre generador
con entrañas de madre en gestación.
Eres hijo salvador y liberador
con la fuerza y el aliento de los dos.
 
Descendiste compasivo al lugar de la aflicción
la misericordia se expresó en toda tu actuación.
Nos enviaste, con tu Hijo, el Otro Consolador
para que, con tu Madre, continuáramos la misión.   
 
Aquí estamos Padre
 generando vida para Vida
cultivando y cuidando
celebrando la resurrección.
 
La fe nos impulsa y direcciona
la esperanza nos consuela e ilusiona
la caridad nos aterriza en la solidaridad.
Con la alegría de María, te magnificamos Señor.


martes, 11 de mayo de 2021

Oración

 Mira Señor a Colombia


martes, 4 de mayo de 2021

La alegria de la consolación

 La alegría de ser como María

Consolada y consoladora
 
El Espíritu nos vincula
Las redes nos conectan

Alegría de ser

Recuerdo que, en los tiempos de la escuela, allá en mi pueblo, se usaban mucho las figuras literarias o retóricas para persuadir, transmitir valores o proponer comportamientos o maneras de ser. Una de ellas era el quiasmo o retruécano, que consiste en repetir palabras invirtiendo su significado. Uno de esos resuena, después de muchos años, en mi memoria: “un santo triste, es un triste santo”, “un niño triste, será un triste hombre”, “una familia triste, es una triste familia”.

Hablar de la alegría de ser, o sea de una manera de existir, no parece tan común. Más fácil nos resulta manifestar la alegría contando chistes, comiendo cosas ricas, bebiendo licor, buscando experiencias placenteras, comprando o poseyendo cosas.

Sin embargo la vida cristiana es un llamado a la alegra: “Alégrense siempre en el Señor; se los repito alégrense” (Flp 4, 4), les decía Pablo a los cristianos de Filipo para recordarles que eran “ciudadanos del cielo” (3, 20) y que han de llevar “una vida digna del Evangelio de Cristo” (1, 27), “con humildad (…) buscando no el propio interés sino el de los demás” (2, 3-4).

El Apóstol habla de alegría mientras él se encuentra entre cadenas, y los destinatarios de su carta tienen adversarios, padecen y sostienen el mismo combate que él (cfr. 1, 28-30), y deben cuidarse de los judaizantes (cfr. 3, 2-3).

Para los cristianos, la alegría no es, por tanto, el resultado de una vida fácil y sin dificultades, o algo sujeto a los cambios de circunstancias o estado de ánimo, sino una profunda y constante actitud que nace de la fe en Cristo: “nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4, 16). El mensaje cristiano que se nos ha transmitido tiene como finalidad entrar en comunión con Dios “para que nuestra alegría sea completa” (1Jn 1, 4).

Alegría de ser como María

A la sencilla jovencita del pueblo de Nazaret, la saludan desde el cielo, en nombre de Dios: ¡Alégrate, María llena de gracia, predilecta de Dios, ¡Alégrate, porque el Señor está contigo!

Ella vive la alegría interior de ser amada por Dios, mientras Juan, el hijo de su prima Isabel “salta de gozo” al escuchar su humilde, libre y enérgica canción: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”. Hoy nosotros, como las generaciones anteriores y las que vendrán, te reconocemos y aclamamos “Bienaventurada, feliz, porque has creído”, has confiado y dicho Sí al proyecto divino, con libertad y autonomía, caminado con fidelidad, hasta el final.

Queremos seguir el camino que nos indicas, discípula pedagoga, “Odigitria” que, de la mano, nos conduces a tu Hijo, nuestro hermano y Salvador.

Reconocemos que no eres diosa ni redentora, sino madre donada desde lo alto de la cruz: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (y a nosotros) “ahí tienes a tu madre” (Jn 19,25.27).

La invitación, en este Retiro, con María, es a entrar en la alegría de la comunión con el Emmanuel (Dios-con-nosotros), reconociendo que, “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (Francisco, Evangelii gaudium, n. 1).

Esta alegría, así entendida y vivida, nos ayuda a evitar “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (Evangelii gaudium, n. 2).

 María, consolada – consoladora

Esta dialéctica existencial que se desprende de la acción de consolar, es el resultado de un conjunto de actitudes o formas de ser y de actuar, de entre las cuales, extraemos algunas al reflexionar sobre María.

Mujer con memoria

Uno de los componentes más satisfactorios, generador de alegría en la existencia de cada día, es la memoria. Esa capacidad de traer al presente el pasado, actualizar los datos, la información, el recuerdo, la historia.

La memoria es maravillosa porque nos permite recordar (recordari, en latín, re (de nuevo, hacia atrás) + cor (corazón) = volver a pasar por el corazón) para saborear, integrar o asumir, aprender, cambiar, mejorar, crear y no repetir.

La memoria existencial hay que cultivarla, entrenarla, ayudarla con otros componentes o recursos, para no perderla, pues nos es esencial para construir y desarrollar la identidad personal y cultural.

María nos viene presentada en los Evangelios como una mujer que cultivaba la memoria existencial, histórica y cultural: los Pastores hablaron en la pesebrera y “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19); el Niño adolescente habló en el templo y “su madre conservaba todas esas cosas en su corazón” (Lc 2,51). 

La memoria cultivada por María no es tanto de sí misma cuanto del Hijo. Le sirve para agradecer, para reflexionar y meditar. Es una memoria que la hace sufrir y llorar, que la consuela, alegra y enternece.

También la memoria histórica, hace parte del Evangelio de Lucas, en relación con María. Una memoria serena, luminosa y reconciliada, que recupera retazos significativos del pasado para bendecir a Dios y cantar, anunciar con alegría y denunciar con valentía, como en el "magnificat", cuando reinterpreta la historia de su pueblo, vinculando hechos del pasado con el presente, para actualizarlos, iluminarlos y proyectarlos en el futuro, mediante una lectura de fe, desde la historia y las Escrituras.

Ese himno, en los labios de María, expresa el tránsito del Primer Testamento al actual, al Nuevo, el paso de Israel a la Iglesia, el traslado del Arca hasta la última estación que es el mismo cuerpo de la madre del Mesías. En el Magnificat resuena la voz de una matriarca cantando su alabanza en nombre de los patriarcas y su descendencia (cfr. Teresa Forcades, Esbozo de una Mariología crítica).

Su silencio

Es una mujer de pocas palabras, al menos como aparece en los Evangelios, en donde habla apenas cuatro veces: en el anuncio del ángel, cuando canta el Magníficat, al encontrar a Jesús en el templo y en Cana de Galilea. Después, tras recomendar a los sirvientes de la boda que escuchen la única palabra que cuenta, ella se calla para siempre.

Pero su silencio no es sólo ausencia de voces ni el resultado de una peculiar ascética de la sobriedad, ni mucho menos de una estrategia en la convivencia. Es, por el contrario, la envoltura teológica de una presencia. El recipiente de una plenitud. El regazo que guarda la Palabra.

Ella guarda silencio, pero no para quedarse callada, sino para que en Ella pueda resonar y brillar clara y potente la Palabra Eterna pronunciada por el Padre, como la luna que, con la luz del sol, reflejada en su polvorienta superficie, alumbra la noche, mientras despunta la aurora. Ella acoge, pues, la Palabra y la manifiesta o expresa en su manera de ser y de vivir.  

La escucha

Se dice que, escuchar es un arte y además muy importante. Que por eso tenemos una boca para hablar y dos oídos para escuchar. Pero, también se dice que, no hay peor sordo que el que no quiere oír. Y es que el escuchar es la clave para entendernos entre quienes tenemos el don de la palabra, de la comunicación.  Solo quien sabe escuchar puede entrar en diálogo y disfrutar la alegría del encuentro, del acuerdo, de la unidad en la diversidad.

María, que escuchó a los Pastores en Belén; al mensajero de Dios en Nazaret; a su prima Isabel en Ain Karem; al hijo ocupado en las cosas de su Padre, en el templo de Jerusalén y desde la cruz; a Simeón, que esperaba la consolación de Israel, es reconocida y propuesta por el Papa Francisco como la mujer de la escucha, de la decisión, de la acción:

“María, mujer de la escucha, haz que se abran nuestros oídos; que sepamos escuchar la Palabra de tu Hijo Jesús entre los miles de palabras de este mundo; haz que sepamos escuchar la realidad en la que vivimos, a cada persona que encontramos, especialmente a quien es pobre, necesitado, tiene dificultades.

María, mujer de la decisión, ilumina nuestra mente y nuestro corazón, para que sepamos obedecer a la Palabra de tu Hijo Jesús sin vacilaciones; danos la valentía de la decisión, de no dejarnos arrastrar para que otros orienten nuestra vida. María, mujer de la acción, haz que nuestras manos y nuestros pies se muevan «deprisa» hacia los demás, para llevar la caridad y el amor de tu Hijo Jesús, para llevar, como tú, la luz del Evangelio al mundo. Amén”.

Su conciencia 

Tener una conciencia crítica, no tiene nada que ver con ser una persona criticona, que nada le va bien, que con nada ni nadie está de acuerdo, ni con ella misma. Una conciencia crítica es la manifestación de una identidad definida, de una actitud activa, creativa y participativa en la vida. Capaz de preguntar para anclarse y conocer más, para comprometerse con responsabilidad.

Tanto Jesús como María son modelo de vida y de acción para cada creyente cristiano, en su obediencia, su fidelidad, su caridad, su disponibilidad, su coraje profético, su entrega, su determinación, su dulzura, su humildad, su alegría y su libertad.

En María no predomina una conciencia de mujer sufrida y sacrificada, dolorosa, sino de gozo, de alegría transparente por saberse interlocutora y colaboradora de Dios: “engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador (Lc 1,46).

Arriesgada

Casi todas las mujeres se tornan valientes ante los desafíos de la vida, particularmente las madres y, como la viuda pobre del evangelio, lo dan todo, se dan ellas mismas. El Fiat, Sí de María, equivale a poner su vida en riesgo, de manera inmediata e incondicional. Cuando ella pronuncia su Si, aunque joven aún, no es un instrumento pasivo en las manos de Dios; es una mujer consciente que anticipa el gesto de entrega que Jesús mismo realizará en la Cruz, fiándose de Dios totalmente. La determinación de María no es una decisión puntual, por un momento o para una experiencia; es una determinación existencial, es la opción de vida que debe durar en el tiempo.

 Resiliente

La humildad de María es el resultado del conocimiento que ella tiene de sí misma, es el fundamento de su identidad, que no la disminuye, sino que la enaltece. ¿Cómo menospreciarse? ¿cómo encogerse, avergonzada, ante la propia miseria, cuando es Dios mismo quien la acoge amorosamente? La exposición del corazón ante Dios, con todas sus contradicciones, libera y confiere una fuerza sin parangón, como esa que sostuvo a María al pie de la cruz. Allí, María no pronunciará palabra, pero no se achicará ni se desmoronará. Se mantendrá “en pie” mientras ve agonizar, entre las burlas de los soldados, su Hijo-Dios.

La tradición, tanto judía como cristiana, vincula de forma sorprendente la majestad de Dios y la petición de amistad y de servicio que dirige a los hombres y mujeres que él mismo ha creado: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho (Jn 15,15).

De esa autoconciencia saca María la serenidad para discernir el momento, la seguridad para responder al pedido divino, la alegría para responder a la misión confiada, la resistencia para acompañar a su Hijo y a la Comunidad de discípulos por los caminos de la historia, la fe para mantenerse fiel, hasta el final.

Confiada

María, no se fía de sus propias fuerzas, sino que confía sin reservas en Jesús, aunque no siempre lo entienda o reciba de él la respuesta que espera.

Recibe, acepta y pone en práctica, más como discípula que madre, el mandamiento nuevo de Jesús, en el relato del lavatorio de los pies, en la última cena. La última recomendación de Jesús en su misión: “Os doy un mandamiento nuevo: Que os améis los unos a los otros. Así como yo os amo, debéis también amaros los unos a los otros” (Jn 13,34).

María adhiere a este mandamiento nuevo y se dedica a hacerlo vida en sus actividades cotidianas, pasando de su rol de madre al de discípula y recreando su relación con Jesús. Ese cambio de roles y comportamientos la fue llevando por el camino de la fe, confiada, en su Maestro. Como los otros discípulos, ella es también llamada pera “estar-con-él y ser enviada” (Mc 3,13-19).

Como seguidora de Jesús, estaba en la boda de Caná, amando a los novios, como Jesús los amaba, preocupándose personalmente por su bienestar, anticipando, haciendo suyo su apuro y actuando en la medida que le era posible para solucionarlo. Y aquí llega la sorpresa, pues María, que anticipa el mandamiento nuevo, no se fía de sus propias fuerzas, recurre directamente a Jesús. De allá aprendemos la fórmula para la Felicidad: Fe + conFianza + Fiabilidad + Fidelidad = Felicidad.

Conclusión

El mandamiento nuevo de Jesús “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”, requiere de  un proceso espiritual que, aquí denominado Espiritualidad de la Consolación: nace en la Compasión sentida ante la desolación ajena que mueve a acciones de Misericordia, obras materiales y espirituales, realizadas con el corazón de Dios (miseri – cor – deus), se experimenta como Consolación, armonía y paz interior, vivida por quien recibe y quien ofrece la acción de salvación-liberación y se celebra con Alegría, en la mesa del pan y el vino ofrecidos, repartidos y compartidos.

Aprendiendo, como lo hemos intentado hacer, de la pedagoga María, nos quedamos con su mandamiento: “Hagan lo que él les diga”, sin suprimir las preguntas críticas, con radicalidad, con júbilo, sin disimular el propio dolor o las propias dificultades, intercediendo por los demás y, sobre todo, discerniendo, de forma personal, lo que significa para cada uno, concretamente, aquí y ahora, amar como Jesús me amó.