DISCURSO DEL SEÑOR PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA EN LA POSESIÓN DEL SEÑOR PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, DOCTOR ABELARDO DE LA ESPRIELLA
(Señor Presidente de la República; Señor Vicepresidente; Señores Congresistas; Señores Jefes de Estado, delegaciones internacionales y cuerpo diplomático; distinguidos representantes de las instituciones del Estado y de la sociedad civil; colombianas y colombianos)
Nos reúne en esta tarde el singular acto de posesión presidencial que, como cada cuatro años en la historia reciente del país, convoca a las fuerzas vivas de la nación para dar inicio con solemnidad al mandato de quien ha sido elegido como Jefe de Estado. Por ello, uno mi voz a la de las colombianas y colombianos que desean expresarle al Presidente de la República, Doctor Abelardo de la Espriella, a su Vicepresidente, Doctor José Manuel Restrepo, y a todo el equipo de gobierno que los acompaña, los sinceros deseos de bienestar y bendiciones para el servicio que hoy emprenden en bien del país; para ello, tomo las palabras del salmo 84 con el deseo de que el amor y la verdad se encuentren, la justicia y la paz se abracen, que la verdad brote de la tierra y la justicia se asome desde el cielo (cf. Salmo 84, 11-12).
Junto con nuestros buenos deseos, quisiera expresarle, Señor Presidente, tres anhelos que están en el alma del pueblo colombiano:
En primer lugar, anhelamos la unidad de la nación, lo que no significa uniformidad, sino armonía, el resultado paciente de crear una sinfonía de relaciones, de reconocimiento del valor de quien piensa distinto y de comprensión de que el futuro se construye integrando. En esa tarea, mujeres y hombres estamos llamados a caminar juntos. El país necesita la inteligencia, la sensibilidad, la fortaleza y la capacidad de cuidado que cada persona aporta desde su propia vocación y responsabilidad. Solo una sociedad que valora plenamente la contribución de todos podrá avanzar hacia un desarrollo verdaderamente humano e integral para que nadie se sienta excluido ni discriminado.
En segundo lugar, deseamos avanzar en el camino hacia la reconciliación y la paz que sigue siendo uno de los mayores anhelos de Colombia. Ellas florecen cuando se cultivan la verdad, la justicia, el perdón y la solidaridad. Se hacen realidad cuando disminuyen las desigualdades, cuando la corrupción cede su lugar a la transparencia, cuando la violencia deja de ser un lenguaje y cuando cada ciudadano descubre que el destino del otro también compromete el propio. La reconciliación y la paz necesitan ciudadanos responsables, instituciones sólidas y gobernantes capaces de escuchar, dialogar y decidir pensando en las generaciones presentes y futuras.
Finalmente, Señor Presidente: anhelamos sostener la esperanza y la alegría. Como creyentes, sabemos que la esperanza no es ingenuidad, sino la fuerza que nos impulsa a perseverar. Colombia ha demostrado, una y otra vez, que posee una inmensa capacidad para levantarse y continuar. Esa esperanza debe traducirse en decisiones valientes, en gestos de perdón y reconciliación y en un compromiso renovado por el bien común que nos permita conservar y fortalecer la reserva moral, cultural y espiritual que tenemos como país pluriétnico, multicultural y biodiverso. Este anhelo nos lleva a pensar, de manera apremiante, en los millares de pobres que carecen con frecuencia de lo necesario para vivir y que están necesitados de vías concretas para su desarrollo humano integral. Como expresó el Papa Francisco, de feliz memoria: “Los pobres casi siempre son víctimas, no culpables” (spes non confundit 15). Promoviendo a los débiles, los vulnerables y los abandonados de la sociedad es como un gobernante adquiere grandeza.
Estos anhelos los podremos hacer realidad si los asumimos como una tarea compartida entre todos: instituciones del Estado, gobernantes del orden nacional y local, familias, comunidades educativas, empresarios, trabajadores, campesinos, pueblos indígenas y afrodescendientes, jóvenes, adultos mayores, comunidades y diversas confesiones de fe y organizaciones de la sociedad que caminan juntos, como lo ha expresado recientemente el Papa León XIV, para leer en profundidad la realidad, promover la dignidad de cada persona, la cohesión de las comunidades, el cuidado de la casa común y el bien de todos (cf. Magnifica humanitas, 20).
Concluyo con esta plegaria del Papa Francisco, en su encíclica sobre la fraternidad y la amistad social, Fratelli tutti:
que creaste a todos los seres humanos con la misma dignidad,
infunde en nuestros corazones un espíritu fraternal.
Inspíranos un sueño de reencuentro, de diálogo, de justicia y de paz.
Impúlsanos a crear sociedades más sanas y un mundo más digno,
sin hambre, sin pobreza, sin violencia, sin guerras.
Que nuestro corazón se abra a todos los pueblos y naciones de la tierra,
para reconocer el bien y la belleza que sembraste en cada uno,
para estrechar lazos de unidad, de proyectos comunes, de esperanzas compartidas.
Amén.

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